18 de octubre de 2026

En la URSS, su pueblo entendía para qué y por quién, trabajaba. En Rusia no es así.


Recogido de
"Clase Obrera" (РК - "Рабочий класс"), publicado en СТАЛИН - НАШЕ ЗНАМЯ! / Stalin - our Banner! (¡STALIN, NUESTRA BANDERA!). Traducción Nestor Guadaño.

 

SOBRE LA FORMACIÓN ESCOLAR

El conocimiento y la educación constituyen uno de los primeros grandes logros que, tras la revolución socialista, se pusieron al alcance de las amplias masas trabajadoras. Ya en los primeros años del poder soviético, los bolcheviques llevaron a las aulas a decenas de millones de ciudadanos analfabetos y semianalfabetos del joven Estado proletario.

Desde la época soviética hasta hoy, se reproduce una ejemplar constumbre, el primer día de escuela. Nos referimos "Al primer timbre". Un adolescente del último año de secundaria, carga sobre sus hombros a una niña pequeña que ingresa al primer grado. Mientras el joven camina frente a todos los alumnos, padres y maestros reunidos en el patio de la escuela, la niña sostiene y agita una campana marcando el inicio del año académico.

Con esta tradición así llamada del Primer Timbre, simboliza la continuidad y el relevo, cerrándose el acto con la llamada Lineika, es decir la solemne inauguración del nuevo ciclo escolar.

En 1937, veinte años después de la Revolución de Octubre, en comparación con el año de 1914, anterior a la guerra, el número total de alumnos se había multiplicado por 3,5, y el número de alumnos en los institutos de secundaria, por más de 20.

Entre 1930 y 1940, el número de centros de enseñanza superior y técnica secundaria en la URSS, se multiplicó por cuatro y superó los 150. Según el censo de 1939, el 87,4 % de los habitantes del país ya sabían leer y escribir. También se redujo considerablemente la brecha en el nivel de alfabetización entre la población urbana y la rural.

En tan solo 16 años, de 1923 a 1939, más de 50 millones de ciudadanos analfabetos y unos 40 millones de ciudadanos, con un bajo nivel de alfabetización de diferentes edades, recibieron formación en la URSS. Se abrieron bibliotecas para los trabajadores y los campesinos, y los museos, teatros y exposiciones se hicieron más accesibles. El conocimiento y la cultura, dejaron de ser un privilegio de las clases ricas y cultas.


¿Y qué tenemos hoy en día en la Rusia capitalista? 

La comercialización y la optimización de la educación, la desculturización y la barbarización de las masas. 

La lista de «deslogros» de este tipo sería interminable. La educación se ha convertido en una mercancía, pues los capitalistas no necesitan un proletariado demasiado culto, educado y con capacidad de pensamiento.

Mientras nos alimentan con cuentos de hadas, se está produciendo una terrible degradación de la educación. En la URSS, la educación no era un servicio, sino el mayor logro del Octubre. Su objetivo no era preparar a la persona para superar un examen, sino formar una personalidad plenamente desarrollada, capaz de pensar, crear y vivir en colectividad. 

Hoy, en cambio, la escuela burguesa forma cínicamente no a un ciudadano, sino a un consumidor cualificado, y a un esclavo asalariado sumiso.

La escuela soviética fomentaba el colectivismo, no la carrera de ratas por las notas. No estabas solo ante las dificultades. A tu lado estaban el grupo de pioneros, la célula del Komsomol, los compañeros. Tu éxito era el éxito de la clase, tu fracaso, una preocupación común. Fomentaba el trabajo como una cuestión de honor, y no como una maldición. No teníamos miedo de ensuciarnos las manos en las jornadas de voluntariado, porque entendíamos que estábamos construyendo nuestro futuro común. Fomentaba la sed de conocimiento para transformar el mundo, y no por el mero hecho de marcar una casilla.

La escuela capitalista, por su parte, forma al individualista, que desde primer curso aprende que «el hombre es un lobo para el hombre», que «sobrevive el más fuerte», y que tu valor se mide por las notas del examen unificado, y los ingresos de tus padres. Forma al consumidor. Te enseñan no a pensar, sino a elegir entre la oferta disponible. No a crear, sino a comprar. No a luchar, sino a adaptarse. Las aulas se han convertido en una cadena de montaje, para producir biomasa dócil para el mercado laboral.

¡Fíjate en estas «reformas»! 

El examen único de acceso (EGE) no tiene sentido, como lugar de conocimientos profundos. Es como un adiestramiento para adivinar las respuestas correctas. La «optimización» de las escuelas rurales, es la destrucción del trabajo en el campo. Actividades extraescolares de pago, y profesores particulares. Una barrera que separa a los hijos de los proletarios de un futuro digno. El profesor, ese abnegado, está abocado a la miseria y a la esclavitud burocrática. Todo esto forma parte de una política deliberada de la burguesía. Mantener a los trabajadores en la ignorancia y la sumisión para que sea más fácil explotarlos.


ESCLAVOS DEL SALARIO

Qué ridículos resultan todos esos orgullosos «antisoviéticos», esclavos asalariados endeudados hasta las cejas, que temen perder su puesto de trabajo, temen enfermarse o no poder pagar la siguiente cuota de la hipoteca y, sin embargo, nos hablan de lo poco libres e intimidados que estaban los ciudadanos soviéticos.

«Las personas que trabajan por cuenta ajena se encuentran en una situación tan desesperada que, si dejan de trabajar aunque sea un solo día, se quedarán inmediatamente sin medios de subsistencia. Por eso, en su afán por conseguir a toda costa un puesto en una empresa, aunque sea a costa de humillaciones y adulación, se colocan inevitablemente en la posición de esclavos del salario, solo para vivir, solo para estar saciados, renunciando a su dignidad humana y a su voluntad de verdad y bondad».

Kenjuro Yanagida, «Filosofía de la libertad».

Kenjūro Yanagida (1893-1983), filósofo japonés partidario del materialismo dialéctico, historiador de la filosofía, comunista y miembro del Partido Comunista de Japón (PCJ). 

Y aquí, camaradas, surge la pregunta: ¿Qué hacemos?

La respuesta es una sola: estudiar el marxismo-leninismo como arma viva de la lucha de clases. 

Solamente al dominar esta doctrina, el trabajador comprenderá por qué se devalúa su trabajo, por qué los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres, por qué cierran las fábricas y se degrada la educación. Sólo el marxismo-leninismo, ofrece una comprensión clara del tipo de sociedad en la que nos encontramos.

¿Para qué debe formarse el trabajador? 

Para no ser un instrumento ciego en manos de los explotadores, para ver el rugido bestial del enemigo de clase. 

Para organizarse, unirse y derrocar este odioso régimen.  El conocimiento no es un privilegio de la intelectualidad burguesa, sino una condición necesaria para la liberación del proletariado.

¡Camaradas! 

Durante muchos años nos han convencido de que el marxismo está obsoleto, de que la lucha de clases es un vestigio del pasado. Pero la realidad demuestra cada día lo contrario: el capitalismo no ha cambiado, se derrumba por su ambición destructiva. 

Y por eso, hoy más que nunca, son actuales las palabras de Lenin: «¡Aprender, aprender y volver a aprender el comunismo!». 

¡Abajo la escuela burguesa del consumismo! 

¡Viva la educación socialista, que forma a los luchadores! 

¡Viva el marxismo-leninismo, la brújula de la clase obrera en el mundo del caos capitalista!


SOBRE LA SANIDAD

Por la salud del trabajador.

«... Pero no solo el salario determina los ingresos de una familia soviética. A ello hay que sumar el dinero que nuestro Estado destina a la enseñanza secundaria y superior, el que se destina al mantenimiento de guarderías y centros de atención infantil, y el que se abona a los ciudadanos soviéticos en forma de pensiones y prestaciones…

Y eso no es todo. Millones de soviéticos mejoran cada año su salud, en sanatorios y centros de descanso, lo que también supone un importante gasto público.

De hecho, a menudo las estancias en sanatorios se ofrecen a los trabajadores y empleados de forma gratuita o por un precio muy reducido.

¡La asistencia sanitaria!

La atención médica gratuita para la población, la amplia red de hospitales, policlínicas y otros centros sanitarios: son uno de los mayores logros del sistema socialista. En cuanto a la cobertura sanitaria, la Unión Soviética ocupa el primer puesto del mundo. Por cada 10.000 habitantes en la República Socialista Soviética de Armenia, por ejemplo, había ocho veces más médicos que en Turquía, en Uzbekistán, trece veces más que en Pakistán, y en la República Socialista Soviética de Turkmenistán, diecinueve veces más que en Irán.

Hace unos años ocurrió un caso así en la ciudad de Atlanta (EE. UU.).

A George Chambly, un desempleado, le nació un hijo. Sin embargo, no pudo ver al niño: el propietario de la clínica de maternidad lo retuvo… como garantía, hasta que le pagaran el importe de la asistencia médica prestada a la parturienta. Y la suma exigida no era nada desdeñable: 334 dólares. Por mucho que el padre y la madre suplicaran que les devolvieran a su hijo, prometiendo pagar en cuanto consiguieran trabajo, fue en vano. El propietario se mantuvo inflexible. Durante aproximadamente un mes, los Chambly recorrieron los tribunales hasta que les permitieron llevarse a su hijo, con la condición de saldar la deuda posteriormente. ¡Esta es la terrible realidad del capitalismo!».

(Детская энциклопедия, 1962 г., с. 220-221-La Enciclopedia Infantil, 1962, págs. 220-221).


SOBRE LA CULTURA

En la Unión Soviética existía una práctica única: junto a las fábricas y las plantas de producción, en las granjas colectivas, se inauguraban palacios de la cultura. Los trabajadores, tras tomar el poder, organizaban con su ayuda no solo su trabajo, sino también su ocio. 

Las clases sociales más oprimidas, que antes se veían privadas de cualquier actividad creativa, disponían a partir de entonces de amplísimas oportunidades para iniciarse en ellas. Fíjate en lo que ocurre ahora: el poder de la burguesía solo abre antros, a los que ni siquiera se les puede llamar «ocio», pero que le sacan dinero a los trabajadores de forma constante.

No es lo mismo.

Para engañar a los trabajadores de a pie, los propagandistas de la clase dominante, suelen recurrir a su truco favorito: equiparan la propiedad personal, con la propiedad privada de los medios de producción y el capital, en sus diversas formas.

Cuando se habla de propiedad privada, cualquier propietario de fábricas y tierras, dirigiéndose a las masas oprimidas, diserta sobre el justo derecho del ser humano a poseer sus propios pantalones. Equiparando vuestro derecho a poseer unos vaqueros desgastados, con su derecho a apropiarse de los frutos de vuestro trabajo.

Por desgracia, muchos siguen sin comprender la diferencia entre unos pantalones de su armario, y la fábrica donde se cosieron esos pantalones. Entre una parcela personal junto a la casa, y las decenas de hectáreas de tierra, que un propietario privado arrienda para obtener renta del suelo.

Enlace original extraido:

ВКП(б) - Всесоюзная Коммунистическая партия большевиков.


TRABAJO HASTA EL DESGASTE

Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

¿Recordáis el cuento de Pushkin sobre el cura y su jornalero, Balda?

El cura contrató al jornalero por tres jornadas al año, y Balda trabajaba por siete, y comía por cuatro. Una explotación clásica, conocida por cualquiera que haya tenido alguna vez en sus manos un informe de vida laboral. Pero Pushkin, como recordaréis, terminó el cuento con la victoria de Balda: le dio una lección al cura codicioso y se llevó lo que se merecía.

Y en la Rusia actual, lo siento, no habrá final feliz.

Porque aquí un trabajador, realiza el trabajo de siete, cobra un salario y, en lugar de tres palmadas en la espalda, lo que le espera es el agotamiento, el despido y un nuevo «Balda» en su lugar. Y nuestro «pope» no es un anciano calvo, sino un capitalista bastante moderno que razona en términos del Producto Económico Interno, bonificaciones y «capital humano». Analicemos por qué la motivación laboral en Rusia es catastróficamente baja, y si es posible, aumentarla sin cambiar todo el sistema.

¿Cómo razona el capitalista ruso?

Imaginemos, que eres el propietario de una fábrica o el director de una gran empresa. Tu objetivo es maximizar los beneficios y minimizar los costes. El salario de un trabajador es un gasto. Por lo tanto, hay que reducirlo al mínimo. Pero tampoco te conviene que el trabajador sea completamente indigente, ya que no podría trabajar. Se necesita un equilibrio: que al trabajador le alcance para comer y pagar el alquiler, pero que no le sobre para unas vacaciones, un coche nuevo o ahorrar dinero. ¿Cómo lograrlo? Lo más sencillo es:

Fija el salario base en un nivel de subsistencia. De modo que, sin primas, el trabajador apenas pueda llegar a fin de mes. Digamos, entre 20.000 y 25.000 rublos netos. Esto bastará para el pan, los cereales y los gastos de comunidad, pero no para la carne, la ropa y el ocio.

Introduce una prima por cumplir una producción laboral. El plan lo diseña de tal forma, que sólo se pueda cumplir trabajando «por siete». Horas extras, trabajo los fines de semana, renunciar a las comidas, correr a la velocidad de un atleta.

Anuncia: «¡Si cumplís el objetivo, recibiréis una prima del 100 % del sueldo!». Es decir, en lugar de 25 mil, recibiréis 50. Eso ya se parece a una vida digna. Pero para ello hay que esforzarse, agotándose muchísimo.

Si, por algún milagro, la mayoría cumple una norma establecida, al mes siguiente aumenta ese objetivo. Porque si todos reciben la prima, significa que el objetivo era demasiado fácil. Debes pagar la prima sólo a los mejores, o mejor aún, a nadie. Lo ideal es que el 80 % de los trabajadores no cumpla el objetivo, mientras que el 20 % lo cumpla al límite, y reciba la prima, pero que al mismo tiempo, el salario medio se mantenga bajo.

La lógica del capitalista: «Fomentamos el aumento salarial. Si quieres vivir bien, trabaja más. Y si no quieres, vete a otro sitio, allí las condiciones son las mismas». Esta lógica no tiene en cuenta lo más importante: el cuerpo humano no es una máquina.

¿Por qué no funciona el esquema de «salario bajo + prima por méritos»?

Veamos qué le ocurre al trabajador en un sistema así.

Primer mes. Entrega con gran esfuerzo el 150 % de las metas laborales. Duerme cinco horas, no tiene días libres, no ve a su familia. Cumple los objetivos y recibe la prima. Su sueldo ha pasado de 25.000 a 50.000. ¡Hurra! Ahora puede permitirse carne de calidad e ir al cine.

Segundo mes. La dirección aumenta la producción a obtener un 15 %. El trabajador tiene que dar ya el 170 % de sí mismo. Lo intenta. Pero el cansancio se acumula. Empieza a cometer errores, a estropear piezas, a perder tiempo en retoques o, en el caso del sector servicios, la calidad del servicio prestado disminuye. Al final, se cumple el objetivo, pero la prima es un poco menor: 45 mil. Y ya no le quedan fuerzas para nada.

Tercer mes. La meta a conseguir, de nuevo aumenta otro 10 %. El trabajador ya está exhausto. Apenas llega a fin de mes. No se cumple el objetivo: 90 %. No hay prima. Gana 25 mil.

Al cuarto mes, dimite. No puede vivir con el sueldo que le dan. Se va a otra empresa, donde rige el mismo sistema. Y todo vuelve a empezar.

¿Qué ha obtenido el capitalista?

Tres meses de productividad relativamente alta y, después, la pérdida de personal cualificado, los gastos de búsqueda y formación de un nuevo empleado, y un periodo de baja productividad hasta que el novato se pone al día.

¿Qué ha obtenido el trabajador?

Tres meses de infierno, agotamiento, salud deteriorada y posibles disputas familiares. Y, al final, el mismo sueldo de miseria en su nuevo puesto. Esta es la rueda del samsara del capitalismo ruso (y, de hecho, del imperialismo mundial actual). Lleva girando un montón de años y a nadie le resulta saludable convivir con esta dictadura de la clase de los explotadores.

¿Por qué el trabajador ya no quiere «ir más allá de sus posibilidades»?

Pregúntale a cualquier obrero que trabaja en la industria, en logística, en el comercio o en el sector servicios. Te dirá: «Sé que si me esfuerzo, ganaré más. Pero no quiero esforzarme. Porque sé que, dentro de un mes, subirán el objetivo y volveré a correr como una ardilla en una rueda. Y no tengo una segunda vida, la salud iré perdiendo».

Es una elección racional. La persona no solo tiene en cuenta el dinero, sino también sus fuerzas, su tiempo, su salud y su relación con la familia. Y llega a la conclusión: «¿Merece la pena una prima de 10.000 por no ver crecer a mis hijos? ¿Merecen la pena 20.000 para acabar yendo al médico con hipertensión a los 40 años?». Y la mayoría responde: no, no vale la pena.

¿Cómo podemos, ni comparar, con la «motivación soviética»?

¡Allí también había objetivos a cumplir, y planes a realizar!

La Unión Soviética abordaba la motivación de otra manera. Sí, había planes. Sí, había competencia social, un movimiento de impulso generativo de «entusiastas» que apoyaba la construcción del socialismo, además del movimiento estajanovista, para la obtención de objetivos. Pero también había diferencias importantes.

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En primer lugar, el salario básico era digno. No solamente para obtener «pan y agua», sino para llevar una vida normal de satisfacción de las necesidades cotidianas. La vivienda era gratuita. La asistencia sanitaria, gratuita. La educación, gratuita. El descanso en un balneario, casi gratuito. Incluso con el salario mínimo, el ciudadano soviético no pasaba hambre ni vivía en la calle.

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En segundo lugar, las primas por superar el plan no suponían de «pasar del salario mínimo a pasar hambre», sino que se obtenía con una mejora sustancias de ingresos reales, una vida ya de por sí muy aceptable. Llegando a tener posibilidad de comprarse un coche, muebles o irse de vacaciones.

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En tercer lugar, el pueblo entendía por quienes trabajaban y para qué dedicaban su vida laboral. No trabajaban para un tipo que se llevaría los beneficios a un paraíso fiscal. Se enorgullecían ser un colectivo que era parte de su Estado Proletario, para su fábrica, para los demás trabajadores. El reconocimiento social, los tablones de honor de los miembros que se distinguían por su trabajo, diplomas acreditativos de "trabajador de choque", premios con "Órdenes de Trabajo bien hecho, socialistas". No… no eran palabras vacías, eran hechos consumados.

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En cuarto lugar, los objetivos no se elevaban sin límite. Había cuotas de producción técnicamente fundamentadas, calculadas por ingenieros, y no por directivos que buscaban exprimir al máximo a la población. Y si un trabajador superaba el objetivo, su logro era compartido, para que todos se sintiesen orgullosos del trabajo desarrollado por su compañero. Entonces ocurría generalmente un hecho social, poco entendido por el capitalismo. Se convertía en un acicate para el desarrollo y fomento de la capacidad laboral de todos. No ocurría cada mes, sino la traslación a medidas laborales concretas, tras un análisis en profundidad, para conseguir nuevos métodos de trabajo, que aportasen un avance posible de alcanzar por todos.

Por supuesto, en la URSS también había casos de agotamiento y se cometían excesos. Pero el sistema de incentivos estaba diseñado, para que el trabajador consiguiera vivir mejor y quisiera ir a trabajar en armonía a unos estándares laborales superiores.

La diferencia es evidente. Ahora, no trabajan mejor, por miedo a que le castiguen por sus éxitos laborales, aumentándole sus objetivos a alcanzar...

 

EL PROLETARIO Y EL ESCLAVO 

Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

¿En qué se diferencia la esclavitud asalariada capitalista actual de la clásica, de aquella esclavitud que, como sabemos, existía en el sistema antiguo esclavista?

Si lo pensamos y comparamos por sus hechos, comprenderemos que sólo se diferencia en la forma, pero que en esencia, sigue siendo esclavitud.

El antiguo esclavista, para obligar al esclavo a obedecerle y a trabajar para él, recurría a la coacción física. Contaba con hombres armados que obligaban a los esclavos a trabajar por la fuerza, les azotaba con látigos y palos, y los encadenaba, les ponía collares, o amputaban miembros.

El esclavista moderno —el capitalista— recurre a la coacción económica. Ha arrebatado a los hombres que trabajaban con sus instrumentos de trabajo, convirtiéndoles en proletarios, sin medios de producción, fábricas, ni talleres, siendo la clase capitalista quien apropiándose de todo, les ha planteado una disyuntiva, o trabajan para él o se mueren de hambre.

Además, el esclavista moderno, el capitalista, es parte de la violencia contra los trabajadores, y recurre a una fuerza de seguridad de sus intereses bien retribuida. Y es que el ejército y la policía en el Estado capitalista existen precisamente para proteger su propiedad. Para reprimir a los esclavos si se rebelan e intentan liberarse de la esclavitud (es decir, si intentan destruir la propiedad privada y socializar los medios de producción, privando al esclavista moderno de la posibilidad de mantenerlos en la esclavitud).

Los antiguos esclavistas reprimían con saña y en un baño de sangre las revueltas de los esclavos, cualquier intento que estos hicieran por liberarse. A los esclavos derrotados los torturaban salvajemente y los ejecutaban por centenares y miles. Tras la represión de la revuelta de Espartaco, las hileras de postes con esclavos crucificados se extendían a lo largo de decenas de kilómetros a lo largo de las carreteras.

Como se sabe por la historia, los esclavistas modernos —los capitalistas— tampoco dudaron en emplear toda la violencia posible contra sus esclavos proletarios en rebelión. No les ahorraron ni plomo, ni fuego, ni balas, ni proyectiles, ni cárceles, ni horcas.

Un ejemplo de ello es nuestra Guerra Civil tras la Gran Revolución de Octubre. En aquel entonces, los esclavistas derrocados por el pueblo trabajador estaban dispuestos a todo, con tal de recuperar su propiedad y el poder sobre sus antiguos esclavos. La historia recuerda las terribles matanzas, perpetradas por los blancos contra los soldados del Ejército Rojo que habían caído prisioneros. Las atrocidades de los blancos, contra los obreros y los campesinos, cuya única culpa era haber ayudado a los rojos, y de haber querido liberarse de la esclavitud asalariada. Estos crímenes están grabados con sangre, en la memoria del pueblo trabajador.

Por supuesto, los capitalistas actuales se esfuerzan por todos los medios por ocultarnos el hecho de que somos sus esclavos asalariados. Nos engañan con ahínco para que no lleguemos a descubrir la verdad. Disponen de muchas artimañas y astucias para engañarnos y despistarnos.

«¿En qué me diferencio de un esclavo?», se pregunta el trabajador de hoy en día.

A lo que el burgués-empresario de hoy en día, se apresura a responderle: «La diferencia fundamental es que el esclavo no era libre, mientras que tú sí lo eres».

¿Crees que alguien te obliga a trabajar?, se sorprende el burgués. Tienes libertad para elegir: para quién trabajar, o montar tu propio negocio, o dedicarte a la función pública, o, por último, simplemente irte al campo y vivir de la tierra. Un esclavo no podía hacer nada de eso».

Mas, por supuesto, estas aseveraciones son pura falacia:

¡Todo lo que nos dice nuestro esclavista moderno es mentira! ¡Y no hay que creerle!

¿Nos asegura que somos libres? Ya se ha hablado antes de esta «libertad». El esclavo se veía obligado a trabajar para el esclavista, de lo contrario, lo mataban. El proletario también se ve obligado a trabajar para el empresario, de lo contrario, morirá de hambre.

Ahí está toda la «libertad».

¿En qué sentido es «libre» el proletario?

Sólo en uno. Si antes un esclavo concreto pertenecía a un esclavista concreto, en nuestra época cada proletario pertenece a TODA LA CLASE CAPITALISTA.

Sí. El proletario es libre de elegir a qué capitalista venderá su fuerza de trabajo. Puede marcharse de uno y pasar a otro, a un tercero, a un quinto. Pero el proletario no puede alejarse de la clase capitalista, ni dejar de vivir de la venta de su existencia como productor de ganancia, para el explotador de turno. Resulta que nuestra tan cacareada «libertad» es la libertad de elegir a nuestro propio esclavista.

Aún más engañosa resulta la frase «puedes montar tu propio negocio». Esta frase no resiste en absoluto ninguna crítica. En cuanto empiezas a aplicar la lógica, en cuanto intentas independizarte, el burgués competidor se pone rojo de ira y empieza a gritarte que "ni pensar en abandonarle, pues tendrías las más terribles consecuencias", sin dejarte decir ni una palabra, algo que me ha pasado en más de una ocasión.

Y refutar esta afirmación es muy fácil.

Basta con señalar, a nuestro poco respetable oponente en qué época vivimos. Vivimos en una época en la que la pequeña producción ha quedado irremediablemente en el pasado. Ahora, la base de la producción son las grandes empresas, las plantas y las fábricas. En nuestra época, la humanidad produce todo lo necesario mediante una producción industrial a gran escala, de carácter social y colectiva, cuyos ámbitos y sectores son interdependientes y están interrelacionados. Para poner en marcha la enorme maquinaria productiva mundial, se requiere el trabajo conjunto y organizado de miles de millones de trabajadores, bajo el sistema imperialista de coacción y esclavitud asalariada.

Por eso basta con preguntarle a nuestro burgués, que nos asegura que «cualquiera puede montar su propio negocio»: si todos «montamos nuestro propio negocio», si TODOS los proletarios se convirtieran en empresarios, ¿QUIÉN se quedaría entonces en la producción? Volveríamos a la época atrasada del trabajo artesanal. Naturalmente, toda la producción social lograda, se detendría. Es decir, nos quedaremos sin industria colectiva para toda la población. Y eso significa volver a la economía de subsistencia, a la época del feudalismo primitivo.

Está claro que eso es imposible. La humanidad no volverá al feudalismo, no renunciará a la industria. Ahora estamos en la fase imperialista de la producción, donde se siguen imponiendo la dictadura de las empresas privadas, en las que trabajan cientos y miles de trabajadores, la producción organizada de millones de personas a una minoría parasitaria.

La cuestión se reduce a una sola cosa:

¿Por ello, es tan importante saber a quién pertenecen estas grandes empresas? ¿A toda la sociedad o a una clase de capitalistas? ¿Para quién trabajarán estos millones de trabajadores: para sí mismos, creando bienes para toda la sociedad? ¿O para unas corporaciones nacionales e internacionales, a quienes se entregan su trabajo y les generan riquezas inauditas? Es decir, ¿asegurándoles influencia, poder y dominio sobre el mundo, sobre miles de millones de trabajadores, sobre países y continentes enteros?

Lo mismo ocurre con la propuesta que se me hace a mí, un proletario, de incorporarme a la función pública.

Bueno, supongamos que quiero incorporarme a la función pública. ¿Y qué pasa después?

Y es que hoy en día un puesto cómodo en la administración pública es sinónimo de capital. ¡Es un embudo, con muy pocos alcanzan por los miles de aspirantes que quieren conseguirlo! ¿Y quién conseguirá hacerse con él? ¿Quizás yo? ¿Sin estudios (si no hay dinero, tampoco hay estudios)? ¿Sin posibilidad de dar un soborno? ¿Quién me dejará acceder al pesebre del Estado, si todos los puestos están reservados, repartidos de antemano para «los suyos»? ¿Y quiénes son «los suyos»? Está claro quién. Los ricos, saben en primer lugar como hacer que los elegidos, lamen sus manos. Se convierten en fieles defensores de su sistema de opresión de la sociedad. Colocará en ese puesto codiciado no solamente a su mujer, a su hermana, a su hijo, a su hija, sino a sus protegidos, y velará continuamente la forma de pensar de los elegidos. ¡Porque desean que les vigile su estado, alguien que defienda su poder, para impulsar sus negocios y eliminar a la competencia!

Así que a mí, que no tengo dinero, no me espera una carrera como funcionario. A mí y a los que son como yo solo nos queda un camino:

¡Estar preparados para ingresar cuando sea posible las filas del Ejército Rojo y lanzarnos al asalto del capital!

Y en cuanto a lo de irse al campo y vivir de la tierra, primero hay que comprar esa tierra. Hay que construir o, de nuevo, comprar una casa. Se puede, claro, vender el piso, etcétera, etcétera.

Pero, como ya se ha dicho, la economía natural es cosa del pasado. En la agricultura también predominan ahora las relaciones capitalistas. La pequeña producción ya no es rentable ni racional, ni en la industria ni en la agricultura. Para vivir dignamente, para mantener la casa y pagar la tierra, para comprar maquinaria, combustible, recambios, ropa y dar una educación a los hijos, tengo que vender mi producción. Por lo tanto, mi explotación debe ser rentable. Y solo una gran explotación puede serlo. Así que, mires donde mires, no queda más remedio que elegir:

– O bien ampliar la explotación, contratar jornaleros y convertirme en un terrateniente.

– O bien arruinarme e ir yo mismo a trabajar como jornalero para algún terrateniente local.

La elección, tanto en el campo como en la industria, es única: o explotas revolucionariamente, o te explotan. O eres un esclavo asalariado del capitalista, o te conviertes en un capitalista esclavista.

Por supuesto, existe una tercera vía para nosotros, los proletarios: la lucha por nuestra emancipación social. Si no quieres ser ni esclavo ni esclavista, si quieres ser una persona libre, emprende este camino.

Lucha por la abolición de la esclavitud capitalista asalariada, por la abolición de la propiedad privada.

Lucha para que se derrote el poder de la burguesía y se establezca el poder de los trabajadores.

Entonces llegará el fin de nuestra esclavitud.


Enlace original:

- ВКП(б) - Всесоюзная Коммунистическая партия большевиков.

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