25 de enero de 2017

Las 8 titánicas obras chinas que dejan boquiabierto al planeta

Por Carlos Salas



El país más poblado del planeta, tiene otros records: acaba de inaugurar el puente más alto del mundo, el radiotelescopio de mayor tamaño y el mayor ascensor de barcos. He aquí la últimas grandes obras de ingeniería de China que dejan boquiabierto al planeta. China rompe records cada año, no solo en la construcción civil sino en el terreno espacial y militar.

Estos son sus últimos logros:

El puente de cristal más largo


Se trata del puente de cristal más alto y largo del mundo, solo para paseantes. Mide 430 metros de largo, 6 de ancho y está suspendido a 375 metros de altura, sobre el Gran Cañón de Zhangjiajie, en la provincia de Hunan. Fue un poco polémico porque al poco de inaugurarse hubo que cerrarlo por exceso de público. Ya se ha abierto de nuevo y es una de las grandes atracciones turísticas. Costó 62 millones de euros.

La mayor ciudad de hielo


En la capital de la provincia china de Heilongjiang se ha inaugurado la mayor ciudad de hielo del mundo. Es una atracción turística. Gracias al trabajo de 10.000 obreros sobre 800.000 metros cuadrados de superficie, se han esculpido 150.000 metros cúbicos de hielo para elevar curiosas construcciones que morirán con el cambio de estación. La idea es ser un imán turístico, que ya atrae en su mejor temporada a más de dos millones de turistas del planeta entero.

El puente más alto


Antes de que terminara 2016, se inauguró en China el puente más alto del planeta, con 565 metros de altura, equivalente a un edificio de 200 pisos. El edificio más alto en España es una de las Cuatro Torres de Madrid, la de Cristal, con 249 metros. Menos de la mitad que el puente más alto de China. Permite salvar el cañón del río Nizhou y conecta las provincias de Guizhou con Yunnan. Costó 138 millones de euros.

El mayor radiotelescopio


Se llama FAST (nombre occidental) y es el mayor radiotelescopio del mundo. Tardó cinco años en construirse y costó 160 millones de euros. Tiene un diámetro de 500 metros, donde caben hasta 30 campos de fútbol, y casi duplica al hasta el momento más grande que era el de Arecibo. Solo los 4.450 paneles tardaron 11 meses en ser ensamblados. Está emplazado en Pintang en la provincia de Guizhou.

La mayor represa


En 2016 también logró China acabar una de las mayores obras civiles del mundo: es la famosa presa de las Tres Gargantas, que está considerado el mayor proyecto hidroeléctrico del mundo. Se han tardado 23 años en completar el proyecto. El objetivo era suministrar electricidad a la zona de Shanghai pero también controlar las crecidas del río Yangtsé, el mayor de Asia.

El mayor ascensor de barcos


Situado en la presa de las Tres Gargantas, es el mayor ascensor para barcos del mundo. Les permite salvar la altura entre los dos niveles de agua, que son más de cien metros. Los barcos tardaban cuatro horas en superar el desnivel, pero ahora lo logran hacer en 40 minutos. Ha sido diseñado por ingenieros chinos y alemanes, y puede aceptar embarcaciones de hasta 3.000 toneladas.

El cohete más grande


Lo llaman Larga Marcha 5 y su abreviatura es CZ5. Es el cohete que está rivalizando con la potente flota espacial americana, y ya ha superado en capacidad cualquier artefacto porque ninguno hasta ahora había podido transportar 25 toneladas de carga. El CZ5, lanzado en noviembre de 2016, lo ha logrado. Con ello, la diferencia entre China y EEUU en cuestión aeroespacial se ha reducido de décadas a años. Lo mejor de todo es que China ya tiene sobre la mesa de diseño el CZ9 que promete ser la madre de todos los cohetes.

La mayor red de alta velocidad


China empezó a construir hace tiempo una gran red de trenes bala. En 2015 llegaron a 19.000 kilómetros construidos, lo que la convertía en la mayor red del mundo en su género. Ahora, acaba de inaugurar la mayor línea de alta velocidad: comunica el este y el oeste del país, las ciudades de Shanghai y Kunming, y cubre una distancia de 2.252 kilómetros.
 
Fuente:
> Manos fuera de China.

Celebrar el centenario del Gran Octubre haciendo honor a su espíritu


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Ha empezado ya el año 2017, durante el cual será recordada la revolución proletaria que triunfó en Rusia hace cien años. La mayor parte de lo que ya se está difundiendo son falsedades y difamaciones, porque los grandes medios de difusión cultural pertenecen a los capitalistas. No debemos perder de vista que éstos sólo pueden existir a costa de la explotación de los trabajadores asalariados. Es pues fácilmente comprensible que se opongan furiosamente a cualquier tentativa de emancipación de la clase obrera, con más motivo si ésta se realiza con éxito, como fue el caso de la revolución rusa. Así que, cuando oigamos, veamos y leamos la avalancha de "sesudos" argumentos contra ella, no olvidemos que no tienen nada que ver con la ciencia, con la verdad histórica, sino con el interés de la burguesía por prolongar la explotación del hombre por el hombre.
Mucho más desmoralizante para la clase obrera es la crítica de sus supuestos amigos contra la Revolución de Octubre. Nos referimos a quienes se presentan a sí mismos como simpatizantes de los trabajadores, del socialismo, de la revolución, etc., pero que coinciden con la propaganda burguesa a la hora de arremeter contra tal o cual principio de Octubre (dictadura del proletariado, violencia revolucionaria, dirección del movimiento obrero por parte de su partido comunista, etc.).
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La revolución que triunfó el 7 de Noviembre de 1917 y que fue la mayor de toda la historia no resultó de un concurso de circunstancias casuales. Las condiciones objetivas y casuales -beneficiosas y perjudiciales- fueron coronadas por la victoria del proletariado porque las manejó el Partido bolchevique, un partido comunista enteramente basado en la teoría científica del marxismo-leninismo. Esta teoría no es una colección cualquiera de ideas inconexas, sino un todo absolutamente coherente con el interés de clase del proletariado como forjador de la sociedad comunista y absolutamente antagónico con el interés de clase de la burguesía por conservar el capitalismo. Por eso, prescindir aunque sea de uno solo de sus principios equivale a renegar del marxismo por entero; es abrir una vía de agua que acaba hundiendo el barco.
En definitiva, la diferencia entre un sincero homenaje a la Revolución de Octubre y un ataque más o menos encubierto a la misma se mide por la fidelidad al espíritu del bolchevismo que la hizo posible.
Así, el anarquismo que parece amigo de la clase obrera, del socialismo y de la revolución se convierte en su enemigo, en un aliado de la burguesía, desde el momento en que se opone a la dictadura del proletariado, imprescindible para que éste pueda defenderse de la contrarrevolución burguesa y completar la transformación de la sociedad capitalista en sociedad comunista. La crítica anarquista de la Revolución de Octubre es, en esencia, una crítica burguesa, o, más exactamente, pequeñoburguesa.
La socialdemocracia también critica la revolución soviética en nombre de la clase obrera y del socialismo, pero lleva ya más de un siglo demostrando en la práctica que su crítica está al servicio del imperialismo. Por eso, sólo conserva cierta influencia sobre la parte trasera del movimiento obrero. 
Sin embargo, hay una versión "izquierdista" de la socialdemocracia que influye negativamente sobre la parte más joven e inexperta de la vanguardia proletaria: se trata del trotskismo, a través de todas sus variadas expresiones. Unas atacan casi toda la actuación del Poder soviético, mientras que otras la defienden formalmente hasta el momento en que murió Lenin. Es una defensa falsa, farisaica, porque ocultan la larga lucha de Lenin contra el trotskismo y presentan al último Lenin como a un trotskista converso; todo ello para tergiversar el bolchevismo y suplantarlo por el trotskismo. El espíritu del bolchevismo fue llevar hasta lo más alto la transformación socialista de Rusia, estimulando la revolución mundial con este ejemplo práctico, mientras que el trotskismo es sacrificar la construcción del socialismo en un solo país por una fantástica revolución internacional más o menos simultánea. El trotskismo es, como la socialdemocracia de la que es parte, la capitulación frente al capitalismo y al imperialismo (ahí está, por ejemplo, su apoyo entusiasta a Solidarnosc en la Polonia de los 80 y, luego, a la intervención extranjera contra Yugoslavia, Libia, Siria, etc.), pero adornada a veces con frases izquierdistas. Es, por ello, su versión más engañosa y peligrosa para la causa revolucionaria. Por eso, recibe sin falta todo el apoyo ideológico y material del imperialismo en su lucha contra el comunismo consecuente.
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Desgraciadamente, ahí no termina el recuento de los críticos con la Revolución de Octubre. En efecto, no todos los partidarios del marxismo-leninismo han sido inmunes a la presión ideológica de la burguesía. Con el paso del tiempo, en la URSS y en el resto del mundo, muchos cedieron a esta presión, suplantaron el marxismo-leninismo por un pálido sucedáneo y respaldaron algunos de los infundios de la socialdemocracia personificados en Stalin, el dirigente bolchevique más relevante después de Lenin. Después de comprobar el desastre al que nos ha conducido el revisionismo moderno de Jruschov, Tito, Carrillo, etc., afortunadamente, muchos de ellos intentan restablecer los principios del bolchevismo, pero se quedan a medio camino por la confusión y los prejuicios que arrastran.
Ahora que el centenario de la Revolución de Octubre nos da pie para desenmascarar radicalmente la montaña de mentiras acumuladas contra ella desde hace más de medio siglo, surgen iniciativas que sacrifican las exigencias ideológicas con tal de sumar gente. Otra vez, la cantidad en detrimento de la calidad. Se anuncia una multitud de actividades para divulgar una versión elemental de la revolución rusa que, en el mejor de los casos, elude las cuestiones espinosas. Por este camino, no sólo se facilita que aquellos falsos amigos se infiltren entre los organizadores de las celebraciones y las echen a perder, sino que se traiciona -aun sin quererlo- lo que precisamente hizo posible el triunfo del Gran Octubre.
El espíritu bolchevique fue el de la lucha contra la confusión, por la clarificación, por la verdad, por la integridad del marxismo frente a la degradación del mismo por el ambiente burgués y pequeñoburgués. Marx y Engels habían realizado un titánico esfuerzo para que el movimiento obrero se basara en el socialismo científico. Y el bolchevismo fue su digno continuador en un tiempo en que, de palabra, nadie se atrevía a cuestionar la autoridad del socialismo de aquéllos, ni siquiera los que se empeñaban en corromperlo. El bolchevismo consistió en exigir la máxima calidad ideológica como base para la conquista de todos los éxitos prácticos. Así es como la Unión Soviética pudo llegar tan lejos y animar tras de sí las masas de cientos de millones de personas que, por todo el planeta, formaron las filas del movimiento obrero y comunista internacional.
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Ser consecuentes con la Gran Revolución Socialista de Octubre es no ceder a la historiografía convencional que contrapone la etapa de Lenin a la de Stalin, que edulcora la primera y que ensombrece la segunda (igual que hay seudomarxistas que contraponen el Marx revolucionario al Marx de El Capital, y otros que contraponen Engels a Marx). 
Es explicar que la etapa de Lenin consiguió restaurar la soberanía y la economía de Rusia, no para quedarse a la espera de la revolución mundial, sino para poder pasar a la ofensiva en la construcción del socialismo, como así se hizo durante la etapa de Stalin.
Es defender la industrialización como base indispensable del socialismo proletario y la colectivización agraria como medio de incorporar al campesinado trabajador a la edificación socialista.
Es explicar los prodigios económicos y políticos de la URSS como el fruto del trabajo libre de explotación gracias precisamente a la dictadura revolucionaria del proletariado contra los explotadores.
Es combatir la ingenuidad bobalicona que difunden los reformistas entre las masas para que se crean el cuento de que la lucha de clase de la burguesía contra la clase obrera se extingue a medida que avanza la construcción del socialismo. Como si el imperialismo no reaccionara contra este desarrollo concentrando todas sus fuerzas para destruirlo; como si no pudiera apoyarse en las contradicciones de clase persistentes en el socialismo; como si no hubiera dirigentes del partido proletario que lo traicionan convirtiéndose en representantes de las clases explotadoras sucesivamente confrontadas a las transformaciones revolucionarias (por ejemplo, Trotski, Zinóviev, Kámenev, Bujarin, Jruschov, etc.).
Ser consecuentes con Octubre también es reconocer los errores y limitaciones que facilitaron la victoria de la contrarrevolución, después de haber realizado tantos progresos. Es no hacer del marxismo-leninismo un icono de veneración y nostalgia, sino un arma viva que siga desbrozando el camino que lleva al comunismo. Es asumir que los mejores bolcheviques, incluido Stalin, se confiaron en exceso con los cambios realizados y minusvaloraron el riesgo que entrañan las contradicciones sociales aún no resueltas. Es sobre todo el caso de la división de la sociedad en trabajadores manuales y trabajadores intelectuales, parte de los cuales conformaron una nueva burguesía revisionista que arrebató la dirección política a la clase obrera en la URSS y en otros países socialistas, a partir de mediados del siglo pasado.
Finalmente, a estas alturas, ser consecuentes con Octubre es hacer extensiva a nosotros mismos la autocrítica que necesita el movimiento comunista internacional. En concreto, hay que tratar correctamente, dialécticamente, la contradicción de la revolución proletaria con esa nueva burguesía socialista, con el socialismo pequeñoburgués que la misma encabeza. Es hacerlo sin exageraciones "izquierdistas" y, a la vez, defendiendo la independencia política de la clase obrera. Es comprender la naturaleza contradictoria de esta nueva clase burguesa: contrarrevolucionaria y revisionista en relación con las necesidades del proletariado revolucionario, a la vez que acosada por la burguesía imperialista y enfrentada a ella. De ahí, la conveniencia de promover una alianza con aquella burguesía socialista (Rusia, China, Siria, etc.) contra el imperialismo e incluso para preservar las transformaciones revolucionarias habidas, mientras la correlación de fuerzas de clase existente todavía no permita desplegar una verdadera ofensiva revolucionaria general. Los comunistas chinos y albaneses cometieron errores de "izquierda" en esta lucha, pero -a César lo que el de César- hay que reconocer que fueron los primeros en diagnosticar y en combatir esta nueva contrarrevolución. Plagiar algunos de sus análisis para poder explicar el derrumbe de la URSS y, al mismo tiempo, confundir el marxismo-leninismo con el revisionismo de la nueva burguesía socialista representa una forma de oportunismo que no honra el espíritu de Octubre. 
En conclusión, son muchas las exigencias, pero no podemos pasarlas por alto si queremos que la celebración del Centenario del Gran Octubre nos ayude a reanudar la revolución proletaria mundial, en vez de reforzar la dominación burguesa y el capitalismo.

22 de enero de 2017

Conferencia de la Asociación sobre la Unión Sovietica

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El lunes día 23 de Enero, a las 19 hs. en el Ateneo de Madrid, en la sala de la Tertulia Republicana, tendrá lugar una conferencia realizada por la Asociación de Amistad Hispano Soviética en conmemoración del Centenario de la Revolución de Octubre, bajo el título:

Los logros del Socialismo en la Unión Soviética y porqué fue derrotada.


"Con la Revolución de Octubre, por primera vez en la historia, el triunfo de los trabajadores fue duradero y éstos pudieron demostrar a lo largo de decenios que podían valerse sin explotadores e incluso ser más eficientes que éstos al frente de la producción."

Cuba. Claves del anticapitalismo y el antimperialismo hoy

En este artículo encara los problemas a los que se enfrentan las sociedades que buscan alternativas sociales al imperialismo, desde las experiencias como Cuba o el proceso venezolano. La defensa del Socialismo creemos que también pasa, porque la clase que seguirá siendo la que llevará la llama de la Revolución Social será la clase obrera.

El Socialismo no solamente tiene que defender las conquistas sociales conseguidas, sino abordar también opciones culturales y de emancipación social, además de proponer alternativas económicas ante la actual ofensiva conservadora mercantilista.

La colectivización y cooperación en todos los campos. En las ideas y en los hechos. La batalla por su extensión en los medios de comunicación. La formación específica de los colectivos que luchan contra el imperialismo, para la educación gradual de los trabajadores, porque ellos serán en cada país los artífices de esas alternativas, para retomar los principios y retos, en el Siglo XXI, de la Revolución de Octubre.

Por Fernando Martínez Heredia

 Foto: Luis Jorge Gallegos
El primer homenaje que recibió Fidel al morir fue una consigna de hoy, una invención de jóvenes que hizo suya todo el pueblo de Cuba: “yo soy Fidel”. Así se demostró que Fidel es del siglo XXI, y que cuando el pueblo entero se moviliza con conciencia revolucionaria es invencible. En esos días del duelo Fidel libró su primera batalla póstuma, y volvió a mostrarle a todos, como en 1953, el camino verdadero.

Hoy, cuando vamos a compartir acerca de los caminos de las luchas –porque lo verdadero son las luchas–, es natural comenzar con la ayuda de Fidel, y emular con sus ideas y sus actos para sacarles provecho, no imitándolos, sino traduciéndolos a nuestras necesidades, situaciones y acciones.

Para sacarle provecho a Fidel, tenemos que evitar repetir una y otra vez lugares comunes y consignas. Conocer más las creaciones y las razones que lo condujeron a sus victorias, las dificultades y los reveses que Fidel enfrentó, lo que pensó sobre los problemas, sus acciones concretas, puede aportarnos mucho, y de esa manera será más grande su legado.

En el tiempo de su vida pueden distinguirse tres aspectos: Fidel, joven revolucionario; el líder de la Revolución cubana y el líder latinoamericano, del Tercer Mundo y mundial.

Fidel brinda un gran número de enseñanzas.

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Tanto para el individuo como para las luchas políticas y sociales. Quisiera enumerar muy brevemente algunas de las características de su legado que me parecen importantes para nuestros  objetivos:

1- Partir de lo imposible y de lo impensable, para convertirlos en posibilidades mediante la práctica consciente y organizada y el pensamiento crítico,  conducir esas posibilidades actuantes hacia la victoria al mismo tiempo que se forman y educan factores humanos y sociales para poder enfrentar situaciones futuras, y mediante las luchas, los triunfos y las consolidaciones convertir las posibilidades en nuevas realidades.

2- No aceptar jamás la derrota. Fidel nunca se quedó conviviendo con la derrota, sino que peleó sin cesar contra ella. Me detengo en cinco casos importantes en su vida en que esto sucedió: 1953, 1956, 1970, el proceso de rectificación y la batalla de ideas. En 1953 respondió a la derrota del Moncada con un análisis acertado de la situación para guiar la acción. Cuando todos creían que era un iluso, se reveló como un verdadero visionario. En 1956, cuando el desastre del Granma, respondió con una formidable determinación personal y una fe inextinguible en mantener siempre la lucha elegida, por saber que era la acertada.

En 1970, comprobó que lograr el despegue económico del país era extremadamente difícil, pero entonces apeló a los protagonistas, mediante una consigna revolucionaria: “el poder del pueblo, ese sí es poder”. En1985, fue prácticamente el primero que se dio cuenta de lo que iba a hacer la URSS, que le traería a Cuba soledad, desastre económico y más grave peligro de ser víctima del imperialismo, pero su respuesta fue ratificar que el socialismo es la única solución para los pueblos, la única vía eficaz y la única bandera popular, que lo necesario es asumirlo bien y profundizarlo. Entonces movilizó al pueblo y acendró su conciencia, y sostuvo firmemente el poder revolucionario. En el 2000, ante la ofensiva mundial capitalista y los retrocesos internos de la Revolución cubana en la lucha para sobrevivir, lanzó y protagonizó la batalla de ideas, con sus acciones en defensa de la justicia social, su movilización popular permanente y su exaltación del papel de la conciencia.

No me va a dar tiempo a exponer cada punto, aunque fuera brevemente, así es que me limitaré a mencionarlos, con la intención de estimular el interés en el estudio de Fidel.

3- La determinación de luchar en todas las situaciones. Sería muy conveniente considerar como concepto a la determinación personal, en el estudio de los que se lanzan a lograr transformaciones sociales. La praxis es decisiva.

4- Organizar, fue una constante, una fiebre de Fidel. Ojalá que este sea uno de los temas principales de este taller.

5- La comunicación siempre, con cada ser humano y con las masas, en lo cotidiano y en lo trascendente, es una de las dimensiones fundamentales de su grandeza y es uno de los requisitos básicos del liderazgo.

6- Utilizar tácticas muy creativas, y estrategias impensables, y sin embargo factibles.

7- Luchar por el poder y conquistarlo. Mantener, defender y expandir el poder. Se puede discutir casi eternamente acerca el poder en términos abstractos, pero solo las prácticas revolucionarias logran convertir al poder en un problema que pueda resolverse.

8- Crear los instrumentos y los protagonistas. Tomar las instituciones para ponerlas a nuestro servicio, no para ponernos al servicio de ellas.

9- Ser más decidido, más consciente y organizado, y más agresivo que los enemigos.

10- Enseñar y aprender al mismo tiempo con los sectores del pueblo que participan o que simpatizan, y después con todo el pueblo. Avanzar hacia formas de poder popular.

11- El gran logro cubano, unir la liberación nacional a la revolución socialista.

12- Ser siempre un educador. Hacer educación a escala del pueblo. Que el pueblo se levante espiritualmente y moralmente, para que se vuelva participante consciente y capaz de todo, complejice sus ideas y sus sentimientos y enriquezca sus vidas.

13- Que la concienciación esté en el centro del trabajo político, no solo para avanzar y ser mejores, sino para que la política llegue a convertirse en una propiedad de todos.

Siento que la mayor lección que le brinda Fidel a los luchadores de América Latina actual es lo que pensó y lo que hizo entre 1953 y 1962. Puede ser muy valioso ponernos de acuerdo para estudiar, discutir y socializar ese período.

Desde hace un año estamos oyendo decir que la situación en nuestro continente se ha vuelto cada vez más difícil, por que acontecen hechos adversos a los pueblos, y por la ofensiva del imperialismo y sus cómplices de clases que son a la vez dominadas por él y dominantes en sus países. Aunque parezca que empiezo por el final, quisiera comenzar con un comentario. 

Acerca de las relaciones que existen entre dificultades y revolución.



Para los revolucionarios, y durante los procesos de revolución, hay momentos felices y procesos felices, pero en las revoluciones verdaderas no hay coyunturas fáciles. Cuando puedan parecernos fáciles es solamente porque no nos hemos dado cuenta de sus dificultades. Y es así porque estas revoluciones, a las que amamos y por las que estamos dispuestos a todo, son las iniciativas más audaces y arriesgadas de los seres humanos, que emprenden transformaciones prodigiosas liberadoras de las personas y de las relaciones sociales, a tal grado que nunca más quieran, ni puedan, volver a vivir en vidas y sociedades de dominación y de violencias y daños de unos contra otros, de individualismo y afán de lucro. Son revoluciones que pretenden ir creando personas cada vez más plenas y capaces, y realidades que contengan cada vez más libertad y justicia, donde entre todos se logre cambiar el mundo y la vida. Es decir, crear personas y realidades nuevas.

Si lo que acabo de decir le parece imposible al mundo existente y las creencias vigentes en la prehistoria de la humanidad, al sentido común y al consenso con lo esencial que mantiene a las sociedades sujetas al capitalismo, ¿cómo no va a ser sumamente difícil todo lo que hagamos y proyectemos? 

Si jamás las clases dominantes estarán dispuestas a admitir que se levante el pueblo y adquiera dignidad, orgullo de sí mismo y dominio de la situación, conciencia y organizaciones suyas, a su servicio y eficaces, que esté en el poder y que lo convierta en un poder popular, entonces hay que convenir en que en esas épocas todo se vuelve muy difícil para la causa del pueblo. El joven Carlos Marx avizoraba bien cuando escribió que solamente mediante la revolución podrán los dominados salir del fango en que viven metidos toda su vida, porque los cambios y la creación de nuevas sociedades exigen también liberaciones colosales de los enemigos íntimos que todos albergamos dentro. ¿Cómo no van ser tan difíciles las revoluciones de liberación?

Pero, si miramos bien y no nos dejamos desanimar, constataremos que el campo popular ya tiene mucho a su favor. Entremos con esas armas en un problema inmediato, que no es pequeño. La coyuntura actual expresa de manera escandalosa una carencia del campo popular que se ha ido acumulando en las últimas décadas, al mismo tiempo que esa carencia dejaba de ser percibida como una grave debilidad: la de un pensamiento verdaderamente propio, capaz de fundamentar su identidad en relación con su conflicto irremediable con la dominación del capitalismo, y capaz de servir para comprender las cuestiones esenciales de la época, las coyunturas, los campos sociales implicados y las fuerzas en pugna. Un pensamiento, por consiguiente, fuerte, convincente y atractivo, al mismo tiempo que útil como instrumento movilizador y unificante de lo diverso, y como herramienta eficaz para guiar análisis y políticas acertadas que contribuyan a la actuación y a la formulación de proyectos.

Esa ausencia del desarrollo de un pensamiento poderoso del campo popular, crítico y creador, puede constatarse ante el estupor y la falta de explicaciones válidas que han abundado frente a los acontecimientos en curso en varios países latinoamericanos, que han registrado diferentes quebrantos, derrotas o retrocesos de procesos que han sido favorables a sus poblaciones y a su autonomía frente al imperialismo en lo que va de este siglo. En lugar de análisis coherentes, profundos y orientadores hemos escuchado o leído más de una vez comentarios superficiales revestidos con palabras que quisieran ser conceptos, o dogmas que quisieran cumplir funciones de interpretación.

Nada se avanza cuando se tilda de malagradecidos a sectores pobres o paupérrimos que mejoraron su alimentación y sus ingresos, y tuvieron más oportunidades de ascender uno o dos peldaños desde el fondo del terrible orden social, porque no han sido activos en defender a gobiernos que los han favorecido, o hasta les han vuelto la espalda en determinados eventos que les aportan triunfos a los reaccionarios. Y hasta se intenta explicar esos sucesos con retazos de una supuesta teoría de las clases sociales, como cuando se repite la proposición absurda de que “se convirtieron en clase media, y ahora actúan como tales”. Es preferible comenzar por ser precisos ante los hechos y partir siempre de ellos, como cuando el dirigente del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, Joao Pedro Stedile, dice: “Tenemos muchos retos de corto plazo para poder enfrentar a los golpistas. La clase trabajadora sigue en casa, no se movilizó. Se movilizaron los militantes, los sectores más organizados. Pero el 85 por ciento de la clase sigue viendo novelas en la televisión”.

Tampoco se va lejos cuando se elaboran y discuten explicaciones de los eventos y las situaciones políticas e ideológicas candentes de la coyuntura a base de menciones acerca del fin de ciclos de altos precios de las materias primas, ni siquiera cuando economistas capaces ofrecen datos serios y añaden el descenso de la dinámica de la economía mundial y otros factores y procesos adversos.

Simplificando un poco más, habríamos tenido unos quince años de victorias electorales, gobiernos llamados progresistas y notables logros por medidas sociales, una fuerte autonomización de gran parte del continente respecto a los dictados de Estados Unidos y avances en las relaciones bilaterales y las coordinaciones de los países de la región hacia una futura integración, solamente porque tuvimos un largo ciclo de altos precios de exportación de las materias primas, algo que es explicable por los avatares de la economía mundial. Y como ahora esta se mueve en otro sentido y bajan los precios, debe terminar el ciclo político y social, y “la derecha” debe avanzar y recuperar sin remedio la posición dominante que había perdido.

Una persona con buena memoria y escasa credulidad se preguntaría enseguida cómo fue posible que a inicios de los años setenta del siglo pasado no sucediera en la región lo mismo que a inicios de este siglo, en cuanto a elecciones victoriosas, buenas políticas sociales y más autonomía de los Estados y horizontes integracionistas. Porque en aquella coyuntura subieron mucho los precios de las materias primas y, además, en buena parte de la región se vivían aumentos más o menos grandes del sector industrial, con ayuda de aquellos redesplazamientos jubilosos del gran capital en busca de maximización de ganancias que hoy tanto disgustan a Donald Trump.

Lo que sucedió entonces fue totalmente diferente: dictaduras, represiones que llegaron hasta el genocidio, conservatización de las sociedades y otros males, que no deben ser olvidados. Por consiguiente, hay que concluir, no es verdad que a determinada situación económica le “correspondan” necesariamente ciertos hechos políticos y sociales, y no otros.

En este caso estamos ante una de las deformaciones y reduccionismos principales que ha sufrido el pensamiento revolucionario, quizás la más extendida y persistente de todas: la de atribuir una supuesta causa “económica” a todos los procesos sociales. 

Detrás de su aparente lógica está la cosificación de la vida espiritual y de las ideas sociales que produjo el triunfo del capitalismo, que es aceptada por aquellos que pretenden oponerse al sistema sin lograr salir de la prisión de su cultura, y la consiguiente incapacidad de comprender que son los seres humanos los protagonistas de todos los hechos sociales.

Tres procesos sucedidos dentro las últimas cuatro décadas han tenido un gran impacto y muy duraderas consecuencias para nuestro continente. El estrepitoso final del sistema que llamaban del socialismo real y sus constelaciones políticas en el mundo, con consecuencias tan negativas en numerosos terrenos. El de la imposibilidad para la mayoría de los países del planeta de lograr el desarrollo económico autónomo de un país sin que necesariamente saliera del sistema del capitalismo. La terrible realidad fue la continuación de regímenes de explotación, opresiones y neocolonialismo, sin  que fuera posible desplegar economías nacionales autónomas y capaces de crecer en beneficio del pleno empleo, más producción y productividad, servicios sociales suficientes para todos y una riqueza propia que repartir. El tercer proceso fue el de la consumación del dominio de Estados Unidos sobre casi todo nuestro continente. El capitalismo en América Latina transitó un largo camino de evoluciones neocolonializadas, sobredeterminadas por el poder de Estados Unidos, que lo dejó mucho más débil y subalterno.

Las lecciones que nos brindan esos tres procesos están claras y son sumamente valiosas. 


Una, todos los avances de las sociedades son reversibles, aun los que se proclamaban eternos; es imprescindible conocer qué es realmente socialismo y qué no lo es. Hay que comprender y organizar la lucha por el socialismo desde las complejidades, dificultades e insuficiencias reales, sin hacer concesiones, como procesos de liberaciones y de creaciones culturales que se vayan unificando. 
Dos, el capitalismo es un sistema mundial, actualmente hipercentralizado, financiarizado, parasitario y depredador, que solo puede vivir si sigue siéndolo, por lo que no va a cambiar. Las clases dominantes de la mayoría de los países necesitan subordinarse y ser cómplices de los centros imperialistas, porque no existe espacio ni tienen suficiente poder para pretender ser autónomos. La actividad consciente y organizada del pueblo, conducida por proyectos liberadores, es la única fuerza suficiente y eficaz para cambiar la situación. Para la mayoría de los países del planeta, serán los poderes y los procesos socialistas la condición necesaria para plantearse el desarrollo, y no  el desarrollo la condición para plantearse el socialismo, como dijo Fidel en 1969.
Tres, Estados Unidos hace víctima a este continente tanto de su poderío como de sus debilidades, como una sobredeterminación en contra de la autonomía de los Estados, el crecimiento sano de las economías nacionales y los intentos de liberación de los pueblos. La explotación y el dominio sobre América Latina es un aspecto necesario de su sistema imperialista, y siempre actúa para impedir que esa situación cambie. Por tanto, es imprescindible que el antimperialismo forme parte inalienable de todas las políticas del campo popular y de todos los procesos sociales de cambio.

Como era de esperar, el capitalismo pasó a una ofensiva general para sacarle todo el provecho posible a aquellos eventos y procesos, y establecer el predominio planetario e incontrastado de su régimen y su cultura. El objetivo era, más allá de las represiones y las políticas antisubversivas, consolidar una nueva hegemonía que desmontara las enormes conquistas del siglo XX, manipulara las disidencias y protestas inevitables, y las identidades, impusiera el olvido de la historia de resistencias y rebeldías, y lograra generalizar el consumo de sus productos culturales y el consenso con su sistema de dominación.

Esa ofensiva no terminó, sino que se consolidó como una actividad sistematica, que sigue siéndolo hasta hoy. Es dentro de ese marco general que en cierto número de países de América Latina y el Caribe, que es la región del mundo con mayor potencial de contradicciones que pueden convertirse en acciones contra el sistema, movimientos populares combativos y victorias electorales produjeron cambios muy importantes de la situación general, a favor de sectores muy amplios de la población y de la capacidad de actuación independiente de una parte de los Estados.

La institucionalidad y las reglas políticas del juego cívico no fueron violadas para acceder y mantenerse en el gobierno, pero dentro de ese orden se han logrado reales avances, que sintetizo en seis aspectos: políticas sociales que benefician a amplios sectores necesitados; ejercicios de la ciudadanía mucho más amplios y mejores; cambios muy positivos en la institucionalidad en algunos de esos países; un rango apreciable de autonomía en el accionar internacional; más relaciones bilaterales latinoamericanas; y adelantos en las relaciones y coordinaciones de los países de la región, bajo la advocación de la necesidad de una integración continental.

No me detengo en esas nuevas realidades, que han alentado muchas motivaciones y esperanzas de avanzar hacia cambios más profundos. 

Han recuperado la noción del socialismo como el horizonte a conquistar. 

Pocos años después de aquel colapso europeo que el capitalismo pretendió que fuera definitivo a escala mundial. Pero si quiero enfatizar dos cuestiones que el militante social y político debe analizar, conocer y manejar en sus prácticas. Primera, cada país tiene características, dificultades, acumulaciones históricas y condicionamientos que son específicos de él y resultan decisivos, al mismo tiempo que existen rasgos y necesidades comunes a la región que pueden ser fuente de aumento de la fuerza y el potencial de cada país, si somos capaces de desarrollar la cooperación y el internacionalismo. Segunda, los poderes establecidos en estos países confrontan enormes limitaciones, porque tienen muy poco control de la actividad económica, y padecen la hostilidad de una parte de los propios poderes del Estado y de los medios de comunicación.

Al hacer un balance de 2016, podemos constatar lo específico de cada país. La gran victoria electoral legislativa de la reacción venezolana no consiguió deponer a Maduro, y ahora se encuentra sin fuerza, unidad ni líderes suficientes para intentarlo. Pero en Brasil una pandilla de delincuentes logró todo lo que quiso, sin que haya fuerzas populares organizadas para resistir con alguna eficacia. Los procesos de Bolivia y Ecuador se mantienen fuertes y estables ante sus situaciones específicas, y en Nicaragua el FSLN acaba de ganar otra vez las elecciones muy holgadamente. En México no es probable un triunfo de partidos opositores en 2.018, aunque el prestigio del equipo gobernante está muy deteriorado y existen manifestaciones de protesta y resistencia no articuladas.

Estas especificidades, y muchos otras de tamaño y sentido diferentes, podrían irse enumerando, pero seguiría en pie un problema de gran envergadura: Estados Unidos continúa su ofensiva general dirigida a recuperar todo el control neocolonial sobre América Latina –incluida una “ofensiva de paz” contra Cuba–, y el bloque que forma con los sectores reaccionarios y entreguistas de cada país continúa tratando de cancelar o ir debilitando los procesos de los últimos quince años de la región.

¿Será suficiente el voto, la voluntad popular expresada en las urnas, al menos para defender con éxito las políticas sociales, los funcionarios electos y la legalidad existente, y que ellos no sean burlados, quebrantados o eliminados por la reacción? ¿Podrán seguir existiendo los procesos basados en una institucionalidad sin cambios en el suelo social y político para lograr transformaciones que beneficien a la población y abran paso a sociedades más justas y mejor gobernadas? ¿O, en unos casos, esa vía solo franqueará una forma intermedia de reconstitución a mediano plazo del poder del capitalismo en la región, en apariencia más avanzada que las formas previas, pero que en realidad habría sido solamente su puesta al día, sin afectar a lo esencial del sistema de dominación? Mientras que en otros países del continente se ha permanecido bajo el control del sistema y de camarillas que detentan o administran el poder.

Nada está decidido, ni nuestros enemigos ni nosotros tenemos la victoria al alcance de la mano. Pero albergo la certeza de que las batallas ideológicas y políticas serán las que determinarán la decisión en el enfrentamiento general. 

Destaco tres direcciones principales para el trabajo de análisis: 

a) buscar con rigor y sin omisiones todos los datos y todas las percepciones y formulaciones ideológicas que tengan alguna importancia –porque tanto unos como las otras constituyen las realidades que existen–, analizarlas por partes e integralmente, encontrar y formular lo esencial y describir al menos lo secundario.

b) examinar y valorar los condicionamientos que sean relevantes para nuestra actuación, institucionales, económicos, ideológicos, políticos o de otro tipo.

c) analizar y conocer las identidades, motivaciones, demandas, capacidad movilizativa y grado de organización con que contamos, y lo que está a favor de nuestros adversarios en esos mismos campos, es decir, la correlación de fuerzas. E insisto en que son las actuaciones de los seres humanos la materia principal de los eventos que mañana serán históricos.

La reacción no está proponiendo ideas, está produciendo acciones

No maneja fundamentaciones acerca de la centralidad que debe tener el mercado, la reducción de las funciones del Estado, la apología de la empresa privada y la conveniencia de subordinarse a Estados Unidos. No es a través del debate de ideas que pretende fortalecer y generalizar su dominio ideológico y cultural. El anticomunismo y la defensa de los viejos valores tradicionales ya no son sus caballos de batalla, ni los viejos organismos políticos son sus instrumentos principales.

Desde hace veinte años vengo planteando que el esfuerzo principal del capitalismo actual está puesto en la guerra cultural por el dominio de la vida cotidiana, lograr que todos acepten que la única cultura posible en esa vida cotidiana es la del capitalismo, y que el sistema controle una vida cívica despojada de trascendencia y organicidad. Lamento decir que todavía no hemos logrado derrotar esa guerra cultural.

Obvio aquí la mayor parte de lo que he expuesto acerca de sus rasgos, los factores a su favor y en contra suya, y sus condicionamientos, y comento solo lo más cercano a nuestro tema. El consumo amplio y sofisticado, que está presente en todas las áreas urbanas del mundo, pero al alcance solamente de minorías, es complementado por un complejo espiritual “democratizado” que es consumido por amplísimos sectores de población. Se tiende así a unificar en su identidad a un número de personas muy superior al de las que consumen materialmente, y lograr que acepten la hegemonía capitalista. La mayoría de los “incorporados” al modo de vida mercantil capitalista son más virtuales que reales. Pero, ¿formarán ellos parte de la base social del bloque de la contrarrevolución preventiva actual? El capitalismo alcanzaría ese objetivo si consigue que la línea divisoria principal en las sociedades se tienda entre los incorporados y los excluidos. Los primeros – los reales y los potenciales, los dueños y los servidores, los vividores y los ilusos– se alejarían de los segundos y los despreciarían, y harían causa común contra ellos cada vez que fuera necesario.

La reproducción cultural universal de su dominio le es básica al capitalismo para suplir los grados crecientes –y contradictorios– en que se ha desentendido de la reproducción de la vida de miles de millones de personas a escala mundial, y se apodera de los recursos naturales y los valores creados, a esa misma escala. Para ganar su guerra cultural, le es preciso eliminar la rebeldía y prevenir las rebeliones, homogeneizar los sentimientos y las ideas, igualar los sueños. Si las mayorías del mundo, oprimidas, explotadas o supeditadas a su dominación, no elaboran su alternativa diferente y opuesta a él, llegaremos a un consenso suicida, porque el capitalismo no dispone de un lugar futuro para nosotros.

Les he aclarado a compañeros que aprecio mucho que el capitalismo no intenta imponer un pensamiento único, como ellos afirman, sino inducir que no haya ningún pensamiento. 

Está en marcha un colosal proceso de desarmar los instrumentos de pensar y la costumbre humana de hacerlo, de ir erradicando las inferencias mediatas, hasta alcanzar una especie de idiotización de masas.

La situación está exigiendo revisar y analizar con profundidad y con espíritu autocrítico todos los aspectos relevantes de los procesos en curso, todas las políticas y todas las opciones. Esa actitud y las actuaciones consecuentes con ella son factibles, porque el campo popular latinoamericano posee ideales, convicciones, fuerzas reales organizadas y una cultura acumulada. Una enseñanza está muy clara: distribuir mejor la renta, aumentar la calidad de la vida de las mayorías, repartir servicios y prestaciones a los inermes es indispensable, pero no es suficiente. Alcanzar victorias electorales populares dentro del sistema capitalista, administrar mejor que sus pandillas de gobernantes, e incluso gobernar a favor del pueblo a contracorriente de su orden explotador y despiadado, es un gran avance, pero es insuficiente. Vuelve a demostrar su acierto una proposición fundamental de Carlos Marx: la centralidad de una nueva política en la actividad del movimiento de los oprimidos, para lograr vencer y para consolidar la victoria.

Estamos abocándonos a una nueva etapa de acontecimientos que pueden ser decisivos, de grandes retos y enfrentamientos, y de posibilidades de cambios sociales radicales. Es decir, una etapa en la que predominarán la praxis y el movimiento histórico, en la que los actores podrían imponerse a las circunstancias y modificarlas a fondo, una etapa en la que habrá victorias o derrotas.

Comprender las deficiencias de cada proceso es realmente importante. 

Pero más aún lo es actuar. Concientizar, organizar, movilizar, utilizar las fuerzas con que se cuenta, son las palabras de orden. No se pueden aceptar expresiones de aceptación resignada o de protesta timorata: hay que revisar las vías, y los medios utilizados y su alcance, sus límites y sus condicionamientos. Y hacer todo lo que sea preciso para que no sea derrotado el campo popular. La eficiencia para garantizar los derechos del pueblo y defender y guiar su camino de liberaciones debe ser la única legitimidad que se les exija a las vías y a los instrumentos. Las instituciones y las actuaciones tendrán su razón de ser en servir a las necesidades y los intereses supremos de los pueblos, a la obligación de defender lo logrado y la confianza y la esperanza de tantos millones de personas. Esa debe ser la brújula de los pueblos y de sus activistas, representantes y conductores.

En la época que comienza se está levantando una concurrencia de fuerzas muy diferentes e incluso divergentes, a quienes unirán necesidades, enemigos comunes y factores estratégicos que van más allá de sus identidades, sus demandas y sus proyectos. Y solamente tendrá probabilidades de triunfar una praxis intencionada, organizada, capaz de manejar los datos fundamentales, las valoraciones, las opciones, la pluralidad de situaciones, posiciones y objetivos, las condicionantes y las políticas que están en juego.

La radicalización de los procesos deberá ser la tendencia imprescindible para su propia sobrevivencia. Serían suicidas los retrocesos y las concesiones desarmantes frente a un enemigo que sabe ser implacable, pero lo principal es que –dado el nivel que han alcanzado la cultura política de los pueblos y las esperanzas de libertad, justicia social y bienestar para todos– los movimientos, los poderes y los líderes prestigiosos y audaces solo podrán multiplicar las fuerzas populares y tener opción de vencer si ponen la liberación efectiva de los yugos del capitalismo en la balanza de sus convocatorias a luchar.

La política revolucionaria no puede conformarse con ser alternativa. 

La naturaleza del sistema lo ha situado en un callejón sin salida en general, pero su poder y sus recursos actuales le permiten un amplio arco de respuestas contra los procesos en curso, y también puede dejarle un nicho de tolerancia a algunas alternativas mientras combina la inducción y la espera hasta que se desgasten. En la medida en que vayamos obteniendo triunfos y cambios de nosotros mismos, convertiremos las alternativas en procesos de emancipación humana y social.

Mientras exista la opresión, la explotación y la dominación capitalista, no habrá soluciones ni regímenes políticos y sociales satisfactorios para las mayorías, ni serán duraderos. La liberación de los seres humanos y las sociedades es lo que abrirá las puertas a la creación de un mundo nuevo. 

¿Parece demasiada ambición? Sí, naturalmente. Pero es lo único factible.


Fuente:
Resumen Latinoamericano.