16 de diciembre de 2012

Los Procesos de Moscú: La confesión de Piatakov

Enviado por Luís Urrutia

Publicado en la Prensa de los años 30:

La expresión “Juicios teatrales”, para referirse a los Procesos de Moscú, proviene
del nazismo. Su vergonzante origen no impidió que se consagrara hoy 
mediáticamente en todo Occidente, sin ninguna discusión.

El prestigio inapelable conferido a esta “letra de molde”, desnudaría su artificio si,
a la vista de la opinión, apareciera la cobertura viva que la prensa no fascista 
brindaba de los juicios, en el instante en que tenían lugar, reflejando un tremendo 
dramatismo que no cabría tras la banal etiqueta de “show”.

La noticia, dada por el New York Times:

Complot en combinación con el Reich y Japón fueron confesados en el juicio 
soviético.

Trotsky planeaba provocar la guerra, voltear el régimen y crear dos regiones de 
poder, dijo la acusación. La totalidad de los diecisiete admitieron toda su
culpabilidad.


Cable especial para el New York Times
Por Walter Duranty

Imagen del original del New York Times

Moscu, 23 de enero de 1937.- Con una clara y descolorida voz, tan precisa y 
desapasionada como la de un profesor dictando su clase, Gregorio Piatakov, 
ex Comisario Asistente de la industria pesada, liquidó su vida y la vida de sus 
dieciseis compañeros acusados, tan pronto comenzara su enjuiciamiento como 
conspiradores contra el régimen soviético.
Lució como un profesor, con su ancha frente de erudito, anteojos de armazón 
negro, barba corta y rojiza y cabello ondulado hacia atrás, todo salpicado por 
el gris de las canas. Pero lo que expuso fue un relato negro de traición, en 
acto y en intención.
Aquí, por cinco largas horas, no existió la histérica confesión de un fanático 
desesperado, pero sí un pormenorizado relato de acción conspirativa, poco 
menos terrible y más convincente que la acusación, cuya lectura ocupó la primera 
hora de esta sesión de apertura del juicio.
Muy breve y sumariamente, la acusación enunció cinco cargos: un intento de 
derribar el gobierno soviético y restaurar el capitalismo, un pacto con estados 
extranjeros enemigos –Alemania y Japón- para provocar la guerra, invasión y 
apoderamiento de territorio soviético, espionaje, sabotaje y el intento de 
cometer actos de terrorismo, incluídos el asesinato de líderes soviéticos.
Todos los acusados se declararon culpables de los cinco cargos de la acusación, 
cualquiera de los cuales sería suficiente en este país para fusilar siete, setent
o setecientas veces a los diecisiete conspiradores.
Solamente el sabotaje y el espionaje fueron hechos consumados, pero Piatakov 
dejó en claro que la voluntad por todo lo demás estaba presente, aunque su 
realización fue imposible. Todo esto, dijo, fue por órdenes directas de León 
Trotsky, y su exposición llegó al climax con la descripción de una visita secreta 
suya a Trotsky en Oslo, Noruega, en diciembre de 1935.
En este punto, la audiencia entera de 500 personas –diplomáticos extranjeros, 
reporteros y altos funcionarios rusos, con muchos oficiales uniformados pero 
pocas mujeres- se inclinó hacia adelante con concentrada atención.
El juicio se desarrolló en un pequeño hall del ex Club de Nobles, un largo salón 
bajo, con paredes de verde claro, rematado en un friso blanco como una calza 
de madera china. Es la primera vez en cualquier juicio al que este cronista 
haya asistido aquí, que el estrado de los jueces estuvo decorado en verde en 
lugar de rojo. El presidente del tribunal, Vassili M. Ulrich y sus dos colegas estaban 
uniformados, porque ésta es una suprema corte marcial, contra cuya decisión 
no existe apelación, y cada media hora, guardias de alta estatura, de uniforme
caqui con sus bayonetas inmóviles y cascos con visera de lana azul oscuro se 
encuadraban en postura rígida como de estatuas al lado de la barra que rodeaba 
el escenario, donde los acusados estaban ubicados escuchando las palabras que 
significaban su muerte segura. 
Piatakov estaba contando ahora que se había entrevistado con un emisario 
trotskista, a través del corresponsal del periódico Izvestia en Berlín, Bukhartsef, 
quien luego testificó en confirmación de esto y dió el nombre del emisario, al 
que identificó como Gustav Stimmer.
A la mañana siguiente, continuó Piatakov, se fué temprano al aeropuerto de 
Tempelhof, donde el emisario se encontró con él y le dió un pasaporte alemán, 
a nombre supuesto, con una visa noruega y a las tres en punto de la tarde se 
ubicó velozmente en un avión, en el cual él era el único pasajero, hasta el 
aeropuero de Oslo, desde donde raudamente se dirigió en auto hasta la 
residencia de Trotsky.
“¿Cómo fué arreglado todo esto?”, preguntó el fiscal Andrei Vishinsky.
Piatakov se encogió de hombros, pero Bukhartsef, quien también está bajo 
arresto y que ha admitido haber sido parte de la conspiración, señaló 
insipidamente sobre la misma cuestión: “Stimer conocía la gente capaz de 
arreglar las cosas para encausar esto”.

Aparece en escena el nombre de Hess

La  entrevista, que se extendió por dos horas, fue asombrosa, a menos que 

Piatakov hubiera mentido, porque Trotsky, de acuerdo con Piatakov, comenzó 

por decir que se había reunido y realizado un pacto con Rudolf Hess, ministro 

alemán sin cartera y uno de los cancilleres de Adolfo Hitler, jefe de sus 

partidarios, quién garantizó el apoyo alemán al grupo zinovietista-trotskista.

Gregorio Zinoviev, León Kamenev y otros catorce fueron ejecutados el pasado 

agosto, como consecuencia de haberse declarado culpables de los cargos de 

conspiración para matar a José Stalin y derribar el régimen soviético.

En compensación, testificó Piatakov, los trotskistas, siempre y cuando ellos 

hubieran obtenido el poder, entregarían a Alemania la Ucrania –no quizá en 

forma absoluta , pero sí bajo la forma de un gobierno burgués semiautónomo, 

al estilo del de Hetman Skoropadsky en 1918- y todas las facilidades para las 

inversiones de capital germano en Rusia y para su acceso al oro, hierro, petroleo, 

carbón y manganeso y al mercado de demanda ruso, en resumen, una virtual 

alianza entre Hitler y Trotsky.

Además, de acuerdo con Piatakov, Trotsky dijo:
"Cuando la guerra comience –y esto, desde luego, es inevitable- nosotros 
debemos hacer lo máximo posible para coordinar nuestro esfuerzo con 
Alemania y quizá Japón para el sabotaje y la acción terrorista de todo tipo.
“Nosotros debemos hacer esto incluso ahora, en el interregno, pues es el 
único camino para derribar el gobierno estalinista (aquí Piatakov hizo una 
pausa para explicar que Trotsky nunca se refirió al gobierno soviético como 
tal, sino al gobierno estalinista) y tomar el poder para nosotros”.
“¿Qué está usted significando?” , preguntó el Sr. Vishinsky en medio de un 
tenso silencio,  “¿que este fue el programa que Vd. adoptó o el que 
simplemente Trotsky aconsejó?”

Piatakov vacila

Imagen del original del New York Times
“Trotsky explicó que 
cualquier intento de trabajo 
en las masas era imposible, 
porque éstas estaban 
hipnotizadas por el progreso 
soviético en la agricultura y 
la industria y por lo tanto 
nuestra única espectativa era 
una acción desde arriba, por 
pequeños grupos de altos 
dirigentes, que podría 
organizar el terrorismo, 
asesinatos y sabotaje en 
una gran escala, además de 
dar a los amigos extranjeros 
muy valiosa información.
“Quiero significar”, dijo, 
“que estas fueron las instrucciones de 
Trotsky, sí, y que éste fue nuestro programa."
Piatakov agregó que él fue personalmente responsabilizado para la organización 
de la conspiración, porque su posición como Vice Comisario para la Industria 
Pesada y la posterior como presidente del complejo industrial químico, le 
permitía nombrar trotskistas en puestos claves para la preparación y el 
lanzamiento del sabotaje.
Testificó que Karl Radek, una opinión muy autorizada por sus artículos en 
el periódico Izvestia, y Gregorio Sokilnikov, ex Vice Comisario de Asuntos 
Extranjeros y Embajador en Londres, eran quienes entre los acusados tenían 
en sus manos lo referido al espionaje y el contacto con los amigos extranjeros, 
al comienzo con los alemanes y luego con los japoneses. Piatakov fue más 
lejos y declaró que Sokolnikov había tenido una conversación sobre la 
materia con un embajador extranjero aquí.
Ante la audiencia atónita, el juez Ulrich hizo sonar el timbre y dijo 
repentinamente “¡No mencione nombres!”, mientras el fiscal Vishinsky 
exclamó: “Esto será discutido en sesión cerrada”, la primera señal, que 
en éste como en otros casos anteriores similares, parte del juicio será 
conducido a puerta cerrada.
Una vez que Piatakov reiterara “todo esto fueron instrucciones de Trotsky, 
las cuales, dijo, habían sido elaboradas en coordinación con el Estado 
Mayor Alemán”, el juez Ulrich interrumpió diciendo “omita la cuestión 
internacional” y el Sr. Vishinsky lo cortó arremetiendo con esta severa 
pregunta, repicada con el sonido de un timbre funerario, “Vd. hizo esto, 
Vd. planeó esto, ¿no fué esto un crimen contra el Estado?”
En un primer momento, Piatakov perdió el dominio de sí mismo ante 
esta despiadada exclamación: “Vd. cometió sabotaje”.  El fiscal lo apremió: 
“¿ No fué esto un crimen contra el Estado?”. “Y el espionaje, ¿no es eso 
un crimen?”. “Vd. planificó muertes. ¿No fué eso un crimen?” “Vd. 
ofreció a los enemigos parte de nuestra patria. ¿No es eso un crimen?”

Testifica repitiendo debilmente

Piatakov, abatido, se encogió como empequeñeciéndose. Con un hilo de 
voz repetía a cada pregunta: “Sí, yo lo hice, sí, eso fue un crimen.”
“¿Con qué objeto?”, el Sr. Vishinsky gritó. Pero entonces ya no hubo 
respuesta.
Este periodista cree que para un hombre como Piatakov, con una 
trayectoria exitosa y brillante, de quien Lenin habló tan elogiosamente, 
no podrá haber momento más amargo que este día, y de aquí en más sólo 
suspirará con alivio en el último segundo, cuando los rifles se alineen como 
lanzas frente a su pecho.
El veredicto de este juicio será mucho más convincente para la opinión 
extranjera que el del juzgamiento de Kamenev-Zinoviev.
El fiscal declaró que uno de los acusados, I.A. Kniazev, estaba 
comprobadamente en posesión de documentos que establecían más allá 
de toda duda una conexión con los militares japoneses del servicio de 
inteligencia. Esta prueba, presumiblemente, será realizada.
La fiscalía fue también afortunada en la capacidad de su “estrella” Piatakov, 
cuyas palabras aportaron convicción a los oyentes más incrédulos.
Uno de los más experimentados diplomáticos extranjeros dijo a este 
periodista, a la noche, “si esto es mentira, entonces yo jamás he visto 
una verdad”
Por lo demás, los otros acusados nombrados por Piatakov, en lugar de 
negar lo que éste dijo, como ocurriría en cualquier juicio, confirmaron 
plenamente todo y sin alterarse.
Finalmente, habrá testigos, no muchos y no enteramente independientes, 
como Bukhartsev y Vladimir Romm, corresponsal de Izvestia en América, 
quien, según Radek dijo, trajo las primeras cartas de Trotsky para él y 
llevaba sus contestaciones.
Ellos están bajo arresto, o en cualquier caso, “retenidos como testigos 
materiales”. Pero ellos constituyen evidencia, sin embargo, que se suma 
a las confesiones.  


La confesión de Piatakov en un informe al Departamento de Estado 

El carácter secreto del siguiente documento le quita la sospecha de 
“discurso para plaza pública”. Está destinado a orientar la política real 
del gobierno norteamericano y no a fines propagandísticos. Tratándose 
del informe de un funcionario a su superior, existe una obligación legal 
de decir la verdad.


“Moscú, febrero 17 de 1937.
“AL HONORABLE SECRETARIO DE ESTADO
“JUICIO RADEK POR TRAICION  (Enero 23-30)
“Estrictamente confidencial

“Señor:
“Tengo el honor de informar lo siguiente con respecto a ciertos rasgos   
salientes e impresiones personales relacionadas con el llamado juicio 
Trotsky-Radek por traición…
…Los principales acusados eran Piatakov, Radek, Sokolnikov, Serebriakov 
y Muralov. Piatakov fue el primero en declarar y se situó ante el micrófono, 
de frente al fiscal, y se dirigió a él como un profesor que dicta su lección. 
Había sido Asistente del Comisario del Pueblo para la Industria Pesada; tenía 
la reputación de ser uno de los que lograron el triunfo del Plan Quinquenal 
y declaró que provenía de una antigua familia de fabricantes. En detalle, 
calmo y desapasionado, procedió a la narración de sus actividades criminales. 
A medida que continuaba (como se realizó también con los otros) su 
testimonio debió ser interrumpido por el fiscal, quien preguntó a varios 
de los otros acusados para corroborar ciertas afirmaciones específicas que 
el describía. En algunos casos modificaron o discutieron acerca de algunos 
hechos, pero en general, corroboraron el crimen cometido. Todo esto lo 
realizaban los acusados con el máximo de indiferencia…

…La declaración desapasionada, lógica y detallada de Piatakov y la expresión 
de sinceridad con que la emitió denotaban convicción…

He hablado con muchos, si no con todos los miembros del Cuerpo 
Diplomático de ésta y, con posiblemente una sola excepción, todos eran 
de opinión que las actuaciones establecían claramente la existencia de 
un complot y conspiración política para derribar al gobierno.
En el Cuerpo Diplomático no existe unanimidad de opinión con respecto 
al testimonio cuando se refería al alegado acuerdo de Trotsky con Japón 
y Alemania. La argumentación de dicho plan, tan calmosamente discutido 
y defendido por Sokolnikov y también por Radek, era aceptada por algunos, 
que señalaban que el mismo estaba de acuerdo con la conducta de Lenin al 
conquistar el poder mediante el uso del militarismo germano en 1917 y la 
ascensión de los socialdemócratas en Alemania de las cenizas de la guerra. 
Para otros, esa parte de la prueba había que descartarla. Pero todos 
convenían en que el estado había probado un caso de conspiración contra 
el actual gobierno…”
Joseph E. Davies
Embajador de EEUU
en la URSS

Fuente:  Joseph Davies, Misión en Moscú,  Edit. Tor Bs.As. pag. 38 a  42





Las objeciones de Trotsky




Para Trotsky, deshacerse de la pesada carga que le representaban los procesos 
de Moscú y su difusión, equivalía a un grosero descalificarlo todo: no sólo 
a los protagonistas –acusadores y acusados (a éstos los presenta inocentes 
de los cargos, pero quebrados y traidores)-  sino también a la jerarquía 
del entorno de sus testigos presenciales. Dice en 1936: “¿Los extranjeros? 
Diplomáticos indiferentes que desconocen el idioma ruso, o periodistas 
como Duranty, que ya tienen sus opiniones preconcebidas.” (ob. cit.pag. 37)


Sin embargo, y exactamente al contrario de lo que allí asevera Trotsky, 
los procesos, como sucesos políticos de primera magnitud, acaparaban 
la atención de los diplomáticos acreditados en la URSS; así se acaba de 
ver en la anterior cita de “Misión en Moscú”, el célebre libro del embajador 
norteamericano Joseph Davies.


En cuanto a Duranty, que firma el despacho del New York Times arriba 
visto, no podría decirse, en 1936, que sus ideas sobre Rusia fueran 
preconcebidas: los archivos del periódico muestran que, por lo menos 
desde 1923, realiza una frondosa tarea periodística desde el país de los 
soviets.  Este brillante periodista, escritor premiado (O. Henry 1928)
fue galardonado con el Pulitzer (1932) precisamente por su trabajo en 
la Unión Soviética. Su huella es una espina que aun duele, no sólo al 
trotskismo, sino a la derecha norteamericana y mundial. En su momento, 
Trotsky lo catalogó como “amigo de la URSS”, lo que, en boca suya, 
equivalía a dura denostación. Pero a décadas de su fallecimiento, en 
tiempos de campaña por la reelección de Bush, los republicanos reclamaron 
se lo despoje post mortem del Pulitzer. El New York Times se negó a devolver 
la estatuilla. A la cruzada se agregó la embajada de Ucrania en la 
Argentina, que anunció la junta de firmas con igual propósito desde 
noviembre de 2008. Congresistas norteamericanos que se entrevistaron 
con Raul Castro fueron consiguientemente fustigados “por actuar en la isla 
a lo Duranty, ver lo que habían deseado ver”.


Las Actas Taquigráficas de los Procesos fueron publicadas en distintos 
idiomas y el contenido de esas actas pudo cotejarse con las crónicas 
periodísticas, así como con las memorias de Joseph Davies. El resultado 
es que nadie objetó la autenticidad de estas constancias. Ningún 
impugnador de los procesos ha podido negar que Bujarin o Piatakov 
dijeron lo que las actas dicen que dijeron. 

De la confesión de Piatakov, en Actas Taquigráficas

El diálogo que sigue confirma y perfecciona el relato periodístico 
y contribuye a corroborar la espontaneidad que informa la crónica, 
dada la psicología sutil que acompaña las réplicas entre el fiscal y 
el acusado.
VYCHINSKI: ¿Pero usted se daba cuenta de que todo cuanto hacía era un
crimen de Estado muy grave?
PIATAKOV: No lo tenía claro en el transcurso de aquella conversación.
VYCHINSKI: En 1931, cuando usted recibió la orden de emprender el
camino del terrorismo, ¿era o no era éste uno de los más graves crímenes de
Estado?
PIATAKOV: Sí, seguramente.
VYCHINSKI: En 1932 le fue confirmado esta orden y usted se encargó de
llevar a cabo esta tarea. ¿Era esto uno de los más graves crímenes de Estado?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿Es decir?
PIATAKOV: Era uno de los más graves crímenes contra el Estado.
VYCHINSKI: ¿La orden de sabotaje le fue transmitida por mediación de
Radek o bien directamente?
PIATAKOV: Me la transmitieron a mí personalmente.
VYCHINSKI: ¿Y la aceptó?
PIATAKOV: Sí.
VYCHINSKI: ¿Cómo califica usted esto?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿Es decir?
PIATAKOV: Como uno de los más graves crímenes contra el Estado.
VYCHINSKI: ¿Recibió la orden de cometer actos de diversión?
PIATAKOV: Sí.
VYCHINSKI: ¿Cómo califica usted esto?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿Le dieron alguna orden sobre terrorismo?
PIATAKOV: Sí.
VYCHINSKI: ¿Cómo califica usted esto?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿Le dieron una orden sobre espionaje? ¿Cómo lo califica
usted?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿A favor de quién?
PIATAKOV: No voy a decir aquí a favor de quién.
VYCHINSKI: ¿A nombre de quién y con qué finalidades políticas? Cuando
aceptó en 1931 la orden sobre sabotaje, cuando aceptó la orden sobre los
actos de diversión, cuando aceptó la orden sobre espionaje y las relaciones
con los servicios de espionaje de ciertos Estados extranjeros, ¿estaba todo
claro para usted o bien no sabía adónde conducía todo esto? ¿Cómo califica
esta serie de hechos?
PIATAKOV: Si lo hubiera visto todo claro, es probable que las cosas
hubiesen sucedido de otro modo.
VYCHINSKI: Sin embargo, ya es usted un hombre mayor. Procedamos en
sentido inverso. Al aceptar la orden sobre terrorismo, ¿no comprendió que se
trataba del asesinato de los dirigentes de nuestro Partido?
PIATAKOV: Lo comprendí, por supuesto.
VYCHINSKI: ¿Y no es esto uno de los mayores crímenes contra el Estado?
PIATAKOV: Evidentemente, claro está.
VYCHINSKI: ¿Por qué dice entonces que esto no estaba claro para usted?
PIATAKOV: No se trata de este aspecto de la cuestión.
VYCHINSKI: Es este aspecto el que me interesa como Fiscal. ¿Cómo
puede decir que esto no estaba claro? ¿Qué hay en ello de oscuro: va a la
U.R.S.S., organiza allí grupos terroristas, organiza el asesinato de los
dirigentes del Partido y del Gobierno. ¿Está claro o no?
PIATAKOV: Evidentemente, está claro.
VYCHINSKI: ¿Qué es, pues, lo que no está claro para usted?
PIATAKOV (calla).
VYCHINSKI: Para mí está muy claro, igual que para todo nuestro pueblo y,
probablemente, para usted también.
PIATAKOV: Pero ya le he dicho que lo vi claro más tarde.
VYCHINSKI: Es lo que le pregunto: ¿está claro para usted?
PIATAKOV: Es evidente que está claro.
VYCHINSKI: ¿Existía la orden de precipitar la guerra?
PIATAKOV (calla).
VYCHINSKI: Ayudar al agresor, ¿es ayudar al fascismo?
PIATAKOV: Sí.
VYCHINSKI: ¿Quien ayuda al fascismo es un agente del fascismo?
PIATAKOV: No siempre.
VYCHINSKI: ¿Y en este caso?
PIATAKOV: En este caso, completamente.
VYCHINSKI: ¿Está, pues, esto claro? No tengo más preguntas que hacer.





Fuente: Pierre Broue, Los Procesos de Moscu, Editorial Anagrama, Web

            El autor es uno de los más conocidos historiadores trotskistas.

3 comentarios:

Juan Olivero dijo...

jajajajajjajajajajajajaja es increible que hay gente todavia que se crea esta payasada... que siga existiendo el estalinismo no es otra cosa que la prueba concreta de la ignorancia histórica... a agarrar los libros, a entender el
marxismo, a comprender lo que es un estado degenerado, termidoriano y bonapartista.
El estalinismo esta acabado politicamente desde el 56 y seguir reivindicando su política no es mas que la muerte politica.
JO

Anónimo dijo...

Miguel Angel Albarr:

¿Quien puede imaginarse semejante drama?. Lenin consideraba a Piatakov y Bujarin como los dirigentes revolucionarios jóvenes mas capacitados, "obreros Leales", pero fueron ejecutados y murieron en manos de Stalin, igual que 16 miembros del Comité Central que dirigieron con Lenin la Revolucion de 1917. Solo 5 fallecen por causas naturales. Estos crimenes nunca tendrán justificativo ni perdón.
El stalinismo ha sido mas nefasto que el fascismo, porque ha creado la escuela de traiciones, manejo burrocático y tergiversadores de la historia que aún subsiste.
Por lo demás... el stalinismo ya es un cadáver excecrable de la historia.

Alicia dijo...

No hay peor ciego que el que cree que está viendo sin comprender lo que ve. Muchas personas con ideas preconcebidas siguen estancadas, idealizando el marxismo y ningún documento o declaración les importan.
El revisionismo ideológico aboga por un revolucionarismo intelectualista, al margen del pueblo soviético, al margen del Partido Comunista Bolchevique. La mayoría de los dirigentes bolcheviques defendieron a la URSS, apoyaron las medidas contra la conspiración de 1937 dentro del Partido y en el Ejército Rojo. No tuvo éxito el golpe de estado, y al revisionismo les duele que el trotskismo fuese derrotado. Después tuvo lugar otro golpe desde la derecha con Jruschov, que de forma dialéctica perseguía el mismo fin que los trostkistas, no desarrollar el Socialismo para llegar al Comunismo. El CC del PC bolchevique entendió que solamente la profundización de la democracia proletaria, la participación de los trabajadores soviéticos en la construcción del Socialismo, puede prevenir que la pequeña burguesía atacase la Revolución Socialista. Los ataques a ella comenzaron desde 1917, desde fuera y adentro del Partido. Y toda la experiencia de lucha contra los izquierdistas y derechistas, hace más fuerte a la ideología proletaria, y no como decís al revés. Nuevas revoluciones proletarias tendrán lugar, nuevos 1917, pues el Comunismo es la siguiente etapa de la Humanidad.