27 de abril de 2016

Tres mujeres revolucionan el pensamiento convencional


Los nuevos descubrimientos científicos que en diversos campos del saber se están realizando, hayan evidencias muy concretas sobre la importancia de la cooperación humana. Especialmente en la paleontología donde el comunismo primitivo desarrolló las sociedades mediante el colectivismo. Es tiempo que el mundo científico defienda la vía socialista en la organización social actual de cara al futuro.
 
Por Paco Puche *

Cuando hablamos de pensamiento convencional nos estamos refiriendo al pensar propio del neoliberalismo. Es ésta una manera de ver el mundo que hoy impregna a grandes grupos sociales en muchos países. Una visión pesimista de la naturaleza humana y del mundo de la vida, un mundo de dientes y garras ensangrentadas.

Y las tres mujeres revolucionarias, sencillamente siendo honestas con sus descubrimientos desembarazados del pensar común, son Lyn Margulis, una microbióloga, Marija Gimbutas, una arqueóloga y Elinor Ostrom, una economista
Entre las tres destruyen los mitos del egoísmo dominante en la especie humana y en el conjunto de los seres vivos, el mito de la tragedia inexorable en que deviene el uso y gobierno de los bienes comunes y el mito de la guerra universal de la especie humana y del mundo de la vida.

Lyn Margulis (1938-2011), por ejemplo, nos sitúa en un mundo simbiótico dominante, desde el que se construye Gaia, ese superorganismo que recrea las condiciones de su existencia. P or eso nos dice que la versión darwiniana, que ha asumido el neoliberalismo económico, de la “supervivencia de los mejor dotados, se desvanece con la nueva imagen de cooperación continua, estrecha interacción y mutua dependencia entre formas de vida (...) pues la vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación. Las formas de vida se multiplicaron y se hicieron más complejas asociándose a otras no matándolas”. Y lo demuestra en su especialidad con una evidencia, ya ampliamente aceptada a pesar de su rechazo inicial, que está en el corazón de uno de los mayores cambios operados en el mundo de la vida hace unos 2.000 millones de años: el paso de las células procariotas a las células eucariotas. En los escarceos iniciales unas bacterias (procariotas, células sin núcleo) trataban de alimentarse de otras y terminaron integrándose de forma colaborativa (eucariota, células con núcleo). Gracias a esa trascendental bifurcación de hace tantos años existimos los seres humanos. ¡Aleluya!

Si el mundo general de la vida es sustancialmente un mundo cooperativo (naturalmente con excepciones en los momentos de grandes desequilibrios), no podría ser normal esa ideahobbesiana de la lucha generalizada de todos contra todos. 

Marija Gimbutas (1921-1994) descubre en sus quehaceres profesionales como arqueóloga, que se pueden encontrar grandes periodos en los que no hay señales de guerra: ni restos de armas, ni de enterramientos de guerreros, ni de murallas defensivas; y sí se encuentran muchos restos de imágenes escultóricas de la diosa Madre que son dominantes en las épocas por ella estudiadas, señal bonoba de amor y cuidados. La época que excavó y estudio fue en el neolítico, en la zona del sureste europeo (la Vieja Europa, así llamada por ella) y sus resultados apuntan a más de mil años de evidencias de paz. Sus descubrimientos fueron comparados con el desciframiento de la piedra Rosetta.

Sus hallazgos en una época y lugar determinados se pueden generalizar con los meta análisis que han realizado arqueólogos actuales. Los trabajos de varios profesores de la Universidad Complutense de Madrid, coordinados por Víctor Fernández, muestran que en el registro arqueológico universal, al día de hoy, las muestras de guerras entre grupos humanos (no de violencias individuales varias) aparecen solo desde hace unos 12.000 años antes del presente. Se ubican en la necrópolis sudanesa de Jebel Sahaba, en donde aparece “el ejemplo más antiguo conocido de muerte violenta colectiva, resultado tal vez un conflicto por los recursos en un momento de gran sequía” (Diccionario de Prehistoria, 2011).

El carácter tan colaborativo y simbiótico de la especie humana tendría que reflejarse en muchas de sus prácticas. Lo hace en la familia, en la tribu, en el barrio, pero el manejo de la propiedad o el uso comunitario de los bienes comunes, está marcado en el pensamiento neoliberal con el sambenito de la tragedia: los bienes comunes son inviables, dice el prejuicio extendido, porque el egoísmo irrestricto, los aprovechados y los tramposos destruirán los bienes que manejan. Solo la propiedad privada (y en su caso la pública) pueden hacer duradero en el tiempo estos imprescindibles bienes de la comunidad - agua, pastos, bosques, pesquerías, territorios, biodiversidad, etc.

Nobel Prize 2009-Press Conference KVA-30.jpgElinor Ostrom (1933-2012), economista galardonada en 2009 con el Premio Nobel. En una entrevista que se publicaba con motivo del Nobel contestaba a la pregunta : ¿Estaríamos en lo cierto si afirmáramos que, dicho en términos generales, usted ha descubierto que la posesión común puede ser más eficaz que lo que la gente pensó que podría serlo?, ella afirmó: “¡Así es! No es que sea una panacea, pero es mucho más eficaz que lo que nuestros razonamientos comunes nos dan a entender. Hemos estudiado varios cientos de sistemas de irrigación en el Nepal. Y sabemos que los sistemas de irrigación gestionados por los campesinos son más eficaces en términos de aprovisionamiento de agua y presentan una mayor productividad que los fabulosos sistemas de irrigación construidos con la ayuda del Banco Mundial y la Agencia Norteamericana de Ayuda al desarrollo (USAID), etc. Así, sabemos que muchos grupos locales son muy eficaces”.

Y no es una panacea porque para que existan instituciones comunitarias que llegan cientos de años funcionando bien es necesario que se cumplan condiciones de autogobierno, autogestión, de medios para hacer cumplir las reglas acordadas y para disuadir a los tramposos.

Por todo esto, Ostrom concluye que “aún no se ha encontrado un ejemplo de un bien común que haya sufrido un deterioro ecológico cuando todavía era común”.

Dejamos la conclusión final a este trabajo a un primatólogo muy interesante, Frans de Waal, cuyo pensamiento, sin explicitarlo, resume las enseñanzas de estas tres mujeres revolucionarias. Él afirma que “Los estudiosos del derecho, la economía y la política carecen de herramientas para contemplar sus sociedad con objetividad. Raramente consultan el amplio conocimiento del comportamiento humano acumulado por la antropología, la psicología, la biología o la neurología. Somos animales altamente cooperativos, sensibles a la injusticia, a veces beligerantes y principalmente amantes de la paz”.

Lyn Margulis, Marija Gimbutas y Elinor Ostrom han dejado un legado extraordinario a la humanidad que nos permitirá avanzar en el conocimiento de nosotros mismos, cumpliendo el mandato que estaba inscrito en el templo de Apolo de Delfos.

Fuente:

24 de abril de 2016

El XX Congreso del PCE, una oportunidad para la clase obrera

Por Miguel Ángel Villalón, en la Fábrica de Ideas.

 
En los próximos meses, los militantes del Partido Comunista de España desarrollarán una reflexión y un debate que se resolverán en el XX Congreso de este partido. Vaya por delante que, como miembro del Partido del Trabajo Democrático -una organización independiente del PCE-, estoy obligado a tratar con el máximo respeto los asuntos internos de este partido y a confiar en el esfuerzo de sus muchos militantes sinceramente revolucionarios por avanzar hacia la emancipación de la clase obrera. Esto no significa que me sienta ajeno a los derroteros que pueda tomar esta organización pues ella es parte del movimiento obrero y comunista al que también pertenece el PTD. En este sentido, me siento con el derecho y la obligación de opinar sobre el futuro Congreso del PCE desde la camaradería que exige la adscripción a la misma clase social.
Congreso PCE
En España, como en algunos otros países, el Partido Comunista fue enfermando políticamente y se despistó de sus objetivos. Esto condujo a una aguda lucha de los militantes más conscientes por recuperar el rumbo y, de ahí, al estallido de la organización común a partir de los años 60. Hoy, el movimiento comunista de nuestro país se encuentra fraccionado ideológica y organizativamente, y debemos esforzarnos por poner fin a esta dispersión. El PCE es uno de sus fragmentos, el que conserva las siglas históricas y seguramente el más grande de todos, pero también el que tiene mayor responsabilidad por el retroceso temporal de nuestra clase, sobre todo en lo tocante a sus máximos dirigentes. Durante muchos años, éstos no veían retroceso, sino acierto en sus “innovaciones” teóricas, las cuales los alejaban más y más del marxismo-leninismo.
En el momento presente, dos circunstancias contribuyen a esperar que el PCE rectifique y dé un giro de 180 grados a la tendencia que ha seguido en los últimos cincuenta años. En primer lugar, la crisis estructural del capitalismo está forzando el desmantelamiento del llamado Estado del bienestar. El deterioro en sus condiciones de vida que las masas obreras llevan algunos años experimentando con los recortes en el “Estado del bienestar” va a continuar agravándose debido a la desfavorable correlación de fuerzas de clase y al hecho de que las recesiones sucesivas sólo se vean interrumpidas por mortecinas recuperaciones económicas.
En segundo lugar, la influencia de masas del PCE no ha dejado de retroceder desde que éste asumió las posiciones del revisionismo moderno y del eurocomunismo. (1) El dolor por perder la hegemonía en el seno del mayor sindicato de este país ha sido ahora superado al arrebatarle Podemos la mayoría del electorado situado a la izquierda del PSOE. Esto es muy duro para quienes habían convertido en su centro de atención la batalla electoral y parlamentaria, da que pensar a la mayoría de la militancia del PCE y no puede por menos que debilitar la solvencia de los argumentos de sus dirigentes reformistas.
Es por estas razones por las que opino que el XX Congreso representa una oportunidad para la clase obrera. Ahora bien, las oportunidades se pueden aprovechar o dejar pasar. Ojalá me equivoque, pero mucho me temo que la mayoría de los actuales dirigentes del PCE dejarán pasar esta oportunidad y se empeñarán en seguir llevando su organización por el mismo camino que la empequeñece y la debilita. Sin embargo, albergo la esperanza de que muchos otros militantes echen un vistazo a la trayectoria de su partido y decidan entonces luchar en él por el marxismo-leninismo, sobre cuya base alcanzó su época más gloriosa. Es, por ejemplo, lo que está haciendo uno de ellos, el camarada Javier Parra, del que no conozco mucho más que una serie de artículos recientes publicados en su blog “La fuerza del PCE. Contraofensiva”. (2)
Los demás comunistas podremos estar más o menos de acuerdo con algunas de sus afirmaciones, pero no podemos dejar de reconocer que sus reflexiones van en la buena dirección para lo que ha llegado a ser la política del PCE. Al menos, podemos discutir con él desde las categorías elementales del marxismo, sin que sea necesario emplear tiempo en demostrarlas.
En el prólogo a estos artículos, el camarada Javier Parra se posiciona a favor de “la llamada ‘izquierda de Zimmerwald’ con Lenin al frente” y contra el falso socialismo que se había pasado al campo de la burguesía, lo que llamamos hoy socialdemocracia, con el PSOE de Felipe González, Zapatero y Pedro Sánchez como su representante en España. Reivindica la Revolución de Octubre, la historia de los partidos comunistas y la Tercera Internacional. Y cuestiona “la transformación ideológica y organizativa que sufrieron las organizaciones comunistas a partir de los años 60-70”, la transformación del partido de combate que había sido el PCE de la II República y del período franquista en un partido “organizado únicamente de manera territorial, primando la acción electoral, y relegando la organización en el conflicto capital-trabajo y el trabajo en el frente cultural, quedando a merced de los resultados en los sucesivos procesos electorales (con sus crisis consiguientes) y de las ofensivas mediático-culturales”
Con mucha pertinencia, advierte:
“Hoy un debate similar al de los años 70 recorre la izquierda española,  que se dirime entre quienes defendemos que la contradicción capital-trabajo sigue siendo la contradicción principal y entre quienes creen que es necesario caminar hacia posiciones post-marxistas (yo diría anti-marxistas) donde la clase trabajadora ya no debe ser el sujeto transformador y donde la contradicción principal ya no es la contradicción de clase. El poder económico trabaja nuevamente para la victoria de estas últimas tesis”.
Y concluye este prólogo con unas preguntas que necesitamos aplicar a nuestras organizaciones todos los comunistas: “¿Cómo hacer que las organizaciones de clase – fundamentalmente el Partido Comunista – recuperen el terreno perdido? ¿Cómo organizarse para ser interlocutor directo con la clase trabajadora? ¿Cómo organizar a los comunistas en el movimiento obrero y cómo organizar a los trabajadores y trabajadoras teniendo en cuenta la nueva composición de clase? ¿Cómo hacer que la clase trabajadora se sienta parte del mismo sujeto transformador? ¿Cómo poner la contradicción capital-trabajo en el centro del debate? En definitiva… ¿qué PCE necesita la clase trabajadora?”
En el resto de artículos, propone una primera respuesta a estas preguntas para los diversos campos de acción de los comunistas.

Por una actitud de principios ante los cambios en la clase obrera

Como he adelantado, además de compartir muchas de sus posiciones y sobre todo el espíritu de las mismas, discrepo de algunas otras. Esto es natural e inevitable entre marxistas-leninistas, máxime cuando no nos encontramos en la misma organización para discutirlas y no se discute entre los comunistas de distintos destacamentos, si no es desde el antagonismo destinado a consolidar el fraccionalismo en nuestro movimiento.
En el presente artículo, sólo voy a tratar de mi desacuerdo con un razonamiento que, según me parece, obstaculiza la feliz culminación del proceso de rectificación revolucionaria que necesita el PCE y también, en mayor o menor medida, las demás organizaciones comunistas españolas. Me refiero a la apreciación que recorre los diversos artículos del camarada Parra de que el comunismo se ha debilitado por “una profunda transformación en la composición interna de la clase trabajadora que invalidaba una parte importante de los esquemas operativos de la izquierda” y, más concretamente, “por el hecho de que las organizaciones de clase no hemos sabido adaptarnos a las transformaciones que ha sufrido la clase trabajadora en las últimas décadas…”. Bien es cierto que, en un párrafo, añade como causa la ya mencionada “transformación ideológica y organizativa que sufrieron las organizaciones comunistas a partir de los años 60-70”, pero no desarrolla esta vertiente del problema, sin embargo muy importante desde el punto de vista del marxismo, como trataré de explicar más adelante.
Como marxista y, por tanto, materialista, el camarada Parra tiene razón en buscar en la realidad objetiva la causa última de las carencias subjetivas de los comunistas. Pero, ¿son los cambios en la composición de la clase obrera el aspecto más importante de la realidad objetiva, el que explica en último término la “inadaptación” de los comunistas? ¿O más bien existen otros aspectos de la realidad objetiva que explican los cambios en la composición de la clase obrera y también las desviaciones políticas de las organizaciones comunistas?
No es una cuestión baladí, si tenemos en cuenta que todos los revisionistas y muchos de los detractores del marxismo han esgrimido las “nuevas realidades” como razón para apartarse de esta teoría y declararla obsoleta. Bernstein fue el primero, (3) sólo una veintena de años después de que fuera fundamentada científicamente en El Capital, y los posmodernos son los últimos un siglo y pico después. Con esto no estoy insinuando ni mucho menos que el camarada Javier Parra tenga esa intención -puesto que sus exigencias van en una dirección contraria, revolucionaria y de principios-, sino que advierto que ha dejado una fisura en su argumentación que puede ser aprovechada por los oportunistas para derrumbarla.
Es innegable que la composición de la clase obrera ha cambiado a lo largo del tiempo, desde los tiempos de Marx hasta hoy. Pero, ¿qué es lo que ha cambiado y qué se mantiene? Siguiendo a Engels, podríamos decir que “es aufgehoben, es decir, ‘conservada y superada a la vez’, superada en cuanto a la forma, conservada en cuanto al contenido”. (4)
Aquí el camarada Parra se enreda en una contradicción que no resuelve. Por una parte, exagera las cosas afirmando que “la clase obrera en el siglo XXI no tiene mucho que ver con la de hace un siglo”; y, por otra, matiza que “eso no quiere decir que la clase obrera ya no exista, sino que se ha transformado”. (5) El problema es saber cuál es el alcance de esta transformación, si se refiere a su esencia explicada por Marx y Engels o a las formas exteriores en que ésta se manifiesta. En este último caso, tenemos que analizar dichas formas valiéndonos de la herramienta del marxismo, pero, si lo cierto es que de la clase obrera sólo queda el nombre, el origen remoto de un grupo social y poco más, entonces sí que no quedará más remedio que echar al marxismo por la borda o, en el mejor de los casos, quedarse con algunos fragmentos del mismo para amalgamarlos a otra teoría más adecuada a la realidad. Esto es lo que damos pie a hacer, teniendo en cuenta el ambiente burgués que penetra todos los poros de la sociedad, cuando decimos que “la clase obrera en el siglo XXI no tiene mucho que ver con la de hace un siglo”. La verdad, en cambio, es que la clase obrera, aunque haya cambiado, sí tiene mucho que ver con la de hace un siglo, sigue reuniendo las características fundamentales que hacen de ella, precisamente, la clase obrera.
A continuación, este camarada intenta explicar esta transformación por él amplificada, comparando la realidad actual con la pasada y, de esta comparación, sólo se aprecian dos diferencias no tan importantes como para sostener que la clase obrera de ahora no tiene mucho que ver con la del pasado:
“Por ejemplo, ese antagonismo en el que unos eran los dueños de producción y otros son los que trabajaban  y generan las plusvalías, y donde el conflicto se producía entre ambos,  ha derivado en una nueva realidad. En una realidad en la que por un lado están los propietarios de los medios de producción, y por otro lado una clase obrera dividida, por un lado a causa del nuevo modelo productivo, y por otro lado por la división entre los empleados con un contrato más estable y salarios más altos, y los trabajadores precarios con peores sueldos.”
Así que la burguesía propietaria de los medios de producción sigue explotando al proletariado desprovisto de ellos. La diferencia estribaría en que, antaño, había conflicto social entre obreros y patronos, y que ahora la clase obrera está dividida por un nuevo modelo productivo y por diferencias contractuales, de derecho.
Veamos primero este último aspecto. Si echamos a un lado los prejuicios sociológicos difundidos por la clase dominante y nos atenemos a la realidad histórica y presente, veremos que la clase obrera siempre ha tenido divisiones internas, entre trabajadores cualificados, no cualificados y aprendices, entre los de las industrias consolidadas y los de las nuevas empresas, entre nacionalidades, sexos, edades, etc. No voy a negar que haya nuevos factores de división, pero quien quiera atribuirles una importancia capital en las relaciones de producción y en las relaciones de clase deberá demostrarla y no solamente afirmarla. Los sucesivos “modelos de producción” no han alterado en lo más mínimo las relaciones fundamentales de producción: la importancia social del capital y del trabajo asalariado, lejos de disminuir, es cada vez mayor (los parados están condenados al salariado por mucho que no encuentren trabajo, muchos autónomos son en realidad asalariados bajo una forma mistificada y precarizada, etc., etc.).
Más adelante, el camarada Parra alude a la reducción de la proporción de obreros industriales, al contrario de lo que ocurre con los empleados del sector de servicios. El presidente del Partido del Trabajo de Bélgica, Peter Mertens, demostró con datos estadísticos de las instituciones oficiales que tal reducción era en realidad mucho menor de lo que parece. (6) Es una evolución que se debe al desarrollo de la división del trabajo (con lo que se catalogan como servicios funciones parciales de la industria, a menudo externalizadas) y la restante merma proporcional de la industria, la verdadera, constituye un síntoma, no de una nueva etapa del capitalismo monopolista que revoque el papel histórico de la clase obrera, sino de las crecientes dificultades que éste régimen experimenta para vender sus mercancías (por ejemplo, la hipertrofia de las finanzas, de las actividades comerciales, de la publicidad, etc.). Precisamente esta reducción es uno de los síntomas del capitalismo monopolista, del parasitismo del capitalismo en su etapa imperialista (aumento de los rentistas, Estado rentista,…) (7) El imperialismo, fase superior del capitalismo, capítulo VIII: “El parasitismo y la descomposición del capitalismo”, Lenin. . Esto también tiene consecuencias en el movimiento obrero espontáneo que se ve todavía más “atrofiado” hasta volverse cómplice de la burguesía imperialista, suscribiendo pactos sociales con ella en perjuicio de sus intereses de clase. Estos hechos prueban que España ya es un país imperialista, materialmente preparado para dar el salto del socialismo, y que, por tanto, carece de todo fundamento científico la pretendida necesidad de una revolución o ruptura democrática previa a la revolución socialista, idea tan afianzada dentro del PCE.
Así que, más que una expresión de las dificultades para avanzar hacia el socialismo, la proporción menguante del proletariado industrial es una manifestación de la creciente necesidad del mismo y, por tanto, de su acercamiento. Y el paso de la necesidad objetiva del socialismo a su realización efectiva consiste ante todo en reunir las condiciones subjetivas para darlo.
Aclarado el asunto de los nuevos motivos de división del proletariado, queda por examinar la veracidad y la importancia del otro hándicap mencionado, que es el de la menor intensidad del conflicto entre obreros y patronos: antes, los obreros tenían más conciencia de clase, más unidad y organización como clase que ahora. ¿Se puede explicar este hecho, fácilmente constatable, principalmente por causas objetivas, por cambios en la organización de la producción y en la composición de la clase obrera? Ciertamente, las nuevas hornadas de proletarios, aquéllos que trabajan en la periferia inmaterial de la producción, los que alternan la dependencia del salario con la de la beneficencia, etc., tienen mucho más difícil pensar y actuar como clase obrera que los empleados en la gran industria (en sentido amplio). Ha crecido la proporción de asalariados en malas condiciones para desarrollar el conflicto, pero también lo ha hecho el número total de proletarios, incluso de obreros fabriles. En los tiempos de Marx y de Lenin, en que desde la distancia parece que nuestra clase lo tenía más fácil para desplegar su lucha, la proporción de obreros fabriles con respecto al total de asalariados era mayor, pero, a cambio, la clase obrera era una pequeña isla en un mar de pequeña burguesía más o menos pobre (campesinos sobre todo). Los auténticos revolucionarios de entonces nunca se dejaron amilanar por el bajo nivel de industrialización y de proletarización de la sociedad; no esperaron a que éste fuera mayor para conducir a las masas hacia la revolución socialista, sino que explotaron las posibilidades mucho más adversas que les brindaban las condiciones.
Además, si comparamos, por ejemplo, la actividad huelguística de los años 1975-80 y la de los años 1980-1985, (8) observaremos que son dos períodos inmediatos de la historia de España que, sin distinguirse por su “modelo productivo” y por la composición de la clase obrera, registraron una conflictividad laboral muy diferente. Este y muchos otros ejemplos ponen de manifiesto que, además de la estructura económica, también intervienen otros factores en el conflicto de clases y el más decisivo de ellos es la calidad de la dirección política del movimiento obrero.
Abundando en ese supuesto empeoramiento de las condiciones económicas para la lucha, el camarada Parra viene a dudar de la vigencia de una de las conclusiones del Manifiesto Comunista:
“Hay un párrafo en El Manifiesto Comunista (1848) que señala que el trabajo asalariado presuponía obligatoriamente la competencia de los trabajadores entre sí, pero que en lugar de que eso llevase a los trabajadores a aislarse y enfrentarse, los progresos de la industria lo que hacían es que les llevaban a unirse y organizarse.
Eso ha cambiado hoy día, y parece que la competencia entre los propios trabajadores es superior a su capacidad de organizarse y de unirse, precisamente porque la transformación del proceso productivo, ha variado también la propia composición de la clase trabajadora, y su forma de participación en el sistema productivo.”
Según el camarada Parra, “parece” que, del Manifiesto a nuestros días, la tendencia se ha invertido y prevalece la división sobre la unidad de la clase obrera “precisamente porque” el proceso productivo se ha transformado. Vuelve pues a apuntar a esta causa como única y a sostener ese rígido determinismo económico, ese fatalismo, ese derrotismo a fin de cuentas. Parece que, en vez de que las condiciones materiales se desarrollaran a favor de la revolución socialista, su desarrollo nos alejara de ésta. Y, sin embargo, ha crecido enormemente la socialización -incluso internacional- de las fuerzas productivas y el número de efectivos de la clase obrera, así como su proporción sobre el total de la población, por no hablar de su mayor nivel cultural, de los mayores derechos que la burguesía se ve obligada a reconocerle, etc. ¿Por qué, entonces, pintar un panorama tan sombrío? ¿Ayudará esta conclusión negativa, unilateral y, por ello, poco objetiva a la revitalización revolucionaria del PCE o más bien el camarada Parra, sin quererlo, se pone él mismo la zancadilla en la carrera hacia el XX Congreso?
Por lo demás, el Manifiesto Comunista no explica el desarrollo del movimiento obrero de una manera tan lineal. Ciertamente, sostiene que -si bien las condiciones de la producción capitalista provocan la competencia entre los obreros y socavan una y otra vez su unidad- ésta resurge con creces. Pero se trata de una frase de conclusión y, por eso, no conviene interpretarla sin tomar en consideración los razonamientos previos que condujeron a Marx y Engels a formularla. Ellos describen el proceso de desarrollo del proletariado de manera no lineal, sino dialéctica, a través de contradicciones y altibajos. Antes de concluir que éste experimenta una tendencia general ascendente, advierten de las tendencias regresivas:
“Como resultado de la creciente competencia de los burgueses entre sí y de las crisis comerciales que ella ocasiona, los salarios son cada vez más fluctuantes; el constante y acelerado perfeccionamiento de la máquina coloca al obrero en situación cada vez más precaria”. ¿No es ésta una fiel descripción de la situación presente? A continuación, observan que, aunque el desarrollo de las fuerzas sociales de producción hace posible que los obreros se unan, se organicen y hasta obtengan victorias efímeras, “Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político, vuelve sin cesar a ser socavada por la competencia entre los propios obreros.”
Al escribir El Manifiesto Comunista, Marx y Engels no se circunscriben a un momento económico o político particular; describen, al contrario, la tendencia histórica de la lucha de clase del proletariado, formada por una sucesión de momentos favorables y desfavorables, y sitúan como rasgo distintivo del comunismo precisamente no tomar la parte por el todo: “Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”.
Es un error juzgar de las posibilidades del movimiento obrero espontáneo solamente por las dificultades que éste encuentra en las fases de crisis y depresión del ciclo industrial como la que acabamos de atravesar. Además, en la época actual del imperialismo, tales fases pueden durar mucho tiempo. En efecto, los capitales en liza tienen dimensiones tan gigantescas que les permiten resistir a las crisis periódicas y se llega a largos períodos de relativo estancamiento, que pueden prolongarse muchos años, incluso decenios -como la crisis estructural que arrastramos desde los años 70-, y que perjudican la unión elemental de los trabajadores asalariados. Pero no estamos ante un post-capitalismo ni ante un nuevo capitalismo que convierta la lucha de la clase obrera en historia pasada, sino ante momentos más o menos prolongados del capitalismo monopolista que dificultan pero no impiden la unidad combativa de la clase obrera. Incluso dentro de los mismos, hay fases de auge del movimiento huelguístico, como en 2011-2013, y otras de reflujo, como en los dos últimos años. (9)
Si nos limitamos a constatar el movimiento cíclico de la lucha obrera asociado al ciclo económico, llegaremos necesariamente a la conclusión pesimista de que se halla encerrada en un círculo vicioso. Pero, ¿por qué El Manifiesto Comunista llega a la conclusión contraria?: “resurge, y siempre más fuerte, más firme, más potente”; “El progreso de la industria, del que la burguesía, incapaz de oponérsele, es agente involuntario, sustituye el aislamiento de los obreros, resultante de la competencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación”. No es, desde luego, por una especie de fe supersticiosa, sino porque Marx y Engels no se ciñen a registrar el impacto del “mercado laboral” sobre el movimiento obrero.
La unión de los obreros, afirman, “es propiciada por el crecimiento de los medios de comunicación creados por la gran industria y que ponen en contacto a los obreros de diferentes localidades. Y basta ese contacto para que las numerosas luchas locales, que en todas partes revisten el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Mas toda lucha de clases es una lucha política”. Y es que el impacto de la economía sobre el movimiento obrero concierne desde luego a las relaciones de producción que esclavizan al trabajador, pero también a las fuerzas productivas que permiten una unión creciente de los mismos. ¿No es esto aun más cierto en los tiempos actuales de rápidos medios de transporte, de internet, de teléfonos móviles, de redes sociales virtuales, etc.? Que sirvan a menudo más para aislar a unos obreros respecto de otros, en vez de unirlos, no se debe a estos medios, sino al uso ideológicamente mediatizado de los mismos; en definitiva, a la extremadamente débil contestación organizada a la ideología burguesa.

La clave política

Aparte de las condiciones económicas, también los factores políticos influyen sobre el desarrollo del movimiento obrero, puesto que éste aprovecha “las disensiones intestinas de los burgueses para obligarles a reconocer por ley algunos intereses de la clase obrera; por ejemplo, la ley de la jornada de diez horas en Inglaterra. En general, las colisiones en la vieja sociedad favorecen de diversas maneras el proceso de desarrollo del proletariado. La burguesía vive en lucha permanente: al principio, contra la aristocracia; después, contra aquellas fracciones de la misma burguesía, cuyos intereses entran en contradicción con los progresos de la industria, y siempre, en fin, contra la burguesía de todos los demás países. En todas estas luchas se ve forzada a apelar al proletariado, a reclamar su ayuda y arrastrarle así al movimiento político. De tal manera, la burguesía proporciona a los proletarios los elementos de su propia educación, es decir, armas contra ella misma. Además, como acabamos de ver, el progreso de la industria precipita a las filas del proletariado a capas enteras de la clase dominante, o, al menos, las amenaza en sus condiciones de existencia. También ellas aportan al proletariado numerosos elementos de educación.”
Acabamos de vivir una expresión particular de este tipo de fenómenos con el movimiento democrático pequeñoburgués que se ha desarrollado desde los indignados del 15M hasta constituir el partido político Podemos. Se equivocan pues los comunistas que desprecian el valor que encierra la experiencia de unidad de las masas obreras con la democracia pequeñoburguesa, los que ven en ella únicamente el aspecto negativo.
Que la emancipación de los obreros deba ser obra de los obreros mismos, significa que éstos no pueden depositar sus anhelos de liberación en ninguna otra clase social, pero no significa que sean autosuficientes, que no necesiten aprender críticamente de los progresos sociales realizados por otras clases. Ese aprendizaje crítico lo ha realizado el marxismo y lo tiene que seguir realizando, a través del esfuerzo de las y los comunistas.
Lenin explica que la idea de El Manifiesto Comunista de que toda lucha de clases es una lucha política “no debe interpretarse en el sentido de que cualquier lucha de los obreros contra los patronos es siempre una lucha política. Hay que interpretarla en el sentido de que la lucha de los obreros contra los capitalistas necesariamente se convierte en lucha política, a medida que se convierte en lucha de clases. La tarea de la socialdemocracia [del comunismo] consiste, precisamente, en transformar, por medio de la propaganda, la agitación y la organización de los obreros, esa lucha espontánea contra sus opresores, en una lucha de toda la clase, en la lucha de un partido político determinado, por ideales políticos y socialistas definidos. (…) La socialdemocracia no se limita simplemente a servir al movimiento obrero; es ‘la unión del socialismo con el movimiento obrero‘.” (10)
Si concebimos al movimiento obrero únicamente en su expresión sindical, si no le aportamos esos “ideales políticos y socialistas definidos” y si enfocamos nuestro papel a través de un materialismo no dialéctico, aun contra nuestra voluntad, achicaremos el papel del movimiento obrero y lo convertiremos en un apéndice de los partidos burgueses. Desde que Marx comenzó a comprender cómo era realmente la sociedad capitalista, advirtió que “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. (…) Por tanto, no comprende la importancia de la actuación ‘revolucionaria’, ‘práctico-crítica’.” (11)
Luego, los comunistas no debemos abordar los problemas que dificultan el desarrollo de la lucha de la clase obrera (y menos aún responsabilizar de ellos a los “cambios en la estructura productiva y en la composición de la clase obrera”), sin evaluar al mismo tiempo nuestra actuación revolucionaria, práctico-crítica.
De acuerdo, ha habido “cambios en la estructura productiva y en la composición de la clase obrera”, pero la esencia del capitalismo y la de la clase obrera no han variado. Podemos equivocarnos al intentar comprender aquellas nuevas manifestaciones contradictorias -como repite el camarada Parra, siguiendo la tradición del PCE de las últimas décadas-, pero lo peor no es eso, sino haber cuestionado la esencia invariada de la que son expresión y haber renunciado a revelársela a las masas. Además, es imposible comprender correctamente esos nuevos fenómenos al margen de la teoría científica que ha desentrañado su esencia y, si lo intentamos así, nos veremos irremediablemente engañados por las apariencias.
Siendo más claros y concretos, antes de culpar a circunstancias ajenas a nosotros, los comunistas debemos preguntarnos si hemos cumplido nuestro cometido de ayudar a las masas obreras a comprender su verdadera situación en la sociedad y las condiciones para transformarla. Y no es para mortificarnos, sino para desenredar el ovillo y averiguar cómo volver a la senda del progreso social. En definitiva, el marxismo nos exige que analicemos ante todo lo que el camarada Parra llama “la transformación ideológica y organizativa que sufrieron las organizaciones comunistas a partir de los años 60-70”, sus causas y sus consecuencias.
Es una tarea que nos compete a todas y a todos los comunistas. Por lo que a mí respecta en este artículo, sólo pretendo contribuir modestamente a ella proponiendo algunas reflexiones. Hace falta desarrollar el marxismo-leninismo con la comprensión de la grave crisis que esta teoría ha llegado a experimentar, la más grave de su historia; asimismo, con la práctica que dicha comprensión nos va alumbrando como necesaria.
En la segunda mitad del siglo XX, la dirección de muchos partidos comunistas -entre ellas, la del PCE- cuestionó los principios del marxismo-leninismo con el pretexto de que había “nuevas realidades” que los invalidaban. Por supuesto que el éxito de esta involución ideológica se debió a la labor perversa de muchos oportunistas que se hacían pasar por revolucionarios, a las condiciones de clandestinidad en España, al centralismo cada vez menos democrático en el seno de los partidos, etc. Pero también es cierto que estaban pasando muchas cosas nuevas en el mundo y en cada país, las cuales desorientaban a la gran masa de comunistas sinceros.
Con anterioridad, la Gran Revolución Socialista de Octubre, el bolchevismo y los escritos de Lenin habían salvado el honor del socialismo marxista. Éste había sido mancillado por la mayoría de los líderes socialistas quienes, con tal de mantener su status ante el Estado, habían enrolado a las masas obreras al servicio de las respectivas burguesías nacionales en la Primera Guerra Mundial imperialista. Hasta entonces, el movimiento obrero socialista crecía vigoroso por Europa y Norteamérica, pero en él reinaba la confusión sobre cómo alcanzar sus metas. Fue en Rusia donde Lenin y los bolcheviques comprendieron que el muro del capitalismo estaba podrido y que de un empujón decidido se le podía derribar. Así consiguieron organizar una revolución de masas a pesar de la miseria, el atraso, el analfabetismo, la guerra y la represión absolutista. Y lograron consolidarla y desarrollarla sobreponiéndose a la guerra civil que, en los primeros años, les impusieron las clases poseedoras apoyadas por los Estados imperialistas. Más adelante, la URSS completaría el programa socialista de expropiar a los burgueses y terratenientes para desarrollar las fuerzas productivas y mejorar la vida del pueblo. Su prestigio internacional alcanzaría el punto culminante con la victoria sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial.
En ese período que va desde 1917 hasta 1945, millones de revolucionarios estudiaron en el mundo la experiencia bolchevique para entresacar de ella los aspectos generales y comunes a todos los países, a fin de aplicarlos a sus condiciones nacionales. De ese modo, se edificaron gloriosos partidos comunistas que llevaron a la victoria numerosas revoluciones socialistas y nacional-democráticas, o que cumplieron un papel meritorio en la lucha contra la reacción, como fue el caso del Partido Comunista de España. Pero, de repente, empezaron a flaquear en sus convicciones.
Para comprender las causas de la depresión del comunismo que arrastramos desde hace muchos años, no basta con mirar la trayectoria de nuestro movimiento. Tenemos que examinarla también en relación con la simultánea evolución del capitalismo. Entre los siglos XIX y XX, este régimen social experimentó una transformación por la que la libre competencia iba dejando su puesto al monopolio, al control de cada rama de la producción por parte de unas pocas empresas gigantescas. Este cambio suponía que el capitalismo entraba en su etapa de decadencia y que la revolución socialista se convertía en necesidad inmediata para el proletariado y la sociedad en general. La maduración del imperialismo fue un proceso traumático que causó dos guerras mundiales, la aparición de armas de destrucción masivas y el triunfo en algunos países del fascismo como forma política extremadamente reaccionaria. Y no es aventurado afirmar que el sistema imperialista internacional sólo se consolidó a partir de la subordinación del mundo burgués a los Estados Unidos de América que habían salido intactos, enriquecidos y reforzados de las dos grandes contiendas de la primera mitad del siglo XX.
La Primera Guerra Mundial había abierto una brecha en el capitalismo que fue aprovechada por los revolucionarios rusos para arrebatarle el país más extenso del planeta. Parecía que el ejemplo podría contagiarse rápidamente, pero, finalizada la guerra, el régimen burgués consiguió estabilizarse y consolidarse. Las revoluciones que sucedieron a la rusa en Europa fueron derrotadas una tras otra. Bien es verdad que, en ningún otro caso, se había construido durante los años previos un partido tan sólido como el de los bolcheviques. Los revolucionarios alemanes y húngaros llegaban a la cita tarde y poco preparados. En los años veinte, los jóvenes partidos comunistas añadían dos tareas necesarias a su programa: defender a la Unión Soviética como el primer Estado obrero y arraigar entre las masas proletarias de sus países que tenían fe en sus viejos partidos socialistas. Pero el surgimiento del fascismo a instancia del ala dura de la burguesía imperialista dificultaba sobremanera la realización de estas tareas, puesto que desataba el terror preventivo contra el movimiento obrero y caminaba a marchas forzadas hacia el asalto a la URSS. Entonces, los partidos comunistas ya no podían luchar directamente por la revolución, sino que se veían obligados a dar un rodeo: defender las condiciones políticas mínimas que permitieran el desarrollo del movimiento obrero y una política exterior de los Estados capitalistas menos agresiva hacia la Unión Soviética. Se hizo necesario, concertar una alianza táctica con el ala democrática de la burguesía frente al fascismo. Esto permitió aplastar a éste, excepto en algunos países como el nuestro.
El desenlace de la última guerra mundial daba lugar a una situación social muy diferente a lo que, hasta entonces, había conocido el movimiento obrero. Éste obtenía grandes conquistas y el capitalismo iniciaba un camino de crecimiento económico que, no sin crisis, duraría más de veinte años y permitiría un alza significa del nivel de vida de las masas en los países más desarrollados. Al mismo tiempo este potencial económico y político en manos de los imperialistas les permitía acosar a la URSS -que había soportado el mayor esfuerzo bélico- y a los nuevos Estados socialistas, fomentando su descomposición interna. Se trataba, además, de países que partían de un considerable atraso social y económico, donde la base proletaria de la población era más endeble y, por tanto, la presión del ambiente pequeñoburgués era enorme. Así es como se desarrolló el revisionismo moderno que, a la muerte de Stalin, se hizo con las riendas de la patria del bolchevismo y se sumó al coro de la burguesía contra el pasado revolucionario de la URSS.
A partir de ese momento, el equilibrio internacional de fuerzas de clase entre la burguesía y el proletariado, que se había alcanzado tras duros sacrificios, se rompió en beneficio de la clase explotadora. El campo socialista todavía aguantó treinta años, pero enfermo y degradándose, a pesar de los controvertidos esfuerzos de revitalización emprendidos por los comunistas chinos, albaneses y cubanos. El revisionismo se extendió como mancha de aceite por todos los partidos comunistas -después de que perdieran a muchos de sus mejores cuadros en la guerra-, mientras las masas obreras eran seducidas por el “Estado de bienestar” capitalista. Esta aparente refutación práctica de la ley general de la acumulación capitalista formulada por Marx en El Capital desorientó a muchos comunistas y fue aprovechada por los oportunistas hasta entonces agazapados para declarar obsoletos los principios del marxismo. A cambio, les bastaba con echar mano de las tesis revisionistas de Bernstein cuyo triunfo en los partidos socialistas no había hecho otra cosa, sin embargo, que dividir y debilitar al movimiento obrero desde la Primera Guerra Mundial.
La táctica de unidad democrática con una parte de la burguesía fue convertida por ellos en una estrategia, en un límite infranqueable, a pesar de que el fascismo ya había sido derrotado. Muchos partidos comunistas renunciaron a preparar la insurrección, la revolución violenta, e inventaron la posibilidad de pasar gradualmente al socialismo, a través de elecciones burguesas y de manifestaciones pacíficas. Frente a esta desviación de derecha, sus sectores revolucionarios se refugiaron a menudo en el dogmatismo o pretendieron trasladar a los países de capitalismo desarrollado las formas de lucha y organización propias de las guerras campesinas de los países oprimidos. El movimiento obrero perdió así el contacto con el socialismo científico, mientras la clase capitalista aprovechaba las nuevas tecnologías para multiplicar su influencia ideológica. (12) Así es como ésta ha conseguido someterlo políticamente… por ahora.
Pero los años 70 fueron un punto de inflexión tras el cual se acabó la verdadera prosperidad económica del capitalismo monopolista y empezó su crisis estructural. La situación de la clase obrera fue empeorando paulatinamente con esta crisis y con el ascenso de la alternativa neoliberal a la misma (la financiarización), que no era otra cosa que una fuga hacia adelante de la burguesía. A esto se añadió el derrumbe de la URSS y de los países socialistas de Europa oriental, que resucitó la propaganda anticomunista más extrema tomada del arsenal nazi-fascista. El agotamiento de los artificios financieros del neoliberalismo se manifestó finalmente en la crisis de 2007-2008 y hoy, pasado el shock, la economía capitalista internacional languidece, cargada de deudas asfixiantes y más frágil que nunca. Por consiguiente, la evolución de las condiciones objetivas a las que el movimiento obrero se enfrenta de ahora en adelante ha cambiado de dirección en relación con las décadas siguientes a la II Guerra Mundial (el capitalismo ya sólo nos depara empobrecimiento, represión, violencia reaccionaria, guerra, etc.). Si entonces las condiciones objetivas parecían contradecir a Marx y, en ese sentido, parecían dar la razón al revisionismo, hoy piden a gritos la sustitución del capitalismo por el socialismo, la reconstitución revolucionaria del partido de la clase obrera, la aplicación del marxismo-leninismo más ortodoxo en la teoría y en la práctica de los comunistas frente a la confusión pequeñoburguesa reinante.

Las necesidades prácticas del socialismo exigen a los comunistas priorizar la labor teórica y la lucha teórica en el seno del movimiento obrero

¿Qué partido comunista necesitamos en las actuales condiciones? ¿Cómo debe actuar este partido? Al contrario que los comunistas que se han alejado del movimiento obrero para diluirse en los movimientos democráticos o para elaborar teoría en cenáculos de intelectuales, el camarada Javier Parra tiene toda la razón al reclamar que giremos nuestra atención hacia los centros de trabajo. De ellos, hemos de priorizar el proletariado de las fábricas y de las grandes empresas de transporte y construcción. (13) Pero, ¿qué vamos a hacer con él, qué le vamos a decir y qué acción le vamos a proponer? Responder acertadamente a esta pregunta nos costará tiempo, estudio, discusión, ensayos (sin esperar seguridades ni unanimidades), errores, etc., pero tenemos que ponernos ya manos a la obra. Muchas propuestas del camarada Parra -como el esfuerzo cultural y propagandístico, la prensa, el centralismo, la independencia económica del partido frente al Estado burgués, el trabajo político hacia la tropa, etc.- van en este sentido, pero son todavía muy insuficientes. Esto es comprensible en las circunstancias particularmente adversas del PCE que aconsejan una táctica prudente y progresiva qué sólo los comunistas de este partido pueden alcanzar a definir adecuadamente. Ahora bien, la estrategia y la meta comunes a todos los comunistas deben partir de las enseñanzas de validez general que nos proporciona la experiencia de los bolcheviques, la experiencia de construcción del partido revolucionario más cercana a las condiciones de un país de capitalismo desarrollado como el nuestro.
Partiendo del reconocimiento de la necesidad de dirigirnos al proletariado, he advertido ya que, para Lenin, el comunismo marxista “no se limita simplemente a servir al movimiento obrero; es ‘la unión del socialismo con el movimiento obrero‘ (según la definición de Kautsky, quien reproduce las ideas básicas del Manifiesto Comunista): su tarea es introducir en el movimiento obrero espontáneo definidos ideales socialistas, ligar este movimiento con las convicciones socialistas, que deben estar al nivel de la ciencia contemporánea, ligarlo con la sistemática lucha política por la democracia, como medio para realizar el socialismo; en una palabra, fundir este movimiento espontáneo en un todo indivisible con la actividad del partido revolucionario“. (14)
El triunfo del revisionismo en nuestro movimiento separó a los comunistas, y del marxismo-leninismo, y del movimiento obrero. Volver a éste como el movimiento social decisivo es un paso indispensable. Pero, por muy necesario que sea servir al movimiento obrero y ayudar a su lucha sindical, no puede ser el objetivo de los comunistas, ni por tanto el contenido principal de nuestra tarea en él. Si no introducimos en él definidos ideales socialistas, aquél seguirá su curso espontáneo y, como advierte Lenin, “el movimiento obrero espontáneo es tradeunionismo, es Nur-Gewerkschaftlerei, y el tradeunionismo no es otra cosa que el sojuzgamiento ideológico de los obreros por la burguesía”. (15) La explicación detallada de por qué el movimiento sindical espontáneo, sin dirección comunista, condena a los obreros a permanecer bajo la esclavitud asalariada la podrá encontrar el lector en el ¿Qué hacer? de Lenin y, tomada del mismo en forma resumida, en el artículo “Para qué necesitamos el Partido Comunista”. (16)
Por lo tanto, una vez hemos decidido dar el paso hacia las masas obreras, no podemos contribuir a su emancipación si no concretamos qué definidos ideales socialistas les aportamos.
Llegados a este punto, comprendo que muchos camaradas experimentados reaccionen con una mueca de escepticismo y se den media vuelta para replegarse hasta la lucha de mera resistencia sindical y democrática. Y es que, llevamos más de cincuenta años intentando definir los ideales socialistas sin que ninguno de esos intentos haya conseguido fructificar, al menos en España. Se buscó la respuesta en una u otra de las diversas corrientes o matices en que se fraccionó el movimiento comunista internacional tras la victoria del revisionismo en la URSS (prosoviéticos brezhnevianos, maoístas, hoxhistas, foquistas, etc.) y se ofreció una literatura más destinada a justificar dichas corrientes que a educar a las masas proletarias en el marxismo. Discutían sobre todo de qué modelo nacional extranjero era más fiel a los principios generales de esta teoría. Probablemente sin darse cuenta, estaban presuponiendo que los trabajadores tendían espontáneamente hacia estos principios y que bastaría con desenmascarar a los falsificadores del marxismo para que las masas siguieran al partido auténtico hacia el socialismo. Esta curiosa combinación de dogmatismo y espontaneísmo, esta dejación de la obligación de los comunistas para con las masas, sólo podía acabar en fracaso, provocando la disociación de la labor teórica respecto de la práctica: para los obreros, la actividad sindical y, para los intelectuales, la política electoral y el cuestionamiento de los fundamentos del marxismo bajo las más diversas formas.
Pero ya no estamos ante un capitalismo que seduce a las masas ofreciéndoles un creciente consumo. Además, la búsqueda de una “Meca” ideológica en otros países ha perdido atractivo. Ahora nos hallamos en una buena situación para definir los ideales socialistas con los que educar a las masas, teniendo presente tanto las necesidades generales, históricas, del movimiento proletario internacional como las particularidades de los tiempos presentes y de nuestro país. Por eso, sacudámonos el escepticismo heredado de tiempos pasados, dejemos de escondernos bajo el ala del movimiento espontáneo y asumamos el reto que nos corresponde como comunistas: desarrollar en el seno del movimiento obrero la labor teórica imprescindible para elevarlo a una posición revolucionaria.
Así es como Marx, Engels, Lenin y sus camaradas lo lograron en su tiempo, y su arduo trabajo es el que debe inspirarnos. Los que empezaron cuestionando el leninismo con el pretexto de que era el fruto de una experiencia nacional demasiado estrecha, lo hicieron en realidad suprimiendo todo el marxismo y, a cambio, no han dejado a la clase obrera más que derrota y desolación. El marxismo es el que convirtió el socialismo de utopía, anhelo e intuición en una ciencia que ha probado históricamente su validez con las primeras experiencias de transformación socialista de la sociedad (ninguna otra teoría ha permitido dar un solo paso en esta dirección). El punto de partida de los comunistas no puede ser otro que llevar el marxismo a las masas obreras.
En este caso, ¿qué es el marxismo?, ¿cómo se asimila?, ¿basta con tener y difundir una vaga idea del mismo, poniéndonos el rótulo de marxistas?, etc.
El marxismo se ha formado sobre “la sólida base de los conocimientos humanos adquiridos bajo el capitalismo. Al estudiar las leyes del desarrollo de la sociedad humana, Marx comprendió el carácter inevitable del desarrollo del capitalismo, que conduce al comunismo, y – esto es lo esencial – lo demostró basándose exclusivamente en el estudio más exacto, detallado y profundo de dicha sociedad capitalista, asimilando plenamente todo lo que la ciencia había dado hasta entonces. Todo lo que había creado la sociedad humana, lo analizó Marx en un espíritu crítico, sin desdeñar un solo punto. Todo lo que había creado el pensamiento humano, lo analizó, lo sometió a la crítica, lo comprobó en el movimiento obrero; formuló luego las conclusiones que los hombres, encerrados en los límites estrechos del marco burgués o encadenados por los prejuicios burgueses, no podían extraer.” (17)
Por eso, frente a los timoratos filisteos paralizados o intimidados por las dudas, Lenin afirma categóricamente: “La doctrina de Marx es omnipotente porque es verdadera. Es completa y armónica, y brinda a los hombres una concepción integral del mundo, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa”. (18)
El marxismo es la base teórica indispensable para superar el capitalismo, para guiar la lucha de la clase revolucionaria contemporánea -el proletariado- por este objetivo. En palabras de Engels, la revolución socialista es “la misión histórica del proletariado moderno” y el marxismo, su expresión teórica destinada “a investigar las condiciones históricas y, con ello, la naturaleza misma de este acto, infundiendo de este modo a la clase llamada a hacer esta revolución, a la clase hoy oprimida, la conciencia de las condiciones y de la naturaleza de su propia acción”. (19) Es, por tanto, la ideología del movimiento obrero, la que se corresponde con sus necesidades generales.
Nosotros -dice Lenin hablando en nombre del todavía joven partido ruso (1899)- nos basamos íntegramente en la teoría de Marx: ésta transformó por primera vez el socialismo de utopía en ciencia, echó las sólidas bases de esta ciencia y trazó el camino que había de tomar, desarrollándola y elaborándola en todos sus detalles. Esta descubrió la esencia de la economía capitalista contemporánea, explicando cómo la contratación del obrero, la compra de la fuerza de trabajo, encubre la esclavización de millones de desposeídos por un puñado de capitalistas, dueños de la tierra, de las fábricas, de las minas, etc. Esta demostró cómo todo el desarrollo del capitalismo contemporáneo tiende a suplantar la pequeña producción por la grande y crea las condiciones que hacen posible e indispensable la estructuración socialista de la sociedad. Esta nos enseñó a ver, bajo el manto de costumbres arraigadas, de intrigas políticas, de leyes complejas y doctrinas hábilmente fraguadas, la lucha de clases, la lucha entre las clases poseedoras de todo género y las masas desposeídas,el proletariado, que está a la cabeza de todos los desposeídos. La teoría de Marx puso en claro la verdadera tarea de un partido socialista revolucionario: no inventar planes de reestructuración de la sociedad ni ocuparse de la prédica a los capitalistas y sus acólitos de la necesidad de mejorar la situación de los obreros, ni tampoco urdir conjuraciones, sino organizar la lucha de clase del proletariado y dirigir esta lucha, que tiene por objetivo final la conquista del Poder político por el proletariado y la organización de la sociedad socialista.“ (20)
¿Acaso han dejado de ser ciertas estas tesis? ¿Por qué no se explican a las masas obreras? ¿Cuánto tiempo hace que no se les explican? ¿Son estas masas las que, debido a su “nueva composición”, se han alejado de los comunistas o más bien son los comunistas los que las han alejado de la comprensión de su verdadera situación bajo el capitalismo?
Es cierto que los comunistas nos encontramos bajo la enorme presión ideológica y cultural de la clase económicamente dominante. Continuamente, ella o las capas intermedias de la sociedad nos ofrecen sustitutivos del marxismo-leninismo o correcciones del mismo para caer mejor en los círculos oficiales y facilitar así la satisfacción de los intereses de la clase obrera. ¿De qué le ha servido a Pablo Iglesias aceptar tal ofrecimiento si, a la mínima que exige concesiones al PSOE, le tildan de “leninista” y cae su cotización electoral? ¿No será mejor empezar por forjar una sólida conciencia marxista en los obreros de vanguardia para que, así, los ataques del enemigo refuercen el prestigio y la fuerza de la causa revolucionaria, en vez de debilitarla?
Aclarado este punto, lo siguiente es comprender que, si queremos llevar esa conciencia a las masas proletarias, previamente tendremos que adquirirla los propios comunistas. Y éste es un camino largo y complejo que exige diversos requisitos. Uno de ellos es hacerlo en permanente y estrecha comunicación con el movimiento obrero (para no descarriarnos hacia el misticismo y el sectarismo). Enseguida trataré de explicar que no todo tipo de comunicación sirve para este fin. Otro de los requisitos es tratar la asimilación del marxismo con seriedad y rigor. No podemos conformarnos con unas pocas lecturas en los ratos libres. Eso no es lo que hicieron los primeros dirigentes socialdemócratas rusos y no es para eso que Marx y Engels tanto se esforzaron en elaborar la teoría revolucionaria contemporánea en todos los campos del saber: ciencias naturales, filosofía, historia, economía, política, etc. Véase cómo este último expone la actitud que debemos tener los comunistas hacia la teoría marxista:
“Sobre todo los jefes deberán instruirse cada vez más en todas las cuestiones teóricas, desembarazarse cada vez más de la influencia de la fraseología tradicional, propia de la vieja concepción del mundo, y tener siempre presente que el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie. La conciencia así lograda, y cada vez más lúcida, debe ser difundida entre las masas obreras con celo cada vez mayor, y se debe cimentar cada vez más fuertemente la organización del partido, así como la de los sindicatos”. (21)
Parece mentira que, en la era del capitalismo en la que todos los progresos que han mejorado la existencia humana se han apoyado en la ciencia, tantos partidarios del socialismo aborden el progreso más grandioso, el progreso de la forma más elevada de la materia que es la sociedad, de una manera tan artesanal e incluso chapucera. ¿Acaso no es igual que si un alumno de primer curso de carrera universitaria pretendiera operar a un paciente, tender un puente, levantar un rascacielos, poner en órbita una nave tripulada, etc.? ¿Quién se atrevería a dejar en sus manos unos asuntos tan delicados? Es cierto que, en la producción científica, también es necesaria la experiencia práctica inmediata, directa; que, por ejemplo, el ingeniero debe unir su saber con el del trabajador manual y la organización de socialistas debe unir su saber con el del movimiento obrero. Pero no se puede prescindir del conocimiento procedente de la síntesis abstracta de la experiencia indirecta; no se puede prescindir del conocimiento de carácter racional. Es la gran revolución que la burguesía capitalista operó en las fuerzas productivas. A la hora de preparar la revolución social que ha de superar el capitalismo, no es de recibo que -por pereza o por prisa, quien sabe- se retroceda a una mentalidad pre-burguesa, medieval. En esta nueva etapa en la que el capitalismo internacional (no ya sólo europeo) vuelve a precipitarse hacia una gran crisis general, los comunistas que pretendamos poner las bases del partido revolucionario debemos parecernos, como poco, a quienes esforzadamente simultanean su carrera universitaria con un empleo asalariado.
En la mayoría de los casos, se toma a la ligera el marxismo -como si su simple nombre y unas pocas citas lapidarias fueran un talismán suficiente para atraer a las masas hacia el partido y hacia la revolución-, porque la atención a las reivindicaciones urgentes de los oprimidos oprime, a su vez, el pensamiento de los comunistas, no les deja reflexionar lo suficiente sobre lo que presupone el carácter científico de nuestra doctrina. Pero, en otros casos, hay una intención premeditada de presentar o practicar un “marxismo” sesgado para “justificar” la necesidad de superarlo -en realidad, destruirlo- con una teoría nuevecita y más ajustada a las “nuevas realidades”.
En lugar de seguir una política oportunista o miope, los militantes y sobre todo los dirigentes comunistas debemos esforzarnos por estudiar las obras más importantes de Marx, Engels y Lenin, las cuales se cuentan por decenas, y depurar sobre esta base las concepciones que traemos con nosotros al partido y las prácticas que se corresponden con dichas concepciones. A medida que asimilamos así el marxismo, debemos practicarlo, es decir, difundirlo con un celo cada vez mayor entre las masas obreras y organizarlas sobre esta base.
¿Pueden realmente las masas obreras asimilar las ideas fundamentales de la teoría marxista, cuando están sometidas a la dominación ideológica de la burguesía, cuando están tan agobiadas por la explotación capitalistas y cuando sus hábitos son tan prácticos y tan poco teóricos? ¿No será mejor suministrárselas en papilla o en pequeñas dosis, esperar a que desarrollen primero una conciencia sindicalista, etc.? Esto último supondría, en primer lugar, desconfiar de la inteligencia de los obreros para comprender una teoría que arroja luz sobre sus problemas y que da una solución viable a sus anhelos. En segundo lugar, supondría no reconocer la existencia de diversos estratos de conciencia entre los obreros a los que se debe abordar de una manera diferente (para eso está la agitación y la propaganda, la organización del partido y la de las masas en el sindicato, etc.). Y supondría también desconocer que no podemos elevar a sus más amplias masas a posiciones revolucionarias si no conseguimos previamente acercar al marxismo a su vanguardia. En situaciones como la nuestra en la que estamos intentando sentar las bases del partido, hay que colocar en primer plano -como sostiene Lenin- “la ‘flor y nata’ de los obreros”, y no “al obrero ‘medio’, al obrero de la masa”. (22)
Además de que los obreros son incluso más cultos que antaño, hay que confiar, como Lenin, en que, “a pesar de sus horribles condiciones de existencia, a pesar del embrutecedor trabajo de forzados en la fábrica, encuentran en sí mismos carácter y fuerza de voluntad suficientes para estudiar, estudiar y estudiar, y hacerse socialdemócratas conscientes, ‘intelectuales obreros’.”(23) Eso sí, una vez que los comunistas empecemos a predicar con el ejemplo y no nos limitemos a repetir a los obreros las cosas consabidas que mantienen la confusión política a la que el capitalismo los somete.
Los socialistas rusos levantaron ese partido que admiramos todos los comunistas, en confrontación con la tendencia de los “economistas”, los cuales predicaban precisamente el camino del menor esfuerzo, de la menor resistencia, del “practicismo estrecho, divorciado del esclarecimiento teórico del movimiento en su conjunto”, de la lucha sindical como base de la lucha política, del gradualismo en el desarrollo de la conciencia de la clase obrera (“teoría de las fases” o “táctica-proceso”). (24)
Algunos comunistas de hoy, sin llegar tan lejos como los “economistas”, dificultan una correcta educación política de las masas al disociar en exceso la agitación y la propaganda hasta romper la unidad entre ellas. Restringen demasiado el radio de acción de la propaganda, mientras ciñen la agitación al cometido de apoyar a las masas y no espantarlas con propuestas que éstas no puedan compartir de inmediato. Para Lenin, en cambio, “es indispensable enjuiciar a la luz de la teoría cada hecho parcial, es indispensable hacer propaganda entre las más vastas masas de la clase obrera de los problemas relacionados con la política y la organización del Partido e incluir esos problemas en la agitación“. El líder bolchevique llama a “crear una forma más elevada de agitación a través de un periódico que registre sistemáticamente las quejas de los obreros, las huelgas obreras y otras formas de lucha proletaria, así como las distintas manifestaciones de opresión política en toda Rusia, y que saque determinadas conclusiones de cada uno de esos hechos en consonancia con los objetivos finales del socialismo y con las tareas políticas del proletariado ruso“. (25) En definitiva, como he resaltado en negrita, el marxismo-leninismo nos exige no prejuzgar negativamente la capacidad de amplios sectores obreros de comprender las más elevadas cuestiones teóricas; elaborar la propaganda y la agitación en unidad de criterio político, establecido a partir de nuestra teoría y sin ceder a la apariencia engañosa de las cosas y a los prejuicios burgueses que se apoyan en ella; no reducir la agitación a un fácil ejercicio de selección de aquellos aspectos del programa del partido que se adaptan a la conciencia actual de la masa, sino seleccionar las ideas que necesitamos inculcarle para que su movimiento social dé un paso adelante, superando los escollos que se lo impiden. La agitación es más fácil de entender para las amplias masas, pero es necesariamente más difícil de elaborar que la propaganda.
Los comunistas deberíamos ver en “el Partido independiente e inconciliablemente marxista del proletariado revolucionario la única garantía de la victoria del socialismo y el camino hacia la victoria que más libre está de vacilaciones”. (26) Sin embargo, esto no es así para la mayoría de los comunistas que se han acomodado a la división de nuestro partido y que se han adaptado a la mentalidad filistea que promueve la política burguesa. El comunismo internacional atraviesa un período de vacilación ideológica mucho más largo y profundo que en tiempos de Lenin. Hasta mediados del siglo XX, “la doctrina de Marx y Engels era considerada como la base firme de la teoría revolucionaria; pero en nuestros días se dejan oír, por todas partes, voces sobre la insuficiencia y caducidad de estas doctrinas”.(27) Como explicaba más arriba, las discusiones de los años 60-70 no impidieron la fragmentación y el debilitamiento de nuestro partido, por lo que los comunistas se fueron cansando y retirando de la lucha teórica y de la producción teórica. Así el proceso por el que conocemos y comprendemos la realidad quedó interrumpido al renunciar a la necesaria etapa racional del mismo, precipitándose nuestro movimiento en la nebulosa del empirismo. No podremos reconstruir el partido revolucionario si no disipamos esta niebla.
Ante la dificultad que esta tarea entraña, algunos camaradas creen haber encontrado un atajo, posibilitado por el auge del movimiento espontáneo de los últimos años y por la débil presencia en él de otros supuestos partidarios del marxismo. De ese modo, se podría ir construyendo el partido a base de una labor educativa superficial dirigida a la masa de obreros poco politizados. En mi opinión, es un enfoque erróneo y peligroso porque el vacío no existe en política. Esos obreros que se supone poco politizados tienen una conciencia básicamente sindicalista o aun más abiertamente burguesa (cuando se coaligan entre sí frente a terceros, es para colocar su mercancía al mejor precio en el mercado). Por consiguiente, debemos ayudarles a transformar su conciencia actual antes de incorporarlos al partido, pues, de lo contrario, arrastraran a éste hacia atrás, hacia el reformismo, hacia una especie de “Podemos” obrero. Mientras este experimento hiciera su recorrido, habríamos perdido un tiempo que puede resultar inestimable para afirmar los sólidos cimientos teóricos y prácticos del partido revolucionario.
Siguiendo a Lenin, sostengo que “nuestra tarea consiste ahora en combatir la cizaña. No es cosa nuestra cultivar el trigo en pequeños tiestos. Al arrancar la cizaña, desbrozamos el terreno para que pueda crecer el trigo”. En realidad, así ha sido en todos los casos en que el movimiento revolucionario ha conseguido progresar. Es claro que el comunismo de España “dista mucho de haber ajustado sus cuentas con otras tendencias del pensamiento revolucionario que amenazan con desviar el movimiento del camino justo”: el sindicalismo de colaboración de clases, el anarcosindicalismo, el “sindicalismo revolucionario”, el populismo posmoderno, el nacionalismo pequeñoburgués, el reformismo, el trotskismo y el dogmatismo sectario son diversas propuestas que tientan a todo obrero y a toda obrera que empiezan a despertar políticamente (prometen un camino más fácil, más rápido y más efectivo que el del marxismo-leninismo).
En condiciones como las nuestras, primero es “necesario preocuparse de reanudar la labor teórica”, pues sin ella, es “imposible un incremento eficaz del movimiento”. Segundo, es preciso “emprender una lucha activa” contra la tergiversación de que es objeto el marxismo y que corrompe “a fondo los espíritus”. Tercero, hay que “combatir con energía la dispersión y las vacilaciones en el movimiento práctico, denunciando y refutando toda tentativa de subestimar, consciente o inconscientemente, nuestro programa y nuestra táctica”. (28)
Abro aquí un paréntesis para aclarar que, cuando me refiero a nuestro programa y nuestra táctica, soy consciente de que tenemos por delante mucho trabajo. Para definirlos con cierta exactitud, debemos partir de los principios generales del marxismo-leninismo, enriquecerlos con las principales enseñanzas de las experiencias revolucionarias del siglo pasado y aplicarlos al conocimiento de nuestra realidad social. El objetivo al que debemos subordinar toda nuestra actividad es el de reconstituir el Partido Comunista que unifique el socialismo científico con el movimiento obrero, para elevar los conflictos sociales particulares hasta la escala de masas de una lucha de clases que permita al proletariado conquistar el poder político y realizar una revolución socialista (ya no es posible ningún otro progreso previo que sea verdaderamente importante). Por lo tanto, el sindicalismo, las huelgas, las manifestaciones, la actividad en las instituciones representativas burguesas, las campañas electorales, etc., sólo son medios auxiliares subordinados a la realización de esta estrategia. Sólo podremos conquistar las mentes y los corazones de las masas obreras si dejamos muy claros el objetivo, los medios y el camino. No basta con decir que las elecciones no son suficientes, porque, entonces, ¿cuál es el medio alternativo? Por supuesto que debemos explicar las necesidades con inteligencia, para no facilitar la tarea al enemigo, pero sobre todo hace falta que las masas sepan a qué atenerse y puedan así prepararse como corresponde.
Por ejemplo, los bolcheviques explicaban a las masas la perspectiva política necesaria de una manera que no dejaba lugar a la duda: “Precisamente ahora, lo más importante es afianzar en el proletariado revolucionario la firme convicción de que el actual ‘movimiento liberador en la sociedad’ [se refiere a la oposición liberal burguesa al zarismo] se convertirá también inevitable e ineludiblemente en una pompa de jabón, como los anteriores, si no se inmiscuye la fuerza de las masas obreras, capaces de lanzarse a la insurrección y preparadas para ella”. (29)
El hecho de que se esté abriendo una fisura en el muro del capitalismo, el hecho de que las condiciones objetivas vayan a ser crecientemente favorables al socialismo, no debe exagerarse en el sentido de que la mayoría de la población se vuelva tan consciente de su necesidad y encuentre frente a sí tan poca resistencia que el tránsito al mismo sea como el parto bíblico de Jesús. Desde esta concepción idílica e ingenua, es natural que no se preste mayor atención a la construcción de las bases de un partido dispuesto a los mayores sacrificios para completar una revolución victoriosa. Pero, a la inversa, por mucho que la intención sea revolucionaria, si se descuidan las tareas básicas para formar una organización políticamente sólida, de vanguardia, sólo se tendrá capacidad para luchar electoralmente por una mayoría parlamentaria mientras se espera que un estallido espontáneo de las masas haga el resto.
Tras este paréntesis, vuelvo ahora a la cuestión de cómo acabar con la confusión y la dispersión en la vanguardia del movimiento obrero. El camarada Javier Parra comparte el acierto de muchos otros comunistas acerca de la necesidad de desarrollar la propaganda, la comunicación, la cultura, el periódico, etc. En estos campos, hay muchas cuestiones que tratar, pero, ¿en qué debemos hacer hincapié en este preciso momento en que la situación de las masas empeora sin cesar, pero sigue reinando la confusión y la dispersión sobre el modo de mejorarla?
Lenin sostiene que, en momentos así, hay que dedicar en los órganos de prensa “mucho espacio a los problemas teóricos, es decir, a la teoría general de la socialdemocracia y a su aplicación a la realidad de Rusia. (…) Y debemos tratar de que todo socialdemócrata y todo obrero consciente se forme un criterio concreto sobre todos los problemas fundamentales: sin esa condición son imposibles una propaganda y una agitación amplias y sistemáticas”.
De cara a este objetivo, uno de los defectos más graves del comunismo actual -porque impide a los obreros ver claro el camino y, por tanto, comprometerse como militantes- “es la falta de una polémica pública entre puntos de vista a todas luces discrepantes, es el afán de ocultar disensiones que atañen a problemas muy esenciales”. Por supuesto que esta polémica pública la debemos desarrollar con la voluntad de resolver las discrepancias desde el punto de vista marxista y con la voluntad de reunificar a todos los comunistas en el Partido. Pero, para convertir esta voluntad en una realidad, hay que estar dispuestos “a dedicarle muchísimo espacio”(30) en las páginas de nuestros órganos de prensa a la discusión sobre los caminos divergentes que los comunistas estamos propugnando, hoy por hoy.
Para conseguir la tan necesaria reunificación de los comunistas de España en un único partido, es preciso “crear, en primer lugar, una firme unidad ideológica que excluya la divergencia y el confusionismo que reinan actualmente” entre los comunistas, “crear una literatura común, fiel sin reservas a los principios y capaz de unir ideológicamente” al proletariado revolucionario. “Antes de unificarse y para unificarse es necesario empezar por deslindar las campos de un modo resuelto y definido. De otro modo, nuestra unificación no sería más que una ficción que encubriría la dispersión existente e impediría acabar con ella de manera radical. Es comprensible, por tanto, que no nos propongamos hacer de nuestro órgano de prensa un simple depósito de concepciones diversas. Por el contrario, lo publicaremos en el espíritu de una orientación estrictamente definida. Esta orientación puede expresarse con una sola palabra: marxismo”. (31)
En resumidas cuentas, es justo que sigamos apoyando, como es habitual, las reivindicaciones elementales de las masas populares y su lucha unitaria por ellas, pero no sirve cualquier manera de hacerlo. Para que esta lucha se vea coronada por el éxito, los comunistas tenemos que cumplir unas tareas propias: llevar la conciencia socialista al movimiento obrero; estudiar, difundir y aplicar la teoría marxista-leninista con el rigor que exige toda ciencia; asumirla y defenderla como la base indispensable e íntegra que necesita la clase obrera para liberarse de las cadenas del capitalismo; confiar en la capacidad del proletariado para comprenderla y empuñarla como el arma fundamental de toda su lucha; dirigirnos primeramente a las y los obreros más avanzados políticamente para resolver todos los asuntos de actualidad a la luz del marxismo-leninismo y del objetivo revolucionario; disipar la confusión y poner fin a la división en la vanguardia obrera mediante la discusión pública de nuestras actuales diferencias básicas.
Así es como nuestra clase social podrá reconstituir su Partido Comunista, conquistar el poder político, realizar la revolución socialista y poner fin a todos los antagonismos de los seres humanos entre sí y con la naturaleza.
Espero que la iniciativa de camaradas como Javier Parra haga que el XX Congreso del PCE contribuya positivamente a esta perspectiva, para que, junto con los esfuerzos de los demás destacamentos comunistas, podamos alcanzarla cuanto antes.

Notas
1. El revisionismo moderno no fue más que el viejo revisionismo socialdemócrata adaptado a las formulaciones políticas de los partidos comunistas. Se manifestó en el PC de los Estados Unidos y en el PC de Italia, adueñándose sucesivamente de las direcciones de los partidos de Yugoslavia, Hungría, la URSS y otros. El XX y el XXII Congresos del Partido Comunista de la Unión Soviética sancionaron la renuncia a los principios marxistas-leninistas (internacionalismo proletario, dictadura del proletariado, violencia revolucionaria, liquidación de la propiedad privada y de las relaciones monetario-mercantiles, etc.). El eurocomunismo fue la continuación de esta claudicación ante la burguesía, esta vez en los partidos comunistas de Europa occidental, sometiéndolos a la voluntad de los capitalistas del continente de unir sus fuerzas en un bloque contra el campo socialista, contra el movimiento obrero y para la competencia con EE.UU. y otras potencias imperialistas.
2. http://www.lafuerzadelpce.es/
3. “Se ha negado –explica Lenin refiriéndose a la revisión por Bernstein del marxismo-, la posibilidad de basar el socialismo en argumentos científicos y demostrar que es necesario e inevitable desde el punto de vista de la concepción materialista de la historia; se ha refutado la miseria creciente, la proletarización y la exacerbación de las contradicciones capitalistas; se ha declarado carente de fundamento el concepto mismo de “objetivo final” y rechazado de plano la idea de la dictadura del proletariado; se ha denegado que haya oposición de principios entre el liberalismo y el socialismo, se ha rebatido la teoría de la lucha de clases, afirmando que es inaplicable a una sociedad estrictamente democrática, gobernada conforme a la voluntad de la mayoría, etc.” (Qué hacer, Lenin)
4. Anti-Dühring, capítulo “La dialéctica – negación de la negación”, Engels.
5. http://www.lafuerzadelpce.es/un-partido-organizado-en-los-centros-de-trabajo/
6. La clase obrera en la era de las multinacionales, Peter Mertens (http://www.jaimelago.org/node/7)
7.  El imperialismo, fase superior del capitalismo, capítulo VIII: “El parasitismo y la descomposición del capitalismo”, Lenin. 
8. http://revintsociologia.revistas.csic.es/index.php/revintsociologia/article/viewFile/471/492
9. http://www.libremercado.com/2015-11-04/las-empresas-recuperan-la-paz-social-caen-los-eres-y-las-huelgas-1276560581/
10. Nuestra tarea inmediata, Lenin.
11. Tesis sobre Feuerbach, Marx.
12. El camarada Javier Parra acierta totalmente cuando afirma que “El capitalismo nunca habría podido vencer el asalto del siglo XX si no hubiese inundado el mundo con todas las formas posibles de expresión cultural para difundir los valores sobre los que se sostiene: el individualismo, la competitividad y la guerra…(y por supuesto el anticomunismo). Para ello ha utilizado todos los medios a su disposición: la televisión, el cine, la música, los videojuegos, los libros, las revistas, los periódicos, la publicidad. El capitalismo logró imponer la cultura del individualismo ante la inacción y la incapacidad para responder culturalmente desde las organizaciones de clase”. (http://www.lafuerzadelpce.es/el-partido-como-impulsor-y-organizador-de-una-nueva-cultura/)
13. http://trabajodemocratico.es/content/informe-del-comit%C3%A9-central-motivaci%C3%B3n-pol%C3%ADtica
14. Nuestra tarea inmediata, Lenin.
15. ¿Qué hacer?, Lenin.
16. http://trabajodemocratico.es/content/para-qu%C3%A9-necesitamos-el-partido-comunista
17. Tareas de las juventudes comunistas, Lenin.
18. Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, Lenin.
19. Del socialismo utópico al socialismo científico, Engels.
20. Nuestro programa, Lenin
21. La guerra campesina en Alemania, Engels.
22. ¿Qué hacer?, Lenin.
23. Una tendencia retrógrada en la socialdemocracia rusa, Lenin.
24. ¿Qué hacer?, Lenin.
25. Proyecto de declaración de la redacción de Iskrá y Zariá, Lenin.
26. Un acuerdo de lucha para la insurrección, Lenin.
27. Nuestro programa, Lenin.
28. ¿Qué hacer?, Lenin.
29. La campaña de los zemstvos en el plan de “Iskra”, Lenin.
30. Proyecto de declaración de la redacción de Iskrá y Zariá, Lenin.
31. Declaración de la redacción de Iskrá, Lenin.