16 de agosto de 2019

Agosto de 1917: En el orden del día, la insurrección armada

Al caracterizar la situación política en el país después de las jornadas de ju­lio, Lenin señaló:
“La lucha de clases entre la burguesía y el proletariado se ha exacerbado hasta límites extremos: tanto el 20 y 21 de abril como los días 3, 4 y 5 de julio, el país estuvo a un paso de la guerra civil… La burguesía echa chispas contra los Soviets, pero es todavía impotente para disolverlos de golpe, y los Soviets, pros­tituidos por los señores Tsereteli, Cher­nov y Cía, son ya impotentes para opo­ner una seria resistencia a la burguesía.


Caricatura de V. Deni “El primer ministro independiente”, 1935

Los terratenientes y los campesinos también viven en una situación de víspe­ras de guerra civil: los campesinos exi­gen tierra y libertad…

Agreguen a esto el momento de las derrotas militares provocadas por la aventura de la ofensiva, en el que están singularmente en boga las frases sobre la salvación de la patria (que encubren el deseo de salvar el programa imperia­lista de la burguesía)…”

Lenin llamaba “filisteísmo obtuso” las ilusiones respecto a que: la nueva composición del Gobierno Provisional estaría, tal vez, más a la izquierda que los anteriores; la crítica benévola de los Soviets podría corregir los errores del Gobierno; fueron contadas las deten­ciones arbitrarias y los cierres de los pe­riódicos; era de esperar que no se repi­tieran, y un largo etcétera. “No —su­brayaba Lenin—, para combatir a la contrarrevolución burguesa son impres­cindibles cordura y capacidad de ver y decir lo que existe en realidad”.

El VI Congreso del Partido Bolchevi­que demostró esta cordura y capacidad para ver y decir lo que existe.

 
Bolcheviques delegados al VI Congreso: Félix Dzerzhinski, participante activo en el movimiento revolucionario polaco y ruso, miembro del partido desde 1895; Nikolái Skripnik, miembro del partido desde 1897; Alexandr Shlíjter, miembro del partido desde 1891; Vasili Kuráev, miembro del partido desde 1914 y miembro del Comité Ejecutivo Central de los Soviets de la primera legislatura 
 
Respecto a la comparecencia de Le­nin ante los tribunales, una de las pri­meras cuestiones discutidas, el congreso señaló : “Considerando que los procedi­mientos empleados en las persecuciones policíacas y la actividad de la fiscalía restablecen —como lo reconoció tam­bién el Comité Ejecutivo Central de los Soviets de Diputados Obreros y Solda­dos— las costumbres del régimen sche­glovitiano[1]; considerando que en tales condiciones no hay garantía alguna, del procedimiento judicial imparcial, ni de la seguridad elemental de los enjuicia­dos, el Congreso del POSD(b)R expresa su tajante protesta contra el indignante acosamiento fiscal-delatador-policíaco a los guías del proletariado revoluciona­rio…” 

Ordzhonikidze presentó el infor­me y demostró la imposibilidad de que Lenin compareciera ante los tribunales debido a la ausencia total de garantías de seguridad. Le apoyaron F. Dzerzhinski, N. Skrípnik, N. Bujarin, A. Shlíjter y otros. “… ¿Tiene derecho el partido a privarse de las indicaciones de sus principales guías? —preguntaba Shlíjter en su intervención—. En este Congreso no está presente el camarada Lenin y no hay esperanzas de que situa­ción se aclare plenamente. Está mal que nos encontremos tan atados, pero es un hecho… Es necesario que Lenin, aun vi­viendo en clandestinidad, dé sus indica­ciones. En la resolución debemos seña­lar que rechazamos con desprecio las calumnias y comunicamos —no como pancistas temerosos de las represiones—que no entregaremos a Lenin. Como re­presentantes del proletariado, no lo en­tregamos porque lo necesitamos, por­que la revolución no ha terminado”.

El Congreso envió un mensaje a Lenin y le eligió su presidente de honor. 

Kuráiev, miembro del partido des­de 1914 y delegado del grupo bolchevi­que en el Comité Ejecutivo Central de los Soviets, dijo en la primera sesión: “Presento un saludo en nombre del gru­po bolchevique en el Comité Ejecutivo Central de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados. Como nadie, senti­mos los golpes que se dan a nuestro par­tido. Los acontecimientos eran tan se­rios que nos obligaban a meditar sobre el cambio de táctica, y por ello esperá­bamos con tanta impaciencia el Congre­so que deberá trazar las nuevas consig­nas. A pesar de los inmensos sufrimien­tos y de que se han arrancado a unas de las mejores personas, con un trabajo cohesionado tenemos la posibilidad de conducir nuestra causa hasta el final”.

El Congreso determinó: “Conducir la causa hasta el final” significa combatir la presente contrarrevolución y la trai­ción de los Soviets actuales; la transi­ción y el desarrollo pacíficos del poder a los Soviets son imposibles. Esta conclu­sión se apoyaba en el profundo análisis del alineamiento de las fuerzas de clase en el país, hecho por Lenin en varios artículos escritos en la clandestinidad. Ellos ayudaron al partido A dar una apre­ciación justa de la situación creada des­pués de las jornadas de julio, a determi­nar las formas de trabajo partidario y las vías de lucha por el triunfo de la revolución.

 
Emilián Yaroslavski, miembro del partido desde 1898; Prokofi Dzhaparidze, miembro del partido desde 1898; y Boris Shumiatski, miembro del partido desde 1903. 
 
Sólo de forma condicional se puede decir que el Congreso transcurría sin la presencia de Lenin, señaló E. Yaros­lavski (representante de la Organización Militar del POSD(b)R de Moscú, miembro del partido desde 1898); en realidad, “él dirigía el Congreso, parti­cipaba en sus labores; los documentos más importantes se elaboraban con su participación y conocimiento”. 

Dzhaparidze, N. Podvoiski y Ya. Rovinski recordaban que Lenin envió sus tesis al Congreso. Shotman es­cribió que en el Congreso se ponían a votación resoluciones escritas por Le­nin. Lamentablemente, no se ha encon­trado el original del texto de Lenin. Ha­ce poco, A. Sovókin, colaborador del Instituto de Marxismo-Leninismo adjunto al CC del PCUS e investigador de la historia de Octubre, logró revelar es­tas “ideas básicas” o tesis del informe sobre la situación politica, que fueron la base de la resolución del Congreso. Las descubrió en el periódico Krasnoyarski Rabochi (“El Obrero de Krasnoyarsk”), del 8 de agosto de 1917, en la correspon­dencia enviada desde Petrogrado por B. Z. Shumiatski, representante de las organizaciones partidarias de Siberia Central en el VI Congreso. Los mensa­jes fueron escritos el 29 de julio, es decir, por lo menos un día antes de que el Congreso escuchara el propio informe.

Al efectuar un análisis comparativo de dichas tesis con el proyecto de resolu­ción del VI Congreso sobre la situación política, que los bolcheviques de Kiev publicaron en su periódico Golos Sot­sial-Demokrata (“La Voz del Socialde­mócrata”), del 13 de agosto (ellos no tenían todavía el texto definitivo de la resolución aprobada por el Congreso) y al releer distintas partes de las actas del Congreso y descifrar con sus camaradas algunos apuntes, desconocidos hasta entonces, de los delegados, Sovókin de­mostró que la correspondencia de Shu­miatski contenía el texto de las tesis leninistas. Las publicó en su trabajo En el umbral de Octubre (Moscú, 1973).
  
De las tesis Ideas básicas del informe so­bre la situación política, presentado al VI Congreso del POSD(b)R

… 6) En virtud del desarrollo actual de los acontecimientos, el poder estatal en las cuestiones decisivas, a saber, en el frente y en Petrogrado, se encontró de hecho en manos de la burguesía contra­rrevolucionaria, apoyada por la camari­lla militar del personal de mando del ejército. Es esta dictadura la que ha adoptado y adopta las medidas enumeradas para destruir las libertades políti­cas, aplicar la violencia contra las masas y perseguir implacablemente al proleta­riado internacionalista, siendo total la desintegración, la impotencia y la falta de actividad del Gobierno, así como del Comité Ejecutivo Central, órgano cen­tral de los. Soviets.

7) Los demócratas constitucionalis­tas juegan con los eseristas y los men­cheviques igual que el gato con el ratón; salen del Gobierno, reanudan el regateo para entrar en él, organizan al mismo tiempo y de prisa a la contrarrevolución de la burguesía y disparan con las acu­saciones más repugnantes: hoy contra los bolcheviques, después contra Cher­nov, incluso contra el hipócrita… de Tsereteli y otros.

Los guías de los eseristas y menchevi­ques pierden la cabeza, se degradan has­ta expresar confianza, e incluso los me­jores elementos provinciales de estos partidos que menos se han aproximado a la contrarrevolución, temen aprobar la pena de muerte, pero temen aún más reprobarla, para no divorciarse de “sus” ministros.

8) Mientras tanto, el país sufre la agonía dolorosa y detestable de los So­viets, que se descomponen en vida debi­do a que no tomaron a su tiempo el po­der estatal en sus manos.

9) La consigna de entregar el poder a los Soviets, que propagaba nuestro par­tido, era la consigna del desarrollo pací­fico de la revolución, la transición pací­fica del poder de la burguesía a los obreros y campesinos pobres, la supera­ción pacífica de las ilusiones de la pe­queña burguesía.

Ahora, son ya imposibles el desarro­llo pacífico de la revolución y el paso so­segado del poder a los Soviets, pues el poder ya está en manos de la dictadura militar, apoyada e inspirada por la burguesía y encabezada por el parti­do de los demócratas constituciona­listas.

La consigna del momento actual no puede ser sino la liquidación total de la dictadura de la burguesía contrarrevolu­cionaria. Sólo el proletariado revolucio­nario, siempre y cuando le apoyen los campesinos pobres, está en condiciones de cumplir esta tarea, tarea de turno de la nueva revolución en Rusia.

10) El éxito de la nueva revolución depende de si la mayoría del pueblo to­ma conciencia con bastante rapidez y firmeza de lo desastrosas que son las es­peranzas de conciliación con la burgue­sía, expresadas y apoyadas por los par­tidos de los eseristas y los menche­viques.

El desarrollo de los acontecimientos refuta estas esperanzas de una manera categórica.

11) La tarea primordial del partido de los bolcheviques en este momento, consiste, por lo tanto, en no ceder ante las provocaciones de la contrarrevolu­ción (que con gran deseo y todo el tiem­po aspirará a ello) a desafiar al proleta­riado —precisamente ahora— a que inicie un combate prematuro, que traería con­secuencias irreparables para él. Consiste sí en orientar todos los esfuerzos a fin de organizar y preparar las fuerzas para el combate decisivo, cuando la crisis na­cional y el profundo auge de las masas creen las condiciones propicias para ello y atraer a los pobres de la ciudad y del campo al lado de los obreros, contra la burguesía.

12) En beneficio del proletariado, ahora sería más importante prepararlo de manera sistemática y prolongada pa­ra la nueva revolución, con el fin de que la experiencia propia de las masas las haga comprender su necesidad y se desenmascare por completo a la dicta­dura militar, respecto a la cual el Go­bierno de coalición formado hace poco no es más que un encubridor.

Pero tampoco se puede olvidar que la crisis militar y alimentaria, así como otras condiciones, pueden provocar una catástrofe enorme, de extraordinaria fuerza.

El deber del proletariado, particular­mente en la capital, será entonces tensar todas las fuerzas para tomar en sus ma­nos el poder estatal y orientarlo, en alianza con el proletariado revoluciona­rio de los países avanzados, hacia la paz y la reorganización socialista de la sociedad.

 
Iosif Stalin, miembro del partido desde 1898, participante en la revolución de 1905-1907. Fue detenido y deportado reiteradas veces. En 1912-1913, fue cooptado en ausencia al CC y al Buró Ruso del CC del partido. Después de la Revolución de Febrero, regresó del destierro a Petrogrado, fue introducido al Buró del CC y a la redacción del Pravda. En el VI Congreso del partido, presentó el Informe político del CC y un informe sobre la situación política.

Por encargo del Comité Central, el informe sobre la situación política (así como el informe político del CC) lo pre­sentó J. Stalin. Sobre la base de los artículos y tesis de Lenin, expuso una característica precisa de las fuerzas mo­trices de la revolución y su desarrollo desde el derrocamiento de la monarquía; reveló las direcciones fundamentales en la actividad del Comité Central. Al detenerse en los sucesos de junio y julio, Stalin subrayó: “Nuestro partido mar­chaba siempre con las masas”. Contes­tando a los reproches hechos por los conciliadores y aparecidos en la prensa eserista-menchevique, respecto a que los bolcheviques se inmiscuían en el movi­miento masivo en julio, y de que esto condujo al derramamiento de sangre, el informante dijo: “¡Qué partido de ma­sas es ese que pasa por alto el movi­miento de las masas!.. Tsereteli y otros, que nos acusan de habernos inmiscuido en el movimiento, firman así su senten­cia de muerte. Hablan del derrama­miento de sangre, pero éste habría sido aún más terrible si el partido no hubiera desempeñado el papel de regulador”.

En el informe se destacaba que si has­ta el 3 de julio eran posibles la victoria y el paso pacífico del poder a los Soviets, esta posibilidad dejó de existir cuando la contrarrevolución se organizó. “La etapa pacífica de la revolución ha termi­nado, comenzó la etapa no pacifica, la etapa de refriegas y explosiones…”

Se retiró la consigna de “¡Todo el poder a los Soviets!” (por cuanto se trataba de la entrega de todo el poder al Comité Ejecutivo Central conciliador).

“Pero si nosotros proponemos retirar la consigna de “¡Todo el poder a los So­viets!”, de aquí no se desprende “¡Abajo los Soviets!” —dijo Stalin res­pondiendo a las preguntas de los delega­dos—. Y nosotros, que retiramos esta consigna, no abandonamos siquiera el Comité Ejecutivo Central, a pesar del lamentable papel que desempeñó en los últimos tiempos… La anulación de la consigna de la entrega del poder a los Soviets no significa “¡Abajo los So­viets!”… Nuestra actitud respecto a los Soviets donde estamos en mayoría es la más positiva. ¡Pues que vivan y se con­soliden semejantes Soviets! Pero la fuer­za no está ya en los Soviets. Antes, el Gobierno Provisional promulgaba un decreto y el Comité Ejecutivo, un con­tra-decreto, y este último tenía fuerza de ley. Recuerden la historia de la Orden Nº 1. Pero ahora el Gobierno Provisio­nal no tiene en cuenta al Comité Ejecu­tivo Central. La participación de dicho Comité de los Soviets en la comisión pa­ra investigar los sucesos del 3-5 de julio no fue anulada por el Comité Ejecutivo Central de los Soviets; no se cumplió por orden de Kerenski. El asunto ahora consiste no en conquistar la mayoría en los Soviets, hecho de por sí muy impor­tante, sino en eliminar a la contrarrevo­lución”.

La resolución del Congreso planteó como tarea inmediata luchar a fin de abolir la dictadura de la burguesía con­trarrevolucionaria y que el proletariado en alianza con el campesinado pobre, mediante la insurrección conquistara el poder. Se necesitaba no sólo preparar de manera detallada y multilateral a las fuerzas para la lucha armada, sino tam­bién determinar con precisión el mo­mento cuando el auge de la revolución creara las condiciones propicias para ello. La táctica del partido se orientaba a propiciar estas condiciones, paralizar con habilidad y frustrar cualesquiera in­tentos de la contrarrevolución de excitar a la clase obrera a la acción armada an­tes de que esto fuese dictado por las po­sibilidades reales.

El Congreso se dirigió con un mani­fiesto a los trabajadores, a los obreros, soldados y campesinos de Rusia, exhor­tándolos a prepararse —bajo las bande­ras del Partido Bolchevique— para el combate decisivo que liquidaría la con­trarrevolución. Este documento decía: “Nuestro partido va a ese combate con las banderas desplegadas. Él las ha mantenido firmemente en sus manos. No las ha rendido ante los violadores y sucios calumniadores, ante los traidores de la revolución y los servidores del ca­pital. En lo sucesivo las mantendrá en alto, luchando por el socialismo, por la fraternidad entre los pueblos. Pues sabe que estallará un movimiento nuevo y al mundo caduco le llegará su última hora”.

 
Yákov Sverdlov, miembro del partido desde 1901, participante en la revolución de 1905-1907; en 1912 fue cooptado a miembro del CC y del Buró Ruso del CC. Pasó más de doce años en las cárceles y el destierro; era miembro de la redacción del Pravda. Después de la Conferencia de Abril, secretario del CC, dirigente del Buró Organizativo para celebrar el VI Congreso del partido. 
 
En el informe sobre la actividad orga­nizativa del Comité Central, Yakov Sverdlov señaló que la victoria temporal de la contrarrevolución después de las jornadas de julio no detuvo en medida alguna el crecimiento del partido, y por el contrario, promovió el ingreso de nuevos miembros obreros y campesi­nos. Desde abril de 1917 aumentó en tres veces el número de miembros del partido y en más de dos veces el de orga­nizaciones bolcheviques en las localida­des.

Apuntes acerca de los delegados al VI Congreso
Por Elizaveta Drábkina

… Yo trabajaba en el distrito de Víborg, y Sverdlov me propuso ayudar a los camaradas que organizaban el Congreso. El único documento que se conservó de las labores del foro es un breve apunte de la secretaria: el partido no disponía de medios para mantener taquígrafas y, además, no se podía per­mitir la presencia de personas ajenas en este Congreso semilegal.

Dicho apunte indica que el Congreso lo inauguró M. Olminski, como el dele­gado más antiguo, quien pronunció el discurso de salutación. Después se escu­charon palabras de obreros petrogra­denses, se eligió la presidencia y se apro­baron el orden del día y el reglamento.

En efecto, todo transcurrió así. Pero este apunte parco no transmite la pro­funda emoción que sentían los reunidos en esa indigente sala con las paredes mal blanqueadas. No narra los encuentros entre delegados, sus atentas y penetran­tes miradas, a veces sin reconocer de re­pente al antiguo camarada de celda; ni sus recuerdos —como si se tratara de al­go habitual— de los acontecimientos trá­gicos vividos, los fracasos, las detencio­nes, los años en el calabozo, los motines en la prisión, las palizas, los trabajos forzados, las evasiones; ni el intercam­bio de noticias acerca de la lucha que llevaban a cabo hoy en aras de la victo­ria del socialismo.

Se me encargó entregar los cuestiona­rios a los delegados al Congreso, después recoger los ya respondidos y hacer un resumen. En estas hojas de papel gris, áspero, estaba escrito un poema de las mejores personas de nuestro partido, de nuestro pueblo.

Llenaron sus cuestionarios 171 dele­gados al Congreso. En total, habían tra­bajado 1.721 años en el movimiento re­volucionario. Fueron detenidos 549 ve­ces, o sea, un promedio de tres veces cada uno; cerca de 500 años estuvieron encarcelados, desterrados, cumpliendo trabajos forzados. La mitad de ellos te­nía enseñanza superior o media; la otra mitad sólo enseñanza primaria; algunos —y no pocos— calificaron su enseñanza como “carcelaria”. Unos meses antes de celebrarse el Congreso, muchos de los que ahora bromeaban y me entregaban los cuestionarios respondidos, se encon­traban entre rejas o hacían sonar sus grillos “en la profundidad de las minas siberianas”.

Eran personas muy diferentes debido a la edad, apariencia, hábitos, manera de comportarse, de hablar, de bromear, de sonreír. Pero sobre estas diferencias predominaba algo general: una expre­sión particular, difícil de transmitir con palabras, en la que se fusionaba en un todo la firme decisión de marchar hasta el final, la jovialidad incontenible y las huellas de una vida llena de dificulta­des; el animado arrojo y la energía com­bativa; la agudeza de la mirada, acos­tumbrada a ver la verdad cara a cara, por muy amarga que fuera, y la induda­ble fe en el futuro. Todo esto era común para estas personas, igual que la palabra que decían cuando les preguntaban su pertenencia partidaria: ¡bolchevique!

Ante la nueva situación, los bolchevi­ques se convirtieron en núcleo en torno al cual se agrupaban todos quienes se pronunciaban —aunque fuera con timi­dez e inconsecuencia— contra el oportu­nismo y el nacionalismo en el movi­miento obrero.

En el VI Congreso se concedió el in­greso en el POSD(b)R a la “Organiza­ción interregional de los socialdemócra­tas”, que contaba con unos 4.000 miembros. Se había constituido en 1913 y, oficialmente, no tenía carácter fraccionista. Respecto a la guerra, los de la “interregional” mantenían una posición in­ternacionalista, cercana a la de los bolcheviques. Entre quienes el Congreso aceptó en las filas del partido se encon­traban V. Volodarski, A. loffe, A. Lu­nacharski, D. Manuilski, L. Trotski, M. Uritski, K. Yurénev y otros.

Se intentó también la unificación con el grupo de mencheviques-internacionalis­tas encabezados por L. Mártov, quien envió a la atención del VI Congreso su sa­ludo. En nombre del Buró Central de los mencheviques-internacionalistas, es­cribió:
Saludamos al congreso de su parti­do que se reunió en un tiempo tan difícil para él, en el fragor de persecuciones y acosamientos, a los que se somete la co­rriente que él representa en el socialismo ruso. No dudamos de que esas persecu­ciones y acosamientos no podrán que­brantar la influencia de las ideas del in­ternacionalismo en la parte del proleta­riado ruso organizado bajo la bandera de su partido y aprovechamos la oca­sión para expresar una vez más nuestra profunda indignación con motivo de la campaña calumniadora que trata de presentar a toda una corriente en la so­cialdemocracia rusa como a agentes del Gobierno alemán…

Lamentablemente, la unión no llegó a alcanzarse por culpa de los líderes de es­te grupo de los mencheviques, quienes presentaron varias condiciones inaceptables.

El VI Congreso prestó gran atención a las cuestiones de la organización de la juventud. M. Jaritónov, delegado al congreso por la organización de Petro­grado, miembro del partido desde 1905, alegaba ante todo en su informe el ejem­plo de las organizaciones juveniles de Suecia y Alemania.

Recordó que la unión socialdemócra­ta de la juventud de Suecia, que dirigía Zeth Höglund, había surgido ya en 1903 y era la organización más revoluciona­ria de la socialdemocracia sueca, en tor­no a la cual se agrupaban todos los ele­mentos oposicionistas de izquierda en el Partido Socialdemócrata de Suecia. Du­rante la I Guerra Mundial, el trabajo de la unión estaba dirigido a luchar contra el militarismo. En 1916, cuando en el país había adquirido amplias dimensio­nes la propaganda de los llamados “ac­tivistas”, que se pronunciaba por el in­greso de Suecia en la guerra al lado de Alemania, fue precisamente la unión de la juventud la que convocó el congreso de los adversarios de la contienda, a pe­sar de que había sido prohibido por el Partido Socialdemócrata. Este congreso se celebró el 18-19 de marzo de 1916, en el que 265 delegados representaban a cerca de 40.000 obreros de más de 100 organizaciones partidarias, sindicales y juveniles. El congreso promulgó el ma­nifiesto Paz a toda costa, mostrando qué fuerza podía ser la juventud socialista organizada.

También trabajaban activamente las organizaciones juveniles oposicionistas de Alemania, dirigidas por Carlos Liebknecht. 

Jaritónov dijo en su informe:
También deben ser organizaciones libres e independientes nuestras uniones de la juventud.

En la resolución de la cuestión “So­bre las Uniones de la Juventud”, el VI Congreso del partido señaló:
… En la actualidad, cuando la brega de la clase obrera pasa a la fase de lucha directa por el socialismo, el congreso considera que la contribución a crear organizaciones socialistas clasistas de la juventud obrera es una de las tareas apremiantes de la actualidad e impone a las organizaciones partidarias la obliga­ción de prestar a este trabajo la máxima atención posible…

Después de discutir la cuestión “So­bre el movimiento sindical”, ...el VI Con­greso del partido de los bolcheviques so­metió a una crítica acerba la teoría de la neutralidad de los sindicatos e indicó que ellos, interesados profundamente en conducir la revolución proletaria hasta el final victorioso, podrán cumplir las tareas planteadas ante la clase obrera de Rusia sólo en caso de que sigan siendo organizaciones combativas de clase, que reconozcan la dirección política del partido.

El congreso, clausurado el 3 de agos­to, centró toda su atención en la tarea fundamental: preparar a las masas para el triunfo de la revolución socialista.

 
El emperador abdicado, arrestado en Tsarskoe Seló.

Pero la contrarrevolución no dormi­taba. Comenzó una movilización abier­ta de todas las fuerzas antiproletarias, antirrevolucionarias, para asestar un golpe más a los bolcheviques. Esto se lo dijo confidencialmente Kerenski al anti­guo emperador cuando lo visitó en Tsárskoe Seló en las postrimerías de mayo. Al comunicarle a Nicolás II la decisión del Gobierno Provisional de trasladar a su familia a Tobolsk, el Pri­mer Ministro le explicó que eso se debía a las inminentes medidas más enérgicas contra los bolcheviques. Según Kerens­ki, serían inevitables los enfrentamien­tos armados, en los que la familia del zar podría ser la primera víctima, y él consideraba un deber suyo protegerla de cualesquiera eventualidades posibles.

No es casual que se hubiera elegido Tobolsk. En primer lugar, esta ciudad, situada bastante lejos de las capitales re­volucionarias y de los centros proleta­rios, se consideraba el lugar tradicional de destierro y era dudoso de que suscita­ra la protesta de las amplias masas; en segundo lugar, desde allí sería más fácil sacar al extranjero —a través de Japón y EE.UU. — a la familia imperial.

En la mañana del 1 de agosto, la fa­milia real llegó en automóviles, custo­diada por dragones del 3 Regimiento del Báltico, a la estación Alexándrovs­kaia, donde esperaban dos trenes con bandera japonesa. En los lujosos vago­nes había un letrero: “Misión japonesa de la Cruz Roja”.

Los trenes llegaron a Tiumén el 4 de agosto por la tarde. En el desembarca­dero esperaban a la familia Románov tres barcos: dos grandes —Rus (“Ru­sia”) y Kormilets (“Bienhechor”)— y un pequeño, el remolcador. Es dudoso de que alguien hubiera escogido especial­mente los barcos con esos nombres, pero por ironía del destino recordaban con amargura a quien hasta no hacía mucho se denominaba “dueño de la tie­rra rusa”; que Rusia y su bienhechor —el mujik— le habían indicado ese cami­no a Siberia.

A las 5 de la mañana del 5 de agosto, los barcos zarparon río abajo. Pasaban frente al pueblo de Pokróvskoe, donde nació Rasputín. Su casa, la más grande y bonita, se divisaba desde la cubierta.
Recordamos a nuestro amigo”, escri­bió Nicolás en su diario. El 6 de agosto, los Románov llegaron a Tobolsk[2].
 
Sesión privada de la Duma de Estado.

En esos días se comenzaron a prepa­rar las “medidas más enérgicas contra los bolcheviques”, prometidas por Ke­renski. En el ejército se formaban uni­dades de choque, “batallones de la muerte, uniones de los caballeros de la Cruz de San Jorge, etc. En la “capital intranquila” surgieron el Centro Repu­blicano, la Liga Militar, la Unión del Deber Militar, la Unión para la Salva­ción de Rusia, la Unión del Honor y la Patria y otras organizaciones contrarre­volucionarias. Las unía el deseo de li­quidar a los Soviets, de aplastar la revo­lución, estableciendo, como escribió periódico Utro Rossii, del 12 de agosto, un poder fuerte, firme, inmutable. “De­be comenzar por el ejército —se subraya­ba francamente en ese artículo— y exten­derse a todo el país”. La contrarrevolu­ción trataba de materializar sus sueños respecto a un poder fuerte. El ídolo de las fuerzas reaccionarias era el general Kornílov.

Al comunicar el 7 de julio al Gobier­no Provisional la huida de las tropas en retroceso, Kornílov exigía la implanta­ción inmediata de la pena de muerte y la institución de tribunales militares de campaña. “Este desastre —indicaba el general, teniendo en cuenta la descom­posición del ejército—, o será superado por el Gobierno revolucionario o, si no lo logra, serán promovidas otras perso­nas de acuerdo con el desarrollo inevitable de la historia”.

 
Recibimiento del general Kornílov a su llegada a la Asamblea de Estado en Moscú.

En estas “otras personas” —decisivas, firmes, que no temían ensuciarse con sangre— se veía a sí mismo. Así lo consi­deraba también la burguesía rusa. No por casualidad el llamamiento dirigido a Kornílov por el denominado congreso de “personalidades sociales”, convocado por el millonario moscovita P. Ria­bushinski, presidente del Congreso de la Unión Comercial-Industrial de toda Rusia, decía: “… En la terrible hora de duras pruebas, toda la Rusia pensante (léase: burguesa-terrateniente. A. N.) le mira con fe y esperanza”.

Kornílov, designado comandante en jefe el 19 de julio, elaboró un verdadero programa de “pacificación” de Rusia, como resultado de esfuerzos conjuntos, que incluía medidas para “prohibir la política en el ejército” (previendo la im­plantación de la pena de muerte y la creación de campos de concentración para los desobedientes), así como para aplastar el movimiento obrero.

 
Encuentro de Kerenski en la Estación de Moscú.

La burguesía vinculaba el estableci­miento de la dictadura militar con la es­peranza de liquidar a las fuerzas revolu­cionarias por vía armada, “proteger a Rusia frente al peligro del bolchevismo que se aproximaba”. Se planeaba reali­zar el golpe de Estado entre el 12 y el 14 de agosto, días cuando sesionaría en Moscú la Asamblea de Estado. Al de­terminar el lugar, la contrarrevolución partía de que, a primera vista, los acon­tecimientos ocurridos en julio, en la capital, no habían encontrado amplia re­percusión en Moscú. Por ello, no espe­raba encontrar una seria actitud revolu­cionaria. Sin embargo, la realidad dis­persó estas esperanzas. La enorme labor organizativa de los bolcheviques entre las masas y el fortalecimiento de su con­ciencia revolucionaria en el país después de los acontecimientos de julio, hicieron que Moscú, así como otros centros in­dustriales, alcanzara a Petrogrado en un plazo corto y ocupara uno de los prime­ros lugares en el movimiento revolucio­nario.

 
Bolcheviques lanzando octavillas en las calles de Moscú en los días cuando sesionaba la Asamblea de Estado.

En la Asamblea de Estado, la contra­rrevolución anunció abiertamente su programa: abolir todos los Soviets, así como los comités en el ejército; entregar las funciones administrativas, “usurpadas por los Soviets”, a los organismos municipales; conducir la guerra “hasta la victoria final en plena unión con nuestros aliados”; renunciar a cuales­quiera “reformas y experimentos socia­les”; continuar la lucha enérgica contra el Partido Bolchevique, declararlo fuera de la ley y efectuar represiones en masa contra sus miembros. Este programa coincidía por completo con la composi­ción de la Asamblea de Estado.

Comunicado del periódico Noticias del Comité Ejecutivo Central y del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petro­grado sobre la composición de la Asam­blea de Estado, convocada en Moscú el 12 y 13 de agosto de 1917

15 de agosto de 1917
La municipalidad de Moscú hizo el siguiente resumen aproximado sobre los delegados, por grupos, que acudieron a la asamblea : 488 representantes de las cuatro Dumas de Estado, 100 campesi­nos, 129 representantes de los Soviets y comités ejecutivos de organizaciones so­ciales, 147 de las ciudades, 18 de las uniones del zemstvo y urbana, 118 de los zemstvos, 150 de los círculos comer­cial-industriales y los bancos, 99 de las organizaciones científicas, 83 de la inte­lectualidad trabajadora, 117 del ejército y la flota, 24 del clero y las organizacio­nes eclesiásticas, 58 de las organizacio­nes nacionales, 90 de los comités de abastos, 51 de las sociedades agropecua­rias, 313 de las cooperativas, 176 de los sindicatos, 33 de los comisarios guber­namentales, 16 del departamento mili­tar, 4 de las instituciones estamentales, 15 de los miembros del Gobierno y re­presentantes de los ministros.

El 13 de agosto se agregaron más de 100 miembros, incluidos el obispo Evlo­gi, el general Kornílov, los ministros Skóbelev y Yurénev.

En total, fueron más de 2.500 delega­dos.

En la tarde del 13 de agosto se deter­minó el número de oradores de los distintos grupos, distribuidos sobre la base de un acuerdo entre sus representantes. Como el número de ponentes era tan elevado, se decidió prolongar la asam­blea hasta el 15 de agosto. Durante dos días se escucharon las declaraciones, ce­lebrándose dos sesiones diarias.

El Primer Ministro socialista, presen­te en la asamblea, juraba que el Gobier­no luchaba contra los bolcheviques “en la medida de sus fuerzas”. Mientras tan­to, los líderes conciliadores del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, que no se decidían a replicar contra el oscuran­tismo abierto, afirmaban con timidez que al poder burgués le convenía con­servar por el momento a los Soviets, pues ellos, utilizando el reconocimiento popular, apoyaban al Gobierno Provi­sional. El monárquico Shulguín consta­taba con satisfacción: “Hace cinco me­ses, despedazarían a todo el que se atreviera a decir algo contra la revolu­ción”. Ahora, añadió, ha cambiado su actitud.

Pero Shulguín se equivocaba. Consideró como cambio de actitud la capitu­lación de los líderes eseristas y menche­viques del Comité Ejecutivo Central, sin tener en cuenta la verdadera posición de las masas.

El 9 de agosto, en la reunión de la di­rectiva de 41 sindicatos de Moscú, cele­brada junto con el Buró Central de los Sindicatos, se escuchó el informe de I. I. Skvortsov-Stepánov, representante del Comité moscovita de los bolchevi­ques, se discutió la actitud ante la Asamblea de Estado en Moscú y se de­cidió convocar el 12 de agosto una huel­ga de un día y mítines de protesta.


 
El comité de huelga del sindicato de curtidores durante el paro en Moscú.

De la resolución conjunta adoptada por el Buró Central de los Sindicatos y repre­sentantes de la directiva de la Unión, so­bre la convocatoria de una huelga de pro­testa contra la Asamblea de Estado en Moscú

9 de agosto de 1917
… En la reunión se ha considerado que el proletariado de Rusia, en primer lugar los obreros moscovitas, debe or­ganizar una campaña de protesta contra la Asamblea de Moscú que celebrará el Gobierno Provisional. Para este fin, es imprescindible organizar mítines multi­tudinarios de protesta. Además, se ha considerado necesario realizar una huel­ga de un día, que deberán sancionar los partidos políticos de los socialistas revolucionarios y los socialdemócratas.

El día cuando se inauguró la Asam­blea de Estado, en Moscú y sus alrede­dores se declararon en huelga cerca de 400.000 personas. Dejaron de circular los tranvías, se cerraron restaurantes y cafeterías. La zona adyacente al Teatro Bolshói, donde sesionaba la asamblea, estaba acorralada por un cerco triple de soldados y cadetes. A pesar de las medidas, frente al edificio se conglomeraron más de 10.000 perso­nas en el momento de inaugurarse la Asamblea.

Marineros de Kronstadt y Víborg que llegaron a Petrogrado el 29 de agosto de 1917 para combatir el motín de Kornílov. 
 
El 12 de agosto se realizaron huelgas de un día, manifestaciones y mítines de protesta en Gus-Jrustalni, Kostromá, Kiev, Tula, Nizhni Nóvgorod, Samara y otras ciudades. En las fábricas de Pe­trogrado también se celebraron mítines multitudinarios de protesta contra la Asamblea de Estado. La reunión de los obreros del taller de turbinas de los asti­lleros Putílov exigió la reelección del Comité Ejecutivo del Soviet de Di­putados Obreros y Soldados de Petro­grado, pues éste, sin convocar la reunión general del Soviet, decidió asistir a la Asamblea de Estado en Moscú.

La reunión general de la 2ª Compañía del Batallón de Zapadores de la Fortale­za Naval Pedro el Grande exigió la de­rogación inmediata de la pena de muer­te, la excarcelación de los revoluciona­rios, la dispersión de la Duma y el Consejo de Estado, la detención de los líderes de los partidos de derecha, la más rápida convocatoria de la Asam­blea Constituyente. Los soldados protestaron contra el cierre de los periódi­cos revolucionarios y la desarticulación de las organizaciones sociales, así como contra la convocatoria de la Asamblea de Estado en Moscú. Declararon que estaban dispuestos a defender la revolu­ción con las armas a la primera llamada del Comité Ejecutivo del Soviet de Di­putados Obreros y Militares de Réval. La contrarrevolución también se prepa­raba.

El 12 de agosto, Kornílov ordenó for­mar regimientos de infantería de reser­va, integrados por los caballeros de la Cruz de San Jorge, en Pskov, Minsk, Kiev y Odesa. Precisamente a sus cruces blancas hacía alusión el periódico Utro Rossii cuando afirmaba: “¿Quién otro se necesitará ahora tan imperantemente para defender la causa, para trabajar en aras de salvar al ejército que perece y, junto con él, a la patria, como no sean los héroes populares militares, embelle­cidos con cruces blancas?”

 
Fraternización de los soldados de la “división salvaje” con los delegados del Comité Revolucionario de Petrogrado. 
 
El 24 de agosto se celebró en Mogui­liov un encuentro de V. N. Lvov, miembro de la Duma, con el comandan­te en jefe. En nombre de Kerenski, Lvov pidió a Kornílov que le comunicase su opinión respecto a la formación de un amplio Gabinete “popular”. Kornílov le propuso continuar esta conversación al día siguiente. A la pregunta de si las tropas apoyarían al Gobierno Provisio­nal en caso de que los bolcheviques ac­tuaran, Kornílov le aseguró que las tro­pas “cumplirán su deber” y apoyarán a Kerenski. Al día siguiente, durante el segundo encuentro, Kornílov declaró a Lvov que para salvar a la patria era in­dispensable que le entregaran a él, a Kornílov, “el poder militar y civil”. El 26 de agosto se transmitió al primer mi­nistro el ultimátum de Kornílov. Al mismo tiempo, se pusieron en movimiento las unidades con las que Korní­lov se proponía realizar el golpe de Es­tado. 

Kerenski, que temía perder el sillón de primer ministro y ser liquidado por las masas junto con el general sedicioso, de­cidió declararle abiertamente la guerra a Kornílov. En la sesión extraordinaria del Gobierno, celebrada por la tarde, Kerenski declaró la ruptura con Kornílov y exigió para sí poderes dictatoria­les. Los ministros demócratas constitu­cionalistas, que pensaban entrar en el próximo Gobierno de Kornílov, dimi­tieron. El 27 de agosto, tanto Kerenski como Kornílov se declararon, uno al otro, enemigos del pueblo, empleando las mismas expresiones. Por orden del co­mandante en jefe faccioso, avanzó hacia Petrogrado el 3º Cuerpo de Caballería; hacia Tsárskoe Seló, la División de Ca­ballería (“salvaje”) del Cáucaso; hacia Gátchina, la 1ª División de Cosacos del Don del 3º Cuerpo de Caballe­ría.

Pero los contemporáneos llegaron a la conclusión, expresada por el periódi­co reaccionario Obschee Dielo, que, en rigor, no existía la “conspiración de Kornílov”, sino la fracasada “compo­nenda de Kerenski con Kornílov”.

El pueblo, en nombre del cual actua­ban y al que ellos apelaban, no apoyaba a ninguno.

El peligro que pendía sobre la revolu­ción conmovió a las masas populares, encabezadas por el Partido Bolchevi­que. El llamamiento del partido a los obreros y soldados de tomar en sus ma­nos la defensa de la revolución, encon­tró amplia repercusión. Los bolchevi­ques lograron que la lucha contra Kornílov adquiriera no sólo un carácter popular, sino que también desenmasca­rara por completo a Kerenski cómo korniloviano oculto, que aplicaba el mismo programa contrarrevoluciona­rio, aunque con otros medios. El Comi­té Central del partido exhortó a los obreros y soldados a demostrar que ellos eran más fuertes que cualquier in­tento de la contrarrevolución burguesa de cambiar el curso de los acontecimien­tos.

Del llamamiento A todos los trabajado­res, obreros y soldados de Petrogrado, emitido por el Comité Central y el Comi­té petrogradense del POSD(b)R, la Or­ganización Militar adjunta al CC del POSD(b)R, el Consejo Central de Comi­tés de Fábrica, el grupo bolchevique en el Soviet de Petrogrado y en el Comité Eje­cutivo Central de los Soviets de Diputa­dos Obreros y Soldados, exhortando a combatir la contrarrevolución

27 de agosto de 1917
… Población de Petrogrado:
¡La llamamos a combatir más resuel­tamente a la contrarrevolución! ¡Tras Petrogrado se encuentra toda la Rusia revolucionaria!
En unión fraternal, forjada con la sangre derramada en las jornadas de fe­brero, mostrar a los Kornílov que no serán ellos quienes aplasten a la revolu­ción, sino que la revolución aplastará y barrerá de la tierra las intentonas de la contrarrevolución burguesa.
En aras de los intereses de la revolu­ción, en aras del poder del proletariado y del campesinado en la Rusia libre y en todo el mundo, ¡recibir como una fami­lia unida, en filas cohesionadas, toma­dos de la mano y todos como uno, al enemigo del pueblo, al traidor de la revolución, al asesino de la liber­tad!
Ustedes han derrocado al zarismo: demuestren que no podrán soportar la dominación de Kornílov, testaferro de los terratenientes y la burgue­sía.

 
Bolcheviques, organizadores de la lucha contra la korniloviada: Stanislav Kosior, miembro del partido desde 1907; después de la Revolución de Febrero fue miembro del comité del distrito Narvsko-Petergofski y del comité petrogradense del partido; delegado al VI Congreso del partido. Serguéi Kírov, miembro del partido desde 1904, participante en la revolución de 1905-1907; en los años de la guerra encabezaba la organización bolchevique en la ciudad de Vladikavkaz (Cáucaso del Norte). Mijaíl Frunze, miembro del partido desde 1904, uno de los dirigentes de los obreros de Ivánovo-Voznesensk durante la revolución de 1905-1907; dos veces fue condenado a muerte; pasó varios años en cárceles, en trabajos forzados y en el destierro. Después de la Revolución de Febrero, realizó trabajo partidario en Minsk (Bielorrusia) y en agosto fue designado jefe del Estado Mayor de las tropas revolucionarias de la región de Minsk; encabezó la lucha contra la korniloviada en el Frente Occidental. 
 
En la reunión extraordinaria del Co­mité petrogradense del partido, presidi­da por S. Kosior, en la que presentó el informe A. Búbnov, se trazaron las me­didas concretas para movilizar a las ma­sas. A este trabajo se incorporó la Orga­nización Militar adjunta al CC del POSD(b) Y. Sverdlov, secretario del Co­mité Central, se reunió con representan­tes de las células bolcheviques en los re­gimientos de reserva de la capital. Petrogrado concedió hasta 60.000 guar­dias rojos, soldados y marineros para defender la revolución. En los frentes los kornilovianos también recibieron una réplica resuelta. Los comités de ejército establecían su control en los es­tados mayores, formaban destacamen­tos mixtos para combatir el motín. En este sentido es interesante recordar las acciones decisivas del Comité Militar Revolucionario y el Estado Mayor .de las tropas revolucionarias de la zona de Minsk, dirigidos por M. Frunze, quie­nes aislaron a las fuerzas de choque de la contrarrevolución, enviadas por el Cuartel General contra la capital.

Desarme de tropas del general Kornílov.

La conspiración korniloviana fracasó por completo antes de que sonara el pri­mer disparo. En realidad, sonó uno: se suicidó el general Krimov, a quien Kornílov había puesto al mando de los destacamentos que marchaban contra Petrogrado. Con este disparo confirmó su impotencia el “hombre de hierro”, uno de los principales participantes en la intentona palaciega en los días ante­riores a febrero, quien en las jornadas de febrero prometía “despejar Petrogra­do en dos días”, participante activo en los complots contrarrevolucionarios clandestinos.

Unos cuantos días de lucha contra los kornilovianos aceleraron de forma con­siderable la educación política de am­plios sectores populares.


Notas:

[1] Siendo en 1906-1915 Ministro de Justicia I. Scheglovitov se ganó la fama por su burda inje­rencia en los procesos judiciales después de ser aplastada la primera revolución rusa. Al régimen de presión abierta sobre las investigaciones co­menzaron a llamarle “scheglovitiano”.
[2] Los monárquicos se preparaban activamente para liberar a la familia real. En la primavera de 1918, después de triunfar la Gran Revolución So­cialista de Octubre, el Comité Ejecutivo Central de toda Rusia acordó trasladar a los Románov a la ciudad de Ekaterinburgo, bajo la custodia de los obreros uralenses. En la noche del 17 de julio, cuando los guardias blancos se encontraban en las puertas de la ciudad, el Soviet de la región de los Urales acordó fusilar a los Románov. El Presidium del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia aprobó la decisión el 18 de julio.

8 de agosto de 2019

La esencia del trotskismo y sus manifestaciones en el comunismo de hoy (Xª Parte)


III) Contenido, concepción del mundo y posición de clase del trotskismo

Los trotskistas utilizan fragmentos de la teoría del marxismo, pero el trotskismo es precisamente lo que se separa y se distingue del marxismo-leninismo, lo que es ajeno y opuesto al marxismo-leninismo.

Concretamente, el trotskismo toma de Lassalle la negación de la necesidad de la revolución burguesa en los países donde todavía no se ha realizado, así como la negación de lo que hay de revolucionario en el campesinado trabajador viendo a éste únicamente en su calidad de propietario privado. La oposición a construir la alianza obrero-campesina como base para la revolución será una herencia lassalleana persistente en las filas de la socialdemocracia internacional, a diferencia de Lenin que reanudará la línea de Marx y Engels en esta cuestión. La mayoría de los socialdemócratas optará por entregar a la burguesía la dirección de la revolución democrática en los países atrasados, mientras que la minoría trotskista de ellos abandonará el análisis materialista de estas sociedades para, de manera absurdamente subjetivista, propugnar la revolución obrera inmediata en ellas. 

Unos y otros rechazan la hegemonía del proletariado sobre las masas campesinas y la organización revolucionaria de éstas, lo que a fin de cuentas deja la dirección de la revolución democrática en manos de la burguesía capitalista. Unos y otros consideran que la dominación política de la clase obrera y la reorganización socialista de la sociedad debe esperar a que el desarrollo capitalista haya suprimido el campesinado y otras clases intermedias y, por tanto, haya convertido a la mayoría de la población en proletaria. Unos y otros exageran el papel progresivo de la burguesía capitalista, al cual subordinan las posibilidades, las expectativas y actividades del movimiento obrero.

Cuando el capitalismo pasó a su etapa imperialista, es decir, reaccionaria, ambas alas de la socialdemocracia -la derechista y la “izquierdista” (trotskista)- siguieron insistiendo en el papel progresivo de aquél, obviando que ya se habían engendrado las condiciones generales para el socialismo y que lo principal pasaba a ser la lucha revolucionaria por derribar el poder político de las clases poseedoras sustituyéndolo por el del proletariado y sus aliados. Para ellos, los países atrasados no estaban en condiciones de edificar el socialismo debido a la falta de desarrollo de las fuerzas productivas y al exceso de población campesina, mientras que los países adelantados tampoco podían debido a la dependencia de su economía de la de los demás países. Así, los trotskistas sostienen que el socialismo es imposible en un solo país o en un grupo de países y exigen que su construcción espere a cuando el capitalismo imperialista produzca una igualación económica y política de todos los países que haga posible una revolución más o menos simultánea, hecho que no puede producirse debido a que el monopolismo capitalista sustituye la libre competencia por la dominación y explotación de unos países por otros.

La lógica argumental del trotskismo conduce, pues, necesariamente a oponerse al socialismo y a la revolución realmente posibles.

Su lógica argumental lleva, por tanto, a los trotskistas a sabotear los preparativos revolucionarios desde el primer momento. Así, mientras la clase obrera no abarcara la mayoría de la población de Rusia, Trotski no estaba dispuesto a organizar la conquista de la dictadura del proletariado y del socialismo, ni por tanto a organizar un partido revolucionario, centralizado y disciplinado de la minoritaria clase obrera que luchara por la hegemonía y la dirección efectiva sobre la mayoría campesina de la población. Se unía a la posición de los socialdemócratas mencheviques que querían un partido obrero que acompañara a la burguesía en el desarrollo del capitalismo, conformándose con unas cuantas reformas sociales. A Trotski, le bastaba con que un partido así le permitiera formar en torno a él una fracción de adherentes que sólo se distinguiera del resto por su utopismo radical y su verborrea revolucionaria. De ahí que, una vez constituido el partido sobre los principios del bolchevismo, el objetivo de Trotski fuera combatirlo y neutralizarlo: primero desde fuera, intentando atraerlo a una unidad amplia e ineficaz dirigida por él y otros falsos partidarios de la revolución socialista proletaria; luego desde dentro, fraccionándolo y escindiéndolo. Así explicaba Stalin el régimen leninista de Partido que permitió a éste asegurar su carácter proletario y vencer la tendencia pequeñoburguesa al fraccionalismo y al escisionismo: “El ejercicio de la democracia en el seno del Partido, admitiendo la crítica práctica de las deficiencias y errores del Partido, pero sin tolerar el menor fraccionalismo y eliminando todo fraccionalismo so pena de expulsión del Partido”[1].

            Aunque Trotski había leído y estudiado la teoría marxista, no la había comprendido realmente o, si la había comprendido, no la compartía y la tergiversaba. Lo que entendía por marxismo era el rígido esquema abstracto imperante en la II Internacional, al cual la realidad habría de amoldarse a fuerza de empeño. Es decir, lo contrario de lo que sostenía Lenin, al citar a Písarev: “La disparidad entre los sueños y la realidad no produce daño alguno, siempre que el soñador crea seriamente en un sueño, se fije atentamente en la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y, en general, trabaje a conciencia porque se cumplan sus fantasías. Cuando existe algún contacto entre los sueños y la vida, todo va bien”.[2] En el mismo sentido, Marx había advertido que: “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico”.[3]

En lugar de reconocer que su esquema de la “revolución permanente” no guardaba contacto con la vida, trataba de encajarlo en la mente de los marxistas a fuerza de erudición y sofistería, promoviendo en ellos su propio idealismo y subjetivismo[4]. Su dogmatismo, que compartía con los líderes de la II Internacional en actitud y parcialmente en contenidos- le impedía pensar dialécticamente. De ahí que no pudiera comprender correctamente la nueva etapa imperialista del capitalismo ni el camino que ésta imponía a la revolución proletaria.

Trotski era, por tanto, un intelectual con mucho carácter, que se dirige al movimiento obrero pero que se resiste a renunciar a su posición de clase original para asumir la del proletariado. En su libro Mi Vida, explica su admiración, desde joven, por la intelectualidad que es mayoritariamente burguesa o pequeñoburguesa: “escritores, periodistas, actores, encarnaban a mis ojos el más atractivo de los mundos, al que sólo los elegidos tenían acceso.”[5] Y esa actitud elitista y soberbia típica de esta capa social, la manifiesta con demasiada frecuencia como para que sea accidental. Por ejemplo, en el mismo libro (adviértase que Marx, Engels, Lenin y otros intelectuales realmente proletarios siempre estuvieron ocupados en cosas más importantes que escribir su autobiografía), expresa: “Retorné a Rusia en el mes de febrero de 1905, varios meses antes que los otros emigrados dirigentes, los cuales no se presentaron hasta octubre y noviembre. Entre los camaradas rusos no había uno solo que me pudiera enseñar nada. Lejos de eso, hube de ocupar yo mismo la tribuna del maestro. (…) comprendí que mis años de aprendizaje habían terminado. No quiero decir, ni mucho menos, que dejase de estudiar. (…) Pero ya no necesitaba estudiar como discípulo, sino como maestro”.[6]

Su concepción intelectualista se traducía en una actitud de indisciplina, calificada por Lenin desde el II Congreso del POSDR como  anarquismo aristocrático o señorial: es decir, todo lo contrario de lo que se necesita para edificar el partido revolucionario del proletariado y la sociedad socialista. Lenin dijo de él: “este intrigante y liquidador continúa mintiendo a diestro y a siniestro”.[7] Con Trotski, se repetía, esta vez dentro del partido obrero marxista, el comportamiento intrigante, embrollador y conspirador de Bakunin. El movimiento obrero no puede desarrollarse sin que aparezca en su seno la influencia perniciosa del revolucionarismo intelectual pequeñoburgués, al que es necesario combatir y neutralizar una y otra vez. 

Trotski fue el representante más capaz de ese sector de la pequeña burguesía que participa en el derrocamiento de la burguesía capitalista pero que se niega a asumir la concepción del mundo del proletariado. 

Después de la conquista de la dictadura del proletariado, la lucha contra la desviación de los intereses proletarios que él encarnaba siguió siendo útil para la definición concreta y exacta de dichos intereses, así como para la construcción de la organización necesaria para satisfacerlos. Posteriormente, sólo fue útil a la burguesía imperialista como “quinta columna” infiltrada en el movimiento obrero para combatir a su vanguardia comunista y descomponerlo.

Al trotskismo, le ocurrió lo que Marx y Engels ya habían observado de sus predecesores: a saber, que las sectas “se convierten en un obstáculo en cuanto este movimiento las sobrepasa; entonces se hacen reaccionarias. Testimonio de ello son las sectas en Francia e Inglaterra y, últimamente, los lassalleanos en Alemania, que después de haber entorpecido durante varios años la organización del proletariado, han acabado convirtiéndose en simples instrumentos de la policía”.[8]

Tal es el recorrido histórico del trotskismo, independientemente de la honestidad y valía de algunos partidarios de Trotski. Desde que el revisionismo se hizo con la dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética y del movimiento comunista internacional, el trotskismo recobró fuerzas, entre otras razones, porque Jruschov y otros revisionistas repitieron algunas de las acusaciones de Trotski contra el bolchevismo y contra Stalin. Incluso se volvieron a formar corrientes trotskistas en algunos partidos comunistas. Pero la corrosión pequeñoburguesa radical en las filas marxistas-leninistas no se hace necesariamente bajo la bandera del trotskismo, aunque repita muchos de los rasgos característicos de éste, propios de su común esencia de clase.

Así, en la lucha contra el revisionismo de derechas, algunos comunistas incurren a veces en el “izquierdismo” pequeñoburgués. 

Por ejemplo, cuando vacilan en la solidaridad antiimperialista con los movimientos de liberación de las naciones atrasadas y los critican por no luchar directamente por la revolución socialista; cuando reconocen teóricamente que la clase obrera necesita aliarse con clases intermedias pero rechazan cualquier acuerdo o negociación esclarecedora para las masas con los actuales representantes políticos de dichas clases; cuando exageran su crítica hacia la nueva burguesía de los países socialistas o ex-socialistas hasta el punto de negarles un firme apoyo contra la vieja burguesía imperialista occidental que intenta subyugarlos; cuando, así pasen los años y los decenios, siguen incapaces de construir partidos revolucionarios de masas, mantienen una absoluta oposición sectaria entre las organizaciones marxistas-leninistas y renuncian a la unificación de la vanguardia proletaria en un único Partido Comunista; etc.

Hasta mediados del siglo XX, los partidos marxistas-leninistas del mundo eran grandes organizaciones revolucionarias unidas en su seno, entre sí y con las masas de sus países (a pesar de desviaciones y contradicciones a las que se combatía con mejor o peor fortuna). Pero, después, el movimiento comunista internacional se resquebrajó. El marxismo-leninismo dejó de aparecer como un arma única y unificadora que pudieran empuñar las masas combativas deseosas de liberarse de la explotación capitalista. Los seguidores de la URSS, de China y de Albania se enfrentaron entre sí de manera absoluta, descartando la posibilidad de tratar sus diferencias a través del centralismo democrático (que era la manera en que había nacido el bolchevismo: en un congreso en que participaron hasta las tendencias socialistas más reformistas como los economistas o los del Bund). 

Por supuesto que los principales culpables de la ruptura del movimiento comunista internacional fueron los revisionistas soviéticos que atacaron y destruyeron los principios revolucionarios del marxismo-leninismo. Pero parece que quienes se alzaron en defensa de tales principios se apartaron del método de los bolcheviques y, desde luego, no tuvieron el éxito de éstos. Así, el fraccionalismo y el escisionismo, característico de los trotskistas, fue mermando cada vez más la capacidad política y organizativa de los marxistas-leninistas, hasta llegar a la trágica situación actual en que la población obrera está casi totalmente a merced de sus explotadores. Y precisamente lo único que puede revertir este desastre es la iniciativa de lo más avanzado de ella, de las y los comunistas.

El Partido Comunista de Grecia (KKE)

Una de esas iniciativas revolucionarias saludables ha provenido recientemente del Partido Comunista de Grecia (KKE), una de las mayores organizaciones marxistas-leninistas del planeta. La mayoría de sus posicionamientos son coherentes con el marxismo-leninismo. Son además muy oportunos para infundir en las masas proletarias la conciencia de sus intereses reales y de su misión histórica frente a la influencia corruptora de la democracia pequeñoburguesa. Lamentablemente, la crítica que de ésta practican los dirigentes del KKE no es del todo dialéctica sino un tanto unilateral, abstracta, exagerada e “izquierdista”. En este sentido, convergen en varios aspectos con el trotskismo[9], al igual que algunos seguidores de Mao Zedong o de Enver Hoxha, todos ellos seguramente en contra de su voluntad.

Concretamente, los actuales dirigentes del KKE tergiversan la historia para concluir que, en los años 30, la defensa prioritaria de la URSS por parte del movimiento comunista internacional lo habría llevado a “importantes alteraciones y cambios en la línea”, desempeñando “un papel negativo en el curso del movimiento comunista internacional en las décadas siguientes”. Con el argumento de que “atrapaban la lucha del movimiento obrero bajo la bandera de la democracia burguesa”, cuestionan las alianzas antifascistas de entonces y, en general, la necesidad que tiene el proletariado de luchar por el socialismo apoyándose en la parte de la democracia burguesa que le pueda ser útil en cada momento. En particular, consideran errónea “la distinción política de las alianzas imperialistas de aquel período en agresivas, en las que se clasificaban las fuerzas fascistas, y en las alianzas defensivas en las que se clasificaban las fuerzas democrático-burguesas”; así como “la evaluación respecto a la existencia de un ala izquierda y un ala derecha en los partidos socialdemócratas en la década de 1930, de la que surgía la alianza con estas fuerzas”, porque “menospreciaba completamente su transformación completa en partidos de la burguesía”. De ahí que, hoy en día, consideren como imperialistas, cuanto menos prematuramente, a los países que se oponen a la dominación de las potencias occidentales, al igual que a las alianzas entre ellos (BRICS, Organización de Cooperación de Shanghái, ALBA). Sin embargo, es muy probable que, sin tales alianzas, hubieran sido imposibles tanto la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial como la creación posterior del campo socialista.

Los dirigentes del KKE pretenden asimismo que todos los partidos comunistas del mundo definan el carácter concreto de la revolución en sus países en función, no del nivel de desarrollo particular de las fuerzas productivas, sino del carácter general de la época imperialista: “En última instancia, el carácter de la revolución en los países capitalistas se determina objetivamente por la contradicción básica que debe resolver, independientemente de los cambios relativos en la posición de cada país en el sistema imperialista.  El carácter socialista y las tareas de la revolución surgen de la agudización de la contradicción básica entre el capital y el trabajo en los países capitalistas en la época del capitalismo monopolista”. 

No es que excluyan de la categoría de “países capitalistas” a los países todavía semi-feudales y semi-coloniales, sino que, igual que los adeptos de la teoría de la “revolución permanente”, exigen a los comunistas incluso de estos países más atrasados que luchen directamente por la revolución proletaria, cuando ésta sólo es realizable si previamente la clase obrera convoca a las clases populares a una revolución democrático-burguesa contra las relaciones de producción pre-capitalistas y la dominación imperialista. En efecto, los dirigentes del KKE niegan esta necesidad con el mismo argumento que Trotski en esta cuestión: “vivimos en la era del imperialismo” y “el imperialismo no contrapone la nación burguesa al antiguo régimen, sino el proletariado a la nación burguesa”[10].

Sólo podremos continuar la obra del bolchevismo si combatimos las desviaciones reformistas sin incurrir en errores “izquierdistas” (es decir, palabras revolucionarias que enmascaran un contenido contrarrevolucionario), análogos a los de Trotski. Tales errores todavía no constituyen algo tan grave como el trotskismo, pero conviene tener presente la siguiente advertencia de Lenin: “¡Cuán cierto es que de un pequeño error puede hacerse siempre uno monstruosamente grande, si se insiste en él, si se profundiza para encontrarle justificación y se intenta ‘llevarlo hasta el fin’!”[11]

ANEXO 1: Crítica de las “Tesis fundamentales” de Trotski sobre la “revolución permanente”[12]

“2- Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas.”
“3- …la alianza de estas dos clases [proletariados y campesinos] no es factible más que luchando irreconciliablemente contra la influencia de la burguesía liberal-nacional.”
“4- … la alianza revolucionaria del proletariado con las masas campesinas sólo es concebible bajo la dirección política de la vanguardia proletaria organizada en Partido Comunista"

La vía necesaria para transformar la revolución democrático-burguesa en una revolución socialista es convertida aquí por Trotski en la única vía para realizar la revolución democrático-burguesa (y para forjar una alianza revolucionaria del proletariado con las masas campesinas). Además, habla únicamente de la burguesía liberal-nacional, excluyendo la existencia de una fracción democrático-revolucionaria en la burguesía nacional. Confunde la posibilidad real de revolución democrático-burguesa con la forma y alcance de la misma que más le convienen al proletariado. Finalmente, lo más grave es que pretenda que, para la revolución democrático-burguesa, el proletariado excluya del poder político a la clase social más directamente necesitada de los cambios que dicha revolución acomete: el campesinado. Es un empeño absurdo y perjudicial.

“Esto significa, a su vez, que la revolución democrática sólo puede triunfar por medio de la dictadura del proletariado, apoyada en la alianza con los campesinos y encaminada en primer término a realizar objetivos de la revolución democrática.”

Trotski sigue confundiendo las cosas. Esta vez, confunde dirección con dictadura, deduciendo que la dirección de los obreros sobre las masas campesinas sólo es posible mediante la dictadura del proletariado. Según el marxismo-leninismo, en la revolución socialista, la clase obrera debe conquistar la hegemonía y la dirección sobre las masas populares (lo mismo que su vanguardia organizada, sobre las masas de la clase) con el fin de ejercer su dictadura sobre la burguesía. Y, en la revolución democrático-nacional (burguesa), la dictadura revolucionaria de los obreros, los campesinos y la burguesía nacional debe ejercerse sobre los terratenientes, los imperialistas extranjeros y los burgueses dependientes de éstos.

“5- …por grande que sea el papel revolucionario de los campesinos, no puede ser nunca autónomo ni, con mayor motivo, dirigente. El campesino sigue al obrero o al burgués. Esto significa que la “dictadura democrática del proletariado y de los campesinos” sólo es concebible como dictadura del proletariado arrastrando tras de sí a las masas campesinas.”
En efecto, la pequeña burguesía tiene escasa autonomía y capacidad de dirección sobre otras clases. Pero las masas campesinas no se componen únicamente de pequeños burgueses, por mucho que éstos sean mayoritarios entre ellas. También forman parte del campesinado los arrendatarios capitalistas de tierras. Además, en los países dependientes, hay una parte de la burguesía que también se opone a la dominación imperialista, pero Trotski la ha excluido de antemano al reducir dogmáticamente todos los casos posibles de revolución democrático-burguesa al caso de la vieja Rusia, que era un país independiente donde los capitalistas prosperaban bajo el paraguas del Estado zarista.
“6- La dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, en calidad de régimen distinto por su contenido de clase a la dictadura del proletariado, sólo sería realizable en el caso de que fuera posible un partido revolucionario independiente que encarnara los intereses de la democracia campesina y pequeño burguesa en general, un partido capaz, con el apoyo del proletariado, de adueñarse del poder y de implantar desde él su programa revolucionario”.

La naturaleza del poder emanado de una revolución democrático-burguesa no la determina la existencia de un partido pequeñoburgués independiente, sino el contenido de sus tareas y las clases interesadas en la realización de éstas. En Rusia, este partido campesino pequeñoburgués existió -el partido socialista-revolucionario-, participó en la dictadura conjunta a través de los diputados soldados de los soviets entre febrero y octubre de 1917 y su programa revolucionario fue el que aplicó, en los meses inmediatamente posteriores, el gobierno bolchevique, con participación del ala izquierda de aquel partido.

“Como lo atestigua la experiencia de toda la historia contemporánea, y sobre todo, la de Rusia durante el último cuarto de siglo, constituye un obstáculo invencible en el camino de la creación de un partido campesino la ausencia de independencia económica y política de la pequeña burguesía y su profunda diferenciación interna, como consecuencia de la cual las capas superiores de la pequeña burguesía (de los campesinos) en todos los casos decisivos, sobre todo en la guerra y la revolución, van con la gran burguesía, y los inferiores con el proletariado, obligando con ello al sector intermedio a elegir entre los polos extremos. Entre el kerensquismo y el poder bolchevista, entre el “Kuomintang” y la dictadura del proletariado, no cabe ni puede caber posibilidad intermedia, es decir, una dictadura democrática de los obreros y campesinos.”

Trotski ya no está hablando de una revolución democrático-burguesa, sino de una revolución socialista cuyo enemigo es la “gran burguesía”. 

Pero, durante una revolución democrático-burguesa, una parte de la burguesía capitalista puede comportarse de manera revolucionaria y arrastrar tras de sí a las masas pequeñoburguesas. Entre el kerensquismo y el poder bolchevique estuvieron los eseristas de izquierda y, entre el Kuomintang anticomunista de Chiang Kai-shek y el Partido Comunista de China, estuvo el Kuomintang de Sun Yat-sen y Soong Ching-ling, apoyado por la Rusia Soviética de Lenin desde 1918. Lo peor de estas exageraciones y tergiversaciones de Trotski es que, como la dictadura del proletariado todavía no es realizable inmediatamente en una sociedad atrasada desde el punto de vista capitalista, el trotskismo condena allí a la clase obrera y al campesinado a capitular ante la opresión feudal e imperialista.

“7- Por cuanto esta consigna [la dictadura democrática de los obreros y campesinos] se opone a la dictadura del proletariado,…”
Al contrario, es la única que hace posible la ulterior conquista de la dictadura del proletariado en los países cuyo desarrollo burgués se ve obstaculizado por relaciones económicas precapitalistas y por la dominación extranjera.
“… políticamente contribuye a la disolución de este último [el proletariado] en las masas pequeño burguesas y crea de este modo las condiciones más favorables para la hegemonía de la burguesía nacional, y por consiguiente, para el fracaso de la revolución democrática”.

La disolución del proletariado en las masas pequeñoburguesas no depende de la participación de aquél en el poder cuando la burguesía es revolucionaria, sino de que despliegue dentro del mismo su lucha por la hegemonía y la dirección sobre el curso de la revolución democrática. De lo contrario, la clase obrera tendría que renunciar a cualquier alianza con otras clases sociales por temor a disolverse en ellas. Y una opinión así no se parecería en nada al marxismo.

Por lo demás, la hegemonía de la burguesía nacional no conduce en todos los casos al fracaso de la revolución democrática. Sólo es cierto que la dirección proletaria de la dictadura conjunta es la que permite llevar la revolución democrática hasta sus últimas consecuencias para pasar a la etapa socialista de la revolución de la manera más rápida y menos dolorosa.

“La incorporación de esta consigna [dictadura democrática de los obreros y campesinos] al Programa de la Internacional Comunista representa ya de suyo una traición directa contra el marxismo y las tradiciones bolchevistas de Octubre.”

Trotski oculta aquí que: 

1º) ésta era la consigna con la que el Partido Bolchevique fue a la revolución rusa de 1905 y a la de Febrero de 1917 (que se encarnó entonces en los soviets de diputados obreros y soldados).
2º) no era la consigna para la de Octubre porque ya no se trataba entonces de una revolución democrático-burguesa (realizada en lo principal -el poder político- a partir de Febrero), sino de una revolución socialista. Trotski viene a sostener que la Revolución de Octubre ocurrió a pesar de la traición directa contra el marxismo que cometieron los bolcheviques hasta abril de 1917. Sin embargo, la Revolución de Octubre no se habría producido sin la existencia de un partido como el de los bolcheviques. Queda claro también que Trotski quería sustituir el bolchevismo revolucionario por el trotskismo contrarrevolucionario.

“8- …la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente.”

El objetivo de la revolución democrático-burguesa no es transformar el derecho de propiedad burguesa, sino liberar a ésta de las trabas feudales e imperialistas que dificultan su desarrollo y, con él, el desarrollo de las fuerzas productivas de carácter social y el desarrollo del proletariado en número y en organización. Si el proletariado consigue dirigirla, la transformará lo más inmediatamente posible en una revolución socialista. Y eso significará una revolución permanente o ininterrumpida en dos etapas sucesivas: una democrático-burguesa y la siguiente, socialista. Es la revolución permanente o ininterrumpida propugnada por Marx y por Lenin, que nada tiene que ver con la “revolución permanente” propugnada por Trotski, la cual obstaculiza la victoria de la revolución democrático-burguesa en los países donde todavía está pendiente, al oponerse a la dictadura conjunta del proletariado y del campesinado.

“10- El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país.”

Esta afirmación sólo es verdad con relación al triunfo definitivo de la revolución socialista, a la conquista del comunismo, porque es imposible evitar la intervención imperialista dirigida a restaurar el capitalismo. Pero, mientras, es posible y necesario empezar a construir el socialismo en los países en los que triunfe la lucha revolucionaria del proletariado, apoyando desde ellos la revolución en el resto del mundo. Es un camino lleno de dificultades y reveses parciales, pero no existe otro: la revolución más o menos simultánea en todos los países es imposible debido al desarrollo desigual y a la opresión nacional que caracterizan al imperialismo.

“11- El esquema de desarrollo de la revolución mundial, tal como queda trazado, elimina el problema de la distinción entre países “maduros” y “no maduros” para el socialismo, en el sentido de la clasificación muerta y pedante que establece el actual programa de la Internacional Comunista.

Trotski pretende eliminar pedantescamente, con su “esquema” muerto, la realidad objetiva y su desarrollo necesario. A estas alturas del progreso social, todavía existen países maduros y no maduros para el socialismo, y en todos ellos podrá edificarse el socialismo si se realizan las medidas nacionales e internacionales correspondientes: revolución democrático-burguesa (a poder ser, dirigidas por el proletariado) en los no maduros, revoluciones socialistas en los maduros, solidaridad proletaria internacional, alianzas antiimperialistas, etc.

“…en un país cuyo proletariado haya llegado al poder como resultado de la revolución democrática, el destino ulterior de la dictadura y del socialismo dependerá, en último término, no tanto de las fuerzas productivas nacionales como del desarrollo de la revolución socialista internacional.”

¿Y con anterioridad al “último término”? ¿Cuál es el papel de un revolucionario? ¿Explotar al máximo las condiciones de que dispone para llevar la revolución lo más lejos posible o charlar sobre la insuficiencia de estas condiciones y la necesidad de la ayuda exterior? No contento con tomar esta última opción, Trotski hizo todo lo que estuvo en sus manos para sabotear el socialismo en la URSS y torpedear los apoyos exteriores a ésta, con tal de alimentar su criatura intelectual: la teoría de la “revolución permanente”.

“12- La teoría del socialismo en un solo país, que ha surgido como consecuencia de la reacción contra el movimiento de Octubre, es la única teoría que se opone de un modo consecuente y definitivo a la de la revolución permanente.”

¿Cómo es posible que la teoría del socialismo en un solo país naciera como reacción a algo que todavía no se había producido? En efecto, la posibilidad y necesidad del triunfo del socialismo en un solo país fue explicada por Lenin antes de 1917, precisamente en oposición a cómo Trotski desarrolló la faceta internacional de su teoría de la “revolución permanente” para justificar la traición de los jefes de la socialdemocracia europea.

“La división mundial del trabajo, la subordinación de la industria soviética a la técnica extranjera, la dependencia de las fuerzas productivas de los países avanzados de Europa respecto a las materias primas asiáticas, etc., etc., hacen imposible la edificación de una sociedad socialista independiente en ningún país del mundo.”

Menos de diez años bastaron para que el desarrollo práctico de la URSS disipara este mal augurio. La victoria sobre el nazi-fascismo y la creación de todo un campo de países socialistas mostraron al mundo la prueba irrefutable del fracaso de la profecía de Trotski.

“13- La teoría del nacional-socialismo reduce a la Internacional Comunista a la categoría de instrumento auxiliar para la lucha contra la intervención militar.”

Paradójicamente, quien colaboraría con el nacional-socialismo hitleriano fue Trotski. 

Pero lo realmente importante aquí es la relación entre los países socialistas y el movimiento comunista internacional. Los primeros son nada más que una parte del segundo. Pero una parte muy importante, su más sólida base, y el movimiento obrero de los países capitalistas debe defenderlos como una obligación tan destacada como hacer la revolución en su propio país. No son tareas excluyentes, aunque puedan surgir contradicciones y conflictos entre ellas, al igual que entre diferentes destacamentos nacionales de la clase obrera. Además, los Estados socialistas se sostienen sobre una alianza de clases y no siempre es el proletariado quien consigue imponer en ellos su criterio. Estas dificultades se manifestaron en las tres internacionales, incluida la Internacional Comunista de tiempos de Lenin. Se resuelven desarrollando la lucha de clase del proletariado. A pesar de ellas, el movimiento obrero mundial fue progresando en sus objetivos hasta que su destacamento más avanzado tropezó y arrastró a los demás, sin que éstos acertaran a recomponer su unidad revolucionaria hasta el momento. Sin embargo, la revancha temporal del capitalismo le obliga a levantarse y continuar su camino, disipando las nieblas del trotskismo y de todas las variantes de revisionismo con la luz más certera que se conoce: el marxismo-leninismo.

Esta niebla de confusión propagada por el trotskismo es patente en el artículo que Izquierda Revolucionaria dedicó a la teoría de la revolución permanente con motivo del centenario de la Revolución de Octubre[13]

Nos cuenta que, en el socialismo ruso, estaban los mencheviques y Trotski frente a frente; que Lenin coincidía con Trotski en lo más importante; y que, en cuanto a las discrepancias entre ambos, fueron finalmente zanjadas por la Revolución de Octubre, la cual dio la razón a Trotski, particularmente en cuanto al riesgo que entrañaba la confianza excesiva del líder bolchevique en los campesinos. Así escriben y tergiversan la historia los trotskistas.

En la exposición de hechos de “Izquierda Revolucionaria”, no había dos líneas en el seno del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia: la de los bolcheviques y la de los mencheviques, incluido Trotski. Para los de “Izquierda Revolucionaria”, se trataba de la superioridad de criterio de una única personalidad, Trotski, frente a todos los demás; los bolcheviques ocupaban una posición intermedia, que únicamente consiguió superar su líder, Lenin, acercándose a la posición de Trotski. La realidad es que Trotski y los demás mencheviques compartían la misma conclusión práctica: oponerse a la dirección proletaria del campesinado durante la revolución democrático-burguesa (aunque con pretextos teóricos diferentes), obstaculizando así no sólo el desarrollo de ésta hasta sus últimas consecuencias, sino incluso su realización más elemental.

Según “Izquierda Revolucionaria”, el pecado de los mencheviques era limitarse al “abecé” del marxismo, que sería la necesidad de una determinada base material para la implantación del socialismo. Pero ése es el abecé del reformismo que los trotskistas abrazan como el resto de socialdemócratas, más allá de su verborrea “marxista” y “revolucionaria”. La cuestión verdaderamente central de toda revolución es la cuestión del poder político, es decir, la cuestión del desplazamiento de unas clases sociales por otras en el ejercicio del poder político para que el programa de dicha revolución pueda ejecutarse. En Rusia, se trataba de una revolución democrático-burguesa, concepto que los trotskistas de “Izquierda Revolucionaria” sustituyen enseguida por el de las “tareas democrático-burguesas”, para disociar a éstas de las clases interesadas en la revolución necesaria para realizarlas. Así, les es más fácil calificar despectivamente la consigna leninista de “dictadura democrática revolucionaria de la clase obrera y el campesinado” como “formulación algebraica” (además de tergiversar la posición leninista): según ellos, las tareas democrático-burguesas interesan a los obreros y a los campesinos pobres; luego, pueden ser realizadas por la dictadura del proletariado. 

Se trata de un razonamiento tramposo pues, en realidad, dichas tareas interesan también y en primer término al campesinado en su conjunto. Por consiguiente, la plena realización de la revolución democrático-burguesa que interesa al proletariado exige la participación del campesinado como tal en ella y en el poder político emanado de ella. Es la condición, a su vez, para la más rápida conquista de la dictadura del proletariado y del socialismo.

Y es que, para que triunfe la revolución democrático-burguesa, como bien afirman los trotskistas de “Izquierda Revolucionaria”, “el proletariado necesitaría dotarse de los medios y la fuerza suficientes”. Pero ellos no deducen de esta necesidad la obligatoriedad de movilizar a todo el campesinado a favor de la revolución democrático-burguesa, sino la obligatoriedad de “atacar cada vez más profundamente la propiedad privada de los medios de producción”. Una cosa es luchar por la transformación inmediata de la revolución democrático-burguesa en una revolución socialista una vez la primera realizada, y otra cosa es sustituir la revolución democrático-burguesa por la revolución socialista, como pretenden los trotskistas de manera absurda y contrarrevolucionaria, rompiendo el frente único de las clases revolucionarias.

Parafraseando a Lenin y su artículo El programa agrario de la socialdemocracia en la primera revolución rusa de 1905-1907, Mao Zedong afirma: “Puesto que la sociedad china es colonial, semicolonial y semifeudal, que los enemigos principales de la revolución china son el imperialismo y las fuerzas feudales, que las tareas de la revolución china consisten en derrocar a estos dos enemigos principales por medio de una revolución nacional y democrática, que en esta revolución también la burguesía toma parte en ciertos períodos, y que, incluso cuando la gran burguesía traiciona a la revolución pasando a ser enemiga suya, el filo de la revolución sigue dirigido contra el imperialismo y el feudalismo y no contra el capitalismo y la propiedad privada capitalista en general, dado todo esto, la revolución china en la presente etapa no es, por su carácter, socialista proletaria, sino democrático-burguesa”[14].

Para echar más arena a los ojos, añaden otro elemento de confusión: “el capitalismo había triunfado como sistema social dominante en el mundo” y “las condiciones básicas generales… para el paso del capitalismo al socialismo ya estaban dadas”

Este hecho cierto nos habla de la mayor proximidad del socialismo en cualquier país, pero no elimina la necesidad de la revolución democrático-burguesa en los países donde no se haya realizado aún. Un marxista no puede sustituir el análisis concreto por abstracciones. Por no hablar de la prosternación de estos trotskistas ante las relaciones de producción capitalistas como si éstas siguiesen gobernando las fuerzas productivas una vez éstas convertidas en propiedad social: “Cualquier economía nacional –sostienen con fatalismo-, por muy poderosa que sea, depende de una instancia superior: el mercado mundial, que forma un todo con sus propias leyes y dinámica de las que ningún país puede escapar”; un solo país socialista, “más tarde o más temprano, caería devorado por las contradicciones internas y externas que ese aislamiento provocaría”

La existencia y desarrollo de la Unión Soviética es la prueba más clara de la falsedad de esta profecía del trotskismo; y la destrucción de la URSS sólo enseña al proletariado mundial la necesidad de continuar con la mayor energía su lucha de clase contra la burguesía y sus ayudantes “socialistas” como los trotskistas.

Se podría responder a otras barbaridades que contiene este artículo de “Izquierda Revolucionaria”, como que Lenin acabaría “coincidiendo plenamente con la teoría de la revolución permanente de Trotsky”, pero basta con lo dicho hasta aquí.

ANEXO 2: Bettelheim y el trotskismo

Charles Bettelheim fue un académico francés, profesor de la Universidad de la Sorbona, con ideas aparentemente originales y revolucionarias sobre la revolución soviética. Tuvo una notable influencia sobre muchos jóvenes estudiantes que se acercaban al marxismo y que intentaban comprender el proceso de restauración del capitalismo que tenía lugar en la URSS y en Europa Oriental en los años 60 a 80 del siglo XX. Ya son muy pocos los que se dejan seducir por sus pretensiones de marcar un antes y un después en el desarrollo del marxismo, pero todavía hay quienes se apoyan en los escritos de este profesor para desviar a algunos jóvenes revolucionarios hacia un callejón sin salida.

Lo peculiar de Bettelheim es que critica a Stalin y su aplicación del marxismo-leninismo, no desde la reivindicación del trotskismo, sino desde el apoyo a la China de Mao Zedong, es decir, al destacamento más influyente que tuvo el movimiento anti-revisionista internacional. No fue el único en exagerar las diferencias entre ambas experiencias para contraponerlas. 

Harpal Brar, por ejemplo, dedica varios capítulos de su obra Trotskismo o leninismo a la crítica de quienes, en Gran Bretaña, se parapetaban tras la defensa del “maoísmo” para atacar a Stalin y a la edificación socialista en la URSS[15]. En realidad, estamos ante un trotskismo vergonzante que no hace sino continuar la tradición de las disidencias de los “comunistas de izquierda” alemanes, holandeses e italianos o del POUM con respecto a Trotski. Sus diferencias con éste son secundarias o meras estratagemas, mientras que coinciden en lo fundamental: su revolucionarismo pequeñoburgués.

Ya a principios de los años 60, los trotskistas destacaban la oportunidad que se les presentaba de infiltrar y corromper el movimiento comunista contrario al revisionismo de Jruschov. En una carta abierta al Partido Comunista de China, decían: “La IV Internacional, que desde el día de su fundación lleva… la lucha contra las ideas, contra las que ustedes actúan hoy, se encuentra de parte vuestra… El secretariado internacional de la IV Internacional saluda dicha discusión iniciada por ustedes en todo el movimiento comunista. Os alienta a desarrollarla”[16]

¿Cómo podían hablar de afinidad con los comunistas chinos si éstos habían defendido a Stalin frente a Jruschov? Seguramente, por ciertas exageraciones de aquéllos en cuanto la crítica de los defectos de Stalin (el 30% de su actividad, según el PCCh) y en cuanto a la evaluación del proceso de restauración del capitalismo en la URSS. Por supuesto que Stalin y los bolcheviques tuvieron que cometer necesariamente errores en su lucha por la emancipación de la clase obrera. Pero, desde que desapareció la Unión Soviética y se fueron abriendo al público algunos de sus archivos antes secretos, cada vez más investigadores constatan que, a la dirección soviética encabezada por Stalin, se le habían imputado errores injustamente, con temeridad y desconocimiento de las circunstancias concretas (Arch Getty, Grover Furr, Yuri Zhúkov, Mark Tauger, Geoffrey Roberts, Annie Lacroix-Riz, etc.). Esto demuestra que el marxismo-leninismo no garantiza la infalibilidad a sus partidarios, pero es la mejor guía para la acción.

Y muchas de estas imputaciones hechas desde un punto de vista “revolucionario”, resultan tomadas del arsenal del trotskismo y disimuladas bajo formas originales. Es el caso de Bettelheim, aunque pueda parecer paradójico debido a su alineamiento básico con la derecha bujarinista. La mayor parte de las veces, habla del campesinado soviético como tal, eludiendo la diferenciación de clases en su seno. Y cuando sí las distingue, lo hace así: “El partido bolchevique pasa a actuar cada vez más [sobre todo a partir de 1928] como si de la industrialización del país dependiera la solución de todos los demás problemas. Se concretan así las condiciones que imponen el ‘gran viraje’ de 1929. La oposición de ‘derecha’ intenta impedir este viraje, para el cual no están realmente preparados ni el partido ni el campesinado. Pero es incapaz de formular una línea política susceptible de impedir que los kulaks reagrupen en torno a ellos un número creciente de campesinos medios[17]. Está condenada, por consiguiente, a la derrota, mientras el partido se embarca en una colectivización y en una industrialización que no domina”[18].

Como se ha explicado más arriba, la derecha bujarinista y la “izquierda” trotskista tenían diferencias meramente tácticas, coincidían en su derrotismo pequeñoburgués y acabaron convergiendo en el bloque de las oposiciones formado en 1932 en torno a la plataforma derechista conocida como de Riutin. Al poco tiempo de salir Trotski de la URSS en 1929, había empezado a propugnar un descenso del ritmo de industrialización y una liquidación de los koljoses. Así que no tiene nada de extraño defender el trotskismo en esencia, apartándose de sus consignas “izquierdistas”. A cualquier comunista, por poco conocedor que sea de las andanzas de Trotski, le tiene que resultar sospechoso que Bettelheim utilice el término “trotskismo” entre comillas[19], como si correspondiera a un concepto falso e inventado; o que califique la lucha de los bolcheviques contra las oposiciones pequeñoburguesas como “un estilo de discusión en el seno del partido que aspira, ante todo, a combatir a los que expresan puntos de vista  diferentes de los de la mayoría del BP o del Secretariado”[20].

Hechas las advertencias sobre las exageraciones del movimiento anti-revisionista de los años 70, es altamente recomendable la lectura de la crítica de Bettelheim escrita por Claude Varlet[21], de la que aquí citaremos algunos de sus fragmentos más concluyentes y que ayuda a saber algo más sobre la trayectoria y las ideas de nuestro académico.

Varlet explica que Bettelheim ataca al marxismo-leninismo “hipócritamente, sin que sus principios fundamentales sea abiertamente cuestionados, simulando reconocerlos, e incluso restaurarlos, pero vaciando su contenido por medio de sofismas”. Considera este ataque “particularmente peligroso porque las concepciones de Bettelheim unen la fidelidad aparente al marxismo-leninismo con la sumisión de hecho al revisionismo”. Se pueden reconocer en él “las tesis trotskistas clásicas sobre la bancarrota de la NEP y el carácter aventurero del gran viraje de 1929, los zigzags burocráticos de la dirección del Partido, la degeneración burocrática de la dirección del Partido y del Estado soviético, el abandono del ideal revolucionario comunista en favor de la consigna burguesa: ¡enriqueceos! Reformulando continuamente estas tesis, Trotski no había dejado de repetirlas desde 1923”.[22]

Varlet nos informa también sobre el pasado trotskista de Bettelheim: “En octubre de 1945, David Rousset, militante trotskista desde 1930, rompe con el Partido Comunista Internacionalista, seguido por G. Martinet, Ch. Bettelheim, H. Claude, P. Naville, L. Schwartz. La plataforma de ruptura puede resumirse con una frase: ‘No se puede pasar por encima del cadáver del estalinismo para realizar la revolución socialista’ (D. Rousset). Esta tesis fue denunciada por los trotskistas ortodoxos como una ‘capitulación ante el estalinismo’ y una ‘revisión del trotskismo’. Era, en realidad, una tentativa hábil de adaptar las teorías fundamentales del trotskismo a las nuevas condiciones, encontrar una salida a la crisis permanente que atraviesa el trotskismo desde 1927, crisis agravada por las victorias obtenidas por el Movimiento Comunista Internacional en la lucha antifascista, y esto con el único objetivo de alcanzar la meta que es desde siempre la del trotskismo contrarrevolucionario: infiltrarse en el movimiento obrero revolucionario y sabotearlo desde el interior provocando y alimentando la confusión ideológica y política en sus filas”.[23]

En nombre del “antidogmatismo” y de la “libertad de crítica”, fundaron su Revista Internacional que abrieron “a todas las corrientes de pensamiento… todas unidas por su común hostilidad hacia el marxismo-leninismo”.

“A la lucha contra el revisionismo moderno, que es el principal peligro en el movimiento comunista y obrero, Bettelheim la sustituye por la lucha contra ‘el marxismo petrificado’, ‘simplificado’, ‘esclerotizado’.” Sostiene que las secciones europeas de la III Internacional habían roto “cada vez más con el leninismo… desde inicios de los años treinta”. Y califica a los trotskistas y a la ultraizquierda alemana y holandesa como “el ala más revolucionaria del movimiento marxista europeo de la época”[24]. Si los pone casi al mismo nivel de desacierto que a la dirección bolchevique es porque no habían llegado tan lejos como él en la degeneración del materialismo en idealismo (en nombre de la lucha contra el “economicismo”). Varlet deduce que Bettelheim “busca realizar un objetivo inconfesable: revisar el justo veredicto pronunciado por la historia y rehabilitar a Trotski y al trotskismo”.[25]

En cuanto al método, advierte que: “Bettelheim, contradiciendo las enseñanzas del marxismo-leninismo sobre el método de pensamiento y de trabajo, no ha procedido a un amplio trabajo de búsqueda, de investigación y de estudio sin el cual no puede haber análisis concreto, sino que se ha limitado a tomar algunos ejemplos y a arreglarlos según su fantasía”.[26]

“Si Bettelheim ha conseguido evitar la deformación que caracteriza la historiografía tradicional -la tendencia descriptiva y narrativa- es para incurrir en la generalización superficial y la abstracción hueca y encajar por la fuerza los hechos en un esquema imaginado en su cabeza. Así, ha infringido la recomendación que Engels hacía a Conrad Schmidt: ‘Nuestra concepción de la historia es, ante todo, una directiva para el estudio, y no una palanca que sirva para construcción a la manera de los hegelianos’.

El método seguido por Bettelheim permite largar cualquier cosa sin tener en cuenta la realidad objetiva. Este método se caracteriza por el recurso a las afirmaciones sin pruebas, a la abstracción especulativa y a la manipulación de los hechos y de los textos de Lenin.

Su ceguera subjetiva le conduce a reproducir muchas leyendas antiestalinistas y dar por demostradas afirmaciones que ningún hecho acredita”.[27]

La definición de burocracia que Bettelheim da “es destacable por cuanto no vincula la aparición y el desarrollo de la burocracia ni a la base económica, ni a las contradicciones de clase y a las luchas de clases… Bettelheim recoge así la herencia de toda una tradición política (que debe mucho al trotskismo que creó una profunda confusión con la noción de ‘bonapartismo estalinista’) que separa la burocracia de su base de clase y presenta el bonapartismo como un Estado que planea por encima de las clases”.[28]

Bettelheim ve el proceso histórico de la lucha de clases en la URSS de la siguiente manera. 

En los años 20, “la Revolución rusa todavía se encuentra en su etapa democrática; la degeneración de los aparatos de la dictadura del proletariado es ineluctable; el partido bolchevique, privado de Lenin y sometido a una línea derechista, es incapaz de lanzar una nueva ofensiva proletaria”. Como puede apreciarse, es básicamente el punto de vista de Trotski. 

De ahí que describa a la URSS de los años 30 de la siguiente manera: “… los obreros y los campesinos están cada vez más sometidos a una división capitalista del trabajo y a un sistema jerárquico. Son desposeídos de todo poder de decisión mientras que se desarrolla una capa dirigente privilegiada. Ésta constituye una burguesía de Estado que, finalmente, detenta el poder político. Esta evolución no conduce al socialismo sino a un capitalismo de Estado cuyo carácter represivo se perpetúa más allá de las condiciones iniciales que dieron vida”[29]. Así, negando la evidencia de las gloriosas realizaciones socialistas de la URSS (liquidación de la burguesía como clase, industrialización, colectivización y mecanización de la agricultura, supresión del desempleo y las crisis económicas, entusiasmo y heroísmo laboral, unidad victoriosa del pueblo soviético y de su dirección en la II Guerra Mundial, etc.), Bettelheim pretende llevar a los jóvenes incautos que creyeron en su fidelidad al marxismo-leninismo que “es bajo Stalin, y no bajo Jruschov, que se realizó la contrarrevolución”[30]; en definitiva, llevarlos al campo del trotskismo.

Varlet remata su libro esclareciendo el carácter de clase del trabajo teórico de Bettelheim y la causa de su relativo éxito: “La corriente ideológica antimarxista que encarna Bettelheim extrae su fuerza de la profunda base social que tiene en la pequeña burguesía intelectual y del apoyo que le presta la burguesía. La aparición de esta corriente está vinculada a la participación en el movimiento revolucionario actual de capas pequeñoburguesas, en particular de la intelectualidad y de la juventud estudiantil, que aportan al movimiento los prejuicios y las vacilaciones típicas de la pequeña burguesía. Son justamente estos prejuicios y estas vacilaciones, esta inestabilidad, la tendencia a pasar de un extremo a otro, que constituyen el terreno favorable sobre el cual especula Bettelheim para realizar sus designios antimarxistas”.[31]

Lo específico y el peligro que representa “la corriente ideológica y política de la que el profesor Bettelheim es el principal portavoz… es que no revisa abiertamente el marxismo-leninismo, sino que, al contrario, pretende restaurar sus principios sobre la base de un ataque contra… el ‘marxismo petrificado’ de Stalin; es que no rechaza abiertamente la dictadura del proletariado de la que reniegan los revisionistas de toda laya, sino que, al contrario, pretende defenderla sobre la base de un ataque contra… la dictadura del proletariado bajo Lenin y Stalin y oponiendo la experiencia china a la soviética; es que no proclama la URSS [desde Jruschov] como ‘el país socialista más avanzado’, sino que, al contrario, pretende denunciar la restauración del capitalismo en el primer Estado socialista del mundo explicando el revisionismo por… el estalinismo, y así sucesivamente. Es precisamente porque se trata de una revisión  hipócrita, sutil, edulcorada del marxismo, a lo Kautsky en cierto modo, que esta corriente es un obstáculo a la lucha contra el revisionismo moderno, no solamente porque sus excesos “izquierdistas” le sirven de justificación, sino también y sobre todo porque se opone a trazar una línea de demarcación clara y nítida con el revisionismo, lo que refuerza al oportunismo en nuestro movimiento. Así pues, sin denunciar y criticar a fondo las ideas del profesor  Bettelheim, es imposible realizar la unidad de todos los verdaderos comunistas sobre la base de la única teoría revolucionaria y científica, el marxismo-leninismo. En las condiciones actuales, esta lucha es una necesidad imperiosa y una tarea actual para todos los marxistas-leninistas”.[32]



 Notas:


[1] https://www.marxists.org/espanol/stalin/obras/oe15/Stalin%20-%20Obras%2010-15.pdf, pág. 54.
[2] Lenin, ¿Qué hacer?, p. 249. https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/quehacer/que_hacer.pdf
[3] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm
[4] Harpal Brar advierte de la siguiente consecuencia práctica de la teoría de la “revolución permanente”: “A causa de este absurdo lógico inherente al trotskismo, los trotskistas plantean, siempre y en todas partes, realizar las tareas futuras del movimiento ignorando profundamente las tareas actuales. Combaten siempre al enemigo equivocado, o a enemigos que no existen. Golpean sin cesar al aire. La realidad siempre se les escapa a estos pobres tipos. Cualquiera que no golpee el aire con ellos y no se enfrente a molinos de viento no es un revolucionario sino un ‘burócrata estalinista’.” (Trotskisme ou léninisme, pág. 181)
[5] Trotski, Mi vida, p. 42, http://www.enxarxa.com/biblioteca/TROTSKY%20Mi%20Vida.pdf
[6] Ibídem, p. 106
[7] Carta a la redacción del periódico “Pravda”, 19 de julio de 1912, tomo XXXVIII de las obras completas, Ed. AKAL, pág.372.
[8] Las pretendidas escisiones en la Internacional, Marx y Engels, enero-marzo de 1872. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/lpee72s.htm
[9] Declaración del Comité Central del KKE sobre el 100 aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre, https://inter.kke.gr/es/articles/Declaracion-del-Comite-Central-del-KKE-sobre-el-100-aniversario-de-la-Gran-Revolucion-Socialista-de-Octubre/
[10] Citado y respondido por Lenin en Sobre las dos líneas en la revolución: http://www.forocomunista.com/t28005-sobre-las-dos-lineas-en-la-revolucion-contra-plejanov-y-la-original-teoria-de-trotsky-lenin-1915
[11] La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, Lenin.
[12] Aquí se tratarán sólo las más importantes de estas “tesis fundamentales”, expuestas en el último capítulo del libro de Trotski “La revolución permanente” (1930), a modo de compendio y conclusión: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/revperm/rp10.htm
[13] http://www.izquierdarevolucionaria.net/index.php/historia-teoria/10664-a-cien-anos-de-la-revolucion-de-octubre-la-teoria-de-la-revolucion-permanente
[14] La revolución china y el Partido Comunista de China, https://www.marxists.org/espanol/mao/escritos/CRCCP39s.html
[15] Trotskisme ou léninisme, capítulos 19 a 27.
[16] Carta abierta del Comité Central del PCUS a las Organizaciones del Partido, a todos los Comunistas de la Unión Soviética (14 de julio de 1963), pág. 603, https://www.marxists.org/espanol/tematica/china/documentos/pol.pdf
[17] Mark Tauger, uno de los más importantes investigadores actuales de la agricultura rusa y soviética, sostiene que, con los datos actualmente disponibles, puede concluirse que un 90-95% del campesinado de la URSS no se rebeló contra la colectivización, que una gran parte de ellos incluso la apoyaron activamente y que la mayoría de las manifestaciones de resistencia se resolvieron mediante “la explicación y la persuasión” (Famine et transformation agricole en URSS, capítulo V: “Campesinos soviéticos y colectivización, 1930-39: Resistencia y adaptación”, págs. 137 a 163, Editions Delga).
[18] Las luchas de clases en la URSS, segundo período (1923-1930), Ed. Siglo XXI, pág. 322.
[19] Ibíd., pág. 327.
[20] Ibíd., pág. 443.
[21] Critique de Bettelheim, I La révolution d’Octobre et les luttes de classes en URSS, Ed. NBE (libro disponible en varias páginas web y parcialmente publicado en http://revolutionarydemocracy.org/French/varlet.htm, habiendo sido traducido al castellano un fragmento en http://criticamarxista-leninista.blogspot.com/2013/10/el-economismo-y-el-idealismo-historico-en-la-obra-de-charles-bettelheim.html).
[22] Ibídem, págs. 31 y 43.
[23] Ibídem, pág. 44.
[24] Las luchas de clases en la URSS, tomo 1, pág. 70, Ch. Bettelheim, citado en el libro de C. Varlet, pág. 95.
[25] Critique de Bettelheim, págs. 94 a 96.
[26] Ibídem, pág. 127
[27] Ibídem, pág. 131.
[28] Ibídem, págs. 195-196.
[29] El modo de industrialización soviético y su influencia, artículo de Ch. Bettelheim publicado en el diario “Le Monde”, el 8 de noviembre de 1977 con ocasión del sesenta aniversario de la Revolución de Octubre. Citado en Critique de Bettelheim, pág. 269.
[30] Critique de Bettelheim, págs. 269-270.
[31] Ibídem, pág. 284.
[32] Ibídem, págs. 286-287.