21 de enero de 2017

Recuerdos de Stalin sobre Lenin

Por Oleg K.

Conferencia pronunciada por Stalin, en la Academia del Ejército Rojo "Mijaíl Frunze", el 28 de Enero de 1924.
Camaradas: 
Me comunicaron que habíais organizado una velada dedicada a la memoria de Lenin y que yo era uno de los oradores que habían sido invitados. Considero que no es preciso hacer una exposición sistematizada de las actividades de Lenin. Creo preferible circunscribirme a una serie de hechos que hagan resaltar ciertas particularidades de Lenin como hombre y como político. Quizá no habrá relación interna entre estos hechos, pero esto no puede tener una importancia decisiva para quien quiera formarse una idea general acerca de Lenin. En todo caso, no tengo apenas, en este momento, la posibilidad de daros más de lo que acabo de prometeros.

El aguila de las montañas
Conocía a Lenin por primera vez en 1903. Por cierto, este conocimiento no fue personal, sino por correspondencia. Pero dejó en mí una impresión indeleble que no se ha borrado en todo el tiempo que llevo actuando en el Partido. Me encontraba entonces en Siberia, deportado. Al conocer la actuación revolucionaria de Lenin en los últimos años del siglo XIX y, sobre todo, después de 1901, después de la publicación de “Iskra”, me convencí de que teníamos en Lenin un hombre extraordinario. No era entonces a mis ojos un simple jefe del Partido; era un verdadero creador, porque sólo el comprendía la naturaleza misma y las necesidades urgentes de nuestro Partido. Cuando lo comparaba con los otros jefes de nuestro Partido, me parecía siempre que los compañeros de lucha de Lenin -Plejánov, Mártov, Axelrod y otros -estaban a cien codos por debajo de él; que Lenin, en comparación con ellos, no era simplemente uno de los dirigentes, sino un jefe de tipo superior, un águila de las montañas, sin miedo en la lucha y llevando tenazmente el Partido hacia adelante, por el camino aún inexplorado del movimiento revolucionario ruso. Esta impresión había acabado por penetrar tan hondamente en mi alma, que sentí la necesidad de escribir a este respecto a un íntimo amigo mío, emigrado en el extranjero, pidiéndole su opinión.

Al cabo de algún tiempo, cuando ya estaba deportado en Siberia -era a fines de 1903-, recibió una contestación entusiasta de mi amigo, así como una carta sencilla, pero profunda, escrita por Lenin, a quien mi amigo había enseñado mi propia carta. La esquela de Lenin era relativamente corta, pero contenía una crítica audaz y valiente de las actividades prácticas de nuestro Partido, así como un exposición magníficamente clara y concisa de todo el plan de trabajo del Partido para un porvenir próximo. Sólo Lenin sabía escribir sobre las cuestiones más complejas con tanta sencillez y claridad, concisión y audacia, que sus frases parecían no que hablaban, sino que disparaban. Esta pequeña carta, sencilla y audaz, me convenció más todavía de que teníamos en Lenin el águila de las montañas de nuestro Partido.

No puedo perdonarme el haber quemado aquella carta de Lenin, así como muchas otras, siguiendo la costumbre de viejo militante en la ilegalidad.
De aquel momento datan mis relaciones con Lenin.


La modestia
Me encontré por primera vez con Lenin en diciembre de 1905, en la Conferencia bolchevique de Tammerfors (Finlandia). Esperaba ver al águila de nuestro Partido, al gran hombre, grande no sólo desde el punto de vista político, sino también , si queréis, desde el punto de vista físico, porque me presentaba a Lenin como un gigante de apostura imponente y majestuosa. Muy grande fue mi decepción cuando vi a un hombre completamente sencillo, de estatura menos que mediana, y que no se diferenciaban en nada, absolutamente en nada, de los demás mortales...

Es costumbre que un “gran hombre” debe llegar tarde a las reuniones, mientras los asistentes esperan su aparición con el corazón anhelante; que, cuando va a aparecer el gran hombre, los miembros de la reunión avisen: ¡Tss..., silencio, ya viene!

Me parecía que esta ceremonial no era superfluo, que se imponía, que inspiraba respeto. Muy grande fue mi decepción cuando supe que Lenin había llegado a la reunión antes que los delegados y que, retirado en un rincón, proseguía, sin afectación alguna, la más corriente de las conversaciones con los delegados más sencillos de la Conferencia. No niego que esto me pareció entonces cierta violación de algunas normas imprescindibles.

Sólo más tarde comprendí a esta sencillez y esta modestia de Lenin, este deseo de pasar inadvertido, o, en todo caso, de no llamar la atención, de no subrayar su alta posición, eran rasgos que constituían uno de los lados más fuertes de Lenin, como nuevo jefe de las nuevas masas, de las masas sencillas y corrientes de las capas más “bajas” y profundas de la Humanidad.
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La fuerza de la lógica
Magníficos fueron los dos discursos que Lenin pronunció en esta Conferencia: sobre los problemas del momento y sobre la cuestión agraria. Por desgracia, no han sido conservados. Fueron unos discursos inspirados, que encendieron en clamoroso entusiasmo a toda la Conferencia. La extraordinaria fuerza de convicción, la sencillez y la claridad de los argumentos, las frases breves e inteligibles para todos, la falta de afectación, de gestos teatrales y de frases efectistas, dichas para producir imprevisión; todo ellos distinguía favorablemente los discursos de Lenin de los discursos de los oradores “parlamentarios” corrientes.

Pero no fue este aspecto de los discursos de Lenin lo que me cautivó entonces, sino la fuerza invencible de su lógica, que no poco secamente, pero en cambio a fondo se adueña del auditorio, lo electriza poco a poco y después lo cautiva, como suele decirse, sin reservas. Recuerdo que muchos de los delegados decían: La lógica en los discursos de Lenin es como tentáculos poderosos que le atenazan a uno por todos los lados y de los que no hay modo de librarse; hay que rendirse o sufrir un fracaso completo.

Creo que esta particularidad de los discursos de Lenin es el aspecto más fuerte de su arte oratorio.


Sin lloriqueos
Encontré a Lenin por segunda vez en 1906, en Estocolmo en el Congreso de nuestro Partido. Se sabe que en este Congreso los bolcheviques quedaron en minoría y sufrieron una derrota. Por vez primera vi a Lenin en el papel de derrotado. No se parecía en un ápice a esos jefes que, después de una derrota, lloriquean y pierden el ánimo.

Al contrario, la derrota hizo a Lenin centuplicara su energía, impulsando a sus partidarios hacia los nuevos combates, hacia la victoria futura. Hablo de la derrota de Lenin. Pero ¿cuál era su derrota? Había que ver a los adversarios de Lenin, a los vencedores del Congreso de Estocolmo, a Plejánov, Axelrod, Mártov y los demás: no parecían, ni mucho menos, verdaderos vencedores, porque Lenin, con su crítica implacable del menchevismo, no les dejó, como se suele decir, ni un hueso sano.

Me acuerdo de cómo nosotros, delegados bolcheviques, apretándonos en torno suyo, mirábamos a Lenin y le pedíamos que nos aconsejara. En los discursos de algunos delegados se revelaba el cansancio, el desánimo. Me acuerdo de cómo Lenin, contestando a aquellos discursos, murmuró entre dientes y en tono mordaz: “No lloriqueéis, camaradas, venceremos sin duda ninguna, porque tenemos razón”. El odio a los intelectuales llorones, la fe en las fuerzas propias, la fe en la victoria; de todo esto nos hablaba entonces Lenin. Se advertía que la derrota de los bolcheviques era pasajera, que los bolcheviques habían de vencer en su porvenir muy próximo.

“No lloriquear en caso de derrota”. Es precisamente este aspecto particular de la actividad de Lenin lo que le permitió agrupar en torno suyo un ejército afecto hasta el final de la causa, y lleno de fe en sus propias fuerzas.

Sin presunción
En el Congreso siguiente, en 1907, en Londres, fueron los bolcheviques quienes obtuvieron la victoria. Vi entonces por primera vez a Lenin en el papel de Vencedor. Generalmente, la victoria embriaga a cierta clase de jefes, les llena de vanidad, los hace presuntuosos. En la mayoría de tales casos, se ponen a cantar victoria y a descansar sobre sus laureles. Pero Lenin no se parecía en un ápice a esta clase de jefes.

Al contrario, era precisamente después de la victoria cuando mantenía una vigilancia particular y permanecía en guardia. Recuerdo que Lenin repetía entonces con insistencia a los delegados: Primero, no dejarse embriagar por la victoria, ni tampoco envanecerse de ella; segundo, consolidar el éxito obtenido; tercero, acabar con el enemigo, porque solamente está vencido, pero todavía no aniquilado”. Se burlaba mordazmente de los delegados que afirmaban ligeramente que “se había acabado para siempre con los mencheviques”. No le resultaba difícil demostrar que los mencheviques tenían todavía raíces en el movimiento obrero y que había que combatirles con habilidad, evitando sobreestimar las fuerzas propias y, sobre todo, menospreciar las del enemigo.

“No envanecerse con la victoria”. Es precisamente este rasgo particular del camarada Lenin el que le permitía valorar con lucidez las fuerzas del enemigo y asegurar al Partido contra cualquier sorpresa.





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Fidelidad a los principios
Los jefes de un partido no pueden dejar de valorar la opinión de la mayoría de su partido. La mayoría es una fuerza con la cual un jefe no puede dejar de contar. Lenin lo comprendía tan bien como cualquier otro dirigente del Partido. Pero Lenin nunca fue prisionero de la mayoría de los intereses momentáneos del Partido si chocaban con los intereses fundamentales del proletariado.

En tales casos, Lenin, sin vacilar, se ponía al lado de los principios en contra de la mayoría del Partido. Más aún, no temía en casos semejantes intervenir literalmente solo contra todos, estimando, como decía a menudo, que “una política de principios es la única política certera”.


Los dos hechos siguientes son particularmente característicos a este respecto:

Primer hecho: Era durante el período de 1909 a 1911, cuando el Partido, deshecho por la contrarrevolución, estaba en plena descomposición. Era el período en que nadie tenía fe en el Partido, en que no sólo los intelectuales, sino en parte los obreros, desertaban en masa del Partido; período en que se rechazaba toda actividad clandestina, período del liquidacionismo y del desmoronamiento. No sólo los mencheviques, sino también los bolcheviques, estaban divididos entonces en una serie de fracciones y de corrientes distintas, desvinculadas en su mayoría del movimiento obrero. Se sabe que es precisamente en aquel período cuando nació la idea de liquidarse enteramente las actividades clandestinas del Partido, de organizar a los obreros en un partido legal, liberal, stolypiniano. Lenin fue entonces el único que no se dejó ganar por el contagio y que mantuvo en alto la bandera del Partido, reuniendo, con una paciencia asombrosa, con un tesón sin precedentes, las fuerzas del partido dispersas y deshechas, combatiendo en el interior del movimiento obrero todas las tendencias hostiles al Partido, defendiendo el principio del Partido con un valor extraordinario y una perseverancia increíble.

Es sabio que, más tarde, Lenin salió vencedor de aquella lucha por el mantenimiento del principio del Partido.

Segundo hecho: Era en el período de 1914 a 1917, en plena guerra imperialista, en el momento en que todos los partidos socialdemócratas y socialistas, o caso todos, llevados por el delirio patriotero general, se había puesto al servicio del imperialismo de sus respectivos países. Era el período en que la II Internacional inclinaba sus banderas ante el capital, en que incluso hombres como Plejánov, Kautski, Guesde, etc., no resistieron a la oleada de chovinismo. Lenin fue entonces el único hombre, o casi el único, que emprendió decididamente la lucha contra el socialchovinismo y el socialpacifismo, puso al desnudo la traición de los Guesde y de los Kautski y estigmatizó la indecisión de los “revolucionarios” que nadaban entre dos aguas. Lenin comprendía que sólo le seguía una insignificante minoría, pero para él aquello no tenía una importancia decisiva, porque sabía que la única política certera, de cara al porvenir, era la del internacionalismo consecuente; porque sabía que la política de principios era la única política acertada.

Se sabe que en aquella lucha por una nueva Internacional, Lenin resultó también vencedor.
“Una política de principios es la única política certera”. Tal era precisamente la fórmula con ayuda de la cual Lenin tomaba por asalto las nuevas posiciones “inexpugnables”, ganando para el Marxismo a los mejores elementos del proletariado.



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La fe en las masas
Los teóricos y los jefes de partidos que conocen la historia de los pueblos y que han estudiado detalladamente, desde el principio hasta el final, la de las revoluciones, a veces, padecen una enfermedad indecorosa. Esta enfermedad es el temor a las masas, a la falta de fe en el poder creador de las masas lo que, a veces, origina en los jefes cierto aristocratismo con respecto a las masas poco iniciadas en la historia de las revoluciones, pero llamada a destruir lo viejo y a construir lo nuevo. El temor de que los elementos se desencadenan, de que las masas “puedan demoler demasiado”, el deseo de representar el papel de ayas, esforzándose en instruir a las masas por medio de libro, pero sin el deseo de instruirse cerca de estas masas, éste es el fondo de tal aristocratismo.

Lenin era todo lo contrario de semejantes jefes. No conozco a ningún revolucionario que haya tenido una fe tan profunda como Lenin en las fuerzas creadoras del proletariado y en el acierto revolucionario de su instinto de clase; no conozco a ningún revolucionario que haya sabido, como Lenin, flagelar tan implacablemente a los críticos ultrapedantes del “caos de la revolución” y de la “bacanal de los actos espontáneos de las masas”. Recuerdo cómo, durante una conversación, Lenin replicó sarcásticamente a un camarada que había dicho que “después de la revolución debía establecerse un orden normal”: “Es una desgracia que los que desean ser revolucionarios olviden que el orden más normal en la historia es el de la revolución”.

De aquí su desdén hacia todos los que se comportaban de una manera altiva con las masas e intentaban instruirlas por medio de libros. Es por esto por lo que Lenin repetía incansablemente que había que aprender de las masas, comprender el sentido de sus acciones, estudiar atentamente la experiencia práctica de su lucha.

La fe en las fuerzas creadoras de las masas: tal es el aspecto particular de las actividades de Lenin, que le daba las posibilidades de comprender la significación del movimiento espontáneo de las masas y de orientarlo por el cauce de la revolución proletaria.

El genio de la revolución
Lenin había nacido para la revolución. Fue realmente el genio de las explosiones revolucionarias y el gran maestro en el arte de dirigir las revoluciones. Nunca se sentía tan a gusto, tan feliz, como en la época de las conmociones revolucionarias.

Pero no quiero decir con ello, en modo alguno, que Lenin aprobara en la misma medida tal conmoción revolucionaria, ni que se pronunciara siempre y en cualquier circunstancia a favor de las explosiones revolucionarias. De ningún modo. Quiero decir solamente que nunca la perspicacia de Lenin se manifestaba con tanta plenitud, con tanta precisión, como en los momentos de explosiones revolucionarias. En los días de virajes revolucionarios florecía literalmente, adquiría el don de la doble vista, adivinaba con anticipación el movimiento de las clases y los zigzags probables de la revolución como si los leyese en la palma de la mano. Con razón se decía en el Partido: “Ilich sabe nadar en las oleadas de la revolución como el pez en el agua”.

De aquí la claridad “asombrosa” de las consignas tácticas de Lenin y la audacia “vertiginosa” de sus planes revolucionarios.

Dos hechos particularmente característicos y que subrayan aquella peculiaridad de Lenin me vienen ahora a la memoria.

Primer hecho: Era la víspera de la Revolución de Octubre, cuando millones de obreros, campesinos y soldados, empujados por la crisis en la retaguardia y en el frente, exigían la paz y la libertad; cuando los generales y la burguesía preparaban la instauración de una dictadura militar, con objeto de llevar la guerra “hasta el final”; cuando Kerenski intentaba hundir al Partido Bolchevique en la ilegalidad y lo había conseguido en parte; cuando los ejércitos, todavía poderosos y disciplinados, de la coalición austro-alemana se erguía frente a nuestros ejércitos cansados y en estado de descomposición, y los “socialistas” de la Europa occidental según manteniendo tranquilamente el bloque con sus gobiernos, con objeto de proseguir “la guerra hasta la victoria completa”...

¿Qué significaba desencadenar una insurrección en aquel momento? Desencadenar una insurrección en tales condiciones, era arriesgarlo todo. Pero Lenin no temía arriesgarlo, porque sabía y veía con su mirada clarividente que la insurrección en Rusia pondría en pie a las masas agotadas de Occidente, que la insurrección en Rusia transformaría la guerra imperialista en guerra civil, que de esta insurrección nacería la República de los Soviets, que la República de los Soviets serviría de baluarte al movimiento revolucionario en el mundo entero.

Se sabe que aquella previsión revolucionaria de Lenin se cumplió luego con una precisión sin par.


Segundo hecho: Era en los primeros días que siguieron a la Revolución de Octubre, cuando el Consejo de Comisarios del Pueblo intentaba obligar al general rebelde Dujonin, generalísimo de los ejércitos rusos, a suspender las hostilidades y entablar negociaciones con los alemanes con vistas a un armisticio. Recuerdo cómo Lenin, Krilenko (el futuro jefe supremo) y yo nos fuimos al Estado Mayor Central de Petrogrado para ponernos en comunicación con Dujonin por cable directo. Era un momento angustioso. Dujonin y el Gran Cuartel General se habían negado categóricamente a cumplir la orden del Consejo de Comisarios del Pueblo. El cuadro de mando del ejército se encontraba enteramente en manos del Gran Cuartel General,. En cuanto a los soldados, se ignoraba lo que diría aquel ejército de doce millones de hombres sometidos a las llamadas organizaciones del ejército, que eran hostiles al Poder de los Soviets. En Petrogrado mismo, como se sabe, se incubaba entonces la insurrección de los alumnos de las escuelas de guerra. Además, Ketenski avanzaba en tren de guerra sobre Petrogrado. Recuerdo que, después de un momento de silencio junto al aparato, el rostro de Lenin se iluminó de no sé qué luz extraordinaria. Se veía que Lenin había tomado ya una decisión. “Vamos a la emisora de radio, dijo Lenin, nos presentará un buen servicio; destituiremos, por orden especial, al general Dujonin; en su lugar nombraremos al camarada Krilenko jefe supremo y nos dirigiremos a los soldaos por encima de los mandos, exhortándoles a aislar a los generales, a cesar las hostilidades, a entrar en contacto con los soldados austroalemanes y a tomar la causa de la paz en manos propias”.

Era un “salto en lo desconocido”. Pero Lenin no tenía miedo a aquel “salto”; al contrario, se anticipaba a él, porque sabía quem ejército quería la paz y que la conquistaría barriendo todos los obstáculos puestos en su camino, porque sabía que aquel medio de establecer la paz tendría repercusión sobre los soldados austroalemanes y reavivaría el deseo de paz en todos los frentes sin excepción.

Es sabido que también aquella previsión revolucionaria de Lenin se cumplió más tarde con plena exactitud.

Una perspicacia genial, una facultad de comprensión, de adivinar rápidamente el sentido profundo de los acontecimientos inminentes; tales eran precisamente las cualidades propias de Lenin que le permitían elaborar una estrategia certera y una línea de conducta clara en los virajes del movimiento revolucionario.


Fuente:
"Pravda". Traducción Rosario Bruno.

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