Un gran manto de olvido ha cubierto durante muchos años la participación española en la Resistencia francesa.
Tras
el fin de la Segunda Guerra Mundial, los franceses se dedicaron a
construir una historia de la Resistencia que ignoraba la importante
presencia de extranjeros en la liberación de Francia, y que convertía a
los franceses en los protagonistas indiscutibles de la lucha que se
libraba en Europa contra el nazismo.
Pero
si la presencia de los republicanos españoles fue ignorada, la de las
mujeres ha sido completamente silenciada, convirtiéndose, muy a su
pesar, en protagonistas invisibles de una historia de olvido.
Ha
llegado el momento de levantar ese manto de silencio y de recuperar la
memoria de todas estas mujeres anónimas que arriesgaron su vida porque
el mundo recuperara la libertad.
Este es, sin duda, el principal objetivo de esta intervención.
Porque
como muy bien señaló el escritor francés André Malraux ya en 1975: “Los
que han querido confinar a la mujer al simple papel de auxiliar de la
Resistencia, se equivocan de guerra”.
De guerra sabían mucho ya las mujeres españolas cuando estalló la Segunda Guerra Mundial.
El triunfo del levantamiento franquista en España las había empujado al exilio huyendo de los bombardeos.
En
las últimas semanas del mes de enero y principios de febrero de 1939,
cerca de 500.000 españoles cruzaron los pasos pirenaicos en la más
importante emigración forzosa de la historia de España.
Niños,
ancianos, mujeres, soldados y familias enteras comenzaron entonces un
largo peregrinar por medio mundo, aunque los dos lugares más importantes
de asentamiento de estos españoles desarraigados serían Francia y
México. [1]
Huyendo
de un destino que se presentaba incierto, los refugiados depositaron
sus esperanzas en el país vecino, una tradicional tierra de asilo y cuna
además de los Derechos del Hombre.
Pero
las autoridades francesas, nada habían previsto, pese a que la derrota
del ejército republicano se hacía cada vez más evidente.
Días y noches a la intemperie, muertos de frío y hambre, los exiliados españoles esperaron su turno para cruzar la frontera.
Ya
en suelo francés, los gendarmes se encargarían de separar a las
familias. Los hombres que estaban en condiciones de trabajar fueron
conducidos a campos de concentración, mientras que las mujeres, los
niños, los enfermos y los ancianos fueron evacuados masivamente a
improvisados albergues y centros de acogida en diversos departamentos
del interior.
Pese
a las manos que les tenderán algunos franceses solidarios con su
situación, en general, el recibimiento del pueblo francés será hostil.
Además, la prensa conservadora y de extrema derecha se encargará de
exaltar aún más los ánimos.
“Invasión
de refugiados”, “ruinas humanas”, “marea de fugitivos”, “bestias
carnívoras de la Internacional” o “la hez de los bajos fondos y de las
cárceles”, [2] serán algunos de los calificativos que recibirán los republicanos españoles.
Las
condiciones de vida durante los primeros meses en los campos de
concentración de Argelès, Saint Cyprien y Barcarès serán especialmente
duras.
Playas
desnudas, rodeadas de alambradas sin un lugar donde guarecerse del
frío, sin apenas nada que llevarse a la boca, sin medidas de higiene,
sin medicamentos, bebiendo agua salobre y haciendo sus necesidades en la
playa, de donde procedía el agua que bebían.
Con estas condiciones, serán muchos españoles que mueran en los primeros momentos de su llegada a Francia.
Aunque
algunas mujeres vivirán en primera persona esta realidad, serán una
minoría. La mayor parte pasarán estos primeros meses de exilio en
albergues y centros de acogida donde las condiciones de vida no serán,
sin embargo, mucho mejores.
En
escuelas, cuarteles, granjas, cuadras o viejas fábricas dormirán en el
suelo o sobre paja, sin agua caliente, sin ropa de abrigo, sin apenas
comida con la que alimentar a sus hijos y con la incertidumbre de no
saber cuál es la situación de sus familiares encerrados en los campos de
concentración.
Muy
pronto, las autoridades francesas intentarán deshacerse de unos
refugiados que consideran una “gran carga” para su economía y fomentarán
las repatriaciones a terceros países, sobre todo, de América Latina y
el retorno a España, incluso recurriendo en muchas ocasiones al engaño. [3]
Con
el inicio de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres españolas tendrán
que continuar su particular lucha por la supervivencia. Una orden de
abril de 1940, que decretaba el cierre definitivo de todos los
albergues, complicará aún más su situación. [4]
Sometidas
a la presión de las autoridades francesas, las mujeres se debatirán
entre regresar a España, desde donde llegan noticias de que se ha
desatado una brutal represión, reemigrar a terceros países, una
posibilidad no siempre al alcance, o iniciar en Francia una vida en la
clandestinidad.
Pero
no era fácil regularizar la situación y conseguir los papeles
necesarios. Además, las mujeres no eran consideradas un colectivo
interesante para la economía nacional.
Si
no disponían de una familia establecida en el país, sus posibilidades
de permanencia eran escasas. Algunas trabajarán en el campo, otras como
criadas y las menos en fábricas; pero son muchos los testimonios que nos
hablan de la situación de explotación y vejaciones que sufrirán por
parte de sus patronos.
Y,
pese a todo, las mujeres siempre estarán en primera línea cuando se
trate de impedir una injusticia. Fueron mujeres las que primero se
rebelaron contra la decisión de las autoridades francesas de trasladar
en marzo de 1941 a los brigadistas del campo de Argelès al norte de
África.
Conocedoras
de las duras condiciones de los campos en las posesiones francesas del
África septentrional, donde muchos refugiados encontraban finalmente la
muerte, trataran de impedir este traslado.
Como
recuerda una de las protagonistas, Ana Pujol: “Los hombres vacilaban y
no se atrevían, temiendo las consecuencias del levantamiento.
Y
las mujeres decidimos llevar nosotras la lucha (...) Fue el campo de
mujeres el que se levantó, en una protesta tan unánime y violenta, que
las propias fuerzas que nos guardaban cogieron miedo.
En
pocos minutos, la avalancha de mujeres avanzando hacia el reducto donde
se intentaba sacar a rastras de sus barracas a los internacionales
rompió las alambradas y lo arrolló todo”. [5]
Pero
éste no fue un episodio aislado. Neus Catalá en su estremecedor libro
“De la Resistencia y la deportación”, recoge el testimonio de 50 mujeres
españolas que participaron en esta “nueva batalla contra el fascismo
internacional”. “Las mujeres españolas!, recuerda Neus, “las muchachas
de la JSU nos incorporamos de mil y una maneras al combate.
No fuimos simples auxiliares, fuimos combatientes.
De
nuestro sacrificio, de nuestra sangre fría, de nuestra rapidez en
detectar el peligro dependía a veces la vida de decenas de
guerrilleros”. [6]Como
la propia Neus Catalá, fueron muchas las mujeres que se incorporaron a
las filas de la Resistencia tras la ocupación de Francia por los nazis
en mayo de 1940.
Como
enlaces, en las redes de evasión, transportando correos, municiones,
armas o mensajes, dando cobijo a los perseguidos por la Gestapo y la
Milicia francesa, confeccionando o distribuyendo prensa clandestina e
incluso empuñando armas en batallas tan importantes como la de La
Madeleine.
Eran
conscientes del peligro, pero sentían que cumplían con su deber. Neus
comenta: “Cuando entrábamos en la Resistencia éramos conscientes del
peligro. Teníamos un 90% de posibilidades de caer. Pero caía uno, y
sabíamos que diez nos remplazarían (...)
Como las demás, cumplí sencillamente con mi deber. Me llamaron y respondí”. [7]
Para algunas mujeres, su trabajo en la Resistencia se convirtió en el
centro de su existencia. Regina Arrieta recuerda: “Al principio éramos
pocos los que hacíamos la Resistencia. Fueron años durísimos, pero
exaltantes.
A mí me pareció que mi vida comenzó el día que pasé a formar parte de la Resistencia para luchar contra el ocupante nazi”. [8] Otra mujer confirma estas palabras:
“Mis
compañeros y compañeras militantes españoles nos unimos en seguida a la
Resistencia, en Francia, contra los nazis, porque aquella lucha la
sentíamos como propia, considerábamos un deber defender la libertad
donde fuese, como en España, frente al alemán, porque era nuestro
virtual enemigo, los que habían ayudado a Franco a ganar la guerra” [9]
Así,
muchas mujeres que no habían ejercido actividades políticas ni
militares durante la Guerra Civil, encontraron en la Resistencia
francesa su oportunidad para poder luchar contra el fascismo. [10]
Ingrid
Strobl en su magnífico libro Partisanas comenta: “Las mujeres tuvieron
una aportación decisiva en la lucha contra el fascismo y el
nacionalsocialismo.
Entrevistas
con activistas e investigadores han demostrado que la infraestructura
de todo tipo de resistencia fue creada sobre todo por mujeres (...)
Pero
mientras el luchador activo, al ser detenido, todavía podía intentar
defenderse con su arma, la mujer desarmada, con su cesto de la compra
lleno de octavillas ilegales estaba totalmente a merced de sus
perseguidores ”. [11]
Fueron
muchas las mujeres que fueron ejecutadas por su trabajo en la
Resistencia, o que padecieron infinidad de torturas al negarse a delatar
a un compañero, o que murieron en el infierno de los campos de
extermino nazis.
Y, sin embargo, para todas estas mujeres no hubo apenas reconocimientos ni menciones de honor.
El
simple hecho de ser mujer fue motivo suficiente para no ser vistas y
para que su importante contribución a la Resistencia fuera ignorada.
Como
apunta con gran acierto Antonina Rodrigo en su obra “Mujer y exilio”:
“Ellos intervinieron en la guerra, en el maquis, en la resistencia (...)
y pasaron a la historia, se les condecoró, se les dedicaron monumentos.
Ellas
también hicieron la guerra, estuvieron en el maquis, en la resistencia
(...), pero en los libros de historia la mujer siguió ausente, no han
recogido sus batallas”. [12]
Además,
a diferencia de sus compañeros, las mujeres tuvieron que compatibilizar
su trabajo en la Resistencia con su papel de madres.
José
Martínez Cobo, dirigente del PSOE en el exilio, asegura: “Las mujeres
en la Resistencia han sido utilizadas siempre para transmitir mensajes,
mantener lugares seguros y también han tenido el dificilísimo papel de
correr todos los riesgos que corría el hombre y al mismo tiempo mantener
la familia”. [13]
Regina Arrieta afirma: “En mi casa se hacían reuniones, se confeccionaban octavillas.
Tenía que trabajar, criar a mi hijo y hacer la Resistencia”. [14]
Otra
refugiada Jesusa Bermejo explica cómo hasta la propia policía se
marchaba de su casa, punto de reunión de resistentes, al ver a tantos
niños: “La policía siguió visitando mi casa, pero se quedaba poco
tiempo, al ver el panorama de tanto crío; los cinco de la hermana
muerta, la de mi hermana en la cárcel y los míos, todos muertos de
hambre y llenos de sarna”. [15]
También hubo menores de edad entre las resistentes. Josefa Bas empezó a trabajar con el maquis de Dordogne a los 16 años.
La
misma edad tenía Lina Bosque cuando empezó a realizar labores de
enlace. Esta niña-mujer recorría largas distancias a pie o en bicicleta
para llevar papeles, cartas o mensajes.
“Como
era una cría (...), acompañaba a los compañeros y decían que conmigo
pasaban más desapercibidos”. Sin embargo, y pese que exponía su vida
como los demás, Lina tuvo problemas con algunos de sus compañeros
varones.
“Una
cosa que me hizo mucha gracia fue que pedí el ingreso en el Partido,
pero me dijeron que era demasiado joven. Es decir, que para eso me
encontraban demasiado joven, y no lo era para hacer todas aquellas cosas
que me hacían hacer (en la Resistencia)”. [16] A veces, los compañeros varones tampoco veían con buenos ojos la presencia de las mujeres en la guerrilla.
Regina
Arrieta recuerda su experiencia al llegar al maquis: “Allí fui acogida
con toda naturalidad y afecto, menos por un oficial de la Marina
española Republicana, que no toleraba la presencia de las mujeres en la
guerrilla”. [17]
Pese
a estas reticencias, algunas mujeres ocuparon puestos importantes en el
organigrama guerrillero como la nombrada Regina Arrieta, que perteneció
a la dirección de la MOI (Mano de Obra Inmigrada) en Toulouse [18]
o Nati Molina “La Peque” y Carmen (otra mujer sin apellido), que
formaban parte del Estado Mayor de la Agrupación de Guerrilleros
Españoles y que se encargaban de asegurar la comunicación entre las
diferentes unidades.
Sin embargo, no se tiene recuerdo de ellas y sus nombres se han esfumado como el de otras muchas en el tiempo. [19]
Mujeres
jóvenes, anónimas, procedentes de las capas populares, que se vieron
inmersas en el torbellino de cambios sociales, culturales, económicos y
políticos que trajo la República de 1931. Mujeres que se vieron forzadas
a un exilio que las condujo a un nuevo frente, el que se libraba en
Europa contra el fascismo internacional.
Su
labor como enlaces fue fundamental. Aseguraban las comunicaciones entre
los diversos grupos guerrilleros. Recorrían a veces más de 100
kilómetros para transportar un parte o una orden militar, llevar
municiones, armas, dinero, cartillas de racionamiento, etc.
Como
los autobuses eran lugares muy peligrosos y sometidos a constantes
inspecciones, la mayoría de las veces recorrían largas distancias a pie o
en bicicleta. La labor de enlace requería una gran resistencia moral y
física. Los enlaces eran los que más se exponían y corrían el peligro de
ser torturados en caso de detención.
Además, las mujeres enlaces no llevaban armas y, a veces, sólo tenían piedras para defenderse de las pistolas. [20]
Las
mujeres también eran utilizadas para transportar explosivos, que
servían para destruir más tarde vías férreas y postes eléctricos. Luisa
Alda recuerda cómo guardaba en el carrito de su niña materiales
explosivos que luego se utilizaban para destruir vías de comunicación.
Y
todo con el único objetivo de escapar de los controles de la Gestapo.
Las refugiadas españolas se encargaban también de mantener puntos de
apoyo, refugios seguros donde los “quemados” -personas perseguidas por
los nazis o la Milicia francesa- podían esconderse o curarse las heridas
antes de regresar al maquis.
En
estos refugios se diseñaban además planes militares o se guardaban
papeles falsos, salvoconductos o instrumentos para la impresión de
octavillas o prensa clandestina.
Los sabotajes tampoco estaban reservados a los hombres.
Muchas
mujeres realizaban sabotajes en las fábricas alemanas donde trabajaban.
Soledad Alcón recuerda como para la conmemoración del armisticio de la
Primera Guerra Mundial, decidieron celebrarlo con una serie de sabotajes
en la fábrica.
Ella se presentó voluntaria y paró todo el taller. [21]
La
presencia femenina también fue muy importante en las cadenas de
evasión, una de las primeras formas de Resistencia contra el ocupante
nazi.
Muy pronto se crearon redes que ayudaban a personas perseguidas a atravesar por diversos pasos de montaña la frontera pirenaica.
Sin
duda, una de las redes más importantes y efectivas fue la creada por el
anarquista oscense Francisco Ponzán, François Vidal en la Resistencia,
que formaba parte de la red Pat O’Leary, organizada por los servicios
secretos ingleses para sacar del territorio francés a los aviadores
británicos que caían en Francia.
Pilar
Ponzán, hermana del fundador de la red, fue uno de los miembros de esta
cadena junto a las también españolas Alfonsina Bueno Ester y Segunda
Montero. [22]
Como
se puede apreciar por los testimonios que he expuesto durante mi
intervención, la participación de las mujeres españolas en la
Resistencia francesa fue amplia y variada.
Pero
pese a esta multiplicidad de actuaciones, su contribución a la
liberación de Francia ha sido completamente obviada durante años.
En
un coloquio que se celebró en París en el año 1996, la vicepresidenta
de la Federación de Asociaciones y Centros de Españoles Emigrantes en
Francia (Faceef) y coordinadora del coloquio, Francisca Merchán, se
preguntaba por esta cuestión: “¿Por qué hay todavía miedo a decir que
las mujeres tomaron parte activa en la guerra y en la Resistencia (...)?
[23]
Hoy,
casi nueve años después, la investigación sobre este asunto es todavía
muy escasa y sus protagonistas, las mujeres, continúan siendo unas
desconocidas, relegadas a la labor de meras auxiliares en una historia
protagonizada por los hombres. “Para ellos, los honores; para nosotras,
el olvido”, comenta con amargura Regina Arrieta. [24]
De
este olvido han tratado de rescatarlas otras mujeres. Fundamental, sin
duda, para conocer en primera persona el relato de estas resistentes el
libro de Neus Catalá, que les da voz a todas ellas.
O
los testimonios recogidos por otra mujer resistente Tomasa Cuevas; o
los trabajos de Giuliana di Febo, Ingrid Strobl, Antonina Rodrigo, María
Fernanda Mancebo, Pilar Domínguez, Mary Nash, Alicia Alted... [25]
Sus
compañeros varones, preocupados durante algún tiempo por su propio
olvido, descuidaron la importante labor de sus mujeres, que se
convirtieron en las víctimas de un nuevo silencio.
El
poeta asturiano José María Álvarez Posada, “Celso Amieva”, escribía una
carta a su amigo Eduardo Pons Prades para que incluyera en su libro un
poema, que sirviera de homenaje a las mujeres que reconocía “con
frecuencia hemos olvidado”.
“Sin
ellas, bien lo sabes”, proseguía, “nosotros, los valientes, los
heroicos guerrilleros, nos hubiéramos hundido moralmente más de una vez
y, en el plano digamos operacional, pegado más morradas que pelos
tenemos en la cabeza. Por eso te envío estos versos dedicados a las
muchachas del maquis”.
Las
primeras líneas de su poema dicen: “Quiero nombrar aquí a las
compañeras abnegadas y anónimas, enlaces y escuchas, auxiliares y
guerrilleras o heroicas enfermeras, valientes y eficaces”. [26]
Como
sus compañeros varones, sufrieron las penurias de los campos de
concentración franceses, los peligros de la vida clandestina y la
Resistencia.
Fueron
detenidas, torturadas, ejecutadas y conducidas al infierno de los
campos de exterminio nazis, donde muchas encontrarían la muerte.
Y, sin embargo, continúan siendo las grandes desconocidas de una historia que todavía está por escribir.
Notas
[1]
Un estudio completo de las distintas oleadas migratorias se puede
encontrar en RUBIO, J., La emigración de la Guerra Civil 1936-1939.
Historia del éxodo que se produce con el fin de la II República
Española, Madrid, Editorial San Martín. 3 vols.,1977.
[2]
Titulares de la prensa francesa citados en DREYFUS-ARMAND, G., El
exilio de los republicanos españoles en Francia, Barcelona, Crítica,
2000, pág. 48 y 49
[3]
Testimonio de Rosa Laviña, recogido por SORIANO, A., Exodos. Historia
oral del exilio republicano en Francia, 1939-1945, Barcelona, Crítica,
1989, pág. 174.
[4] ALTED, A., “El exilio republicano español de 1939 desde la perspectiva de las mujeres”, Arenal, número 2, 1997, pp. 223-238.
[5] SECUNDINO, S., La última gesta. Los republicanos que vencieron a Hitler (1939-1945), Madrid, Aguilar, 2005, pág. 399.
[6] CATALÁ N., De la resistencia y la deportación. 50 testimonios de mujeres españolas, Barcelona, Adgena, 1984, págs. 16 y 17.
[7] Ibidem
[8] Idem, pág. 54
[9] RODRIGO A., Mujer y exilio 1939, Barcelona, Flor de Viento, 2003, pág. 215
[10]
YUSTA, M., Guerrilla y resistencia campesina. La resistencia armada
contra el franquismo en Aragón (1939-1952), Zaragoza, Prensas
Universitarias de Zaragoza, 2003, pág. 83
[11]
STROBL, I., Partisanas. La mujer en la resistencia armada contra el
fascismo y la ocupación alemana (1936-1945), Barcelona, Virus Editorial,
1936, pág. 29
[12] RODRIGO, A., Op. Cit., pág. 21
[13] MARTIN, J., Y CARVAJAL, P., El exilio español (1936-1978), Barcelona, Planeta, 2002, pág.171
[14] CATALA, N., Op. Cit., pág. 54
[15] CATALA, N., Op. Cit., pág. 70
[16] CATALA, N., Op. Cit., pág. 76
[17] CATALA, N., Op. Cit., pág. 54
[18] CATALA, N., Op. Cit., pág. 55
[19] SERRANO, S., Op. Cit, pág. 407
[20] CATALA, N., Op. Cit., pág. 44
[21] CATALA, N., Op. Cit., pág. 43
[22]
Sobre la red Pat O’Leary véase TELLEZ, A., La red de evasión del grupo
Ponzán. Anarquistas en la guerra secreta contra el fascismo y el
nazismo, Virus, Barcelona, 1996 y PONZAN, P., Lucha y muerte por la
libertad. Memorias de nueve años de guerra: 1936-1945. Ed. de la autora,
Barcelona, 1996
[23]
Actas del coloquio organizado por la Faceef los días 9 y 10 de junio de
1995 en el Instituto Cervantes de París. Memorias del olvido, La
contribución de los españoles a la Resistencia y a la liberación de
Francia (1939-1945), París, Faceef, 1996, pág. 161
[24] CATALA, N., Op. Cit., pág. 56
[25]
CUEVAS, T., Mujeres de la Resistencia, Barcelona, Siroco, 1986; CUEVAS,
T., Mujeres de las cárceles franquistas, 2 vols.; I, Madrid, s/a; II.
Barcelona, 1985; DI FEBO, G., Resistencia y movimiento de mujeres en
España (1936-1976), Barcelona, Icaria, 1979 ; MANCEBO, M.F., “Las
mujeres españolas en la Resistencia francesa”, Espacio, Tiempo y Forma,
Serie V, 1996, págs. 239-256; DOMINGUEZ, M.P., Voces del exilio. Mujeres
españolas en México, 1939-1950, Madrid, Dirección General de la Mujer,
1994; NASH, M., Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil,
Madrid, Taurus, 1999.
[26] PONS PRADES, E., Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial, Barcelona, La Esfera de los Libros, 2003, pág. 26



