10 de abril de 2026

Día de la Cosmonaútica. Cuando los obreros expertos soviéticos, se adelantaron una década en la exploración del espacio.

Con apenas 27 años, el 12 de abril de 1961 Gagarin se convertía en el primer hombre en viajar al espacio.

Con apenas 27 años, el 12 de abril de 1961 Gagarin se convertía en el primer hombre en viajar al espacio.

Por Yuri Stoliarov. Publicado en ¡СТАЛИН - НАШЕ ЗНАМЯ! (¡STALIN - NUESTRA BANDERA!) y ☭ ☆ ИОСИФ ВИССАРИОНОВИЧ СТАЛИН ☭ ☆(IOSIF BISSARIONOVICH STALIN). Traducción Nestor Guadaño.

CON MOTIVO DEL PRÓXIMO DÍA DE LA COSMONAUTICA

Quedan pocos días para el aniversario de un acontecimiento verdaderamente grandioso, una fecha que conservará su importancia mientras siga existiendo la civilización humana. El 12 de abril de 1961, un hombre cumplió el sueño de toda una vida: dio un paso más allá de los límites de la Tierra, hacia el espacio… 

¡Y fue un hombre nuestro, un hombre soviético! La hazaña de Yuri Gagarin, que superó todas las etapas de un entrenamiento extremadamente complejo, agotador y sencillamente peligroso, que se subió a la nave espacial sabiendo, por palabras de Koroliov, que la probabilidad de éxito era de aproximadamente el 50 %, y que, a pesar de ello, encontró en sí mismo la fuerza para pronunciar, sonriendo, su famoso «Vamos» —¡eso es una hazaña!

Sin embargo, lo más importante ni siquiera es eso: en el cuerpo de cosmonautas había muchas personas dignas y, por ejemplo, Germán Titov, el suplente de Gagarin, bien podría haberse convertido en el primer cosmonauta de la Tierra. Lo importante es que el Estado, el pueblo y la Unión Soviética fueron capaces de crear unas condiciones, una tecnología y unas personas que, a pesar de las dificultades, a veces increíbles, lograron alcanzar el liderazgo en este gran camino hacia las estrellas.

Todo el mundo sabe que la URSS libró una lucha sin cuartel contra los países occidentales en todos los frentes, incluido el espacial… ¿Por qué fuimos los primeros? ¿Por qué Estados Unidos, que contaba con el potencial científico del antiguo programa espacial alemán y con sus científicos, en particular con Wernher Von Braun y su equipo, quedó en segundo lugar? ¿Cómo es posible que un país que, apenas 12 años antes, había sufrido la guerra más terrible de su historia y de la historia de la humanidad, que participaba en la carrera armamentística, y que estaba colonizando las tierras vírgenes, lanzara el 4 de octubre de 1957 el primer satélite artificial de la Tierra y, en 1961, enviara al primer cosmonauta?

Este logro histórico fue posible porque toda la Unión Soviética, se lanzó de forma organizada, meditada, y con gran entusiasmo, a la realización del proyecto espacial y estaba mejor preparada que nadie para tareas de este tipo. 

Una de las ventajas más importantes del socialismo, que permite resolver tareas de proporciones titánicas, es la posibilidad de concentrar de forma centralizada las fuerzas productivas y los recursos en los sectores clave. Por esta razón, a la hora de llevar a cabo grandes iniciativas y proyectos, el capitalismo siempre saldrá perdiendo frente al socialismo. 

Por cierto, la posibilidad de ganar la carrera lunar a los Estados Unidos solo surgió cuando se convirtió en una cuestión de interés nacional, y se empezó a abordar con métodos cercanos a los socialistas.

No voy a detenerme en detalle en cómo se preparó el lanzamiento de Gagarin, en la «epopeya canina» ni en el desarrollo del vuelo. Pero hay que destacar sin falta los brillantes logros que alcanzó la ciencia soviética en aquella época. 

Ya en vida de Stalin, en 1953, comienzan los trabajos sobre el cohete R-7. Oficialmente, se trataba de un cohete militar, destinado a transportar munición nuclear a una distancia de entre 8.000 y 10.000 kilómetros. Pero el proyecto lo dirigía un hombre cuyo nombre pronto pasaría a la historia, un hombre que, al crear el R-7, no podía dejar de pensar en su sueño: el vuelo al espacio, hacia otros mundos y estrellas. Serguéi Pavlovich Koroliov, una de las pocas personas a las que se puede llamar sin rodeos genios… Sin embargo, como dice el refrán, «uno solo no es un ejército»: Koroliov dirigía la OKB-1, que contaba con numerosos científicos magníficos, y también había muchos de ellos en la OKB-456 y en el TsAGI.

Nombres como Glushko y Yangel —dos grandes «impulsores»—, el teórico de la cosmonáutica Keldysh, el maestro de los satélites y las naves espaciales Chelomei, y muchos otros pueden citarse en esta ilustre lista. 

Todos ellos son alumnos de la escuela científica soviética y de la escuela del trabajo soviética. Sus éxitos demuestran claramente la fuerza, la sabiduría y la incondicional viabilidad del modelo soviético de orden socioeconómico. Porque, como decía Aristóteles: «Un buen Estado engendra grandes hombres, y uno malo, lo contrario». Un papel enorme para que el primer hombre en pisar el espacio fuera nuestro, lo desempeñaron también esos miles de trabajadores soviéticos anónimos, pero no por ello menos importantes y nobles en su labor. Obreros expertos, que fueron capaces de crear aparatos cuyos equivalentes solo pudieron fabricarse tres o cinco años más tarde gracias al poderío científico conjunto de Occidente.

No es de extrañar que, cuando regresó, todo el país lo celebrara al unísono: fue nuestra gran victoria común. Los Estados y los pueblos pasan a la historia de diversas maneras: unos se hacen famosos por sus conquistas, otros por su riqueza. 

Pero lo que ocurrió entonces glorificará para siempre al gran Estado y al gran pueblo que abrieron una nueva era para toda la humanidad: la era de la expansión hacia un espacio ilimitado e inexplorado, la era de la gran conquista de horizontes infinitos, la era en la que el hombre llevará la vida al universo para, algún día, tal vez, encontrarse con seres similares a él. Y entonces todo el planeta ardía con ese entusiasmo: olvidando los terribles cuentos y la propaganda, los habitantes de los países capitalistas lo recibían con flores y manifestaciones a Él, el vencedor, el hombre soviético… 

Por desgracia, a Gagarin no le estaba destinado llegar a una vejez venerable, pero su muerte fue digna de su vida. Tras realizar su hazaña, no se «subió a la nube» ni se «convirtió en una estatua de bronce», sino que continuó una vida activa, llena de riesgos y victorias. Siguió trabajando como piloto de pruebas y murió en el cumplimiento de su deber a los 34 años, en 1968.

La Cosmonaútica. 

Una gran industria, el futuro de la humanidad. Hubo un tiempo en que esta sola palabra podía despertar en el ciudadano soviético un sentimiento de orgullo ardiente y merecido. Fuimos los primeros. Tanto en 1957 con el Sputnik como en 1961 con Gagarin. 

Fuimos los mejores: en cuanto al número total de lanzamientos de cohetes desde 1957, nuestro país supera a EE. UU. en más del doble. Es más, en los años 70 y 80, los años del «estancamiento», la diferencia a favor de la URSS era colosal: 909 lanzamientos en la década de 1970 por nuestra parte frente a 273 en Estados Unidos, y en la década de 1980, nada menos que 954 frente a 161. No solo fuimos los primeros, sino también los mejores. 

Ampliamos los límites de lo posible para la humanidad. En sentido literal práctico y también figurado de futuro, alcanzábamos alturas y distancias que eran inalcanzables para nadie más. Incluso en las canciones, incluso en los chistes, lo sabíamos con certeza: ¡pero nosotros fabricamos cohetes! ¡El espacio era el sueño de generaciones!

¿Y qué pasa ahora? 

La actual Roscosmos, ha empezado a aparecer con mucha más frecuencia en el torbellino informativo, no por descubrimientos espaciales, sino por escándalos espaciales.

Mientras tanto, el señor Rogozin no deja de lanzar ideas. Por ejemplo, propuso decorar los cohetes nacionales con motivos de Gzhel y Jochlomá. El espectáculo debe de ser, sin duda, inolvidable. Bromas aparte, cuando el autor de estas líneas leyó por primera vez sobre una idea tan racional y oportuna del jefe de la cosmonaútica nacional, pensó: «¿No será hora de llamar a los enfermeros?». 

Incluso en nuestro mundo, gravemente enfermo de la cabeza y sumido en una crisis global de la formación capitalista, esto resulta un poco excesivo. Demasiado delirante para ser verdad. ¡Pero no, subestimé de lo que es capaz nuestra burocracia rusa!

Lo que en su día fue una industria puntera —en el país y en el mundo—, una industria símbolo, una industria de orgullo, una industria de ensueño, se desliza vertiginosamente, a la velocidad de un cohete, hacia una especie de vergüenza incesante. Todos los que miran con el corazón en un puño el cielo nocturno, todos los que recuerdan y aman la inolvidable sonrisa de Gagarin: ¿acaso vamos a permitir que todo esto siga así? 

El sueño espacial de generaciones se desvanece, lo achican y lo destrozan por la pobreza, y en realidad, por la flagrante ineficacia del sistema actual. Un sistema que no necesita lejanías ni alturas. Un sistema al que no le importa el espacio. En su momento, el pueblo cuyo símbolo era la estrella roja casi alcanzó otros astros e inscribió sus nombres con letras de oro en la historia de la civilización. ¿Hoy por qué nos recordarán a nosotros?

Precisamente ahora, precisamente hoy —en vísperas del próximo Día de la Cosmonáutica—, es necesario hablar y reflexionar sobre esto…

Enlace original

Enlace adicional:

El lanzamiento de "Luna 1", convirtió a la cosmonáutica soviética en una idea exclusivamente terrenal.

Inscrito por Pável Vich. Redactado por Vladímir Barishev. Traducción Nestor Guadaño.

Para lograr el hito de enviar el primer ser humano al espacio, la URSS circunnavegó la luna y envió otras misiones posteriores, a fin de investigar nuestro satélite, también es importante consignar esta hazaña soviética.

El 2 de enero de 1959, el primer intento de la humanidad por llegar a la Luna no salió según lo planeado. La estación Soviética "Luna 1" falló su objetivo, pero en lugar de fracaso trajo descubrimientos, que cambiaron las nociones de espacio para siempre, y abrieron el camino al espacio interplanetario.

El lanzamiento de la estación tuvo lugar el 2 de enero de 1959 a las 22 horas 41 minutos hora de Moscú desde el cosmódromo de Baikonur. Para recuperar la máquina se utilizó una modificación de un cohete intercontinental P-7 con una tercera etapa adicional diseñada para impulsar la máquina a una segunda velocidad espacial. Después del lanzamiento, las primeras etapas del cohete funcionaron correctamente. Sin embargo, se produjo un error en el sistema de control de la tercera etapa mientras se formaba una trayectoria. Como resultado, el motor funcionó más tiempo que el tiempo calculado, informando al dispositivo con exceso de velocidad.
Esto dio como resultado que la estación pasara junto a la luna a una distancia de unos seis mil kilómetros y no pudiese chocar con su superficie. Sin embargo, el dispositivo no se perdió: continuó volando en la órbita heliocéntrica, y cumplió una parte significativa del programa científico.
Durante el vuelo, "Luna 1" recibió datos previamente no disponibles para la ciencia.
Un viento solar fue registrado por primera vez - una corriente de partículas cargadas que emiten del Sol, que se convirtió en la base para más investigación sobre el clima espacial. El dispositivo aclaró la estructura de los cinturones de radiación de la Tierra y mostró la ausencia de un campo magnético expresado de la Luna.
El experimento con la emisión de la nube de vapor de sodio, que permitió confirmar visualmente la trayectoria de vuelo de la estación, así como la exitosa comunicación por radio a distancias previamente consideradas inalcanzables, merece especial atención.
A pesar de no aterrizar en la luna, no se puede sobreestimar la importancia de la misión. "Luna 1" se convirtió en:
El primer aparato que alcanza la segunda velocidad espacial.
El primer objeto artificial que abandona la órbita terrestre.
El primer satélite del sol.
La experiencia adquirida directamente llevó al éxito de las siguientes misiones: "Luna-2", llegó a la superficie de la luna por primera vez, y "Luna-3", descubrió el lado opuesto del satélite de la Tierra.
El lanzamiento de "Luna 1" se convirtió en el momento en que la cosmonáutica dejó de ser exclusivamente terrenal. Este vuelo demostró que el acceso al espacio interplanetario es posible incluso con imperfecciones tecnológicas y errores inevitables de ingeniería.

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