24 de enero de 2026

La Batalla de Stalingrado, para entender la importancia de los valores que priman la existencia o no de humanidad.

Stalingrado 2 febrero de 1943

Subido de la página original por María Kassari. Traducción Nestor Guadaño.

"Mi Führer, permítanos capitular. Pero la única respuesta que recibimos fue una criminal invitación al suicidio". Escrito por el oficial nazi cercado en Stalingrado, Wilhelm Adam.

Hay intensos legados históricos de la guerra, que permanecen para siempre no sólo en los libros de texto, sino también en la conciencia humana. La batalla de Stalingrado es, sin duda, un momento así. Pero la historia de las últimas horas del 6º ejército alemán, es igual de tétrica y dramática. Subimos el relato contado por un oficial del estado mayor alemán, cuyas ilusiones se derrumbaron, cuando vio la cara de su vencedor.

Sin rendición: hasta la última bala...
Comienzos de enero de 1943. El 6º Ejército alemán estaba encerrado en la llamada "caldera" de Stalingrado. Las tropas del Ejército Rojo, después de su ofensiva de embolsamiento de los ejércitos del Eje, metódicamente iban apretando el anillo, que sugirieron al comandante de 6º, el coronel general Friedrich Von Paulus, a rendir sus armas. Los aviones soviéticos estaban lanzando folletos, los altavoces exhortaban a finalizar los combates. Era la oportunidad para salvar decenas de miles de vidas.
El general Paulus no era ciego. Envió un informe desesperado al Comandante en Jefe Supremo para permitir la rendición. Pero la respuesta del Führer llegó inmediatamente, como un ultimátum: "La rendición está descartada. Cada día extra que el ejército aguanta ayuda a todo el frente...".
Tras la negativa a rendirse, el 10 de enero de 1943, las fuerzas soviéticas lanzaron la Operación Anillo, con el objetivo de desmantelar y destruir todo el ejército cercado, cercenándolo por partes.
Así del 22 al 26 de enero, se dividió por la mitad. La situación se tornó catastrófica. Y temprano en la mañana del 24 de enero, Paulus se dirigió a Hitler otra vez con su último y angustiado informe.
"... Tengo un ejército sin munición ni comida. El control unificado de las tropas ya no es posible... 18 mil heridos con muy poca ayuda... Prolongar la defensa, no tiene sentido. La derrota es inevitable. Con el fin de salvar a aquellos que todavía están vivos, el ejército pide permiso inmediato para rendirse.".
La respuesta de Hitler fue rápida y breve. Otra vez sonaba como una cínica burla a los moribundos: "Se descarta la rendición. El Sexto Ejército está llevando a cabo su misión histórica, luchando hasta la última bala para permitir la creación de una nueva línea de defensa en el ala sur del frente.".
Después de leer este radiograma, Wilhelm Adam (este oficial de Estado Mayor cuyo informe es la base de este artículo) le dijo abiertamente a Paulus que consideraba esta orden como criminal, y por lo tanto no tenía la obligación de acatarla. Pero el jefe del Estado Mayor, el teniente general Schmidt, por el contrario, exigió aferrarse al ultimátum.
Y esa en sí era la tragedia: Paulus, criado en el espíritu de obediencia absoluta, siguió siendo un soldado obediente. Facilitando así a Hitler sus acciones criminales contra el 6º Ejército.

¿Qué opinan, queridos lectores, dónde está la línea entre el deber militar y la responsabilidad humana? ¿Sabía Paulus que esta orden condenaba a la muerte a decenas de miles de personas, que podrían haber sobrevivido? ¿Debería él, como comandante, romper la orden criminal de Hitler para salvar las vidas de sus soldados, o su misión principal era la fe ciega de lealtad al juramento?
El 31 de enero de 1943 a las 7:00 a. m. A la tenue luz del amanecer, Paulus todavía estaba durmiendo, inmerso en un laberinto de atormentados pensamientos y sueños de pesadilla. Llamaron a la puerta. El jefe de gabinete Schmidt entró. Un pedazo de papel retenía entre tus manos.
"¡Felicidades por su ascenso a mariscal de campo! - anunció Schmidt - Este es el último radiograma recibido".
No era una felicitación, sino una llamada al suicidio. En la historia de Alemania, no había habido ocasión de que un mariscal de campo fuera capturado. Hitler le exigió a Paulus que pusiera una bala en su frente.
"Esto debería ser una invitación al suicidio", dijo Paulus después de leer la nota. "Pero no les daré este placer".
Schmidt continuó: "Al mismo tiempo, debo informar que los rusos han llegado.".
Él abrió la puerta, y un general soviético con un traductor entró en la habitación.
"Los declaramos prisioneros de guerra", dijo el general secamente.
Dejamos nuestras armas sobre la mesa. El general soviético dijo que les llevaría a la retaguardia soviética alrededor de las nueve horas, y se fueron en sus coches. Únicamente me quedaba un acto. Completé mi último deber oficial: escribí en el libro del soldado Paulus la promoción de general a mariscal de campo, lo sellé, e inmediatamente lo arrojé al horno.
Entonces salí a comprobar y averiguar qué pasó por la noche. Resulta que Schmidt ordenó al traductor ir con una bandera blanca a un tanque soviético parado frente a la choza, accediendo a entregar el blocao del estado mayor.
Cuando el general soviético llegó más tarde y anunció las condiciones de la rendición, Schmidt intervino en la conversación. Exigió privilegios especiales para Paulus: pasar a ser un ciudadano común, el derecho a recoger su propia comida, e incluso un equipo de escolta del Ejército Rojo, para la protección personal del Mariscal de Campo durante su viaje al cautiverio.
Paulus nunca autorizó a Schmidt a alcanzar condiciones especiales para él. Esto era una tontería descarada, y esa redacción contradecía las demandas justas de un prisionero.
Estos hechos se agolparon en mi cerebro durante mucho tiempo.
"Lo consideré una maldad por parte de Schmidt", recordé más tarde, "quizá fue una excusa para conseguir concesiones para sí mismo".
Decidí no decirle a Paulus nada sobre esto. Él, se encontraba sentado a la mesa completamente ajeno, reflexionando, y cuando llegó el minuto de irse, simplemente se levantó.
Salimos al patio exactamente a las nueve. La gran entrada al sótano que servía de habitáculo, estaba cerrada, y custodiada por fusileros del Ejército Rojo. El oficial de servicio nos permitió a mí y al conductor entrar al patio donde estaban estacionados los coches. Y entonces me sorprendió lo que vi.
Soldados soviéticos y alemanes, que hace tan solo unas horas, se disparaban unos a otros, pacíficamente estaban parados juntos. Las armas las mantenían en las manos o en el cinturón.
¡Pero qué radicalmente diferente era su apariencia!
Soldados soviéticos, saciados, llenos de fuerza, con un hermoso uniforme de invierno. Y los soldados alemanes envueltos con trozos de capotes desgastados, como si hubieran sido deformados de un golpe los uniformes. Delgados como esqueletos, agotados muchos, como medio muertos. Caras hinchadas y sin afeitar. La aparición de los soldados del Ejército Rojo me pareció simbólica. Este era el aspecto del vencedor.
Sin embargo, me sentí profundamente conmovido por otra circunstancia que siempre ha quedado grabada en mi memoria, y ha destrozado todas las nociones que tenía del "bárbaro oriente".
Nuestros soldados no fueron golpeados ni disparados.
Además, los soldados soviéticos, que habían luchado entre las ruinas de su ciudad, que fue destruida por nosotros, sacaron de sus bolsillos, y ofrecieron a los soldados alemanes, a estos medio cadáveres, algunos cigarrillos y (majorca) tabaco de liar.
No podía articular palabra.
Este acto de humanidad, manifestado en el momento de triunfo absoluto, en medio del odio y la ruina, fue más fuerte que cualquier propaganda. Fue un símbolo no sólo de victoria, sino también de dignidad humana, que tan demostrativamente pisoteó mi propio ejército.
Exactamente a las nueve en punto, el Jefe de Estado Mayor del 64º Ejército Soviético llegó para recoger al comandante del 6º Ejército Alemán, vencido, junto a su cuartel general. Nos subimos a los transportes soviéticos que esperaban. Paulus y Schmidt se fueron en el primer coche. Me acomodé en el segundo vehículo, escoltado por un teniente superior del Ejército Rojo.
Había aquí y allá, ruidos lejanos de batalla. La "caldera" del sur había dejado de existir.
Paulus, a pesar de estar obligado por la orden de Hitler a resistir, el tomó una decisión distinta, aunque no consideró tener derecho a ordenar a los demás comandantes de otras unidades cercadas que se rindieran. El "caldero" del norte aguantó dos días más hasta que sus comandantes emitieron una orden de rendición en la mañana del 2 de febrero de 1943.

La batalla del Volga así terminó...
La historia de Stalingrado será siempre, un golpe para entender la forma de vivir y entender la importancia de los valores que priman la existencia o no de humanidad.

Pero este relato, contado por un oficial alemán, golpea el corazón: se trata de cómo se derrumbó las nociones antiguas sobre la "barbarie rusa". Los oficiales de la Wehrmacht, criados en el mito de que todos los demás eran seres "humanos menores", vio la verdadera cara del combatiente opuesto, del soldado que ganó la guerra. Y no era la cara de un vengador violento, sino la cara de un hombre que, parado entre las ruinas de su propia ciudad, compartía el último pedazo de pan con quienes transformaron en escombros la urbe.

Fue un gesto atronador, que rompió todas las quimeras, mejor que cualquier bala.

Cuántos soldados alemanes, como los que estuvieron en ese patio, estaban dispuestos a admitir: que los que gobiernan el mundo actualmente realizan una propaganda tóxica contra el País de los Soviets, en contra de la más alta dignidad humana.

Cuantos soldados soviéticos, cuando hubieron dado su propio pan, encarnaron el mismo poder de espíritu, que no puede ser derrotado ni por tanques, ni por las órdenes criminales de un Führer...

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