
Por Altea Zetkin. Extraído de Unión Proletaria.
Que retumbe esta palabra en las conciencias de quienes venden su propio país al imperialismo. Que les consuma por dentro cuando se den cuenta del grave error que es apoyar a EEUU y a Trump.
¡Vergüenza! Que sectores de una nación se alegren por la detención de un líder mientras cierran los ojos ante el fuego y las bombas lanzadas contra su propia gente. Que piensen que la muerte de un gran número de personas tras esos bombardeos se pueda justificar.
¡Vergüenza! Que una potencia extranjera se arrogue el derecho de secuestrar y juzgar al presidente de una nación soberana, pisoteando con botas imperialistas el derecho internacional y la dignidad de su pueblo.
Se regodean en una falsa libertad, víctimas de una ingeniería mental que les impide ver el abismo al que se dirigen. Los medios europeos, cómplices del gran magnate imperialista, ocultan el rugido de miles que hoy desbordan las calles de Venezuela exigiendo justicia por su Jefe de Estado y su gobierno soberano y legítimo. Hablan de «dictadura» para ocultar la voluntad de una mayoría que eligió su destino en las urnas.
¿Y quiénes se regodean hoy? En las celebraciones de ayer en la Puerta del Sol, solo se oía, entre risas sádicas, la rabia egoísta del inmigrante privilegiado. Aquel que huyó de su país con los bolsillos llenos porque no pudo soportar la idea de repartir esa riqueza entre los humildes, sus propios hermanos venezolanos. Que no os engañen: los propietarios de los palacios en el barrio de Salamanca o en Chamberí no son la voz de Venezuela; son los ecos de una burguesía herida por la justicia social.
Ayer Venezuela volvió a ser el blanco del imperialismo, pero se equivocan si creen que el silencio de una voz detendrá la marea. Enteraos bien: en esta revolución el poder no reside en un hombre, ¡el poder reside en el Pueblo! La ausencia física de un líder no frena a una clase trabajadora y concienciada que lleva la lucha en la sangre.
Que tiemblen los Estados Unidos de América, que tiemble la Unión Europea, que tiemblen aquellos que vendieron su patria al imperialismo y que hoy en día se esconden en nuestro país como comadrejas.
Maduro no es solo un nombre: es el símbolo de una clase obrera que jamás volverá a arrodillarse y que hoy, por muy contradictorio que parezca, se encuentra más fuerte que nunca.
El pueblo responderá y su voz será el trueno que los sepulte.
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