24 de octubre de 2026

Por Ján Bronis. Publicado en la página СТАЛИН - НАШЕ ЗНАМЯ! / STALIN - our Banner! (¡STALIN - NUESTRO ESTANDARTE!)


Recordando aquel 23 al 25 de octubre de 1941.

Cuando la Alemania de Adolf Hitler invadió la URSS, en 1941 el Ejército Rojo y las milicias de la población de Odesa opusieron una feroz resistencia a la invasión. Mantuvieron el asedio a la ciudad durante 73 días. El Comité Estatal de Defensa decidió honrar a Odesa nombrándola “Ciudad Heroica”. Fue de hecho, la primera ciudad soviética en ser ocupada por tropas alemanas, aunque también por sus aliados rumanos. Las represalias posteriores a la ocupación, podemos llamarlas como una orgía de sangre.

El 22 de octubre de 1941, el edificio donde antes estaba la NKVD de la calle Marazlievskaya, en el que, tras la ocupación de la ciudad, se habían instalado la comandancia militar rumana y el cuartel general de la 10.ª División de Infantería rumana, se produjo una tremenda explosión de una mina teledirigida, colocada allí por los zapadores del Ejército Rojo antes incluso de que la ciudad se rindiera. Como consecuencia de la potente explosión, el edificio se derrumbó parcialmente.

Bajo los escombros murieron 67 personas, entre ellas 16 oficiales, entre los que se encontraba el comandante rumano de la ciudad, el general Ion Glogožanu. La responsabilidad de la explosión se atribuyó a los judíos y a los comunistas.

El grupo de operaciones alemán «D», que llegó a Odesa, llevó a cabo una operación para exterminar a unos 5.000 rehenes, de todas las etnias que habitaban la ciudad incluidos judíos. A lo largo de toda la calle Marazlievska, los ocupantes irrumpían en los pisos de los habitantes de Odesa, disparaba a quemarropa allí mismo, o ahorcaban a todos los residentes que encontraban, sin excepción. Se llevaron a cabo redadas en las calles y mercados de la ciudad, así como en los suburbios. A las personas que aún no sabían nada del atentado, las fusilaban allí mismo, junto a las paredes de las casas o las vallas. 

En Bolshói Fontán fueron capturados y fusilados unos cien hombres. En Slobodka, en las inmediaciones del mercado, se ahorcó a unas doscientas personas. En Moldavanka, Blizhni y Dalni Melnitsy, se ejecutó a 251 residentes, y en la avenida Aleksandrovskaya se ahorcó a unos cuatrocientos ciudadanos. Las columnas de rehenes capturados eran conducidas hacia la carretera de Lustdorf, en la zona de los ya mencionados depósitos de artillería, donde eran fusilados o quemados vivos. Tras la guerra, se encontraron más de 22.000 cadáveres en fosas comunes.

El 23 de octubre de 1941 se emitió una orden, en la que se ordenaba a todos los judíos, bajo amenaza de ser fusilados en el acto, que se presentaran el 24 de octubre en el pueblo de Dalnik. En la tarde del 24 de octubre, unos 5.000 judíos fueron reunidos en el puesto fronterizo de Dalnik. Las primeras 50 personas fueron conducidas hasta la zanja antitanque y fusiladas personalmente por el comandante del 10.º batallón de ametralladoras, el teniente coronel Nicolae Delianu. Para acelerar el proceso de exterminio, los judíos fueron conducidos a cuatro barracones, en los que se habían practicado aberturas para ametralladoras y cuyo suelo había sido rociado previamente con gasolina. Las personas que se encontraban en dos de los barracones fueron fusiladas con ametralladoras ese mismo día, y los barracones fueron incendiados. Al día siguiente fueron fusilados los detenidos que se encontraban en los dos barracones restantes, y uno de ellos fue bombardeado con granadas.

Mientras tanto, a los judíos que no formaban parte del primer grupo, que ya había llegado a Dalnik, se les comunicó que estaban indultados. Los enviaron a diversas comandancias y comisarías para su registro, donde los retuvieron durante distintos periodos de tiempo. Cuando finalmente los dejaron en libertad, se encontraron con que sus casas estaban ocupadas y sus bienes saqueados. De este modo, ya durante la primera semana de presencia rumana en Odesa, la ciudad perdió alrededor del 10 por ciento de sus habitantes. El censo realizado por la administración rumana a finales de 1941 reveló que en Odesa había unos 60.000 judíos. En esta cifra se incluía también a aquellas personas que tuvieran tan solo un antepasado judío, ya fuera por línea paterna o materna. Los judíos estaban obligados a llevar una insignia distintiva especial en el pecho: un hexágono amarillo sobre fondo negro.

La administración rumana tomó medidas para apoderarse de los bienes de las futuras víctimas. A mediados de noviembre se emitió una orden por la que se obligaba a las personas de origen judío a declarar voluntariamente, al registrarse ante el Mando Militar o ante los funcionarios de policía, todos los objetos de valor, piedras preciosas y metales que tuvieran en su poder. El fin de la presencia judía en Odesa se produjo el 7 de noviembre de 1941, cuando se promulgó una orden que obligaba a todos los hombres judíos de entre 18 y 50 años a presentarse en la cárcel municipal. A partir de ese día, toda la población judía de la ciudad fue enviada en grupos a diversos campos de concentración instalados por los rumanos en zonas rurales, sobre todo en el pueblo de Bogdanovka. Más tarde se estableció un gueto en la propia Odesa. A mediados de diciembre se habían reunido en Bogdanovka unos 55.000 judíos.

El 15 de enero de 1942, todos ellos fueron fusilados por un destacamento de la Einsatzgruppe de las SS, soldados rumanos, policías ucranianos y colonos alemanes locales...

Un mes después se organizó una marcha de la muerte de 10.000 judíos hacia tres campos de concentración en Golta. En enero de 1942, entre 35.000 y 40.000 de los judíos que quedaban en Odesa fueron trasladados al gueto, creado el 10 de enero de 1942 en Slobodka. Los deportados se encontraban en condiciones de increíble hacinamiento, no había alojamiento suficiente para todos y la gente pasaba el invierno a la intemperie, lo que provocó una mortalidad masiva por hipotermia. Desde el gueto fueron deportados a campos de concentración rurales. Para el 20 de febrero de 1942, los 19.582 judíos que quedaban fueron deportados al distrito de Berezovsk, en la región de Odesa. Los transportaban en vagones sin calefacción; muchos perecieron durante el trayecto. En Berezovka se formaban grupos que partían a pie hacia Sirotskoe, Domanyovka, Bogdanovka, Goltu y otros campos de concentración. Muchas personas, sin llegar a su destino, morían de hambre y de frío por el camino.

La escolta, formada por soldados rumanos y colonos alemanes, llevaba a cabo fusilamientos masivos de judíos durante el trayecto. A los 18 meses, prácticamente todos los prisioneros de Golta habían fallecido. Los judíos que fueron enviados a trabajar a los pueblos se encontraban en mejor situación, aproximadamente la mitad de ellos sobrevivió a la ocupación. Unos 600 habitantes de Odesa que se encontraban en estos guetos sobrevivieron hasta la liberación. Varios cientos de judíos que se ocultaban en la propia Odesa también sobrevivieron. En total, durante la ocupación, fueron asesinados o fallecieron por las condiciones de vida en la ciudad 82.000 habitantes, y 78.000 personas fueron deportadas a trabajos forzados en Alemania.


¿Qué hicieron los rumanos aliados con los nazis? 

Ambicionaban, sobre todo, el territorio conquistado. La monarquía de Carol II había pasado de ser antibelicista a colaboracionista nazi. Primero fue neutral, decisión que la dejó aislada del continente cuando las tropas victoriosas de Adolf Hitler se apoderaron de Francia y de parte del oeste europeo. Francia siempre fue un espejo en el que se miró Rumania.

Sus socios nazis saquearon de todos los territorios ocupados cuanto podían. Tras el pacto de no agresión de 1939 entre nazis y soviéticos, éstos se anexionaron Besarabia y Bukovina, Hungría se apoderó de Transilvania, y Bulgaria hizo suya Dobrudja. 

Carol II tuvo que abdicar, se veía impotente ante el avance del fascismo en su propio país. Y dejó la corona en manos de su joven hijo, Miguel I, quien nombró un gobierno pro alemán y al frente de ese gobierno a un personaje siniestro de esta historia, Ion Antonescu, que, al terminar la guerra, terminó fusilado en los cerros de un descampado, atado a un poste. Pero antes, realizó insólitos crímenes contra la humanidad.

Antonescu creó un “Estado legionario”, entronizó a un movimiento fascista llamado “Guardia de Hierro”, que tuvo su homónimo en Argentina, y acaso lo conserve todavía, y encaró la toma de todas las empresas en manos extranjeras. Por cierto, lo hizo a su modo. Ni bien anunciada las hostilidades contra Gran Bretaña, los hombres de Guardia de Hierro entraron en las instalaciones de las empresas petroleras británicas, y asesinaron a golpes de maza a todos los trabajadores de nacionalidad inglesa.

De inmediato empezó también la persecución y matanza de ciudadanos judíos, pues en Rumanía había un numeroso grupo de personas que profesaban esa religión. 

El 25 de septiembre de 1940, la Guardia de Hierro descubrió la tumba de su fundador, Corneliu Zelea Codreanu, que había sido ejecutado por el rey Carol II en 1937. Desataron entonces una masacre en la cárcel de Jilava, donde estaban presos funcionarios del régimen anterior, y asesinaron a 64 detenidos. Enemigos declarados del rey Miguel I, iniciaron una rebelión llamada “Revolución Legionaria” que se enfrentó a las órdenes dadas al ejército rumano para mantener la seguridad de las calles, atacando a los judíos. En Bucarest fueron asaltados negocios y sinagogas, como un remedo de la “Noche de los Cristales” de Berlín, en noviembre de 1938. Muchos judíos fueron asesinados en las calles y un grupo fue llevado a un matadero, colgando a muchos, de los ganchos reservados a los animales, asesinados junto a un cartel que decía: “Carne kosher”. El hecho, conocido como el “Matadero de Bucarest”, costó la vida a 125 judíos y la quema de 1.200 negocios.

La “Revolución Legionaria” terminó aplastada por los tanques del ejército rumano, y Antonescu robusteció la monarquía, pero no dejó de lado su obsesión. En la cárcel de Jilava, 693 ciudadanos judíos fueron encerrados, torturados y matados en las mazmorras, y en el patio de la prisión. Tal fue la ferocidad de la matanza, que provocó una enérgica queja enviada a Berlín del nazi Manfred von Killinger, lo que es decir mucho.

Todo cambió, particularmente, cuando los nazis invadieron la Unión Soviética. Los antes aliados soviéticos eran ahora enemigos. Y los amigos de los amigos eran enemigos de los antes amigos. 

La aviación soviética bombardeó la ciudad de Iasi, en Moldavia, y los rumanos culparon a una supuesta “quinta columna judía” a la que acusaron de conspirar en secreto con Stalin, por lo que, el 27 de junio de 1941, a seis días de la invasión alemana a la URSS, 1.500 judíos fueron linchados, o matados a garrotazos en las calles de Iasi. 

Y al día siguiente, otros 1.400 ciudadanos judíos fueron encerrados en vagones herméticos y dejados morir por asfixia, la misma suerte que corrieron días después otros 1.200 judíos. Sólo la Cruz Roja logró frenar la matanza días más tarde, cuando ya los judíos moldavos muertos a manos rumanas llegaban a 13.226.

La matanza de población hebrea no disminuyó, pues 19 mil judíos fueron encerrados en nueve bodegas de pólvora del puerto, siendo allí ametrallados, y luego los edificios fueron incendiados. Los que quedaron heridos, o quienes no habían sido alcanzados por las balas, murieron quemados. Unos pocos, que sobrevivieron, fueron llevados a la gran prisión de Odesa.

Odesa, ciudad heroica y.... martir.

El ejército rumano invadió la ciudad ucraniana de Odesa el 16 de octubre de 1941: de inmediato, 8.000 habitantes fueron acusados de comunistas, llevándoles a las playas donde fueron asesinados y arrojados al mar. La matanza estuvo a cargo del Einsatzkommand 11b alemán y una agrupación del servicio secreto Rumano al mando del coronel Ioan Lissievici. 

Los Einsatzkommand eran grupos móviles de asesinos de las SS, la Gestapo y la Wehrmacht, encargados de asesinar a comunistas, comisarios, gitanos, homosexuales y colaboradores del NKVD soviético, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. Se les adjudica a los Einsatzkommand millones de ejecuciones en el este europeo, fuerza de choque en el intento de exterminio total de los grupos contrarios al régimen nazi.

Luego de ocupar Odesa y de asesinar a aquellas 8.000 personas, hubo un breve remanso de inactividad para los invasores, que llegaban después de un asedio de 73 días. Pero el 22 de octubre, cuando voló el edificio de la calle Marazlievskaya, los periódicos rumanos y alemanes culparon a los judíos y a los comunistas. Antonescu ordenó fusilar a doscientos comunistas por cada oficial muerto, y a otros 100 por cada soldado víctima de la explosión. La represalia que siguió fue terrible como antes relatamos. 

Tras la matanza de Odesa, los rumanos siguieron con su política de eliminar a la población judía ahora en Transnitria, una provincia que había anexado a su territorio. A fines de 1941 y principios de 1942, la población judía de Transnitria y de las regiones históricas de Besarabia y Bukovina, había desaparecido casi por completo del mapa de Europa. Se calcula que las matanzas primero, las marchas de la muerte luego, las deportaciones y las epidemias, mataron a 300 mil personas.


La increíble resistencia del guerrilla soviética en Odesa.

Desde principios de julio hasta mediados de octubre de 1941, las unidades del Ejército Independiente de la Costa y las subunidades de la Flota del Mar Negro defendieron heroicamente Odesa, pero cada vez era más evidente que, tarde o temprano, tendrían que abandonar la ciudad en manos del enemigo. Sin embargo, la retirada de nuestras unidades regulares no tenía por qué significar el fin de la resistencia frente a los invasores alemanes y rumanos. Con este fin, gracias a los esfuerzos de los órganos de seguridad del Estado y del Comité Regional de Odesa, se crearon en la ciudad grupos clandestinos y unidades de guerrilleros.

Durante este periodo, las unidades de inteligencia, combate y sabotaje entrenadas por la NKVD fueron las que actuaron con mayor eficacia. En concreto en Odesa, se creó la organización clandestina dirigida por el capitán de la Seguridad del Estado V. A. Molodtsov.

El 19 de julio de 1941, el teniente de la Seguridad del Estado —lo que equivalía al rango de capitán del ejército— Molodtsov, al frente de un grupo de inteligencia y sabotaje formado por diez personas, al que se le había asignado el nombre en clave «Fuerte», llegó a Odesa. Ahora se llamaba Pavel Vladímirovich Badaev. El grupo tenía la misión de crear una red clandestina, y una base partisana en las catacumbas de Odesa y, en caso de que las tropas soviéticas se retiraran de la ciudad, permanecer en ella e iniciar operaciones de reconocimiento y sabotaje.

El 5 de agosto, la línea del frente se acercó mucho a Odesa. Mientras el 4.º Ejército rumano, con el apoyo de unidades alemanas, atacaba la ciudad, en las catacumbas se estaban creando bases partisanas. El destacamento de Molodtsov se instaló a una profundidad de entre 25 y 30 metros bajo las aldeas de los alrededores de las cuevas de Kuyalnik. Allí se habilitaron locales para el cuartel general, almacenes de provisiones para aproximadamente medio año, arsenales —con 7 ametralladoras, 60 fusiles, 200 granadas y hasta una tonelada de toluol—, y equipos de radio para comunicarse con Moscú.

En la noche del 5 de octubre de 1941, dos grupos (el destacamento de Molodtsov y el grupo del teniente de la Seguridad del Estado V. A. Kuznetsov), celebraron una reunión del Partido y del Komsomol antes de descender a las catacumbas para establecer una base. En realidad, tal y como atestigua el voluminoso expediente que se conservaba en el archivo del KGB de Odesa, hubo una ruidosa cena con abundante alcohol que terminó en una pelea entre los destacamentos de Moscú y de Odesa. 

Al día siguiente, los agentes de la Cheká descendieron a las extensas catacumbas de Odesa, bajo el mando de Molodtsov (alias operativo «Pável Badaev»), creándose tres destacamentos partisanos. El primer grupo, bajo el mando del ingeniero de minas de Odesa y miembro del partido Afanasi Klimenko, compuesto por 33 combatientes voluntarios de la población local, debía permanecer constantemente en las catacumbas subterráneas de las afueras, y realizar periódicamente incursiones de combate en la superficie. 

El segundo destacamento, también dirigido por un militante del partido, el antiguo presidente del consejo rural Antón Fedoróvich (alias operativo «Piotr Boiko»), estaba formado por varios grupos de combate y su infiltración en la ciudad. Su misión consistía en actuar directamente en la propia Odesa. Los combatientes de ambos destacamentos habían sido provistos con antelación de armas personales, y en la ciudad se habían habilitado almacenes secretos con armamento y explosivos en pisos clandestinos. Para garantizar el sustento del destacamento de Klimenko, se preparó una base especial en las catacumbas, donde se almacenaban diversos alimentos, suficientes para una estancia subterránea de entre 5 y 6 meses de entre 40 y 50 personas. Allí también se almacenaron 60 fusiles, 7 ametralladoras, unas 200 granadas, 40 000 cartuchos, 80 kg de explosivos, una estación de radio y una gran cantidad de ropa de abrigo. 

El tercer destacamento, compuesto por 19 agentes de la Cheká, constituía el núcleo de la red de inteligencia y formaba un grupo de combate autónomo. Se instaló en una base independiente, provisionándole con abundantes insumos y equipamiento para medio año, calculados para dos docenas de personas. Nadie imaginaba que la ocupación se prolongaría tanto tiempo.

Cuando, el 16 de octubre, las tropas enemigas entraron en la ciudad, los miembros de la resistencia de Badaev iniciaron operaciones de reconocimiento y sabotaje.

Las catacumbas de los alrededores de Odesa, situadas en las proximidades de las localidades de Nerubaiskoe, Kuyalniki y Usatovo, formaban un único laberinto con gran cantidad de pasadizos internos y cientos de salidas al exterior, cuya distancia entre sí, a lo largo de los pasadizos de comunicación, alcanzaba los 15 km. 

Era un  lugar elegido para el acuartelamiento del destacamento partisano y la residencia idóneo, ya que la existencia de un gran número de salidas permitía establecer, sin ser detectados por la vigilancia exterior del enemigo, una comunicación regular con el grupo partisano que actuaba en la propia ciudad, y con los agentes allí destinados, así como para llevar a cabo actos de sabotaje en la línea ferroviaria y en las instalaciones industriales. Además, las catacumbas constituían un buen refugio en caso de enfrentamiento armado entre los partisanos y las unidades de represión del enemigo.

La unidad se dividía en una sección subterránea y otra terrestre. En las catacumbas se encontraba el puesto de mando de Badaev, donde estaban el jefe de la sección subterránea, Afanasi Klimenko, así como su adjunto, Yakov Vasin —que antes de la guerra había sido agente de la policía judicial de Odesa—, y la mayoría de los combatientes, que a menudo realizaban incursiones de combate en la superficie.

La unidad terrestre, denominada «urbana», estaba formada por cinco o seis grupos de reconocimiento, cada uno con entre seis y diez miembros, y disponía de sus propios pisos clandestinos. 

Uno de esos grupos estaba dirigido por Nikolái Ivánovich Milan, quien, junto con su hermano Piotr, regentaba una peluquería que resultaba un lugar ideal para las reuniones clandestinas. Por cierto, durante los años de la guerra civil, Nikolái sirvió en la Cheká de Odesa y, en 1920, se infiltró en una organización de la Guardia Blanca haciéndose pasar por un oficial serbio. Al frente del destacamento estaba Piotr Ivanovich Boiko, que regentaba un taller de cerrajería. Bajo ese apellido se ocultaba el antiguo presidente del consejo rural de Nerubay, Antón Bronislavóvich Fedoróvich. Al igual que Milan, se le consideraba un antiguo agente de la Cheká, ya que a principios de los años veinte había servido como ayudante del comisionado en el departamento especial de la Cheká de Odesa. 

En la red clandestina de Odesa, dirigida por Badaev, se incorporaron también funcionarios locales de los organismos de seguridad del Estado, tanto en activo como retirados. En el grupo de enlaces del comandante del destacamento se incluyó a Tamara Mezhigúrskaya, agente operativa de la 4.ª sección de la Dirección de Odesa, Piotr Bolonin, agente operativo de la sección de transporte de la NKVD de la estación de Gayvoronskaya, que se incorporó al servicio ferroviario. También formaban parte de la red los agentes de la Cheká Nikolái Shevchenko, jefe de una de las diez unidades del destacamento terrestre encargado de llevar a cabo «misiones especiales», y Pavel Shevchenko, encargado de mantener el contacto con los grupos clandestinos. 

El contacto con las catacumbas lo mantenía la denominada «decena juvenil» del destacamento terrestre, formada por adolescentes de entre 16 y 17 años encabezados por Yákob Gordienko. En total, desde el inicio de la actividad clandestina en la residencia y los destacamentos de Molodtsov, hubieron entre 75 y 80 personas.

En aquella época operaban en la ciudad otros grupos partisanos y existía también una red paralela de la Cheká, pero, aun así, la fuerza principal la constituía el grupo de Molodtsov-Badaev.

La Siguranță (contrainteligencia rumana) sabía que en la Odesa ocupada seguía existiendo un potente foco de resistencia. En uno de sus documentos sobre la lucha contra el movimiento partisano se afirmaba: «El Gobierno soviético ha organizado y abastecido adecuadamente las acciones de los partisanos en los territorios perdidos. Los partisanos constituyen un ejército invisible de los comunistas en estos territorios y actúan con toda tenacidad, recurriendo a los métodos más sofisticados para cumplir las misiones para las que han sido enviados. En general, toda la población, unos de forma consciente y otros de forma inconsciente, colabora con las acciones de los partisanos».

En la primera quincena de noviembre de 1941, por orden de Molodtsov, los partisanos volaron la vía férrea entre las estaciones de Dachnaya y 2.ª Zastava. Como consecuencia, el tráfico ferroviario quedó interrumpido durante un día. A continuación, se voló la comandancia municipal, bajo cuyos escombros murieron unos 140 oficiales enemigos, entre ellos dos generales. Poco después se produjo la explosión de la presa del distrito de Jajibey y de varios almacenes militares. El 17 de noviembre, el grupo de Kuznetsov, en las inmediaciones de la estación de Zastava, hizo descarrilar un tren militar que transportaba municiones y efectivos del enemigo. De entre los escombros del tren destrozado, los rumanos sacaron unos 250 cadáveres de sus soldados y oficiales. 

A continuación, los agentes de la Cheká moderaron su actividad, pues las fuerzas de represión los buscaban concienzudamente. En los tres primeros meses de 1941, las tropas de Badaev llevaron a cabo seis operaciones de combate. La unidad terrestre recopilaba datos sobre el despliegue de las unidades militares rumanas y alemanas, y de las instalaciones militares y, a través de sus enlaces, transmitía esta información a las catacumbas, desde donde se enviaba diariamente —por lo general, a las once y media de la noche— por radio al Centro. 

Gracias a ello, la aviación soviética de largo alcance logró asestar golpes precisos contra una columna motorizada rumana y concentraciones de material bélico, además de destruir los depósitos de combustible situados cerca de Pervomaisk. Tanto los servicios de contrainteligencia alemanes, como los rumanos persiguieron durante mucho tiempo a esta emisora de radio, conocida como «corresponsal-12».

En uno de los informes decía: «La costa, en la zona de la localidad de Dofinovka, está rodeada por una valla de alambre», informaba Molodtsov a principios de febrero de 1942. «En la costa, junto a la localidad de Sychavka, se han instalado 30 cañones de largo alcance; en esa misma localidad se han acuartelado 200 artilleros alemanes. En la ciudad de Odesa, en el jardín Dyukovsky, se han instalado 18 cañones de 12 pulgadas. La costa, desde Kuzanovka hasta Lyustdorf, está fortificada con 102 cañones pesados, 320 morteros y ametralladoras. A lo largo de este mismo tramo se están construyendo búnkeres y terraplenes. 3.000 soldados rumanos se dirigieron a pie durante varios días hacia la ciudad de Nikolaev. Debido a las heladas de 22 grados, muchos soldados se quedaron rezagados y murieron de frío. Las unidades alemanas que pasaban por allí no prestaron ayuda a los soldados rumanos».

Al mismo tiempo, los miembros de la resistencia de Badaev tenían otra función, aunque no menos importante: difundir entre la población los comunicados de Sovinformburo y folletos contra el régimen de ocupación... Los partisanos que operaban en las catacumbas distraían la atención de miles de soldados, oficiales y policías rumanos y alemanes, obligados a vigilar varios cientos de accesos a las catacumbas en un radio de 40 kilómetros, desde Arcadia hasta el distrito de Jajibey.

En las primeras etapas, el trabajo de Molodtsov iba bien. El destacamento de Fedorovich se comportaba de forma bastante pasiva, por lo que la información sobre la ubicación de las instalaciones militares y la situación en la Odesa ocupada procedía principalmente de la red personal de agentes de Molodtsov: la sargento de seguridad del Estado Tamara Mezhigurskaya, agente operativa de la Dirección Regional del UNKVD, las odesitas del destacamento de Klimenko —Tamara Shestakova y Galina Ivanova—, así como los residentes locales que permanecían en la ciudad: Yakov Gordienko, Piotr Prodyško, Ksenia Bulavina y Evgenia Gul.

En enero de 1942, los policías rumanos detuvieron a Piotr Boiko, y decidió a colaborar con la Siguranță, tras lo cual fue puesto en libertad. También capturaron por sus delaciones a Afanasi Klimenko, quien tras terribles torturas, decidió colaborar con los nazis. El 8 de febrero de 1942 Molodtsov salió de las catacumbas junto con Tamara Mezhigurskaya, y no regresó. Unos días más tarde, el agente de la Cheká Serguéi Vinográdov partió en su búsqueda y, a través de sus informadores, averiguó que el 9 de febrero Molodtsov, Mezhegurskaya, Yákob Gordienko y otros dos miembros de la resistencia habían sido detenidos por la Siguranță en el piso del antiguo comandante del grupo exterior, Fedorovich, Piotr Boiko, mientras que Shestakova había sido capturada en una emboscada organizada cerca de su casa.

Molodtsov, fue especialmente torturado, no abrió la boca. Totalmente desfigurado fue fusilado en cumplimiento de la sentencia de un tribunal rumano el 3 de julio de 1942. A lo largo del verano fueron ejecutados Mezhiugurskaya, Gordienko, Bolonin, Vishnevsky, los hermanos Milan y muchos otros agentes de inteligencia. La organización en las catacumbas fue destruida, así como los agentes de la superficie.

Tras la llegada de las tropas soviéticas, basándose en el análisis de documentos rumanos incautados, el servicio de contrainteligencia SMERSH, identificó y detuvo a Antón Boiko-Fedorovich, Afanasi Klimenko y otros traidores a la patria. Todos ellos recibieron el castigo que merecían.

El 5 de noviembre de 1944 se firmó el Decreto del Presidium del Consejo Supremo de la URSS por el que se concedía el título de Héroe de la Unión Soviética a doce agentes de la Cheká, tanto vivos como fallecidos. Entre ellos figuraba Vladímir Alexándrovich Molodtsov, comandante del destacamento partisano y residente clandestino en Odesa (a título póstumo).

En 1949 se publicó la novela de Valentín Kataev «Por el poder de los Soviets», dedicada a la resistencia antifascista en Odesa durante los años de la Gran Guerra Patria. Uno de los protagonistas de la obra era el capitán Maksímov, enviado a las catacumbas por el Estado Mayor ucraniano del movimiento partisano. Pocos sabían por entonces que este capitán tenía un prototipo totalmente rea, Vladímir Alexándrovich Molodtsov.

El 23 de agosto de 1944 el reino de Rumania capituló ante el triunfante Ejército Rojo, después de un leve giro inútil hacia los aliados occidentales del rey Miguel I, que tenía entonces 23 años. El Tribunal Popular de Bucarest, creado en 1946 por el nuevo gobierno rumano bajo control aliado, juzgó y condenó a muerte al mariscal Antonescu, al gobernador de Transnitria, Gheorghe Alexianu y al comandante de la guarnición de Odesa, general Nicolae Macici por la “organización de la represión contra la población civil de Odesa en el otoño de 1941″. Antonescu y Alexianu fueron fusilados el 1 de junio de 1946 junto a Mihai Antonescu, primer ministro adjunto durante la guerra, y al general Constantin Vasiliu. El rey Miguel I conmutó la pena de muerte del general Macici, que murió en prisión en 1950. El rey fue obligado a abdicar en 1947 y Rumania se convirtió en república.

El terrible asesino, el inspirador y autor del holocausto en Rumania, el teniente coronel Nicolae Deleanu, se escabulló y mudó de chaqueta, se hizo comunista. Vivió en los ajetreados años de la república socialista rumana, falleciendo en 1970.

En 1969, la parte de las catacumbas en la que se alojaba el destacamento de Molodtsov se inauguró como Museo de la Gloria Partisana. Además del exótico laberinto de túneles excavados en la arenisca durante la extracción de material de construcción, se mostraba a los visitantes una impresionante exposición. El museo cuenta con una reconstrucción de la base subterránea: el cuartel general, las viviendas, los almacenes de municiones y de combustibles y lubricantes, la cocina y la sala dedicada a Lenin. Cerca se encuentra un pozo vertical que conectaba la base con la superficie; a través de él se transportaban alimentos y se transmitían mensajes de los agentes. Durante el régimen soviético, el museo recibía más de un millón de visitantes al año. En la actualidad, se siguen realizando visitas guiadas en ruso y ucraniano, aunque el número de visitantes ha disminuido considerablemente.

A las víctimas del Holocausto en Odesa, se erigió un monumento, obra del escultor Zurab Tsereteli, que puso el broche final al complejo del recuerdo, inaugurándose en el año 2004.



Enlaces adicionales:

- El holocausto de Odesa: los 73 días de asedio de las tropas nazis que desataron una orgía de sangre.

- Партизанская война в одесских катакомбах.




18 de octubre de 2026

En la URSS, su pueblo entendía para qué y por quién, trabajaba. En Rusia no es así.


Recogido de
"Clase Obrera" (РК - "Рабочий класс"), publicado en СТАЛИН - НАШЕ ЗНАМЯ! / Stalin - our Banner! (¡STALIN, NUESTRA BANDERA!). Traducción Nestor Guadaño.

 

SOBRE LA FORMACIÓN ESCOLAR

El conocimiento y la educación constituyen uno de los primeros grandes logros que, tras la revolución socialista, se pusieron al alcance de las amplias masas trabajadoras. Ya en los primeros años del poder soviético, los bolcheviques llevaron a las aulas a decenas de millones de ciudadanos analfabetos y semianalfabetos del joven Estado proletario.

Desde la época soviética hasta hoy, se reproduce una ejemplar constumbre, el primer día de escuela. Nos referimos "Al primer timbre". Un adolescente del último año de secundaria, carga sobre sus hombros a una niña pequeña que ingresa al primer grado. Mientras el joven camina frente a todos los alumnos, padres y maestros reunidos en el patio de la escuela, la niña sostiene y agita una campana marcando el inicio del año académico.

Con esta tradición así llamada del Primer Timbre, simboliza la continuidad y el relevo, cerrándose el acto con la llamada Lineika, es decir la solemne inauguración del nuevo ciclo escolar.

En 1937, veinte años después de la Revolución de Octubre, en comparación con el año de 1914, anterior a la guerra, el número total de alumnos se había multiplicado por 3,5, y el número de alumnos en los institutos de secundaria, por más de 20.

Entre 1930 y 1940, el número de centros de enseñanza superior y técnica secundaria en la URSS, se multiplicó por cuatro y superó los 150. Según el censo de 1939, el 87,4 % de los habitantes del país ya sabían leer y escribir. También se redujo considerablemente la brecha en el nivel de alfabetización entre la población urbana y la rural.

En tan solo 16 años, de 1923 a 1939, más de 50 millones de ciudadanos analfabetos y unos 40 millones de ciudadanos, con un bajo nivel de alfabetización de diferentes edades, recibieron formación en la URSS. Se abrieron bibliotecas para los trabajadores y los campesinos, y los museos, teatros y exposiciones se hicieron más accesibles. El conocimiento y la cultura, dejaron de ser un privilegio de las clases ricas y cultas.


¿Y qué tenemos hoy en día en la Rusia capitalista? 

La comercialización y la optimización de la educación, la desculturización y la barbarización de las masas. 

La lista de «deslogros» de este tipo sería interminable. La educación se ha convertido en una mercancía, pues los capitalistas no necesitan un proletariado demasiado culto, educado y con capacidad de pensamiento.

Mientras nos alimentan con cuentos de hadas, se está produciendo una terrible degradación de la educación. En la URSS, la educación no era un servicio, sino el mayor logro del Octubre. Su objetivo no era preparar a la persona para superar un examen, sino formar una personalidad plenamente desarrollada, capaz de pensar, crear y vivir en colectividad. 

Hoy, en cambio, la escuela burguesa forma cínicamente no a un ciudadano, sino a un consumidor cualificado, y a un esclavo asalariado sumiso.

La escuela soviética fomentaba el colectivismo, no la carrera de ratas por las notas. No estabas solo ante las dificultades. A tu lado estaban el grupo de pioneros, la célula del Komsomol, los compañeros. Tu éxito era el éxito de la clase, tu fracaso, una preocupación común. Fomentaba el trabajo como una cuestión de honor, y no como una maldición. No teníamos miedo de ensuciarnos las manos en las jornadas de voluntariado, porque entendíamos que estábamos construyendo nuestro futuro común. Fomentaba la sed de conocimiento para transformar el mundo, y no por el mero hecho de marcar una casilla.

La escuela capitalista, por su parte, forma al individualista, que desde primer curso aprende que «el hombre es un lobo para el hombre», que «sobrevive el más fuerte», y que tu valor se mide por las notas del examen unificado, y los ingresos de tus padres. Forma al consumidor. Te enseñan no a pensar, sino a elegir entre la oferta disponible. No a crear, sino a comprar. No a luchar, sino a adaptarse. Las aulas se han convertido en una cadena de montaje, para producir biomasa dócil para el mercado laboral.

¡Fíjate en estas «reformas»! 

El examen único de acceso (EGE) no tiene sentido, como lugar de conocimientos profundos. Es como un adiestramiento para adivinar las respuestas correctas. La «optimización» de las escuelas rurales, es la destrucción del trabajo en el campo. Actividades extraescolares de pago, y profesores particulares. Una barrera que separa a los hijos de los proletarios de un futuro digno. El profesor, ese abnegado, está abocado a la miseria y a la esclavitud burocrática. Todo esto forma parte de una política deliberada de la burguesía. Mantener a los trabajadores en la ignorancia y la sumisión para que sea más fácil explotarlos.


ESCLAVOS DEL SALARIO

Qué ridículos resultan todos esos orgullosos «antisoviéticos», esclavos asalariados endeudados hasta las cejas, que temen perder su puesto de trabajo, temen enfermarse o no poder pagar la siguiente cuota de la hipoteca y, sin embargo, nos hablan de lo poco libres e intimidados que estaban los ciudadanos soviéticos.

«Las personas que trabajan por cuenta ajena se encuentran en una situación tan desesperada que, si dejan de trabajar aunque sea un solo día, se quedarán inmediatamente sin medios de subsistencia. Por eso, en su afán por conseguir a toda costa un puesto en una empresa, aunque sea a costa de humillaciones y adulación, se colocan inevitablemente en la posición de esclavos del salario, solo para vivir, solo para estar saciados, renunciando a su dignidad humana y a su voluntad de verdad y bondad».

Kenjuro Yanagida, «Filosofía de la libertad».

Kenjūro Yanagida (1893-1983), filósofo japonés partidario del materialismo dialéctico, historiador de la filosofía, comunista y miembro del Partido Comunista de Japón (PCJ). 

Y aquí, camaradas, surge la pregunta: ¿Qué hacemos?

La respuesta es una sola: estudiar el marxismo-leninismo como arma viva de la lucha de clases. 

Solamente al dominar esta doctrina, el trabajador comprenderá por qué se devalúa su trabajo, por qué los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres, por qué cierran las fábricas y se degrada la educación. Sólo el marxismo-leninismo, ofrece una comprensión clara del tipo de sociedad en la que nos encontramos.

¿Para qué debe formarse el trabajador? 

Para no ser un instrumento ciego en manos de los explotadores, para ver el rugido bestial del enemigo de clase. 

Para organizarse, unirse y derrocar este odioso régimen.  El conocimiento no es un privilegio de la intelectualidad burguesa, sino una condición necesaria para la liberación del proletariado.

¡Camaradas! 

Durante muchos años nos han convencido de que el marxismo está obsoleto, de que la lucha de clases es un vestigio del pasado. Pero la realidad demuestra cada día lo contrario: el capitalismo no ha cambiado, se derrumba por su ambición destructiva. 

Y por eso, hoy más que nunca, son actuales las palabras de Lenin: «¡Aprender, aprender y volver a aprender el comunismo!». 

¡Abajo la escuela burguesa del consumismo! 

¡Viva la educación socialista, que forma a los luchadores! 

¡Viva el marxismo-leninismo, la brújula de la clase obrera en el mundo del caos capitalista!


SOBRE LA SANIDAD

Por la salud del trabajador.

«... Pero no solo el salario determina los ingresos de una familia soviética. A ello hay que sumar el dinero que nuestro Estado destina a la enseñanza secundaria y superior, el que se destina al mantenimiento de guarderías y centros de atención infantil, y el que se abona a los ciudadanos soviéticos en forma de pensiones y prestaciones…

Y eso no es todo. Millones de soviéticos mejoran cada año su salud, en sanatorios y centros de descanso, lo que también supone un importante gasto público.

De hecho, a menudo las estancias en sanatorios se ofrecen a los trabajadores y empleados de forma gratuita o por un precio muy reducido.

¡La asistencia sanitaria!

La atención médica gratuita para la población, la amplia red de hospitales, policlínicas y otros centros sanitarios: son uno de los mayores logros del sistema socialista. En cuanto a la cobertura sanitaria, la Unión Soviética ocupa el primer puesto del mundo. Por cada 10.000 habitantes en la República Socialista Soviética de Armenia, por ejemplo, había ocho veces más médicos que en Turquía, en Uzbekistán, trece veces más que en Pakistán, y en la República Socialista Soviética de Turkmenistán, diecinueve veces más que en Irán.

Hace unos años ocurrió un caso así en la ciudad de Atlanta (EE. UU.).

A George Chambly, un desempleado, le nació un hijo. Sin embargo, no pudo ver al niño: el propietario de la clínica de maternidad lo retuvo… como garantía, hasta que le pagaran el importe de la asistencia médica prestada a la parturienta. Y la suma exigida no era nada desdeñable: 334 dólares. Por mucho que el padre y la madre suplicaran que les devolvieran a su hijo, prometiendo pagar en cuanto consiguieran trabajo, fue en vano. El propietario se mantuvo inflexible. Durante aproximadamente un mes, los Chambly recorrieron los tribunales hasta que les permitieron llevarse a su hijo, con la condición de saldar la deuda posteriormente. ¡Esta es la terrible realidad del capitalismo!».

(Детская энциклопедия, 1962 г., с. 220-221-La Enciclopedia Infantil, 1962, págs. 220-221).


SOBRE LA CULTURA

En la Unión Soviética existía una práctica única: junto a las fábricas y las plantas de producción, en las granjas colectivas, se inauguraban palacios de la cultura. Los trabajadores, tras tomar el poder, organizaban con su ayuda no solo su trabajo, sino también su ocio. 

Las clases sociales más oprimidas, que antes se veían privadas de cualquier actividad creativa, disponían a partir de entonces de amplísimas oportunidades para iniciarse en ellas. Fíjate en lo que ocurre ahora: el poder de la burguesía solo abre antros, a los que ni siquiera se les puede llamar «ocio», pero que le sacan dinero a los trabajadores de forma constante.

No es lo mismo.

Para engañar a los trabajadores de a pie, los propagandistas de la clase dominante, suelen recurrir a su truco favorito: equiparan la propiedad personal, con la propiedad privada de los medios de producción y el capital, en sus diversas formas.

Cuando se habla de propiedad privada, cualquier propietario de fábricas y tierras, dirigiéndose a las masas oprimidas, diserta sobre el justo derecho del ser humano a poseer sus propios pantalones. Equiparando vuestro derecho a poseer unos vaqueros desgastados, con su derecho a apropiarse de los frutos de vuestro trabajo.

Por desgracia, muchos siguen sin comprender la diferencia entre unos pantalones de su armario, y la fábrica donde se cosieron esos pantalones. Entre una parcela personal junto a la casa, y las decenas de hectáreas de tierra, que un propietario privado arrienda para obtener renta del suelo.

Enlace original extraido:

ВКП(б) - Всесоюзная Коммунистическая партия большевиков.


TRABAJO HASTA EL DESGASTE

Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

¿Recordáis el cuento de Pushkin sobre el cura y su jornalero, Balda?

El cura contrató al jornalero por tres jornadas al año, y Balda trabajaba por siete, y comía por cuatro. Una explotación clásica, conocida por cualquiera que haya tenido alguna vez en sus manos un informe de vida laboral. Pero Pushkin, como recordaréis, terminó el cuento con la victoria de Balda: le dio una lección al cura codicioso y se llevó lo que se merecía.

Y en la Rusia actual, lo siento, no habrá final feliz.

Porque aquí un trabajador, realiza el trabajo de siete, cobra un salario y, en lugar de tres palmadas en la espalda, lo que le espera es el agotamiento, el despido y un nuevo «Balda» en su lugar. Y nuestro «pope» no es un anciano calvo, sino un capitalista bastante moderno que razona en términos del Producto Económico Interno, bonificaciones y «capital humano». Analicemos por qué la motivación laboral en Rusia es catastróficamente baja, y si es posible, aumentarla sin cambiar todo el sistema.

¿Cómo razona el capitalista ruso?

Imaginemos, que eres el propietario de una fábrica o el director de una gran empresa. Tu objetivo es maximizar los beneficios y minimizar los costes. El salario de un trabajador es un gasto. Por lo tanto, hay que reducirlo al mínimo. Pero tampoco te conviene que el trabajador sea completamente indigente, ya que no podría trabajar. Se necesita un equilibrio: que al trabajador le alcance para comer y pagar el alquiler, pero que no le sobre para unas vacaciones, un coche nuevo o ahorrar dinero. ¿Cómo lograrlo? Lo más sencillo es:

Fija el salario base en un nivel de subsistencia. De modo que, sin primas, el trabajador apenas pueda llegar a fin de mes. Digamos, entre 20.000 y 25.000 rublos netos. Esto bastará para el pan, los cereales y los gastos de comunidad, pero no para la carne, la ropa y el ocio.

Introduce una prima por cumplir una producción laboral. El plan lo diseña de tal forma, que sólo se pueda cumplir trabajando «por siete». Horas extras, trabajo los fines de semana, renunciar a las comidas, correr a la velocidad de un atleta.

Anuncia: «¡Si cumplís el objetivo, recibiréis una prima del 100 % del sueldo!». Es decir, en lugar de 25 mil, recibiréis 50. Eso ya se parece a una vida digna. Pero para ello hay que esforzarse, agotándose muchísimo.

Si, por algún milagro, la mayoría cumple una norma establecida, al mes siguiente aumenta ese objetivo. Porque si todos reciben la prima, significa que el objetivo era demasiado fácil. Debes pagar la prima sólo a los mejores, o mejor aún, a nadie. Lo ideal es que el 80 % de los trabajadores no cumpla el objetivo, mientras que el 20 % lo cumpla al límite, y reciba la prima, pero que al mismo tiempo, el salario medio se mantenga bajo.

La lógica del capitalista: «Fomentamos el aumento salarial. Si quieres vivir bien, trabaja más. Y si no quieres, vete a otro sitio, allí las condiciones son las mismas». Esta lógica no tiene en cuenta lo más importante: el cuerpo humano no es una máquina.

¿Por qué no funciona el esquema de «salario bajo + prima por méritos»?

Veamos qué le ocurre al trabajador en un sistema así.

Primer mes. Entrega con gran esfuerzo el 150 % de las metas laborales. Duerme cinco horas, no tiene días libres, no ve a su familia. Cumple los objetivos y recibe la prima. Su sueldo ha pasado de 25.000 a 50.000. ¡Hurra! Ahora puede permitirse carne de calidad e ir al cine.

Segundo mes. La dirección aumenta la producción a obtener un 15 %. El trabajador tiene que dar ya el 170 % de sí mismo. Lo intenta. Pero el cansancio se acumula. Empieza a cometer errores, a estropear piezas, a perder tiempo en retoques o, en el caso del sector servicios, la calidad del servicio prestado disminuye. Al final, se cumple el objetivo, pero la prima es un poco menor: 45 mil. Y ya no le quedan fuerzas para nada.

Tercer mes. La meta a conseguir, de nuevo aumenta otro 10 %. El trabajador ya está exhausto. Apenas llega a fin de mes. No se cumple el objetivo: 90 %. No hay prima. Gana 25 mil.

Al cuarto mes, dimite. No puede vivir con el sueldo que le dan. Se va a otra empresa, donde rige el mismo sistema. Y todo vuelve a empezar.

¿Qué ha obtenido el capitalista?

Tres meses de productividad relativamente alta y, después, la pérdida de personal cualificado, los gastos de búsqueda y formación de un nuevo empleado, y un periodo de baja productividad hasta que el novato se pone al día.

¿Qué ha obtenido el trabajador?

Tres meses de infierno, agotamiento, salud deteriorada y posibles disputas familiares. Y, al final, el mismo sueldo de miseria en su nuevo puesto. Esta es la rueda del samsara del capitalismo ruso (y, de hecho, del imperialismo mundial actual). Lleva girando un montón de años y a nadie le resulta saludable convivir con esta dictadura de la clase de los explotadores.

¿Por qué el trabajador ya no quiere «ir más allá de sus posibilidades»?

Pregúntale a cualquier obrero que trabaja en la industria, en logística, en el comercio o en el sector servicios. Te dirá: «Sé que si me esfuerzo, ganaré más. Pero no quiero esforzarme. Porque sé que, dentro de un mes, subirán el objetivo y volveré a correr como una ardilla en una rueda. Y no tengo una segunda vida, la salud iré perdiendo».

Es una elección racional. La persona no solo tiene en cuenta el dinero, sino también sus fuerzas, su tiempo, su salud y su relación con la familia. Y llega a la conclusión: «¿Merece la pena una prima de 10.000 por no ver crecer a mis hijos? ¿Merecen la pena 20.000 para acabar yendo al médico con hipertensión a los 40 años?». Y la mayoría responde: no, no vale la pena.

¿Cómo podemos, ni comparar, con la «motivación soviética»?

¡Allí también había objetivos a cumplir, y planes a realizar!

La Unión Soviética abordaba la motivación de otra manera. Sí, había planes. Sí, había competencia social, un movimiento de impulso generativo de «entusiastas» que apoyaba la construcción del socialismo, además del movimiento estajanovista, para la obtención de objetivos. Pero también había diferencias importantes.

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En primer lugar, el salario básico era digno. No solamente para obtener «pan y agua», sino para llevar una vida normal de satisfacción de las necesidades cotidianas. La vivienda era gratuita. La asistencia sanitaria, gratuita. La educación, gratuita. El descanso en un balneario, casi gratuito. Incluso con el salario mínimo, el ciudadano soviético no pasaba hambre ni vivía en la calle.

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En segundo lugar, las primas por superar el plan no suponían de «pasar del salario mínimo a pasar hambre», sino que se obtenía con una mejora sustancias de ingresos reales, una vida ya de por sí muy aceptable. Llegando a tener posibilidad de comprarse un coche, muebles o irse de vacaciones.

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En tercer lugar, el pueblo entendía por quienes trabajaban y para qué dedicaban su vida laboral. No trabajaban para un tipo que se llevaría los beneficios a un paraíso fiscal. Se enorgullecían ser un colectivo que era parte de su Estado Proletario, para su fábrica, para los demás trabajadores. El reconocimiento social, los tablones de honor de los miembros que se distinguían por su trabajo, diplomas acreditativos de "trabajador de choque", premios con "Órdenes de Trabajo bien hecho, socialistas". No… no eran palabras vacías, eran hechos consumados.

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En cuarto lugar, los objetivos no se elevaban sin límite. Había cuotas de producción técnicamente fundamentadas, calculadas por ingenieros, y no por directivos que buscaban exprimir al máximo a la población. Y si un trabajador superaba el objetivo, su logro era compartido, para que todos se sintiesen orgullosos del trabajo desarrollado por su compañero. Entonces ocurría generalmente un hecho social, poco entendido por el capitalismo. Se convertía en un acicate para el desarrollo y fomento de la capacidad laboral de todos. No ocurría cada mes, sino la traslación a medidas laborales concretas, tras un análisis en profundidad, para conseguir nuevos métodos de trabajo, que aportasen un avance posible de alcanzar por todos.

Por supuesto, en la URSS también había casos de agotamiento y se cometían excesos. Pero el sistema de incentivos estaba diseñado, para que el trabajador consiguiera vivir mejor y quisiera ir a trabajar en armonía a unos estándares laborales superiores.

La diferencia es evidente. Ahora, no trabajan mejor, por miedo a que le castiguen por sus éxitos laborales, aumentándole sus objetivos a alcanzar...

 

EL PROLETARIO Y EL ESCLAVO 

Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

¿En qué se diferencia la esclavitud asalariada capitalista actual de la clásica, de aquella esclavitud que, como sabemos, existía en el sistema antiguo esclavista?

Si lo pensamos y comparamos por sus hechos, comprenderemos que sólo se diferencia en la forma, pero que en esencia, sigue siendo esclavitud.

El antiguo esclavista, para obligar al esclavo a obedecerle y a trabajar para él, recurría a la coacción física. Contaba con hombres armados que obligaban a los esclavos a trabajar por la fuerza, les azotaba con látigos y palos, y los encadenaba, les ponía collares, o amputaban miembros.

El esclavista moderno —el capitalista— recurre a la coacción económica. Ha arrebatado a los hombres que trabajaban con sus instrumentos de trabajo, convirtiéndoles en proletarios, sin medios de producción, fábricas, ni talleres, siendo la clase capitalista quien apropiándose de todo, les ha planteado una disyuntiva, o trabajan para él o se mueren de hambre.

Además, el esclavista moderno, el capitalista, es parte de la violencia contra los trabajadores, y recurre a una fuerza de seguridad de sus intereses bien retribuida. Y es que el ejército y la policía en el Estado capitalista existen precisamente para proteger su propiedad. Para reprimir a los esclavos si se rebelan e intentan liberarse de la esclavitud (es decir, si intentan destruir la propiedad privada y socializar los medios de producción, privando al esclavista moderno de la posibilidad de mantenerlos en la esclavitud).

Los antiguos esclavistas reprimían con saña y en un baño de sangre las revueltas de los esclavos, cualquier intento que estos hicieran por liberarse. A los esclavos derrotados los torturaban salvajemente y los ejecutaban por centenares y miles. Tras la represión de la revuelta de Espartaco, las hileras de postes con esclavos crucificados se extendían a lo largo de decenas de kilómetros a lo largo de las carreteras.

Como se sabe por la historia, los esclavistas modernos —los capitalistas— tampoco dudaron en emplear toda la violencia posible contra sus esclavos proletarios en rebelión. No les ahorraron ni plomo, ni fuego, ni balas, ni proyectiles, ni cárceles, ni horcas.

Un ejemplo de ello es nuestra Guerra Civil tras la Gran Revolución de Octubre. En aquel entonces, los esclavistas derrocados por el pueblo trabajador estaban dispuestos a todo, con tal de recuperar su propiedad y el poder sobre sus antiguos esclavos. La historia recuerda las terribles matanzas, perpetradas por los blancos contra los soldados del Ejército Rojo que habían caído prisioneros. Las atrocidades de los blancos, contra los obreros y los campesinos, cuya única culpa era haber ayudado a los rojos, y de haber querido liberarse de la esclavitud asalariada. Estos crímenes están grabados con sangre, en la memoria del pueblo trabajador.

Por supuesto, los capitalistas actuales se esfuerzan por todos los medios por ocultarnos el hecho de que somos sus esclavos asalariados. Nos engañan con ahínco para que no lleguemos a descubrir la verdad. Disponen de muchas artimañas y astucias para engañarnos y despistarnos.

«¿En qué me diferencio de un esclavo?», se pregunta el trabajador de hoy en día.

A lo que el burgués-empresario de hoy en día, se apresura a responderle: «La diferencia fundamental es que el esclavo no era libre, mientras que tú sí lo eres».

¿Crees que alguien te obliga a trabajar?, se sorprende el burgués. Tienes libertad para elegir: para quién trabajar, o montar tu propio negocio, o dedicarte a la función pública, o, por último, simplemente irte al campo y vivir de la tierra. Un esclavo no podía hacer nada de eso».

Mas, por supuesto, estas aseveraciones son pura falacia:

¡Todo lo que nos dice nuestro esclavista moderno es mentira! ¡Y no hay que creerle!

¿Nos asegura que somos libres? Ya se ha hablado antes de esta «libertad». El esclavo se veía obligado a trabajar para el esclavista, de lo contrario, lo mataban. El proletario también se ve obligado a trabajar para el empresario, de lo contrario, morirá de hambre.

Ahí está toda la «libertad».

¿En qué sentido es «libre» el proletario?

Sólo en uno. Si antes un esclavo concreto pertenecía a un esclavista concreto, en nuestra época cada proletario pertenece a TODA LA CLASE CAPITALISTA.

Sí. El proletario es libre de elegir a qué capitalista venderá su fuerza de trabajo. Puede marcharse de uno y pasar a otro, a un tercero, a un quinto. Pero el proletario no puede alejarse de la clase capitalista, ni dejar de vivir de la venta de su existencia como productor de ganancia, para el explotador de turno. Resulta que nuestra tan cacareada «libertad» es la libertad de elegir a nuestro propio esclavista.

Aún más engañosa resulta la frase «puedes montar tu propio negocio». Esta frase no resiste en absoluto ninguna crítica. En cuanto empiezas a aplicar la lógica, en cuanto intentas independizarte, el burgués competidor se pone rojo de ira y empieza a gritarte que "ni pensar en abandonarle, pues tendrías las más terribles consecuencias", sin dejarte decir ni una palabra, algo que me ha pasado en más de una ocasión.

Y refutar esta afirmación es muy fácil.

Basta con señalar, a nuestro poco respetable oponente en qué época vivimos. Vivimos en una época en la que la pequeña producción ha quedado irremediablemente en el pasado. Ahora, la base de la producción son las grandes empresas, las plantas y las fábricas. En nuestra época, la humanidad produce todo lo necesario mediante una producción industrial a gran escala, de carácter social y colectiva, cuyos ámbitos y sectores son interdependientes y están interrelacionados. Para poner en marcha la enorme maquinaria productiva mundial, se requiere el trabajo conjunto y organizado de miles de millones de trabajadores, bajo el sistema imperialista de coacción y esclavitud asalariada.

Por eso basta con preguntarle a nuestro burgués, que nos asegura que «cualquiera puede montar su propio negocio»: si todos «montamos nuestro propio negocio», si TODOS los proletarios se convirtieran en empresarios, ¿QUIÉN se quedaría entonces en la producción? Volveríamos a la época atrasada del trabajo artesanal. Naturalmente, toda la producción social lograda, se detendría. Es decir, nos quedaremos sin industria colectiva para toda la población. Y eso significa volver a la economía de subsistencia, a la época del feudalismo primitivo.

Está claro que eso es imposible. La humanidad no volverá al feudalismo, no renunciará a la industria. Ahora estamos en la fase imperialista de la producción, donde se siguen imponiendo la dictadura de las empresas privadas, en las que trabajan cientos y miles de trabajadores, la producción organizada de millones de personas a una minoría parasitaria.

La cuestión se reduce a una sola cosa:

¿Por ello, es tan importante saber a quién pertenecen estas grandes empresas? ¿A toda la sociedad o a una clase de capitalistas? ¿Para quién trabajarán estos millones de trabajadores: para sí mismos, creando bienes para toda la sociedad? ¿O para unas corporaciones nacionales e internacionales, a quienes se entregan su trabajo y les generan riquezas inauditas? Es decir, ¿asegurándoles influencia, poder y dominio sobre el mundo, sobre miles de millones de trabajadores, sobre países y continentes enteros?

Lo mismo ocurre con la propuesta que se me hace a mí, un proletario, de incorporarme a la función pública.

Bueno, supongamos que quiero incorporarme a la función pública. ¿Y qué pasa después?

Y es que hoy en día un puesto cómodo en la administración pública es sinónimo de capital. ¡Es un embudo, con muy pocos alcanzan por los miles de aspirantes que quieren conseguirlo! ¿Y quién conseguirá hacerse con él? ¿Quizás yo? ¿Sin estudios (si no hay dinero, tampoco hay estudios)? ¿Sin posibilidad de dar un soborno? ¿Quién me dejará acceder al pesebre del Estado, si todos los puestos están reservados, repartidos de antemano para «los suyos»? ¿Y quiénes son «los suyos»? Está claro quién. Los ricos, saben en primer lugar como hacer que los elegidos, lamen sus manos. Se convierten en fieles defensores de su sistema de opresión de la sociedad. Colocará en ese puesto codiciado no solamente a su mujer, a su hermana, a su hijo, a su hija, sino a sus protegidos, y velará continuamente la forma de pensar de los elegidos. ¡Porque desean que les vigile su estado, alguien que defienda su poder, para impulsar sus negocios y eliminar a la competencia!

Así que a mí, que no tengo dinero, no me espera una carrera como funcionario. A mí y a los que son como yo solo nos queda un camino:

¡Estar preparados para ingresar cuando sea posible las filas del Ejército Rojo y lanzarnos al asalto del capital!

Y en cuanto a lo de irse al campo y vivir de la tierra, primero hay que comprar esa tierra. Hay que construir o, de nuevo, comprar una casa. Se puede, claro, vender el piso, etcétera, etcétera.

Pero, como ya se ha dicho, la economía natural es cosa del pasado. En la agricultura también predominan ahora las relaciones capitalistas. La pequeña producción ya no es rentable ni racional, ni en la industria ni en la agricultura. Para vivir dignamente, para mantener la casa y pagar la tierra, para comprar maquinaria, combustible, recambios, ropa y dar una educación a los hijos, tengo que vender mi producción. Por lo tanto, mi explotación debe ser rentable. Y solo una gran explotación puede serlo. Así que, mires donde mires, no queda más remedio que elegir:

– O bien ampliar la explotación, contratar jornaleros y convertirme en un terrateniente.

– O bien arruinarme e ir yo mismo a trabajar como jornalero para algún terrateniente local.

La elección, tanto en el campo como en la industria, es única: o explotas revolucionariamente, o te explotan. O eres un esclavo asalariado del capitalista, o te conviertes en un capitalista esclavista.

Por supuesto, existe una tercera vía para nosotros, los proletarios: la lucha por nuestra emancipación social. Si no quieres ser ni esclavo ni esclavista, si quieres ser una persona libre, emprende este camino.

Lucha por la abolición de la esclavitud capitalista asalariada, por la abolición de la propiedad privada.

Lucha para que se derrote el poder de la burguesía y se establezca el poder de los trabajadores.

Entonces llegará el fin de nuestra esclavitud.


Enlace original:

- ВКП(б) - Всесоюзная Коммунистическая партия большевиков.