
Recogido
de "Clase
Obrera"
(РК
- "Рабочий
класс"),
publicado en СТАЛИН
- НАШЕ ЗНАМЯ! / Stalin - our Banner! (¡STALIN,
NUESTRA BANDERA!). Traducción Nestor Guadaño.
SOBRE
LA FORMACIÓN ESCOLAR
El
conocimiento y la educación constituyen uno de los primeros grandes
logros que, tras la revolución socialista, se pusieron al alcance de
las amplias masas trabajadoras. Ya en los primeros años del poder
soviético, los bolcheviques llevaron a las aulas a decenas de
millones de ciudadanos analfabetos y semianalfabetos del joven Estado
proletario.
Desde
la época soviética hasta hoy, se reproduce una ejemplar constumbre,
el primer día de escuela. Nos referimos "Al primer timbre".
Un adolescente del último año de secundaria, carga sobre sus
hombros a una niña pequeña que ingresa al primer grado. Mientras el
joven camina frente a todos los alumnos, padres y maestros reunidos
en el patio de la escuela, la niña sostiene y agita una campana
marcando el inicio del año académico.
Con
esta tradición así llamada del Primer Timbre, simboliza la
continuidad y el relevo, cerrándose el acto con la llamada Lineika,
es decir la solemne inauguración del nuevo ciclo escolar.
En
1937, veinte años después de la Revolución de Octubre, en
comparación con el año de 1914, anterior a la guerra, el número
total de alumnos se había multiplicado por 3,5, y el número de
alumnos en los institutos de secundaria, por más de 20.
Entre
1930 y 1940, el número de centros de enseñanza superior y técnica
secundaria en la URSS, se multiplicó por cuatro y superó los 150.
Según el censo de 1939, el 87,4 % de los habitantes del país ya
sabían leer y escribir. También se redujo considerablemente la
brecha en el nivel de alfabetización entre la población urbana y la
rural.
En
tan solo 16 años, de 1923 a 1939, más de 50 millones de ciudadanos
analfabetos y unos 40 millones de ciudadanos, con un bajo nivel de
alfabetización de diferentes edades, recibieron formación en la
URSS. Se abrieron bibliotecas para los trabajadores y los campesinos,
y los museos, teatros y exposiciones se hicieron más accesibles. El
conocimiento y la cultura, dejaron de ser un privilegio de las clases
ricas y cultas.
¿Y
qué tenemos hoy en día en la Rusia capitalista?
La
comercialización y la optimización de la educación, la
desculturización y la barbarización de las masas.
La
lista de «deslogros» de este tipo sería interminable. La educación
se ha convertido en una mercancía, pues los capitalistas no
necesitan un proletariado demasiado culto, educado y con capacidad de
pensamiento.
Mientras
nos alimentan con cuentos de hadas, se está produciendo una terrible
degradación de la educación. En la URSS, la educación no era un
servicio, sino el mayor logro del Octubre. Su objetivo no era
preparar a la persona para superar un examen, sino formar una
personalidad plenamente desarrollada, capaz de pensar, crear y vivir
en colectividad.
Hoy,
en cambio, la escuela burguesa forma cínicamente no a un ciudadano,
sino a un consumidor cualificado, y a un esclavo asalariado sumiso.
La
escuela soviética fomentaba el colectivismo, no la carrera de ratas
por las notas. No estabas solo ante las dificultades. A tu lado
estaban el grupo de pioneros, la célula del Komsomol, los
compañeros. Tu éxito era el éxito de la clase, tu fracaso, una
preocupación común. Fomentaba el trabajo como una cuestión de
honor, y no como una maldición. No teníamos miedo de ensuciarnos
las manos en las jornadas de voluntariado, porque entendíamos que
estábamos construyendo nuestro futuro común. Fomentaba la sed de
conocimiento para transformar el mundo, y no por el mero hecho de
marcar una casilla.
La
escuela capitalista, por su parte, forma al individualista, que
desde primer curso aprende que «el hombre es un lobo para el
hombre», que «sobrevive el más fuerte», y que tu valor
se mide por las notas del examen unificado, y los ingresos de tus
padres. Forma al consumidor. Te enseñan no a pensar, sino a elegir
entre la oferta disponible. No a crear, sino a comprar. No a luchar,
sino a adaptarse. Las aulas se han convertido en una cadena de
montaje, para producir biomasa dócil para el mercado laboral.
¡Fíjate
en estas «reformas»!
El
examen único de acceso (EGE) no tiene sentido, como lugar de
conocimientos profundos. Es como un adiestramiento para adivinar las
respuestas correctas. La «optimización» de las escuelas rurales,
es la destrucción del trabajo en el campo. Actividades
extraescolares de pago, y profesores particulares. Una barrera que
separa a los hijos de los proletarios de un futuro digno. El
profesor, ese abnegado, está abocado a la miseria y a la esclavitud
burocrática. Todo esto forma parte de una política deliberada de la
burguesía. Mantener a los trabajadores en la ignorancia y la
sumisión para que sea más fácil explotarlos.
ESCLAVOS
DEL SALARIO
Qué
ridículos resultan todos esos orgullosos «antisoviéticos»,
esclavos asalariados endeudados hasta las cejas, que temen perder su
puesto de trabajo, temen enfermarse o no poder pagar la siguiente
cuota de la hipoteca y, sin embargo, nos hablan de lo poco libres e
intimidados que estaban los ciudadanos soviéticos.
«Las
personas que trabajan por cuenta ajena se encuentran en una situación
tan desesperada que, si dejan de trabajar aunque sea un solo día, se
quedarán inmediatamente sin medios de subsistencia. Por eso, en su
afán por conseguir a toda costa un puesto en una empresa, aunque sea
a costa de humillaciones y adulación, se colocan inevitablemente en
la posición de esclavos del salario, solo para vivir, solo para
estar saciados, renunciando a su dignidad humana y a su voluntad de
verdad y bondad».
Kenjuro
Yanagida, «Filosofía de la libertad».
Kenjūro
Yanagida (1893-1983), filósofo japonés partidario del materialismo
dialéctico, historiador de la filosofía, comunista y miembro del
Partido Comunista de Japón (PCJ).
Y
aquí, camaradas, surge la pregunta: ¿Qué hacemos?
La
respuesta es una sola: estudiar el marxismo-leninismo como arma
viva de la lucha de clases.
Solamente
al dominar esta doctrina, el trabajador comprenderá por qué se
devalúa su trabajo, por qué los ricos se hacen más ricos y los
pobres más pobres, por qué cierran las fábricas y se degrada la
educación. Sólo el marxismo-leninismo, ofrece una comprensión
clara del tipo de sociedad en la que nos encontramos.
¿Para
qué debe formarse el trabajador?
Para
no ser un instrumento ciego en manos de los explotadores, para ver el
rugido bestial del enemigo de clase.
Para
organizarse, unirse y derrocar este odioso régimen. El
conocimiento no es un privilegio de la intelectualidad burguesa, sino
una condición necesaria para la liberación del proletariado.
¡Camaradas!
Durante
muchos años nos han convencido de que el marxismo está obsoleto, de
que la lucha de clases es un vestigio del pasado. Pero la realidad
demuestra cada día lo contrario: el capitalismo no ha cambiado, se
derrumba por su ambición destructiva.
Y
por eso, hoy más que nunca, son actuales las palabras de Lenin:
«¡Aprender, aprender y volver a aprender el comunismo!».
¡Abajo
la escuela burguesa del consumismo!
¡Viva
la educación socialista, que forma a los luchadores!
¡Viva
el marxismo-leninismo, la brújula de la clase obrera en el mundo del
caos capitalista!
SOBRE
LA SANIDAD
Por
la salud del trabajador.
«...
Pero no solo el salario determina los ingresos de una familia
soviética. A ello hay que sumar el dinero que nuestro Estado destina
a la enseñanza secundaria y superior, el que se destina al
mantenimiento de guarderías y centros de atención infantil, y el
que se abona a los ciudadanos soviéticos en forma de pensiones y
prestaciones…
Y
eso no es todo. Millones de soviéticos mejoran cada año su salud,
en sanatorios y centros de descanso, lo que también supone un
importante gasto público.
De
hecho, a menudo las estancias en sanatorios se ofrecen a los
trabajadores y empleados de forma gratuita o por un precio muy
reducido.
¡La
asistencia sanitaria!
La
atención médica gratuita para la población, la amplia red de
hospitales, policlínicas y otros centros sanitarios: son uno de los
mayores logros del sistema socialista. En cuanto a la cobertura
sanitaria, la Unión Soviética ocupa el primer puesto del mundo. Por
cada 10.000 habitantes en la República Socialista Soviética de
Armenia, por ejemplo, había ocho veces más médicos que en Turquía,
en Uzbekistán, trece veces más que en Pakistán, y en la República
Socialista Soviética de Turkmenistán, diecinueve veces más que en
Irán.
Hace
unos años ocurrió un caso así en la ciudad de Atlanta (EE. UU.).
A
George Chambly, un desempleado, le nació un hijo. Sin embargo, no
pudo ver al niño: el propietario de la clínica de maternidad lo
retuvo… como garantía, hasta que le pagaran el importe de la
asistencia médica prestada a la parturienta. Y la suma exigida no
era nada desdeñable: 334 dólares. Por mucho que el padre y la madre
suplicaran que les devolvieran a su hijo, prometiendo pagar en cuanto
consiguieran trabajo, fue en vano. El propietario se mantuvo
inflexible. Durante aproximadamente un mes, los Chambly recorrieron
los tribunales hasta que les permitieron llevarse a su hijo, con la
condición de saldar la deuda posteriormente. ¡Esta es la terrible
realidad del capitalismo!».
(Детская
энциклопедия, 1962 г., с. 220-221-La Enciclopedia
Infantil, 1962, págs. 220-221).
SOBRE
LA CULTURA
En
la Unión Soviética existía una práctica única: junto a las
fábricas y las plantas de producción, en las granjas colectivas, se
inauguraban palacios de la cultura. Los trabajadores, tras tomar el
poder, organizaban con su ayuda no solo su trabajo, sino también su
ocio.
Las
clases sociales más oprimidas, que antes se veían privadas de
cualquier actividad creativa, disponían a partir de entonces de
amplísimas oportunidades para iniciarse en ellas. Fíjate en lo que
ocurre ahora: el poder de la burguesía solo abre antros, a los que
ni siquiera se les puede llamar «ocio», pero que le sacan dinero a
los trabajadores de forma constante.
No
es lo mismo.
Para
engañar a los trabajadores de a pie, los propagandistas de la clase
dominante, suelen recurrir a su truco favorito: equiparan la
propiedad personal, con la propiedad privada de los medios de
producción y el capital, en sus diversas formas.
Cuando
se habla de propiedad privada, cualquier propietario de fábricas y
tierras, dirigiéndose a las masas oprimidas, diserta sobre el justo
derecho del ser humano a poseer sus propios pantalones. Equiparando
vuestro derecho a poseer unos vaqueros desgastados, con su derecho a
apropiarse de los frutos de vuestro trabajo.
Por
desgracia, muchos siguen sin comprender la diferencia entre unos
pantalones de su armario, y la fábrica donde se cosieron esos
pantalones. Entre una parcela personal junto a la casa, y las decenas
de hectáreas de tierra, que un propietario privado arrienda para
obtener renta del suelo.
Enlace
original extraido:
ВКП(б)
- Всесоюзная Коммунистическая партия
большевиков.
TRABAJO
HASTA EL DESGASTE
Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.
¿Recordáis
el cuento de Pushkin sobre el cura y su jornalero, Balda?
El
cura contrató al jornalero por tres jornadas al año, y Balda
trabajaba por siete, y comía por cuatro. Una explotación clásica,
conocida por cualquiera que haya tenido alguna vez en sus manos un
informe de vida laboral. Pero Pushkin, como recordaréis, terminó el
cuento con la victoria de Balda: le dio una lección al cura
codicioso y se llevó lo que se merecía.
Y
en la Rusia actual, lo siento, no habrá final feliz.
Porque
aquí un trabajador, realiza el trabajo de siete, cobra un salario y,
en lugar de tres palmadas en la espalda, lo que le espera es el
agotamiento, el despido y un nuevo «Balda» en su lugar. Y nuestro
«pope» no es un anciano calvo, sino un capitalista bastante moderno
que razona en términos del Producto Económico Interno,
bonificaciones y «capital humano». Analicemos por qué la
motivación laboral en Rusia es catastróficamente baja, y si es
posible, aumentarla sin cambiar todo el sistema.
¿Cómo
razona el capitalista ruso?
Imaginemos,
que eres el propietario de una fábrica o el director de una gran
empresa. Tu objetivo es maximizar los beneficios y minimizar los
costes. El salario de un trabajador es un gasto. Por lo tanto, hay
que reducirlo al mínimo. Pero tampoco te conviene que el trabajador
sea completamente indigente, ya que no podría trabajar. Se necesita
un equilibrio: que al trabajador le alcance para comer y pagar el
alquiler, pero que no le sobre para unas vacaciones, un coche nuevo o
ahorrar dinero. ¿Cómo lograrlo? Lo más sencillo es:
Fija
el salario base en un nivel de subsistencia. De modo que, sin primas,
el trabajador apenas pueda llegar a fin de mes. Digamos, entre 20.000
y 25.000 rublos netos. Esto bastará para el pan, los cereales y los
gastos de comunidad, pero no para la carne, la ropa y el ocio.
Introduce
una prima por cumplir una producción laboral. El plan lo diseña de
tal forma, que sólo se pueda cumplir trabajando «por siete». Horas
extras, trabajo los fines de semana, renunciar a las comidas, correr
a la velocidad de un atleta.
Anuncia:
«¡Si cumplís el objetivo, recibiréis una prima del 100 % del
sueldo!». Es decir, en lugar de 25 mil, recibiréis 50. Eso ya se
parece a una vida digna. Pero para ello hay que esforzarse,
agotándose muchísimo.
Si,
por algún milagro, la mayoría cumple una norma establecida, al mes
siguiente aumenta ese objetivo. Porque si todos reciben la prima,
significa que el objetivo era demasiado fácil. Debes pagar la prima
sólo a los mejores, o mejor aún, a nadie. Lo ideal es que el 80 %
de los trabajadores no cumpla el objetivo, mientras que el 20 % lo
cumpla al límite, y reciba la prima, pero que al mismo tiempo, el
salario medio se mantenga bajo.
La
lógica del capitalista: «Fomentamos el aumento salarial. Si quieres
vivir bien, trabaja más. Y si no quieres, vete a otro sitio, allí
las condiciones son las mismas». Esta lógica no tiene en cuenta lo
más importante: el cuerpo humano no es una máquina.
¿Por
qué no funciona el esquema de «salario bajo + prima por méritos»?
Veamos
qué le ocurre al trabajador en un sistema así.
Primer
mes. Entrega con gran esfuerzo el 150 % de las metas laborales.
Duerme cinco horas, no tiene días libres, no ve a su familia. Cumple
los objetivos y recibe la prima. Su sueldo ha pasado de 25.000 a
50.000. ¡Hurra! Ahora puede permitirse carne de calidad e ir al
cine.
Segundo
mes. La dirección aumenta la producción a obtener un 15 %. El
trabajador tiene que dar ya el 170 % de sí mismo. Lo intenta. Pero
el cansancio se acumula. Empieza a cometer errores, a estropear
piezas, a perder tiempo en retoques o, en el caso del sector
servicios, la calidad del servicio prestado disminuye. Al final, se
cumple el objetivo, pero la prima es un poco menor: 45 mil. Y ya no
le quedan fuerzas para nada.
Tercer
mes. La meta a conseguir, de nuevo aumenta otro 10 %. El trabajador
ya está exhausto. Apenas llega a fin de mes. No se cumple el
objetivo: 90 %. No hay prima. Gana 25 mil.
Al
cuarto mes, dimite. No puede vivir con el sueldo que le dan. Se va a
otra empresa, donde rige el mismo sistema. Y todo vuelve a empezar.
¿Qué
ha obtenido el capitalista?
Tres
meses de productividad relativamente alta y, después, la pérdida de
personal cualificado, los gastos de búsqueda y formación de un
nuevo empleado, y un periodo de baja productividad hasta que el
novato se pone al día.
¿Qué
ha obtenido el trabajador?
Tres
meses de infierno, agotamiento, salud deteriorada y posibles disputas
familiares. Y, al final, el mismo sueldo de miseria en su nuevo
puesto. Esta es la rueda del samsara del capitalismo ruso (y, de
hecho, del imperialismo mundial actual). Lleva girando un montón de
años y a nadie le resulta saludable convivir con esta dictadura de
la clase de los explotadores.
¿Por
qué el trabajador ya no quiere «ir más allá de sus
posibilidades»?
Pregúntale
a cualquier obrero que trabaja en la industria, en logística, en el
comercio o en el sector servicios. Te dirá: «Sé que si me
esfuerzo, ganaré más. Pero no quiero esforzarme. Porque sé que,
dentro de un mes, subirán el objetivo y volveré a correr como una
ardilla en una rueda. Y no tengo una segunda vida, la salud iré
perdiendo».
Es
una elección racional. La persona no solo tiene en cuenta el dinero,
sino también sus fuerzas, su tiempo, su salud y su relación con la
familia. Y llega a la conclusión: «¿Merece la pena una prima
de 10.000 por no ver crecer a mis hijos? ¿Merecen la pena 20.000
para acabar yendo al médico con hipertensión a los 40 años?». Y
la mayoría responde: no, no vale la pena.
¿Cómo
podemos, ni comparar, con la «motivación soviética»?
¡Allí
también había objetivos a cumplir, y planes a realizar!
La
Unión Soviética abordaba la motivación de otra manera. Sí, había
planes. Sí, había competencia social, un movimiento de impulso
generativo de «entusiastas» que apoyaba la construcción del
socialismo, además del movimiento estajanovista, para la obtención
de objetivos. Pero también había diferencias importantes.
En
primer lugar, el salario básico era digno. No solamente para obtener
«pan y agua», sino para llevar una vida normal de satisfacción de
las necesidades cotidianas. La vivienda era gratuita. La asistencia
sanitaria, gratuita. La educación, gratuita. El descanso en un
balneario, casi gratuito. Incluso con el salario mínimo, el
ciudadano soviético no pasaba hambre ni vivía en la calle.
En
segundo lugar, las primas por superar el plan no suponían de «pasar
del salario mínimo a pasar hambre», sino que se obtenía con una
mejora sustancias de ingresos reales, una vida ya de por sí muy
aceptable. Llegando a tener posibilidad de comprarse un coche,
muebles o irse de vacaciones.
En
tercer lugar, el pueblo entendía por quienes trabajaban y para qué
dedicaban su vida laboral. No trabajaban para un tipo que se llevaría
los beneficios a un paraíso fiscal. Se enorgullecían ser un
colectivo que era parte de su Estado Proletario, para su fábrica,
para los demás trabajadores. El reconocimiento social, los tablones
de honor de los miembros que se distinguían por su trabajo, diplomas
acreditativos de "trabajador de choque", premios con
"Órdenes de Trabajo bien hecho, socialistas". No… no
eran palabras vacías, eran hechos consumados.
En
cuarto lugar, los objetivos no se elevaban sin límite. Había cuotas
de producción técnicamente fundamentadas, calculadas por
ingenieros, y no por directivos que buscaban exprimir al máximo a la
población. Y si un trabajador superaba el objetivo, su logro era
compartido, para que todos se sintiesen orgullosos del trabajo
desarrollado por su compañero. Entonces ocurría generalmente un
hecho social, poco entendido por el capitalismo. Se convertía en un
acicate para el desarrollo y fomento de la capacidad laboral de
todos. No ocurría cada mes, sino la traslación a medidas laborales
concretas, tras un análisis en profundidad, para conseguir nuevos
métodos de trabajo, que aportasen un avance posible de alcanzar por
todos.
Por
supuesto, en la URSS también había casos de agotamiento y se
cometían excesos. Pero el sistema de incentivos estaba diseñado,
para que el trabajador consiguiera vivir mejor y quisiera ir a
trabajar en armonía a unos estándares laborales superiores.
La
diferencia es evidente. Ahora, no trabajan mejor, por miedo a que le
castiguen por sus éxitos laborales, aumentándole sus objetivos a
alcanzar...
EL
PROLETARIO Y EL ESCLAVO
Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor
Guadaño.
¿En
qué se diferencia la esclavitud asalariada capitalista actual de la
clásica, de aquella esclavitud que, como sabemos, existía en el
sistema antiguo esclavista?
Si
lo pensamos y comparamos por sus hechos, comprenderemos que sólo se
diferencia en la forma, pero que en esencia, sigue siendo esclavitud.
El
antiguo esclavista, para obligar al esclavo a obedecerle y a trabajar
para él, recurría a la coacción física. Contaba con hombres
armados que obligaban a los esclavos a trabajar por la fuerza, les
azotaba con látigos y palos, y los encadenaba, les ponía collares,
o amputaban miembros.
El
esclavista moderno —el capitalista— recurre a la coacción
económica. Ha arrebatado a los hombres que trabajaban con sus
instrumentos de trabajo, convirtiéndoles en proletarios, sin medios
de producción, fábricas, ni talleres, siendo la clase capitalista
quien apropiándose de todo, les ha planteado una disyuntiva, o
trabajan para él o se mueren de hambre.
Además,
el esclavista moderno, el capitalista, es parte de la violencia
contra los trabajadores, y recurre a una fuerza de seguridad de sus
intereses bien retribuida. Y es que el ejército y la policía en el
Estado capitalista existen precisamente para proteger su propiedad.
Para reprimir a los esclavos si se rebelan e intentan liberarse de la
esclavitud (es decir, si intentan destruir la propiedad privada y
socializar los medios de producción, privando al esclavista moderno
de la posibilidad de mantenerlos en la esclavitud).
Los
antiguos esclavistas reprimían con saña y en un baño de sangre las
revueltas de los esclavos, cualquier intento que estos hicieran por
liberarse. A los esclavos derrotados los torturaban salvajemente y
los ejecutaban por centenares y miles. Tras la represión de la
revuelta de Espartaco, las hileras de postes con esclavos
crucificados se extendían a lo largo de decenas de kilómetros a lo
largo de las carreteras.
Como
se sabe por la historia, los esclavistas modernos —los
capitalistas— tampoco dudaron en emplear toda la violencia posible
contra sus esclavos proletarios en rebelión. No les ahorraron ni
plomo, ni fuego, ni balas, ni proyectiles, ni cárceles, ni horcas.
Un
ejemplo de ello es nuestra Guerra Civil tras la Gran Revolución de
Octubre. En aquel entonces, los esclavistas derrocados por el pueblo
trabajador estaban dispuestos a todo, con tal de recuperar su
propiedad y el poder sobre sus antiguos esclavos. La historia
recuerda las terribles matanzas, perpetradas por los blancos contra
los soldados del Ejército Rojo que habían caído prisioneros. Las
atrocidades de los blancos, contra los obreros y los campesinos, cuya
única culpa era haber ayudado a los rojos, y de haber querido
liberarse de la esclavitud asalariada. Estos crímenes están
grabados con sangre, en la memoria del pueblo trabajador.
Por
supuesto, los capitalistas actuales se esfuerzan por todos los medios
por ocultarnos el hecho de que somos sus esclavos asalariados. Nos
engañan con ahínco para que no lleguemos a descubrir la verdad.
Disponen de muchas artimañas y astucias para engañarnos y
despistarnos.
«¿En
qué me diferencio de un esclavo?»,
se pregunta el trabajador de hoy en día.
A
lo que el burgués-empresario de hoy en día, se apresura a
responderle: «La diferencia fundamental es que el esclavo no era
libre, mientras que tú sí lo eres».
¿Crees
que alguien te obliga a trabajar?, se sorprende el burgués.
Tienes libertad para elegir: para quién trabajar, o montar tu
propio negocio, o dedicarte a la función pública, o, por último,
simplemente irte al campo y vivir de la tierra. Un esclavo no podía
hacer nada de eso».
Mas,
por supuesto, estas aseveraciones son pura falacia:
¡Todo
lo que nos dice nuestro esclavista moderno es mentira! ¡Y no hay que
creerle!
¿Nos
asegura que somos libres? Ya se ha hablado antes de esta «libertad».
El esclavo se veía obligado a trabajar para el esclavista, de lo
contrario, lo mataban. El proletario también se ve obligado a
trabajar para el empresario, de lo contrario, morirá de hambre.
Ahí
está toda la «libertad».
¿En
qué sentido es «libre» el proletario?
Sólo
en uno. Si antes un esclavo concreto pertenecía a un esclavista
concreto, en nuestra época cada proletario pertenece a TODA LA CLASE
CAPITALISTA.
Sí.
El proletario es libre de elegir a qué capitalista venderá su
fuerza de trabajo. Puede marcharse de uno y pasar a otro, a un
tercero, a un quinto. Pero el proletario no puede alejarse de la
clase capitalista, ni dejar de vivir de la venta de su existencia
como productor de ganancia, para el explotador de turno. Resulta que
nuestra tan cacareada «libertad» es la libertad de elegir a nuestro
propio esclavista.
Aún
más engañosa resulta la frase «puedes montar tu propio negocio».
Esta frase no resiste en absoluto ninguna crítica. En cuanto
empiezas a aplicar la lógica, en cuanto intentas independizarte, el
burgués competidor se pone rojo de ira y empieza a gritarte que "ni
pensar en abandonarle, pues tendrías las más terribles
consecuencias", sin dejarte decir ni una palabra, algo que me ha
pasado en más de una ocasión.
Y
refutar esta afirmación es muy fácil.
Basta
con señalar, a nuestro poco respetable oponente en qué época
vivimos. Vivimos en una época en la que la pequeña producción ha
quedado irremediablemente en el pasado. Ahora, la base de la
producción son las grandes empresas, las plantas y las fábricas. En
nuestra época, la humanidad produce todo lo necesario mediante una
producción industrial a gran escala, de carácter social y
colectiva, cuyos ámbitos y sectores son interdependientes y están
interrelacionados. Para poner en marcha la enorme maquinaria
productiva mundial, se requiere el trabajo conjunto y organizado de
miles de millones de trabajadores, bajo el sistema imperialista de
coacción y esclavitud asalariada.
Por
eso basta con preguntarle a nuestro burgués, que nos asegura que
«cualquiera puede montar su propio negocio»: si todos «montamos
nuestro propio negocio», si TODOS los proletarios se convirtieran en
empresarios, ¿QUIÉN se quedaría entonces en la producción?
Volveríamos a la época atrasada del trabajo artesanal.
Naturalmente, toda la producción social lograda, se detendría. Es
decir, nos quedaremos sin industria colectiva para toda la población.
Y eso significa volver a la economía de subsistencia, a la época
del feudalismo primitivo.
Está
claro que eso es imposible. La humanidad no volverá al feudalismo,
no renunciará a la industria. Ahora estamos en la fase imperialista
de la producción, donde se siguen imponiendo la dictadura de las
empresas privadas, en las que trabajan cientos y miles de
trabajadores, la producción organizada de millones de personas a una
minoría parasitaria.
La
cuestión se reduce a una sola cosa:
¿Por
ello, es tan importante saber a quién pertenecen estas grandes
empresas? ¿A toda la sociedad o a una clase de capitalistas? ¿Para
quién trabajarán estos millones de trabajadores: para sí mismos,
creando bienes para toda la sociedad? ¿O para unas corporaciones
nacionales e internacionales, a quienes se entregan su trabajo y les
generan riquezas inauditas? Es decir, ¿asegurándoles influencia,
poder y dominio sobre el mundo, sobre miles de millones de
trabajadores, sobre países y continentes enteros?
Lo
mismo ocurre con la propuesta que se me hace a mí, un proletario, de
incorporarme a la función pública.
Bueno,
supongamos que quiero incorporarme a la función pública. ¿Y qué
pasa después?
Y
es que hoy en día un puesto cómodo en la administración pública
es sinónimo de capital. ¡Es un embudo, con muy pocos alcanzan por
los miles de aspirantes que quieren conseguirlo! ¿Y quién
conseguirá hacerse con él? ¿Quizás yo? ¿Sin estudios (si no hay
dinero, tampoco hay estudios)? ¿Sin posibilidad de dar un soborno?
¿Quién me dejará acceder al pesebre del Estado, si todos los
puestos están reservados, repartidos de antemano para «los suyos»?
¿Y quiénes son «los suyos»? Está claro quién. Los ricos, saben
en primer lugar como hacer que los elegidos, lamen sus manos. Se
convierten en fieles defensores de su sistema de opresión de la
sociedad. Colocará en ese puesto codiciado no solamente a su mujer,
a su hermana, a su hijo, a su hija, sino a sus protegidos, y velará
continuamente la forma de pensar de los elegidos. ¡Porque desean que
les vigile su estado, alguien que defienda su poder, para impulsar
sus negocios y eliminar a la competencia!
Así
que a mí, que no tengo dinero, no me espera una carrera como
funcionario. A mí y a los que son como yo solo nos queda un camino:
¡Estar
preparados para ingresar cuando sea posible las filas del Ejército
Rojo y lanzarnos al asalto del capital!
Y
en cuanto a lo de irse al campo y vivir de la tierra, primero hay que
comprar esa tierra. Hay que construir o, de nuevo, comprar una casa.
Se puede, claro, vender el piso, etcétera, etcétera.
Pero,
como ya se ha dicho, la economía natural es cosa del pasado. En la
agricultura también predominan ahora las relaciones capitalistas. La
pequeña producción ya no es rentable ni racional, ni en la
industria ni en la agricultura. Para vivir dignamente, para mantener
la casa y pagar la tierra, para comprar maquinaria, combustible,
recambios, ropa y dar una educación a los hijos, tengo que vender mi
producción. Por lo tanto, mi explotación debe ser rentable. Y solo
una gran explotación puede serlo. Así que, mires donde mires, no
queda más remedio que elegir:
– O
bien ampliar la explotación, contratar jornaleros y convertirme en
un terrateniente.
– O
bien arruinarme e ir yo mismo a trabajar como jornalero para algún
terrateniente local.
La
elección, tanto en el campo como en la industria, es única: o
explotas revolucionariamente, o te explotan. O eres un esclavo
asalariado del capitalista, o te conviertes en un capitalista
esclavista.
Por
supuesto, existe una tercera vía para nosotros, los proletarios: la
lucha por nuestra emancipación social. Si no quieres ser ni esclavo
ni esclavista, si quieres ser una persona libre, emprende este
camino.
Lucha
por la abolición de la esclavitud capitalista asalariada, por la
abolición de la propiedad privada.
Lucha
para que se derrote el poder de la burguesía y se establezca el
poder de los trabajadores.
Entonces
llegará el fin de nuestra esclavitud.
Enlace
original:
-
ВКП(б)
- Всесоюзная Коммунистическая партия
большевиков.