20 de abril de 2019

Cuba: Conmemorando a Lenin, inician los festejos por el Primero de Mayo



Por Laura V. Mor, Resumen Latinoamericano Corresponsalía Cuba. Fotos: Yaimi Ravelo.

Vladimir Ilich Lenin, el gran líder del Partido Comunista de la Unión Soviética y conductor de la Revolución Socialista de Octubre, fue conmemorado como cada año en la histórica Colina que lleva su nombre desde que se conociera la noticia de su fallecimiento, al cumplirse el próximo 22 de abril un nuevo aniversario de su nacimiento.

Al realizándose  el  XXI Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), el acto  nacional a 149 años del natalicio del líder de los proletarios del mundo fue también un anticipo a lo que acontecerá el Primero de Mayo en todas las ciudades y plazas del país, dando inicio a los festejos provinciales por el Día del Proletariado Mundial.

En un masivo acto en Regla trabajadores y trabajadoras de distintos sectores y municipios además de recordar al líder de la Revolución Rusa y referente de las luchas obreras en el mundo, expresaron enérgicamente su compromiso incondicional con la Revolución Cubana.
La histórica Colina Lenin, situada en uno de los poblados más afectados por el paso del tornado el pasado 27 de enero, fue en la mañana de este jueves tribuna de la respuesta popular ante las nuevas medidas contra Cuba anunciadas por Estados Unidos y la reactivación del título III de la Ley Helms Burton, una de las leyes que da sustento al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto sobre el pueblo cubano hace casi seis décadas.
Las palabras centrales estuvieron a cargo de Luis Castanedo Smith, Secretario General en La Habana de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), quien vislumbró que este Primero de Mayo -un día que a diferencia del resto del mundo donde tienen lugar diferentes reclamos sociales de derechos postergados, en Cuba es de celebración- será un nuevo reflejo de la “decisión de preservar y perfeccionar” el socialismo, aquel que fue ratificado en la nueva Constitución proclamada luego de un referéndum popular el pasado 10 de abril.

Luis Castanedo Smith, Secretario General en La Habana de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) convocó a trabajadores y trabajadoras a participar del Desfile del Día Internacional de los Trabajadores
“Rechazamos enérgicamente la plena activación del Título III de la Ley Helms-Burton, denunciamos y reclamamos el cese del criminal bloqueo económico, financiero y comercial impuesto por el imperio, el cual provoca daños y carencias al pueblo cubano, y es el principal obstáculo para nuestro desarrollo” expresó Castanedo.

“Reafirmaremos el compromiso con la Patria”, afirmó Lázaro Mena Valdés, trabajador de la Empresa de Artilleros de Regla, expresando el compromiso de las nuevas generaciones con el legado de Fidel y el momento histórico que, como juventud, los tiene como protagonistas centrales

“Los jóvenes de hoy seguiremos siendo fieles continuadores de la generación fundadora de esta Revolución y sobre nuestros hombros se pueden depositar grandes tareas” expresó con el puño en alto, mientras ondeaban banderas cubanas y venezolanas junto a carteles de Fidel, Raúl y Chávez, en un claro apoyo del pueblo a la Revolución Bolivariana, tan asediada por la guerra no convencional dispuesta desde la política externa de Estados Unidos.

“Me voy… pa`la Plaza” coreaban los jóvenes,  siguiendo el ritmo pegadizo de esa canción de Cimafunk que como hit parade se instaló ya entre nosotros, mientras bailaban al ritmo de “Los Guaracheros de Regla”, una comparsa que tras medio siglo de vida se ha transformado en una “institución” reglana.

Razones sobran para que este Primero de Mayo el pueblo cubano haga de ese día una nueva celebración de los trabajadores y para los trabajadores, con la alegría que envolvió la Colina Lenin esta mañana.

11 de abril de 2019

Proyección de "La Balada del Soldado"



La AAHS en colaboración con el Ateneo de Madrid, proyecta la segunda película del ciclo Obras Maestras del Cine Soviético.
La imagen puede contener: una o varias personas y texto

Será este sábado 13 de Abril a las 19,30 horas, en la 2ª planta del Ateneo (Calle del Prado, 21).

La película fue rodada por Grígori Chujrai en 1959. Obtuvo numerosos premios estatales soviéticos, e internacionales como La Palma de oro del Festival de Cannes y fue nominada al mejor guión para los Oscars.

Este tipo de filmes ya no se ruedan en el mundo controlado por el imperialismo. La producción soviética no estaba ligada a la taquilla. Sus guiones extremadamente elaborados, son de una gran calidad, pues aparte de entretener también tenían una dosis cultural altamente atrayente.

Es uno de los alegatos mundiales más creativos a la solidaridad, al colectivo y a demostrar ternura en cada acto, en cada comportamiento humano. 

Es heredera de otras películas soviéticas imprescindibles y no vistas, como "Tractoristas", "La Joven Guardia", "Comunistas", "Así se templó el acero", obras maestras que no podemos proyectar porque no tenemos versiones subtituladas o dobladas.

Por desgracia, debido a la censura mediática es muy dificil su visión en las redes sociales.

10 de abril de 2019

La esencia del trotskismo y sus manifestaciones en el comunismo de hoy (VI)



7º) La defensa del Poder soviético y el apoyo a la inminente revolución proletaria en Europa.

Trotski, que ya era dirigente del Partido bolchevique y presidente del Soviet de la capital Petrogrado, veía el futuro de una manera menos esperanzada. En aquel Congreso, pocas horas después de la histórica victoria insurreccional, manifestaba lo siguiente: “Si los pueblos de Europa no se alzan en armas, no aplastan al imperialismo, nosotros seremos, sin duda alguna, machacados”[1].

Lenin consideraba en cambio que la prioridad del nuevo Poder soviético era lograr una tregua pacífica para mantener las conquistas revolucionarias, organizar la resistencia a una futura agresión imperialista, iniciar la edificación del socialismo y ayudar con este ejemplo práctico al desarrollo de la lucha obrera por el socialismo en el resto del mundo. Así lo aprobó el II Congreso de los Soviets con el “Decreto sobre la paz”.

Sin embargo, los gobiernos aliados de la Entente, encabezada por británicos y franceses, continuaron la guerra y el gobierno soviético se vio obligado a buscar una paz separada con los gobiernos de Alemania y sus aliados. Éstos exigían condiciones humillantes a la Rusia soviética. La pretensión de los imperialistas no era sólo la de arrebatarle territorios, sino impedir que su salida de la guerra la convirtiera en un ejemplo revolucionario a seguir para los obreros de Europa occidental crecientemente opuestos a la contienda. Dentro del país, los partidos burgueses y pequeñoburgueses se manifestaban contra la paz separada y anexionista que Lenin consideraba necesario aceptar.

Y, en el seno del partido bolchevique, se manifestó una fisura: Trotski lanzó la consigna “¡Ni paz ni guerra!”, que significaba no firmar la paz, no hacer la guerra y desmovilizar el ejército; y, alrededor de Bujarin, se formó un grupo autotitulado “comunistas de izquierda” que llamaba a la guerra revolucionaria contra los imperialistas. La fraseología pseudorrevolucionaria de éstos hizo vacilar a algunos dirigentes bolcheviques, hasta el punto de dejar la posición leninista en minoría en algunas votaciones sobre la cuestión vital de aceptar la costosa paz con Alemania. Lenin tuvo incluso que informar públicamente sobre la eventualidad de su dimisión: “si triunfase la política de la frase, yo, como se comprenderá, no seguiría ni un instante en el Gobierno ni en el CC de nuestro partido”[2].

En el debate dentro de la dirección bolchevique, Trotski empleó muy diversos argumentos, pero, en última instancia, sus conclusiones prácticas se fundamentaban en su teoría de la “revolución permanente”. Exageraba la situación de debilidad del imperialismo y consideraba que la Europa capitalista había entrado, con la primera guerra mundial, en un período de “marasmo y descomposición absolutos” en el desarrollo de las fuerzas productivas. Por eso, pensaba que la revolución en Occidente era inminente y que, por ella, no importaba sacrificar la revolución rusa (cuyo afán de autoconservación, según él, podría convertirse en un freno al hundimiento del imperialismo mundial)[3]. Era un cálculo abstracto totalmente equivocado y suicida.

Ese poco interés por la suerte de la Rusia soviética se explicaba por su falta de confianza en la población de ésta, mayoritariamente campesina, y en su proletariado, atrasado con respecto a los estándares occidentales. Igual que en las cuestiones de la unidad del partido, de la guerra y del campesinado, su valoración del proletariado ruso estaba muy en línea con la de Kautsky, quien lo expresaría así: “Para el socialismo se necesita una alta instrucción del pueblo, una elevada moral de las masas, instintos sociales muy desarrollados, el sentimiento de la solidaridad… Esa moral… no la poseen las masas que, en el presente, predominan en el proletariado bolchevique”[4].

Trotski expresaba lo mismo de una manera más diplomática: “El proletariado europeo ha madurado mejor que nosotros para el socialismo. No cabe la menor duda de que, incluso si nos aplastaran, no podría producirse una depresión histórica como la que tuvo lugar después de la Comuna de París”[5]. Efectivamente, como lo estamos comprobando ahora, la depresión producida en el movimiento obrero por la derrota de la URSS no es como la que sucedió al aplastamiento de la Comuna de París, sino que es ¡incomparablemente mayor!

Poniendo las cosas del revés, sostenía: “Por más que nos devanemos los sesos, sea cual fuere la táctica que ideemos, lo único que puede salvarnos en el pleno sentido de la palabra es la revolución europea”[6]. Y, sin embargo, veinte años más tarde, se demostraría que fue la Unión Soviética la que salvó al movimiento obrero occidental de su aniquilación a manos del imperialismo más extremo, esto es, del nazi-fascismo.

Kautsky y Trotski no habían comprendido lo que significaba realmente el advenimiento de la etapa imperialista del capitalismo. Continuaban destacando en primer plano la obra progresista de la burguesía que desarrollaba más y más las condiciones para el socialismo. Eran ciegos ante la dialéctica del progreso social por la que el capitalismo se convirtió en su contrario: de ser sobre todo un régimen progresista (a pesar de sus enormes “daños colaterales”), pasó a ser sobre todo un régimen reaccionario, un obstáculo cada vez más sistemático para la revolución socialista. No es que dejara de desarrollar las fuerzas productivas y, con ellas, las premisas para el socialismo, sino que, junto a ello y por encima de ello, se convertía en el impedimento mayor de éste. El socialismo ya había madurado en el seno de la sociedad capitalista lo suficientemente como para empezar a edificarse, como ocurrió en la URSS y en el campo socialista posteriormente. Por supuesto que esta situación no era la “ideal”; no era el parto sin dolor con que soñaban los utópicos (no los marxistas). Pero era la real: en la época del imperialismo, el desarrollo de premisas más favorables para el socialismo ya no depende principalmente del desarrollo económico por parte de la burguesía, sino, por encima de todo, del desarrollo de la lucha política revolucionaria del proletariado en alianza con todos los oprimidos por el imperialismo y la reacción.

A principios de 1918, la economía rusa estaba devastada, los restos del ejército estaban agotados y la mayoría de los soviets de obreros y campesinos querían la paz. En estas condiciones, lanzarse a la guerra revolucionaria habría significado la derrota inmediata, no ya de la revolución europea, sino del propio poder soviético. Los pocos meses de paz que éste consiguió permitieron reanudar la marcha de la producción y poner en pie el Ejército Rojo. Gracias a ello, fue posible aguantar y vencer en la guerra de agresión que los ejércitos blancos y extranjeros desataron desde el verano siguiente y que duró casi cuatro años, causando más pérdidas a Rusia que la Primera Guerra Mundial.

A pesar de participar como delegado del gobierno soviético en las negociaciones de paz de Brest-Litovsk con Alemania, Trotski se guiaba en ellas por su propio criterio, considerando que la renuncia a la paz con Alemania permitiría “influir de modo revolucionador sobre el proletariado alemán”[7]. Por eso, regresó de esas conversaciones incumpliendo su mandato, es decir, sin firmar la paz y poniendo en bandeja al ejército del Kaiser la conquista de territorios adicionales del viejo imperio ruso.

Finalmente, pudo firmarse la paz pero en condiciones aun más desventajosas para el poder soviético que perdió un tiempo precioso. Los autores filo-trotskistas dicen que Trotski no tenía discrepancias con Lenin en este asunto, simplemente porque tuvo un discurso ambiguo, mucho menos claro que los “comunistas del izquierda”. Sin embargo, no solamente aclaró en el VII Congreso del PC(b) de Rusia que su objeción a un llamamiento a la guerra revolucionaria se debía a que Lenin no quería apoyarlo[8], sino que es innegable el vínculo lógico entre su posición aventurera y su teoría de la “revolución permanente”.

El VII Congreso del Partido celebrado en marzo de 1918 reprobó la conducta de Trotski en las negociaciones de Brest-Litovsk y éste, en vez de reconocer su equivocación, abandonó entonces todos los cargos políticos que estaba desempeñando. El Tratado fue ratificado entre los días 14 y 16 de marzo por el IV Congreso Extraordinario de los Soviets, compuesto por 814 bolcheviques, 238 eseristas de izquierda, 15 eseristas de derecha, 14 anarquistas, 16 mencheviques internacionalistas, 3 mencheviques ucranianos y 18 sin filiación política. Por la posición leninista votaron 784 delegados contra 261, y se abstuvieron 115 delegados, entre ellos 55 partidarios de Bujarin y Trotski que se saltaban con ello la disciplina del Partido.

En oposición a la línea de Trotski y Bujarin, Lenin sostenía: “No hay ni puede haber hoy mayor golpe a la causa del socialismo que el hundimiento del Poder soviético en Rusia”[9]. Y “Lo supremo tanto para nosotros, como desde el punto de vista socialista internacional, es preservar esta república, que ha comenzado ya la revolución socialista”[10]. En cuanto a la ayuda a otras revoluciones, afirmaba que no podemos derribar a los gobiernos imperialistas “por medio de una guerra exterior. Pero lo que sí podemos es hacer progresar su descomposición interna. Con la revolución soviética, proletaria, lo hemos conseguido en enormes proporciones”[11]. Además, Lenin confiaba en que la lucha revolucionaria del proletariado internacional acabaría echando abajo el anexionista Tratado de Brest-Litovsk. Y así fue, pero gracias a que nuestra clase conservó su bastión en Rusia, en vez de echarlo a perder por pretensiones aventureras e “izquierdistas”.

Durante la guerra que los contrarrevolucionarios impusieron a la Rusia soviética y que coincidió con el auge del movimiento revolucionario en Alemania, Hungría y otros países europeos, Trotski estuvo al frente del Ejército Rojo y de otras responsabilidades que le fueron encomendadas. La defensa militar de un determinado territorio revolucionario dentro de un contexto internacional de flujo revolucionario no contradecía su esquema de la “revolución permanente”. Sus posiciones volvieron a chocar con el leninismo cuando el Poder soviético se impuso a la contrarrevolución armada y se inició una nueva etapa relativamente pacífica para el país soviético.

8º) El paso de la guerra civil a la construcción pacífica

 Desde el verano de 1918 hasta finales de 1920, el gobierno bolchevique tuvo que enfrentar la agresión de los ejércitos blancos y la intervención armada de 14 países capitalistas por medios principalmente militares. Para sostenerse, no le quedó más remedio que apoyarse en la clase obrera y en el campesinado pobre, tratando de neutralizar al campesinado medio y empleando la coacción o el terror en legítima defensa contra las clases poseedoras enemigas. En el transcurso de la guerra civil, el campesinado medio comprobó que los contrarrevolucionarios restauraban la opresión de terratenientes y campesinos ricos (kulaks), lo cual le hizo virar políticamente hacia el Poder soviético. A partir de ese momento, los bolcheviques pasaron de una política de neutralización del campesinado medio a otra de alianza con él. Mientras la guerra continuara, éste iba a consentir las requisiciones de los excedentes agrarios por parte del gobierno revolucionario como contraprestación por haberle dado la tierra y por defenderle del peligro de restauración de la explotación terrateniente y burguesa.

Sin embargo, cuando la guerra fue tocando a su fin, los campesinos medios ya no las veían justificadas y estallaron sublevaciones en distintas partes del país, en las que ahora cifraban sus esperanzas los contrarrevolucionarios derrotados y que encontraban el apoyo del elemento pequeñoburgués (mencheviques, eseristas, anarquistas, etc.). La más sonada fue la de la base naval de Kronstadt. En un primer momento, no quedaba más remedio que aplastar tales levantamientos por la fuerza, pero eso no bastaba: había que cambiar la relación económica fundamental entre la ciudad y el campo. Por una parte, había que pasar del sistema de contingentación (requisiciones) al impuesto en especie que dejara parte de los excedentes agrarios en manos de los campesinos. Por otra, había que recuperar la industria devastada por siete años de guerra para que la clase obrera tuviera productos con los que intercambiar los alimentos y materias primas que necesitaba de los campesinos.

Después de salvar el poder político soviético, había que salvar su base económica, para que el socialismo pudiera construirse y desplegar todas sus posibilidades. La primera dificultad era el desgaste que había sufrido la clase obrera y la composición proletaria de su partido de vanguardia, cuyos efectivos se habían multiplicado por veinticinco desde Octubre de 1917, con casi un 6% de ellos procedentes de otros partidos[12]. Los obreros más conscientes estaban en el Ejército Rojo o habían caído en combate. La proporción de obreros atrasados y de semi-proletarios había crecido, tanto en las pocas fábricas en pie como en el Partido bolchevique. Y, en éste, muchos querían perpetuar los métodos militares de dirección, los métodos del “comunismo de guerra”.

Lenin y la mayoría de los dirigentes bolcheviques fueron comprendiendo la nueva situación y las vías para seguir avanzando. Frente a ellos, Trotski y sus seguidores proponían medidas que iban en la dirección opuesta y exigían que éstas se debatieran por todo el partido, hasta saltarse nuevamente la disciplina con los acuerdos mayoritarios. Cuando el problema más grave radicaba en las relaciones entre el proletariado y la mayoría campesina, los trotskistas exigieron “centrar la atención del partido en los sindicatos” y “hacer de ello la tarea central del partido en su conjunto”[13]: pretendían “sacudir”, militarizar, estatificar a los sindicatos para remediar el desbarajuste económico con métodos de cuartel.

El CC del Partido respondió calificando de “criminal olvidar, por la discusión en torno a los sindicatos, toda una serie de cuestiones que tienen un carácter muy agudo, cuestiones de cuya solución depende todo el curso ulterior de la revolución. Una de esas cuestiones es la de las relaciones entre la ciudad y el campo”[14]. Condenó el intento de los trotskistas de escindir los sindicatos.

Si en la discusión sobre la paz de Brest-Litovsk, era Trotski el que había ejercido de centrista y Bujarin, de oponente a Lenin, esta vez ambos invirtieron los roles. Bujarin creó el grupo llamado “de tope” para, según él, conciliar los puntos de vista contrarios. En el debate, la coincidencia entre ambos era tal que Trotski escribió: “En cuanto al grupo ‘de tope’, no teníamos con él ninguna divergencia de principio, cosa que señalé desde el comienzo mismo. Había algunos matices, que se borraron en el transcurso de la campaña”[15].

El Comité Central autorizó que la discusión se hiciera pública el 24 de diciembre de 1920 y, al día siguiente, Trotski publicó su posición en un folleto titulado El papel y las tareas de los sindicatos. Él mismo lo presentó como fruto del esfuerzo colectivo, lo que confirmó su actividad fraccional infractora de la disciplina del partido que ya había mostrado previamente al lanzar el debate públicamente en la V Conferencia de los Sindicatos de toda Rusia en noviembre y al negarse a participar en la comisión sindical acordada por el CC para estudiar la cuestión. Así comentó Lenin el comportamiento de Trotski:
“Sólo piensen: después que el Comité Central dedicó dos reuniones plenarias (9 de noviembre y 7 de diciembre), a una discusión inusitadamente larga, detallada y apasionada, del primer proyecto de tesis del camarada Trotski y de toda la política sindical que él propicia para el Partido, un miembro del Comité Central [Trotski] se queda solo contra diecinueve; forma un grupo alrededor de él fuera del Comité Central, y presenta su “trabajo” “colectivo” como una “plataforma”, e invita al Congreso del Partido ¡¡”elegir entre dos tendencias”!! (…)

“¿¿Se puede negar que, incluso si las “nuevas tareas y métodos” de Trotski fueran tan justos como falsos son en realidad (de lo que hablaremos más adelante), su mismo enfoque sería perjudicial para él mismo, para el Partido, el movimiento sindical, la educación de millones de miembros del sindicato y de la República??”[16]

En el folleto El papel y las tareas de los sindicatos, Trotski proponía “concentrar toda la dirección de la producción en manos de los sindicatos… convertir los sindicatos en aparatos del Estado obrero y ensamblar paulatinamente los organismos sindicales y económicos”[17]. Esto habría supuesto la destrucción de los sindicatos como organizaciones sociales que expresan la voluntad de las masas de asalariados, los habría convertido en un apéndice burocrático del aparato estatal y habría acabado con la correa de transmisión principal entre la vanguardia y las masas de la clase obrera. La inmensa mayoría de éstas todavía carecía de la cultura y de la experiencia necesarias para poder administrar directamente la economía. Se tardaron varios años en alfabetizar al conjunto de la población y en elevar su nivel cultural, técnico y político. “Los obreros – explicaba Lenin en el II Congreso de los Sindicatos de toda Rusia- edifican la nueva sociedad sin haberse transformado en hombres nuevos, depurados del fango del viejo mundo, sino metidos aún hasta la rodilla en este fango”[18].

Además, Trotski consideraba erróneamente a los sindicatos como un seudónimo del proletariado, sin advertir que agrupaban no solamente a los obreros industriales, sino también a los oficinistas, al personal administrativo y técnico así como a artesanos y elementos semi-campesinos. Teniendo en cuenta también que los militantes bolcheviques en los sindicatos representaban una décimosexta parte de los afiliados a éstos, entregar la dirección de la economía a los sindicatos entrañaba el peligro de subordinarla al elemento pequeñoburgués. “Aquí -dijo Lenin en el X Congreso del partido-, desde la guerra, fueron a las fábricas gentes que no tienen nada de proletarios, sino que iban a ellas para zafarse de la guerra, ¿y acaso tenemos ahora condiciones sociales y económicas tales para que a las fábricas vayan verdaderos proletarios?”

Para asegurar la dictadura del proletariado frente al elemento pequeñoburgués, los sindicatos debían participar en la administración de la producción conjuntamente con los órganos estatales: los sindicatos debía de convertirse en una escuela de comunismo. Trotsky partía de la abstracción de que, bajo la dictadura del proletariado, se fundían los intereses económicos de las masas obreras con los del Estado. Según Lenin “uno de los errores fundamentales de Trotski” es caracterizar el Estado soviético como Estado obrero partiendo de la “pura abstracción”, eludiendo “la particularidad de que en el país no predominan los obreros, sino la población campesina”[19].

El Estado soviético había tenido que reclutar durante la guerra a funcionarios del antiguo régimen que le imprimían un sesgo burocrático al que había que oponer las demandas materiales y espirituales de los trabajadores. Además, el Estado soviético no era únicamente obrero[20], pues era también campesino: estaba estructurado en soviets de diputados que, en su mayoría, no eran obreros sino campesinos. Era, según Lenin, “una forma especial de alianza de clase entre el proletariado, vanguardia de los trabajadores y las numerosas capas trabajadoras no proletarias (pequeña burguesía, pequeños patronos, campesinos, intelectuales, etc.) o la mayoría de ellas, alianza dirigida contra el capital… alianza cuyo objetivo es la instauración y la consolidación definitiva del socialismo”[21].

Este olvido en Trotski era una constante y algo más que un olvido, pues era consecuencia de la concepción hostil hacia las masas campesinas que encerraba su teoría de la “revolución permanente”. Su exigencia de estatificación y militarización de los sindicatos encajaba lógicamente con su antagonismo hacia la masa del campesinado y su pretensión de convertir al Poder soviético en Rusia en un mero instrumento para exportar militarmente la revolución al resto de Europa, como expresan las dos citas siguientes:
“Yo pregunto -decía Trotski en el IX Congreso del PC(b) de Rusia- quién será en adelante, con relación a los campesinos, este elemento de militarización… Los obreros avanzados… A través de los sindicatos, pueden militarizar a enormes masas campesinas…”[22]. Y, oponiendo metafísicamente las tareas del proletariado en el poder, sostenía que “… en su base la dictadura del proletariado no es la organización productivo-cultural de la nueva sociedad, sino el orden combativo revolucionario para luchar por ella”[23].

La lucha fraccional de los trotskistas espoleó a otros grupos oposicionistas que presentaron sus plataformas contrarias a la línea leninista y compartiendo muchos de los errores de fondo de Trotski. Los militantes del Partido eligieron a los delegados al X Congreso sobre la base de las plataformas que se presentaron. La plataforma suscrita por diez dirigentes bolcheviques – Lenin, Stalin y otros- había conseguido 10 veces más delegados que las de los oposicionistas. Frente a ella, durante las sesiones del Congreso, quedaron sólo dos: la plataforma unida de Trotski y de Bujarin y la plataforma de la “oposición obrera”. Finalmente, la “plataforma de los diez” fue apoyada por 336 votos, la trotskista-bujarinista por 50 y la de la “oposición obrera” por 18. En la derrota política y orgánica de las oposiciones desempeñaron un papel decisivo los artículos de Lenin Sobre los sindicatos, el momento actual y los errores del camarada Trotski, La crisis del partido e Insistiendo sobre los sindicatos, el momento actual y los errores de los camaradas Trotski y Bujarin. El Congreso aprobó resoluciones que fortalecieron su unidad, como “Sobre el papel y las tareas de los sindicatos”, “Sobre la unidad del partido” y “Sobre la desviación sindicalista y anarquista en nuestro partido”.

El X Congreso del PC(b) de Rusia abordó también la situación económica. En contra del análisis concreto de la misma que hacía el Comité Central, Trotski declaró allí mismo que “La situación de guerra no guarda relación alguna con el impuesto en especie… Y si hace un año hubiéramos abordado este problema acertadamente, nuestras relaciones con los campesinos serían mejores”[24]. Pretender que la guerra no era la causa de la relación económica coactiva con el campesinado equivalía a unirse a la demagogia de los partidos de oposición que atribuían todos los problemas a la arbitrariedad de los bolcheviques. Además, resultaba extraño este interés por mejorar las relaciones con los campesinos por parte de quien auguraba choques hostiles[25] del Poder obrero con el campesinado en general.

Los trotskistas también cuestionaban el plan GOELRO de electrificación y fomento de la industria, elaborado por la dirección del partido con la participación de destacados científicos y técnicos. Este plan para diez años era el primer gran plan económico planteado por una revolución proletaria en la historia. Su objetivo era expresado así por Lenin: “La gran industria maquinizada y su trasplante a la agricultura es la única base económica del socialismo, la única base para luchar con éxito por liberar a la humanidad del yugo del capital…”[26] Mientras que Trotski sostenía a la ligera que dicho plan, “si se emprendía la obra con tensión heroica, podría terminarse en ocho meses”, su seguidor Shatunovski lo cuestionaba con escepticismo: “… calculado para diez años, su cumplimiento puede requerir más de cuarenta, cuando nosotros no podremos resistir ni cinco si nuestra producción no se hace revolucionaria”[27].

La sustitución del sistema de contingentación por el impuesto en especie en la relación con los campesinos fue el primer paso del “comunismo de guerra” a la Nueva Política Económica (NEP). Se trataba de incentivar a los propietarios privados que eran los campesinos para que aumentaran la producción y las fuerzas productivas. El desarrollo de elementos capitalistas que esto iba a suponer era contrarrestado por el hecho de que el proletariado conservaba el poder político y las posiciones clave de la economía. Fue una etapa importante y necesaria para hacer posible la ulterior edificación del socialismo.

Trotski, por su parte, sólo se pronunciaba a favor de “cierta atenuación de la presión sobre el kulak”, además de ampliar la conveniencia de la militarización del trabajo más allá de las condiciones de la guerra civil. En el X Congreso del Partido, el trotskista L. Sosnovski consideró la etapa de la NEP como “una fase de capitulación ante la pequeña burguesía” que, en la lógica del trotskismo dependía “de cómo se desarrolle la revolución en Europa”[28].

Al contrario, Lenin veía en la actividad del Poder soviético un elemento dinamizador clave para el movimiento proletario internacional: “Ahora, como más influimos en la revolución mundial es con nuestra política económica… En este terreno, la lucha se lleva ya a una escala mundial. Si cumplimos esta tarea, ganaremos en escala internacional de seguro y definitivamente. Por eso, las cuestiones de la edificación económica adquieren para nosotros una importancia excepcional “[29].

Notas:

[1] II Congreso de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados de toda Rusia, pág. 29, Moscú-Leningrado, 1928. Citado en La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo, t. 2, pág. 12.
[2] ¿Paz o guerra?, Obras Completas, t. XXVIII, págs. 237-238, Ed. AKAL.
[3] Trotski consideraba la posibilidad de entregar Petrogrado y Moscú a los alemanes, argumentando que así “mantendríamos en tensión a todo el mundo”. (Actas del Comité Central del PSOD(b) de Rusia, pág. 212. Citado en “La lucha del partido bolchevique…”, t. 2, pág. 45)
[4] Kautsky, terrorismus und Kommunismus, págs. 119-120, Berlín 1919.
[5] Trotski, VII Congreso Extraordinario del PC(b) de Rusia, actas taquigráficas, pág. 71. Citado en La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo.
[6] Trotski, ibídem, pág. 65.
[7] Trotski, ibídem, pág. 68.
[8] Trotski, ibídem, págs. 65, 66, 72 y 129.
[9] Obras Completas, t. 35, pág. 392.
[10] Obras Completas, pág. 254.
[11] Obras Completas, t. 37, pág. 109.
[12] Censo de los militantes del PC de Rusia de 1922, fasc. 4, págs. 31 y 32, Moscú. Citado en La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo, t. 2, pág. 56.
[13] Pravda, 15 de enero de 1921. Citado en ídem, pág. 57.
[14] Pravda, 2 de febrero de 1921.
[15] Pravda, 1 de febrero de 1921.
[16] Lenin, Nuevamente sobre los sindicatos, la situación actual y los errores de Trotski y Bujarin.
[17] VI Recopilación Leninista, pág. 326. Citado en La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo, t. 2, pág. 63.
[18] Obras completas, ed. en ruso, t. 37, pág. 449.
[19] Obras completas, t. 42, págs. 207 y 239, en ruso
[20] “Trotski habla de un ‘Estado obrero’… Permítaseme decir que esto es pura abstracción… En esto consiste cabalmente uno de los errores fundamentales de Trotski”. El Estado soviético es un Estado obrero, “primero, con la particularidad de que en el país no predominan los obreros, sino la población campesina, y, segundo, es un Estado obrero con deformación burocrática”. (Lenin, Obras completas, ed. en ruso, t. 42, págs. 207 y 239)
[21] Obras completas, ed. en ruso, t. 38, págs. 377
[22] IX Congreso del PC(b)R. Actas, pág. 94, Moscú, 1960.
[23] Trotski, Cultura proletaria y arte proletario, Pravda, 14-9-1923. http://www.ceip.org.ar/Capitulo-VI-La-cultura-proletaria-y-el-arte-proletario
[24] X Congreso del PC(b) de Rusia. Actas taquigráficas, pág. 350; citado en La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo, t. 2, pág. 70.
[25] “Para asegurar su victoria, la vanguardia proletaria debería, desde los primeros días de su dominación, operar las más profundas incursiones, no sólo sobre la propiedad feudal, sino también burguesa. Haciéndolo, entraría en colisión hostil, no sólo con todos los gobiernos de la burguesía que le hubiesen apoyado en el principio de su lucha revolucionaria, sino también con las grandes masas del campesinado con las que con su concurso le hubiese hecho avanzar en la toma del poder. Las contradicciones en la situación del gobierno obrero de un país atrasado, en donde la mayoría aplastante de la población está compuesta por campesinos, pueden encontrar solución únicamente sobre el plano internacional, en la arena de la revolución mundial del proletariado.” (Trotski, Prefacio de 1922 a Balance y perspectivas)
[26] Obras Completas, ed. en ruso, t. 44, pág. 135.
[27] XX Recopilación Leninista, pág. 208; citado en La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo, t. 2, pág. 72.
[28] X Congreso del PC(b) de Rusia. Actas taquigráficas, pág. 78-79; citado en La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo, t. 2, pág. 76.
[29] Lenin, Discurso ante la X Conferencia del PC(b) de Rusia