7 de diciembre de 2018

Historia ilustrada de la Revolución de Octubre, enero de 1917 (II)

Enero. Ante la tempestad

El primer día de 1917 en Rusia era domingo. Terminaba la 127 semana de la 1ª Guerra Mundial, que Lenin deno­minó en su carta de Zúrich “guerra de ladrones por su botín”.

Los periódicos comunicaban el 1 de enero: en el sector de Riga, las tropas se mantienen con firmeza y, pasando a la contraofensiva, “dispersan a las unida­des adversarias”; en el frente de Ruma­nia, el enemigo se apoderó de una de las alturas; en el Cáucaso no hubo cambios considerables. Pero para millones de soldados, éste era un día más, cuando se enfrentaban cara a cara con la muerte, sin fe en sí mismos, ni en sus jefes. En­viaban a sus hogares cartas muy since­ras, narraban los horrores y las priva­ciones de la vida del soldado. “Cuanto más se vive, tanto peor. Los jefes nos es­trangulan, exprimen nuestra última go­ta de sangre, de la que nos queda muy poca. No hay manera de aguantar hasta la hora en que llegue el final de todo esto…”



Cada vez aumentaban más los áni­mos antibelicistas debido a los comba­tes que tuvieron lugar en verano y otoño de 1916, la expansión de la línea del frente ruso con la entrada de Rumania en la guerra al lado de la Entente, la in­capacidad del Gobierno zarista para pertrechar al ejército y el agotamiento de las fuerzas materiales y morales. En ese año hubo más de un millón y medio de desertores.

El duro invierno de 1917 causó nue­vas privaciones a los trabajadores, así como el alza general de los precios. Los ferrocarriles no estaban en condiciones de efectuar las transportaciones en el país ni podían proveer de víveres al ejér­cito. Era evidente que la economía de la Rusia atrasada no aguantaba la tensión de tiempos de guerra.

De acuerdo con el censo de 1917, la movilización en Rusia arrancó de las al­deas un 50% de los trabajadores. Dismi­nuyeron las superficies de siembra, se redujeron las cosechas y la gana­dería.

En diciembre de 1916, el Gobierno adoptó una decisión sobre la entrega obligatoria de cereales. Comenzó la re­quisición de granos y ganado.

Crecía cada vez más la dependencia económica de la Rusia zarista respecto de los aliados.
Rusia, que padecía de hambre y frío, exportaba todo, incluso lo que le era im­prescindible ante la brutal crisis alimen­ticia.

En las postrimerías de enero de 1917, la reserva de harina existente en Petro­grado sólo alcanzaba para diez días. No había carne.

En las calles de las ciudades rusas se formaban largas colas para recibir pan y otros productos. La prensa informó que a finales de enero se había suicidado la esposa de un comerciante de Odesa, y en la nota que dejó señalaba que la per­manencia en las colas le envenenaba su existencia. Pero eso no ocurría con mucha frecuencia. La mayoría de las ve­ces las personas que hacían cola asalta­ban las tiendas. La policía secreta seña­laba en sus informes de enero: “Las madres de familia, cansadas de hacer cola en las tiendas… son un abundante material inflamable, al que le es sufi­ciente una chispa para producir un incendio”.

De una carta particular de S. Tverskói, gobernador de Sarátov


"… ¿Qué sucede? Como si después de 1905 no hubieran transcurrido 11 años. Los mismos personajes, las mismas pa­labras, por una parte, y la misma paráli­sis de las autoridades. En las localida­des, los nobles de los zemstvos se lanzaron de nuevo a la política. Otra vez suenan retumbantes resoluciones sobre el detestable Gobierno, etc. Y después, ¿qué? Después volverá a decir su pala­bra el mujik o, mejor dicho, volverá a hacer su trabajo el mujik. El estado de ánimo es malísimo."

Parecía que el Año Nuevo sería un año de cambios. Esta sensación se di­fundía cada vez más. Incluso el periódi­co de derecha Novie Dni (“Días Nue­vos”) escribió en su número del 3 de enero: “Jamás los acontecimientos coti­dianos han hecho sentir tan de cerca al­go superior… Y quien sienta eso supe­rior, majestuoso y amenazante, está muy preocupado, siente intranquilidad; mira con ojos escrutadores al lejano futuro, que se hace sentir en la inquietud y lo extraordinario de cada día vivido…”

Al pequeñoburgués todo le ponía en guardia : el asesinato de Gregorio Rasputin en diciembre, del mujik “profeta” quien gozaba de influencia ilimitada en la corte; el incesante cambio de ministros, llamado “trastrueque ministerial”.

Del parte enviado por el jefe de la Gendarmería de Kazán, 8 de enero de 1917.

El estado de ánimo de la sociedad de Kazán es exaltado; la gran mayoría está en contra del Gobierno, y nadie lo ocul­ta, se habla de ello de manera totalmen­te abierta. Se rechaza el nuevo curso adoptado por el Gobierno, considerán­dolo un retroceso y se piensa que lo que antes era posible, ahora no lo es.

En la Duma, la oposición que empo­llaba la idea de “ampliar la participa­ción del sector público” en los asuntos del Estado, recibió del monarca un re­galo peculiar de Año Nuevo. El 1 de enero se publicó el edicto real onomásti­co sobre los cambios en la composición del Consejo de Estado, cámara legislati­va superior. En lugar de 17 miembros del grupo del centro, de la derecha y sin partido, se nombraron sólo de la derecha.

En el número Zemschina de Año Nuevo se decía que la Duma estaba “su­misa a Judas” y que era un “nido revolucionario”.

El 6 de enero se publicó el edicto en­viado por el zar Nicolás II al Senado, que ordenaba aplazar hasta el 14 de fe­brero la reanudación de las sesiones de la Duma y el Consejo de Estado. Este era no tanto un golpe contra la oposi­ción de la Duma, como una expresión abierta de que la autocracia se proponía actuar con los antiguos y probados mé­todos represivos, sin intentar siquiera acceder a las reivindicaciones de los círculos monárquicos liberales. El res­cripto de Nicolás, del 8 de enero, envia­do al presidente del Consejo de Minis­tros, indicaba las tareas inmediatas del Gobierno: suministrar provisiones al ejército; mejorar la distribución de pro­ductos alimenticios en la retaguardia, así como el transporte ferroviario y flu­vial, etc. Esto debería, según sus ini­ciadores, restarle agudeza a las accio­nes clasistas, aparentando que se prestaba seria atención a algunas cues­tiones clave de palpitante actualidad.

Al mismo tiempo, al Departamento de la Policía Secreta de la capital se le ordenó observar el estado de ánimo de la población y tomar medidas extraordi­narias en caso de necesidad.

De las notas de la Policía Secreta
  1. El estado de ánimo en la capital es extraordinariamente alarmante. En la sociedad circulan los rumores más ab­surdos, tanto respecto a los propósitos del poder gubernamental (en el sentido de adoptar medidas reaccionarias de distinta índole) como también a las su­posiciones de los grupos y capas de la población hostiles al gobierno (respecto a las posibles y probables iniciativas y excesos revolucionarios).
 

Todos esperan acontecimientos y ac­ciones excepcionales tanto de una como de otra parte. Con la misma seriedad es­peran acerbas explosiones revoluciona­rias, o un “golpe palaciego” evidente, por lo visto, en un futuro próximo…
  1. …La idea de la huelga general adquie­re cada día nuevos partidarios y se hace popular, como sucedió en 1905.
…Cabe señalar que si las masas obre­ras son conscientes de la necesidad y la posibilidad de realizar la huelga general y la revolución subsiguiente, y que si los círculos intelectuales creen en el carác­ter salvador de los asesinatos políticos y el terror, estas son muestras evidentes del estado de ánimo oposicionista de la sociedad y su deseo de encontrar cual­quier salida de la situación políticamen­te anormal.

De acuerdo con el plan elaborado pa­ra proteger Petrogrado en caso de que hubiese “disturbios populares”, la ciu­dad se dividió en seis sectores, a cargo de comisarios de policía. Cada sector se fraccionaba en distritos que, a su vez, se distribuían entre los regimientos de la guarnición capitalina y las comisarías. Los policías estaban armados con ame­tralladoras.

La Región Militar de Petrogrado de­jaba de pertenecer al Frente Norte; al general Jabálov, jefe de la Región Mili­tar, se le concedían los más amplios poderes.

Tratando de mantenerse al margen de los asuntos internacionales, la autocra­cia partía de que el enemigo interno (la ola del nuevo movimiento revoluciona­rio ascendente) era más peligroso que el adversario externo, y por ello el Gobier­no zarista manifestaba en esos días evi­dente interés por las coqueterías con el ad­versario. Las noticias sobre el posible viraje en la política exterior permitieron a la oposición comenzar a incubar planes para un “golpe palaciego”. A ésta la apoyaban las potencias aliadas, temero­sas de que Rusia saliera de la guerra. Los conspiradores se proponían derro­car a Nicolás, recluir a la zarina en un monasterio, nombrar emperador a Ale­xéi, menor de edad, y designar regente al Gran Duque Mijaíl, hermano del zar, conocido anglófilo. En el país se creaba la situación revolucionaria.

Del comunicado de Kreiton, gobernador de Vladimir

… La exaltación en algunos sectores, sobre todo en los fabriles, apenas se puede contener. El movimiento huel­guístico en las empresas se ha ampliado y causa alarma entre los fabricantes. Los fabricantes de Oréjovo e Ivánovo experimentan un temor cerval por la suerte de sus fábricas.

Crecía la actividad política del prole­tariado, y la fuerza organizadora y orientadora de este proceso era el parti­do de los bolcheviques guiado por Le­nin, el cual, prohibido por el Gobierno zarista, era el único partido que se pronunciaba abiertamente contra la guerra imperialista, por su transformación en guerra civil, y por la derrota de su pro­pio Gobierno. Desplegaba una lucha te­naz para hallar una rápida solución re­volucionaria de los problemas funda­mentales.

A pesar de las brutales represiones y del terror, aumentaba el número de miembros del Partido Bolchevique, ha­cia comienzos de 1917 contaba con unos 24.000.

A diferencia de los mencheviques y los eseristas, que se encontraban en des­avenencia ideológica y organizativa, los bolcheviques lograron restablecer su or­ganización a nivel de toda Rusia. La en­cabezó su centro único : el Buró Ruso del Comité Central. Con el apoyo, ante todo, de la organización partidaria de Petrogrado y estableciendo contactos estrechos y permanentes con los bolche­viques de Moscú, dicho Buró amplió y fortaleció sus vínculos con las localida­des de Ivánovo-Voznesensk, Tver, Tula, Nizhni Nóvgorod, Sainara, Kiev, kir­kov, Vorónezh, Kazán, Donbás, así co­mo con distintas organizaciones partidarias del Báltico y los Urales.

En las postrimerías de 1916, el Buró Ruso del CC propuso al Comité de Pe­trogrado y al Buró regional de Moscú organizar acciones callejeras y la huelga general. Esta proposición orientaba a pasar de los paros aislados de carácter económico y de las acciones políticas eventuales a la lucha politica de masas, que incorporara en el movimiento revo­lucionario a los soldados y que estuviera encauzada hacia la insurrección arma­da. Las dos mayores organizaciones bolcheviques —la de Petrogrado y la de Moscú– examinaron la propuesta del Buró Ruso del CC y decidieron concor­dar las acciones (manifestaciones calle­jeras, paros, mítines) para el 9 de enero, duodécimo aniversario de la sangrienta matanza de obreros.

De la octavilla de la Organización de Moscú, dedicada al aniversario de la ma­tanza de obreros petrogradenses por el Gobierno zarista, el 9 de enero de 1905


 

"… Atravesamos una época sin prece­dentes, días sangrientos; bajo la bande­ra zarista, combaten en el frente millo­nes de obreros por la causa del capital; los demás sufren bajo el peso de la ca­restía y de la ruina económica. Se desar­ticularon las organizaciones obreras, se estranguló la voz de los obreros. Han si­do violados el alma y el cuerpo del obrero, ¿Cuál es la solución?

Los traidores de la clase obrera… nos invitan a nosotros, quienes quedamos en la retaguardia, a situarnos bajo la bandera de la burguesía. No, sólo la ac­ción revolucionaria de la clase obrera bajo su bandera, la bandera roja del so­cialismo, pondrá fin a la guerra y a to­das las violencias.

Se necesita arrancar el poder de las manos del Gobierno zarista y entregarlo a un Gobierno revolucionario; para concertar la paz que necesita la clase obrera; para crear el régimen político que necesita el obrero, se requiere una lucha por la república democrática y la terminación de la guerra, con las fuerzas de los trabajadores de todos los países.

Llamamos a los obreros moscovitas a la huelga general del 9 de enero…

¡Viva el POSDR!

¡Viva la república democrática!

¡Abajo la guerra!

¡Abajo la autocracia!"

De la octavilla del Comité de Ekaterinos­lav

"... ¿No habrá llegado la hora de reme­morar como es debido el año de 1905? ¿Quién, más que los obreros, puede po­ner fin a la fabricación de cañones y de proyectiles, y terminar con la matan­za? ¿Quién sino ellos puede izar alta­mente la gloriosa bandera de la Revolu­ción Rusa? Llega la hora del esperado desenlace, del gran juicio contra los cul­pables del mayor crimen cometido en la historia contra la humanidad… Basta ya de víctimas en honor del capital. Tene­mos el enemigo común a nuestra espalda".

De la octavilla de la organización de Tver

"…Sólo la revolución puede terminar con la guerra, sólo en las barricadas po­dremos conquistar nuestros derechos, derrocar a la autocracia, salvarnos de la muerte por inanición. ¡Organícense, ca­maradas! ¡Prepárense para la guerra civil!"

De las octavillas litografiadas, difundidas por los bolcheviques de Shostka, provin­cia de Chernígov

"Camaradas:
Es hora de terminar la guerra contra los alemanes y comenzar la lucha contra nuestros verdaderos enemigos: el zar y el Gobierno… Demostremos a la policía que no nos hemos olvidado del año 1905. Que se vaya al frente la policía: allí está su lugar. Prepárense, hermanos, lleguen a un acuerdo, aconséjense unos con otros y, cuando sea necesario, de­mos la cara… Levántate, pues, álzate, pueblo obrero. Levántate a la lucha, pueblo hambriento; adelante, adelante".

De la octavilla de la Comisión Ejecutiva del Comité petrogradense del POSDR sobre la conmemoración del aniversario del 9 de enero en Petrogrado, Moscú y Járkov

 

"… Ustedes saben que los camaradas fueron fusilados despiadadamente por el Gobierno de Nicolás II el 9 de enero de 1905. Ese día comenzó la Gran Re­volución Rusa. Continuando su causa, el Partido Obrero Socialdemócrata ex­horta cada año a quienes les es entraña­ble la conquista de la libertad política, a declarar en ese día su solidaridad con las reivindicaciones de los obreros, que resonaron el 9 de enero".

Atendiendo al llamamiento del Comi­té moscovita del partido de los bolchevi­ques, el 9 de enero de 1917 más de 30.000 obreros abandonaron el trabajo y salieron a las calles.

La acción de los obreros petrograden­ses el 9 de enero de 1917 se convirtió en el acto revolucionario más grande du­rante la guerra. En la huelga de Petro­grado participaron cerca de 145.000 obreros.

El 9 de enero de 1917 se convocaron manifestaciones en muchas ciudades: Bakú, Nizhni Nóvgorod, Vorónezh, Járkov, Rostov del Don y Novocher­kassk, así como en Donbás y otras loca­lidades. En total, durante el mes de ene­ro se declararon en huelga 270.000 obreros; de ellos, 177.000 en Petrogra­do. En la capital no cesaban las acciones del proletariado, orientadas contra la guerra y la autocracia.

El nuevo y consecuente ascenso de la lucha política abierta de los obreros agrupó en torno suyo a distintos grupos del movimiento revolucionario del país.

Crecía el movimiento de los campesi­nos pobres. Los numerosos vestigios y reminiscencias del régimen de servidum­bre en el campo, además del deterioro de la hacienda campesina como resulta­do de la guerra, eran las causas de las acciones campesinas que en enero de 1917 adquirieron amplia envergadura. En 1916, del distrito de Yádrinsk, pro­vincia de. Kazán, se comunicó al centro : “Hay información que causa temor res­pecto al movimiento campesino. Este tratará de adquirir la forma que tuvo en los años 1905 y 1906”. El movimiento de liberación nacional se convertía en un serio factor político.

Con el fin de prevenir la sublevación general, la autocracia trataba de orientar al “elemento popular” hacia el sen­dero habitual de hostilidad entre las na­ciones, ante todo el antisemitismo. Se­gún el periódico Rech de los primeros días de enero, se dispuso que quienes profesaran el judaísmo, excepto los mé­dicos y enfermeros (¡ellos eran necesa­rios!), y prestaran servicio en la unión de ciudades y de zemstvos, fueran susti­tuidos de inmediato por personas de “otras religiones”. ¡Y qué hipócrita era la declaración del Ministerio del Inte­rior, que proponía simultáneamente a los jefes de provincias y regiones autori­zar la residencia temporal a los mutilados de guerra hebreos que llegaran a lu­gares donde no estaban empadronados, para adquirir extremidades artificiales, es decir, las llamadas prótesis”! Con es­ta misma disposición, se les permitía asentarse en los “balnearios de Siberia”. Pero en Rusia no había balnearios ni para los hebreos ni para otras nacionalidades del imperio “único e indivisible”.

Este imperio era una enorme cárcel del pueblo, donde los trabajadores, inde­pendientemente de su nacionalidad -fueran polacos o armenios, rusos o ucranianos, finlandeses o calmucos-, sufrían en el mismo grado. Durante va­rios meses de 1916, ardió la llama de la insurrección en los pueblos de Asia Central. El movimiento de liberación nacional también se desplegó en otras regiones.

En la segunda quincena de enero de 1917, las estaciones sísmicas de diversas zonas del país (en Piatigorsk y en Petro­pávlovsk de Kamchatka) registraron ca­si a un mismo tiempo temblores subterráneos. Pero cuanto más terrible era el cataclismo —aunque de otra índole— que se aproximaba al Imperio Ruso. Para todos ya era algo evidente.

Miembros del Buró ruso del Partido Bolchevique: Anna Elizárova-Uliánova, Mijail Olmisnki, Elena Stásova y Viacheslav Molotov
Del Informe sobre la revolución de 1905, pronunciado por V. I. Lenin, en ale­mán, el 9 (22) de enero de 1917, en la Casa del Pueblo de Zurich en una reunión de la juventud obrera suiza.

"No nos debe engañar el silencio se­pulcral que ahora reina en Europa. Europa lleva en sus entrañas la revolu­ción. Las monstruosidades de la guerra imperialista y los tormentos de la cares­tía hacen germinar en todas partes el es­píritu revolucionario y las clases domi­nantes, la burguesía y sus servidores, los gobiernos, se adentran cada día más en un callejón sin salida del que no po­drán escapar en modo alguno sino a costa de las más grandes conmociones.

Lo mismo que en la Rusia de 1905, co­menzó bajo la dirección del proletaria­do la insurrección popular contra el Go­bierno zarista y por la conquista de la república democrática; los años próxi­mos traerán a Europa, precisamente co­mo consecuencia de esta guerra de pilla­je, insurrecciones populares dirigidas por el proletariado contra el poder del capital financiero, contra los grandes bancos, contra los capitalistas. Y estas conmociones no podrán terminar más que con la expropiación de la burguesía, con el triunfo del socialismo.

En las condiciones del auge revolu­cionario siempre mayor, el Partido Bol­chevique gozaba de cada vez más sim­patía entre las masas. En el puesto de los detenidos y deportados a Siberia, de los enviados al frente, iniciaban la lucha más y más personas. En una de las car­tas escritas en las primeras fechas de 1917, Lenin señalaba en cuanto a eso: “… El ánimo de las masas es bueno. ¡To­davía vive! Es difícil para la gente vivir, y para nuestro partido en particular. Pe­ro a pesar de todo viven”.

De la octavilla del comité del POSD(b)R de Rostov del Don y Najicheván

"…Camaradas, basta ya de forjar cade­nas para nosotros mismos. No podemos esperar a que padezcamos de hambre y frío; no seremos borregos ni iremos a la carnicería zarista para satisfacer el ca­pricho de un puñado de parásitos… Si estamos condenados a morir antes de tiempo, es mejor morir en un combate honrado en la lucha por la libertad, y no en la guerra ignominiosa y fratricida. Recuerden a los primeros combatientes que cayeron con honor en aras de la li­bertad y comencemos a cumplir su gran legado. ¡Abajo la autocracia!

¡Viva la república democrática!

Los bolcheviques se dirigían a las ma­sas con un programa claro, elaborado por Lenin, con consignas comprensibles para el pueblo, que revelaban las cuestiones más dolorosas y de mayor actualidad.

Decían la verdad acerca de la guerra odiosa, exhortaban a solucionar inme­diatamente la cuestión agraria, propo­niendo entregar toda la tierra a los cam­pesinos, ayudaban a los obreros a comprender su papel motor en la lucha por derrocar al zarismo y realizar trans­formaciones democráticas consecuen­tes, llamaban al pueblo a la alianza es­trecha de los trabajadores de todas las nacionalidades.

En once ciudades grandes de Rusia, las organizaciones bolcheviques del país emitieron más de dos decenas de octavi­llas, que explicaban el sentido de los acontecimientos que se desarrollaban, ayudaban a las masas a organizarse."

Cómo funcionaba la democracia soviética en los años 30

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Por Cultura Proletaria.


Este texto fue transcrito por George Gruenthal del manuscrito de las “Memorias” de Sam Darcy(1), capítulo XX, pp. 25-31, Biblioteca Tamiment, Nueva York.

(…) En diciembre de 1936, el Partido Comunista debía celebrar las elecciones anuales de sus dirigentes. Hasta entonces, las candidaturas y elecciones para cargos del partido habían sido siempre hechas abiertamente. Pero debido a esta práctica, había miembros que se sentían a menudo limitados para expresar su oposición a ciertas figuras poderosas de los comités ejecutivos, por temor a represalias. El Comité Central decidió, entonces, someter a toda la dirección a una prueba para saber si sus miembros tenían realmente la aceptación de las bases. Aquellos que realizaban un servicio público útil serían, probablemente, reelegidos, mientras que aquellos que estaban aferrados a una sinecura y a un lugar de poder, dificilmente mantendrían sus cargos. Con este fin se introdujo el voto secreto.

Los resultados fueron sorprendentes. En algunas organizaciones distritales del partido, direcciones enteras fueron eliminadas de sus funciones. En otras hubo una sanción severa contra la dirección a través de un fuerte voto de oposición, sin embargo, en su conjunto, la dirección nacional del partido recibió un rotundo apoyo. El partido se sintió fuertemente reforzado por los nuevos cuadros elegidos y por la eliminación de aquellos que se habían convertido en burócratas empedernidos y ya no eran bien vistos en cargos de la dirección.

Desde la implantación del poder soviético, la lucha contra la burocracia constituía una de las principales tareas llevadas a cabo por los dirigentes más responsables. El nepotismo, el favoritismo y las prácticas de los grupos fraccionistas habían creado una situación insana: cuando alguien llegaba a un puesto de responsabilidad, en la industria o al servicio del Estado destacaba inmediatamente como adjuntos a todas las personas que, por una razón u otra, las favorecía y las colocaba en los mejores puestos bajo su competencia.

Con frecuencia, estas personas no estaban cualificadas, e incluso cuando lo estaban, la sensación de que tenían un protector las llevaba a convertirse en personas perezosas y burocráticas. Además de eso, estos dirigentes tendían a aumentar el personal por encima de las necesidades de la empresa, ya fuese porque querían “cuidar” de todos sus amigos, o fuese porque sentían que cuantas más personas estuviesen bajo su control mayor sería su influencia.

El problema se convirtió en algo tan serio que el gobierno adoptó medidas que comenzaron a aplicarse en 1935. En ese momento surgió una grave escasez de brazos para la cosecha. Por el contrario, se estimaba que había por lo menos 25.000 funcionarios públicos en Moscú que no eran, en absoluto, necesarios para garantizar el normal funcionamiento de la economía del país. Después de una campaña educativa, cada institución del Estado recibió una parte de los trabajadores que tendrían que destinar al trabajo agrícola. Después de una selección adecuada, 25.000 funcionarios fueron transferidos de Moscú a los centros de producción.

La lucha por mantener el país en los ejes, contra la parálisis creciente (que, por una parte, la oposición intentaba deliberadamente presentar y, por el otro, la simple existencia de la burocracia tendía a provocar), fue librada con especial severidad en las elecciones generales celebradas en diciembre de 1935, para el Congreso de los Soviets de la URSS(2), que procedió a la aprobación de la nueva Constitución (en diciembre de 1936).
La observación de estas elecciones me impresionó, ya que, en todas los debates sobre la democracia soviética y en su comparación con las prácticas democráticas en otros países, raramente se obtenía una imagen del funcionamiento de los canales de la expresión democrática del pueblo en el nuevo proceso electoral.

Viendo esto a tres mil millas de distancia, parecería que había una papeleta de voto y que al pueblo se le daba la posibilidad de votar “sí” o “no”. Esto pasaba realmente en las elecciones nazis, pero constituía una imagen completamente falsa en cuanto a la Unión Soviética.

Para empezar, en la Unión Soviética, la política y las elecciones no son deberes especiales de un partido político. 

Si no entendemos este hecho esencial, todo lo demás será probablemente confuso. Las elecciones para cargos públicos no son hechas sólo por un partido político. Es cierto que el Partido Comunista presenta muchos candidatos, pero los sindicatos también presentan a candidatos independientes para cargos políticos, tanto para cooperativas, como para organizaciones culturales, academias científicas, organizaciones juveniles, organizaciones de mujeres y cualquier otra institución u organización que lo deseen. En resumen, los nombramientos para cargos públicos que en nuestro país emanan unicamente de los partidos políticos, en la Unión Soviética emanan de todas las organizaciones populares posibles.

La segunda cosa que se tiene que entender acerca de las elecciones soviéticas, es que se les confiere su calidad democrática especial, es el hecho de que el momento decisivo de la selección de los candidatos no está en la votación final, sino en el proceso de la liquidación de las candidaturas.

Tuve el privilegio de observar de principio a fin las candidaturas y las elecciones en la zona en la que viví y trabajé. La elección específica a la que me refiero era para los delegados al Congreso de los Soviets de la URSS, que equivale a la elección de los miembros a la Cámara de los Representantes de los EE.UU. en Washington. Cada institución del distrito electoral en el que residí y trabajé celebró sus reuniones para la presentación de candidatos. Hubo reuniones en las fábricas. La Universidad de Moscú, que se situaba en este distrito, celebró su reunión. El personal de la Gran Biblioteca Lenin se reunió para designar a los candidatos. También lo hicieron todas las asociaciones cooperativas de compras comerciales de la zona, los sindicatos, el Partido Comunista, las organizaciones juveniles, etc. En cada reunión era propuesto un gran número de candidatos. El procedimiento de cada candidato consistía en levantarse, presentar una breve biografía y las razones por las cuales consideraba que su candidatura debía ser aceptada o no aceptada. La negativa por parte del nombrado era vista como una falta de responsabilidad cívica. Si consideraba que no debía ser elegido, tenía el deber de subir a la tribuna, presentar su breve biografía y explicar por qué su nombramiento no debía ser aceptado. 

Este proceso duró dos semanas enteras. Algunas organizaciones se reunían todas las noches durante este periodo para examinar miles de candidaturas. Cada candidato tenía que someterse a las preguntas de la asamblea. Al final, eran propuestos uno o más candidatos para representar a todo el distrito electoral, con indicación del organismo que los había elegido.

Además de proponer a sus candidatos, cada grupo elegía un determinado número de delegados sobre una base de representación proporcional a la conferencia del Congreso del distrito. Los trabajos de esta conferencia también duraron unas dos semanas. Las candidaturas fueron presentadas a este órgano. Se siguió el mismo procedimiento. Cada candidato fue examinado, se confrontaron sus respectivas calificaciones con las de los restante candidatos y, finalmente, las propuestas fueron sometidas a la votación de los delegados para una selección final.

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Con frecuencia, este órgano aprobaba no uno, sino dos, tres o incluso más candidatos. Después de este laborioso proceso de liquidación, los candidatos eran sometidos al electorado para una votación final. Y así, el electorado escogía por mayoría de votos a uno de los candidatos que representaría al distrito en el Congreso de los Soviets de la URSS.

De esta manera se puede ver que, lejos de carecer de democracia, este es un proceso muy democrático, ya que da a la gente común la posibilidad de participar de forma muy directa en la elección de los candidatos, y nosotros sabemos por nuestro propio sistema electoral que, en última instancia, la elección del candidato es el aspecto crítico de cualquier elección.

En las elecciones de las que fuí testigo vi a candidatos ser “pasados por el tamiz” de una manera que sería muy beneficiosa si fuese aplicada en nuestro país. Sus contribuciones y participación en las actividades sociales, su interés por los asuntos públicos, su historial de servicios prestados desinteresadamente, sus estudios, educación y grado de utilización en términos de progreso personal y de beneficio para la sociedad, todo pasaba por el tamiz. Un individuo con mala conducta personal y moral que se presentase como candidato era rápidamente confrontado en plena asamblea por los vecinos y colegas de trabajo que lo conocían bien. En ciertos aspectos se asemejaba a nuestra “Reunión de Ciudad”(3) de Nueva Inglaterra, aplicada a una colosal escala nacional, en una votación que involucraba 170 millones de personas. Es de este proceso que proviene el fomento de la participación y el compromiso social y el interés de la gente por los asuntos públicos en todo el país. 

En estas elecciones, por ejemplo, alrededor de la mitad de los miembros del Congreso de los Soviets de la URSS no fueron reelegidos. Muchas figuras bien instaladas, incluyendo numerosos miembros del Partido Comunista, se sorprendieron cuando al final de las elecciones fueron rechazados, mientras que muchas otras personas, que ni siquieran eran miembros del Partido Comunista y que nunca habían pensado en cargos políticos, pero que habían prestado grandes servicios a la causa pública, con verdadera devoción por el pueblo, en su profesiones u ocupaciones, o en alguna organización de voluntarios, se convirtieron en miembros del órgano supremo del poder de la URSS, el nuevo Congreso de los Soviets de Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Este es un nuevo tipo de democracia y yo diría que les sirve muy también.

Cada generación tiene que estar alerta en relación con sus propias libertades. 

Nadie puede garantizar las libertades de las generaciones futuras. Las libertades conquistadas pueden volver a perderse. Por lo tanto, la mera organización electoral mecánica no es en sí misma una garantía para siempre de que las libertades del pueblo serán salvaguardadas, pero, en la medida en que es posible orientar cualquier estructura política para dar la mejor respuesta a las expectativas y necesidades de la gente, yo diría que la Unión Soviética ha hecho grandes pasos en esta dirección.

Pero incluso la Unión Soviética, como constantemente nos recordaban, no es una entidad aislada que vive en lo vacío, forma parte del mundo real. Europa Occidental y Asia estaban en eferverscencia con las primeras batallas de la II Guerra Mundial. Había cosas que hacer para ayudar al pueblo español en estado de sitio, aún quedaba el movimiento clandestino en los países dominados por los nazis, la organización de movimientos de frente popular contra los nazis en los países democráticos y el crecimiento de las fuerzas antijaponesas en China.

Mi interés principal eran obviamente los EE.UU.. Pero los EE.UU. tampoco viven como una entidad aislada, en el vacío, y el futuro de nuestro país se decidía en gran parte en Europa y en Asia. Como miles de otros estadounidenses decidí dar ayuda allá dónde pudiese ser útil. Tuve suerte de poder escoger casi libremente.


Notas:
 
(1) Darcy, Sam Adams, nombre real Samuel Dardeck, (1905-2005), dirigente del Partido Comunista de los EE.UU., nació en Ucrania, de donde fue llevado por sus padres a los EE.UU., cuando apenas tenía tres años de edad. En 1920 se une a la Liga de la Juventud Trabajadora y, antes de ingresar en la Universidad de Nueva York, trabaja en el “Daily Worker“, el órgano central del Partido. Secretario Nacional de la Unión de la Liga de la Juventud Trabajadora Comunista (1925-1927), es designado, en 1927, representante de los EE.UU. en el Comité Ejecutivo de la Internacional de la Juventud Comunista en Moscú. Volviendo al país en 1928, fue editor del “Daily Worker” y director de la “Workers School” de Nueva York. En la primera mitad de los 30 dirige el Partido en el Estado de California. En 1935 vuelve de nuevo a Moscú como representante del CPUSA en la Internacional Comunista. A partir de 1938, como representante del Comité Central, desempeña tareas de dirección en varias regiones de EE.UU., sin embargo, debido a su oposición activa al entonces Secretario General, Earl Browder, es expulsado del Partido en 1944, siguiendo como activista político hasta el final de su vida (8 de noviembre de 2005). Con varios libros publicados sobre temas políticos, sociales y económicos, sus “Memorias” permanecen en un manuscrito en la Biblioteca Tamiment, en Nueva York. (N. Ed.)

(2) Se trata de las elecciones para el VIII Congreso Extraordinario de los Soviets de la URSS, que tuvo lugar en Moscú entre el 25 de noviembre y el 5 de diciembre de 1936 y aprobó por unanimidad el Proyecto de Constitución de la URSS. En los trabajos participaron 2016 delegados (419 mujeres) con voto deliberativo, de los cuales el 42% eran trabajadores, el 40% campesinos y el 18% empleados; los miembros del Partido Comunista representaban el 72%, siendo el 28% de los delegados sin partido. Estuvieron presentes delegados de 63 nacionalidades. (N. Ed.)

(3) En el original: New England Town Meeting. La “Reunión de Ciudad” es una forma de gobierno local en algunos Estados de los EE.UU. Surgió en la región de Nueva Inglaterra, incluso en los tiempos coloniales, siendo adoptada en el siglo XIX en otras regiones del país. (N. Ed.)


* Traducido por “Cultura Proletaria de hist-socialismo.net


29 de noviembre de 2018

Los archivos del ‘gulag’ sorprenden a los propios descendientes de los perseguidos

Por Diario Octubre

Tras la caída de la URSS en 1991, numerosos familiares y descendientes de aquellos que fueron perseguidos, detenidos o encarcelados, sobre todo en tiempos de Stalin, acudieron al gobierno para pedir explicaciones e indemnizaciones.

El bombardeo publicitario, al que se unió la “nueva Rusia”, les hizo suponer que sus allegados habían sido perseguidos injustamente, e incluso gratuitamente. Eso es lo que les estaban contando, al menos.


Algunas de aquellas peticiones pasaron a Vladimir Startsev, Fiscal de Distrito de Leningrado, quien volvió a revisar de nuevo los archivos de la policía soviética, redactando en 2000 un informe oficial con sus conclusiones que ahora han salido a la luz.

El fiscal no puede ser más claro y concluyente, por lo que transcribimos el informe en su integridad:
“En los últimos años, hemos recibido muchos formularios de solicitud de los hijos y nietos de las víctimas de la represión política de Stalin. Quieren que encontremos documentos que rehabiliten legalmente a sus padres, ya que sus familias tendrían derecho a recibir pagos de reparación de hasta 800 rublos al mes. Hemos recuperado viejos archivos de los archivos del gobierno y a menudo resulta que los que han sido enviados a campos de trabajo o condenados a muerte por disparos no son víctimas inocentes en absoluto. Algunos han sido procesados por robo o hurto, otros por colaborar con los ocupantes alemanes. Sus hijos se sorprendieron al saber la verdad”.

“Personalmente tuve cuatro casos cuando ayudé a las familias a descubrir información sobre sus padres víctimas. Estas personas han dedicado un tiempo considerable (y, en algunos casos, dinero) a la búsqueda en varios archivos del gobierno”.

“Al final, uno de ellos descubrió que su abuela no había sido enviada a prisión porque era ‘hija de un militar zarista’, sino porque había malversado dinero de una fábrica en la que trabajaba como contable, y luego lo usó para comprar un abrigo de invierno de lujo”.

“Otro tipo se sorprendió al enterarse de que su abuelo había sido condenado a prisión, no porque hubiera ‘contado un chiste sobre Stalin’, sino porque era el autor de una violación en grupo”.

“Luego otro descubrió que su abuelo no había sido ‘un inocente kulak injustamente perseguido’, sino un criminal reincidente condenado a muerte por asesinar a toda una familia (marido, mujer y dos adolescentes)”.

“Sólo había uno cuyo abuelo había sido realmente reprimido por razones políticas. Pero, de nuevo, no fue porque había ‘contado un chiste sobre Stalin’. Resultó que estaba ayudando a los alemanes a controlar la población de los territorios ocupados durante la guerra”.


Fuente original:
 
https://www.fort-russ.com/2018/11/archives-revealed-stalins-great-purge-victims-werent-always-innocent/

25 de noviembre de 2018

La esencia del trotskismo y sus manifestaciones en el comunismo de hoy (III)




3º) La defensa del Partido en el período contrarrevolucionario.

            Cuando el empuje revolucionario se debilitó, el gobierno zarista desató la más violenta represión terrorista contra los obreros y su partido, con miles de muertos y decenas de miles de heridos, mutilados y encarcelados. “Los revolucionarios son exterminados, torturados y martirizados como nunca –escribió Lenin-. Hay quien se esfuerza por difamar y envilecer la revolución, por extirparla de la memoria del pueblo”.[1]

Frente a estas terribles dificultades, los bolcheviques reorganizaban el partido y su actividad en la más rigurosa clandestinidad, convencidos de que una nueva revolución era ineludible porque los objetivos de la anterior no se habían podido alcanzar. Había que educar y organizar a las masas con este fin, aprovechando al máximo todo tipo de posibilidades legales, sin dejar de realizar el trabajo ilegal necesario. Lenin exhortaba a “conservar y reforzar el partido ilegal lo mismo que antes de la revolución. Debemos preparar constantemente a las masas para la nueva crisis revolucionaria, lo mismo que de 1897 a 1903. Debemos reforzar por todos los medios los vínculos del partido con las masas, desarrollar y aprovechar para el socialismo todas las posibles organizaciones obreras…”.[2]

En cambio, los mencheviques fueron presa del pánico, renunciaban a las consignas revolucionarias, tendían a la conciliación con el régimen autocrático apoyado en las centurias negras y defendían el cese del trabajo clandestino y la liquidación del partido ilegal. Su oportunismo degeneró en liquidacionismo.

También en las filas de los bolcheviques surgió una corriente minoritaria de oportunistas de “izquierda” –los otzovistas o ultimatistas- que rompieron con el materialismo y llamaban a las acciones revolucionarias directas y a renunciar a la labor en las organizaciones legales, incluida la Duma de Estado (seudoparlamento). De seguir esta línea, el partido se habría apartado de las masas y transformado en un grupo sectario. Lenin llamaba a los otzovistas “liquidadores del envés” y advertía: “El otzovismo no es bolchevismo, sino la peor caricatura política que puede hacerse de él y que sólo hubiera podido idear el contrincante político más adverso”.[3] Entre los bolcheviques que vacilaron en la lucha contra el otzovismo, encontramos los nombres de futuros oposicionistas de los años 20, como Kámenev, Tomski y Rykov.

Este tipo de desviación de “izquierda” ha vuelto a aparecer, después del XX Congreso del PCUS y después del derrumbe de la URSS, entre quienes se han opuesto al revisionismo moderno en el movimiento comunista internacional. Ha causado y sigue causando un gran daño, impidiendo el resurgimiento de partidos revolucionarios de masas.

Para enfrentar la crisis del partido provocada por los liquidadores y otzovistas, los bocheviques concertaron una alianza con los mencheviques defensores del partido, encabezados por Plejánov.

En estos años de reacción, el grupo centrista de Trotski tomó la defensa de los liquidadores. Luchó sañudamente por la liquidación del partido revolucionario ilegal de la clase obrera y por la fundación de un partido centrista pequeñoburgués. En esos años precisamente fue cuando Lenin llamó Judas a Trotski.[4]

Durante los años de la reacción, el trotskismo fue una de las variedades más peligrosas del liquidacionismo. Constituía un peligro singular porque siempre encubría su apoyo a éste con frases “izquierdistas”. “La misión de Trotski —subrayó Lenin— consiste en encubrir el liqui­dacionismo, echando arena a los ojos de los obreros”[5]. Al querer demostrar que se mantenía “al margen de las frac­ciones”, Trotski hacía realmente de abogado de los liquidadores y de los otzovistas, “con los que no estaba en nada de acuerdo teóricamente, y en todo de acuerdo en la práctica”.[6]

Esta conducta de Trotski no era casual ni estaba motivada únicamente por su hostilidad personal hacia los bolcheviques, sino que descansaba en su “error fundamental”, el cual —según escribió Lenin en 1909— “estriba en que no quiere ver el carácter burgués de la revolución y en que no tiene una idea clara del paso de esta revolución a la revolución socialista”.[7]

Trotski actuó en la Sesión Plenaria del CC del POSDR de enero de 1910 (la última conjunta de bolcheviques y mencheviques) bajo la bandera del cen­trismo, de la “conciliación” y la “unificación” de todos y de todo. Silenciando las cuestiones de principio litigiosas, se afanaba por imponer decisiones plenamente aceptables para los liquidadores. La esencia del plan de Trotski era “unir” todas las tendencias del partido, independientemente de su actitud hacia el liquidacionismo; conseguir, bajo la bandera de la “unificación”, la disolución de la fracción bolchevique; rechazar la línea leninista de lucha en dos fren­tes –contra el liquidacionismo y contra el otzovismo-; y asegurar a los oportunistas una situación dirigente en el partido. De hecho, el plan de Trotski pasó a ser la plata­forma de todos los oportunistas. Así, en la Sesión Plenaria cuajó un bloque liquidador-trotskista, apoyado por Zinó­viev, Kámenev y otros conciliadores, llamado por Lenin “el bloque de la gente sin principios contra el espíritu de partido y contra la fide­lidad a los principios”.[8]

Los trotskistas enjuiciaban mal la situación en el país al negar las posibilidades revolucionarias del proletariado si conseguía establecer una alianza con los campesinos trabajadores. Entonces, consideraban que la revolu­ción era posible en Rusia únicamente ligada con una gue­rra europea o en el caso de que triunfara la revolución en Alemania. Ya en 1911 Trotski dijo en el artículo La situación en el país y nuestras tareas: “¿No habrá que esperar que en los próximos uno o dos años las masas sean lanza­das de nuevo a la senda de las huelgas generales y las in­surrecciones? No, no lo creemos… Por supuesto, si se decla­rase pronto una guerra europea, en la que el zarismo ruso se viera envuelto, y si en Alemania estallara una revolu­ción proletaria abierta, entonces el torbellino europeo nos arrastraría a nosotros también”[9]. Cada vez más claramente, para los trotskistas, la revolución tendría que venir de fuera; pero, si había de ser así en todas partes, resultaría que la revolución es lisa y llanamente imposible.

Como, para Trotski, la revolución no se preveía para un plazo breve, había que centrarse en la lucha por las rei­vindicaciones inmediatas, por la “libertad de coaliciones”, y no dejarse llevar por el “apasionamiento huelguístico”. A pesar del nuevo auge del movimiento obrero y de las huelgas a partir de 1912, seguía defendiendo las posiciones liquidacionistas y atacando a los bolcheviques.

Él y los suyos escribían que la Pravda bolchevique no se editaba con dinero recaudado por los obreros, sino con “sumas de oscura procedencia”. Indignado por este ataque, Lenin escribió: “…Este trapacista y liquidador miente a de­recha e izquierda”. Y aconsejó a la redacción que respondiera en la sección de Correspondencia: “A Trotski (Viena). Es inútil su empeño de enviar cartas con intrigas y trapacerías. No tendrá respuesta.”[10]

Los dirigentes oportunistas de la II Internacional salieron en defensa de las tesis liquidacionistas de Trotski y otros mencheviques. “Es muy lamentable –se quejaba Lenin- que incluso Kautsky y Wurm no vean la banalidad y vileza de artículos como los de Mártov y Trotski… ¡¡¡Es un escándalo que Mártov y Trotski mientan y escriban impu­nemente libelos con apariencia de artículos ‘científicos’!!!”[11] Se iba a perfilando la identidad esencial entre los puntos de vista de Kautsky y Trotski.

Esa apariencia de sesuda erudición científica de los razonamientos de Trotski seduciría y sigue seduciendo a muchos jóvenes e intelectuales, apartándolos del camino de la revolución proletaria. De ahí que todavía sea necesario recordar lo que realmente se esconde debajo de esa apariencia.

En su artículo Acerca de una violación de la unidad que se encubre con gritos de unidad, publicado en mayo de 1914, Lenin decía que “los viejos participantes en el movimiento mar­xista en Rusia conocen bien la figura de Trotski y para ellos no vale la pena hablar de ella. Pero la joven generación obrera no la conoce, y es preciso hablar…”[12]

4º) El imperialismo: la primera guerra mundial y la táctica revolucionaria

            Desde finales del siglo XIX, el desarrollo capitalista había experimentado un salto cualitativo, por el que todas las ramas de la economía habían quedado bajo el dominio de un puñado de empresas gigantescas -los monopolios-, y el mundo entero quedaba repartido entre unas pocas potencias de Europa, Norteamérica y Japón. Al engendrar fuerzas productivas altamente socializadas, el capitalismo había sustituido la libre competencia por una competencia monopolista y se había convertido en capitalismo monopolista o imperialismo. Había entrado en la fase última de su desarrollo. Habían madurado las condiciones materiales para el paso al socialismo.

Estalló entonces, en 1914, la Primera Guerra Mundial entre las potencias imperialistas y los partidos de la clase obrera debían determinar su actitud ante ella para cumplir con su cometido revolucionario. Al frente de los bolcheviques, Lenin fundamentó científicamente esta conducta en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, y la precisó en la necesidad de que los obreros dejasen de dispararse los unos contra los otros para volver las armas contra sus explotadores en cada país[13]. Sin embargo, la mayoría de los partidos socialdemócratas de la II Internacional -y en Rusia los mencheviques y los eseristas (socialistas-revolucionarios, antiguos populistas)- se pronunciaron abiertamente durante la guerra en defensa del imperialismo de su propio país. El oportunismo creciente de los tiempos de paz se transformó en socialchovinismo y en socialimperialismo: socialismo de palabra, pero chovinismo e imperialismo de hecho.

De todos los socialchovinistas, los más engañosos y, por tanto, los más peligrosos eran los centristas, es decir, los que se disfrazaban con fraseología “izquierdista” y hablaban en nombre de la unidad del partido obrero. A escala internacional, el máximo representante del centrismo era el alemán K. Kautsky y, en Rusia, era Trotski.

Kautsky apreciaba equivocadamente las causas y el carácter de la primera guerra mundial, partiendo de que las “divergencias imperialistas no habían podido hasta ahora suscitar directamente la guerra”[14]. Según él, la guerra había comenzado casualmente: los gobiernos, asustados por sus amenazas recíprocas, habían desencadenado la guerra en contra de su propia voluntad. Kautsky justificaba por todos los medios a los chovinistas, diciendo que todos tenían derecho a defender la patria y estaban obligados a ello.

Los trotskistas compartían plenamente las opiniones oportunistas de Kautsky acerca de las causas y los fines de la guerra. Trotski reconocía de palabra el carácter imperialista de la guerra, pero declaraba que su surgimiento había sido un estallido espontáneo, en el que nada tenían que ver los gobiernos imperialistas, y decía: “La guerra no tiene un fin concreto, políticamente delimitado”, y para “todos los participantes se ha convertido en una guerra de exterminio recíproco”[15]. Este planteamiento abstracto, esco­lástico, de la cuestión del carácter de la guerra hacía caso omiso de su esencia de clase, de su esencia imperialista, y de la posición proletaria consecuente frente a ella.

Las opiniones oportunistas, kautskianas, acerca del carác­ter y las causas de la guerra sirvieron de base a las consignas tácticas de los trotskistas, quienes desde el primer día de la conflagración se declararon en contra de las consignas bol­cheviques. A primeros de noviembre de 1914, Lenin pronunció en Zurich un informe titulado La guerra y la social­democracia[16]. Trotski, que participó en la discusión, manifestó que, en general, estaba de acuerdo con la posición del in­formante. Pero, lo que defendió en su discurso fue el “pro­grama de paz” de los centristas.

Contra la táctica leninista, Trotski escribió una serie de artículos como La crisis bélica y las perspectivas políticas y Programa de paz. Declaró que “la guerra civil es una formulación fraccionalista de los bolcheviques, que quieren imponerla a los demás”[17], que la guerra paralizaba las posibilidades revolucionarias de la clase obrera y hacía imposible la orga­nización de acciones revolucionarias. La socialdemocracia era impotente ante la fuerza unida del poder gubernamental y por ello, en opinión de Trotski, el proletariado debía primero conseguir la paz, lograr el cese de la guerra entre el proletariado alemán y el francés, antes de pensar en la revolución.

La guerra no había proporcionado los resultados apete­cidos a ninguno de los grupos de potencias y había agravado las calamidades y los sufrimientos de las masas populares. Los trabajadores exigían tenazmente la paz. Los gobiernos de los países beligerantes estaban asustados por el creciente desarrollo de la revolución. La burguesía procuraba apro­vechar en su propio interés el anhelo de paz de las masas. Señalando este viraje hacia la paz en determinados círculos de la burguesía de los países beligerantes, Lenin decía que los representantes del capital “lloraban con amargura la guerra y expresaban infatigablemente su deseo de paz”.[18]

Los socialchovinistas y los centristas aprovecharon estas condiciones para especular con los deseos de paz de los trabajadores. En la Conferencia de socialistas de los países neutrales, celebrada en Copen­hague, en la Conferencia de socialistas de los países de la Entente, reunida en Londres, y en la Conferencia de los partidos socialdemócratas alemán, austríaco y húngaro, que tuvo lugar en Viena, sonó un llamamiento a los gobiernos a propiciar la firma de la paz. Trotski consideraba este fin­gido afán de paz de los socialchovinistas y los centristas de distintos países una plataforma para acciones “internacio­nales” unidas. Declaró que, bajo la bandera de la paz, se habían agrupado “todos los de la izquierda” y dijo que el Sotsial-Demokrat leninista se hallaba completamente aislado y su posición era el “grado sumo de ceguera sectaria…”[19]. Lenin le respondió reprochándole “asirse ahora a los faldones de las levitas de Kautsky y de Bernstein”.[20]

Los bolcheviques se pronunciaban resueltamente por la transformación de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria en todos los países beligerantes, por la derrota del gobierno propio. Por tanto, estaban contra la consigna trotskista de “ni victorias ni derrotas”, si exceptuamos a los futuros oposicionistas del grupo de Baugy (Suiza), Bujarin, Piatakov y otros (líderes de las fracciones opositoras en los años siguientes). Trotski  se negaba a ver en la derrota del gobierno propio “siquiera un aliado indirecto”[21]. Afirmaba que, si bien las derrotas desorganizaban a la “reacción gobernante”, “desorganizaban la vida social, y sobre todo a la clase obrera”[22]

Además, tergiversaba la posición bolchevique como si sólo exigiera la derrota del gobierno ruso, lo que conduciría al fortalecimiento del militarismo prusiano; en realidad, los bolcheviques exigían “de todos los partidos socialistas que luchen contra los gobiernos de sus propios países”[23]. En el artículo Sobre la derrota del gobierno propio en la guerra imperialista, Lenin mostró que Trotski y sus partidarios, en realidad, “mantenían el punto de vista de la guerra de los gobiernos y la burguesía, es decir, se inclinaban servilmente ante la ‘metodología política del socialpatriotismo’, por decirlo con el ampuloso lenguaje de Trotski”2.

La consigna trotskista de “ni victorias ni derrotas” tra­taba de suplantar las relaciones de clase por las relaciones entre los gobiernos. Significaba mantener intangible el viejo orden de cosas, incluida la autocracia rusa. Era un lla­mamiento abierto a la “paz” con la burguesía, a la renuncia a la lucha de clase del proletariado. “Quien apoya la con­signa ‘ni victorias ni derrotas’ —decía Lenin— es un chovi­nista consciente o inconsciente; en el mejor de los casos, es un pequeñoburgués conciliador, pero, en todo caso, es un enemigo de la política proletaria, un partidario de los gobiernos actuales, de las clases dominantes actuales”. Para Lenin, la causa profunda del empeño erróneo de Trotski en conciliar con los partidarios del socialchovinismo consistía en no advertir el contenido de clase de éste[24].

Un paso importante en la unidad de los internacionalistas consecuentes fue la Conferencia socialista internacional de Zimmerwald, en septiembre de 1915. En ella, se formó un ala izquierda que actuó cohesionada gracias a la lucha intransigente de los bolcheviques y que constituyó el embrión de la futura III Internacional. Allí, Trotski volvió a actuar como centrista: votó a favor de que se debatiera el proyecto de resolución de la izquierda, pero declaró al mismo tiempo que las masas no estaban preparadas para la lucha revolucionaria contra la guerra y que era pronto para exigir la condena de los socialchovinistas, por cuantos las masas mismas se habían contagiado de chovinismo”[25]. Después de esta conferencia, llamó a desplegar la lucha “en dos frentes”: contra la derecha y contra “el sectarismo desorganizador de los extremistas”[26], es decir, de los partidarios de Lenin. Además, se dio de baja del club de los internacionalistas de París al votar éste mayoritariamente por las posiciones de la izquierda de Zimmerwald.[27]

Al comunicar a A. Kolontái el 17 de febrero de 1917 que Trotski estaba organizando en Novi Mir un bloque de los de la derecha contra los de la izquierda, Lenin dijo: “¡Qué, cerdo es este Trotski! ¡¡Pronun­cia frases de izquierda y amaña un bloque con los de la derecha contra la izquierda de Zimmerwald!! Hay que desenmascararlo…”[28]

En Rusia, a pesar de que la minoría menchevique en la Duma de Estado había votado a favor de los créditos de guerra solicitados por el gobierno zarista, Trotski afirmó que “ocupaba una posición de la que no tenía por qué desolidarizarse ningún internacionalista”[29]. Seguía intentando crear un partido centrista, exento, según él, de los “pecados del leninismo y el menchevismo”. Se apoyó, para ello, en los mezhrayontsi, un grupo que oscilaba entre los internacionalistas y los defensistas. Los mezhrayontsi declaraban reconocer las consignas bolcheviques de “transformación de la guerra imperialista en guerra civil” y de “derrota del gobierno propio”. Pero afirmaban a la vez que la guerra civil sólo era posible como una simultánea “acción del pro­letariado de todos los países contra sus gobiernos”[30].

Desprovistos de raíces entre las masas obreras rusas, fracasaron en su intento de unir en un mismo partido a los bolcheviques y a los mencheviques, a los revolucionarios y a los oportunistas: “El trotskismo y la política de conciliación de nuevo han resultado ser un cero a la izquierda. Simplemente no tienen cabida en el vivo movimiento obrero práctico de Rusia”[31]. Ante este fracaso, Trotski optó por acercarse a la posición del partido bolchevique, hasta que su grupo fue admitido en él en agosto de 1917.


Notas:

[1] Obras completas, t. 19, pág. 196.
[2] Obras completas, t. 19, pág. 80.
[3] Obras completas, t. 17, pág. 368.
[5] Obras Completas. t. 21. pág. 31.
[6] Obras Completas, t. 20, pág. 31.
[7] Obras Completas, t. 17, pág. 381.
[8] Obras Completas, t. 19, pág. 271.
[9] La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo, t. 1, pág. 159.
[10] Obras Completas, t. 48, pág. 69.
[11] Obras Completas, t. 47, pág. 269.
[13] Véanse las Tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea (Tesis sobre la guerra), en https://es.scribd.com/document/111722700/Tesis-sobre-la-guerra-V-I-Lenin, así como el manifiesto del CC del POSD(b) de Rusia La guerra y la socialdemocracia de Rusia, en https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/28-ix-1914.htm.
[14] El Estado nacional, el Estado imperialista y la alianza de Estados, pág. 7, Moscú, 1917.
[15] Golos, 28 de noviembre de 1914.
[16] Obras Completas, t. XXII, pág. 105-112, Ed. AKAL. Citado en La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo, t. 1, pág. 193.
[17] La lucha del partido bolchevique contra el trotskismo, t. 1, pág. 195.
[18] Obras Completas, t. 26, pág. 192.
[19] Nashe Slovo, 13 de octubre de 1915.
[20] Obras Completas, t. 26, pág. 296.
[21] Nashe Slovo, 14 de marzo de 1916.
[22] Nashe Slovo, 1 de septiembre de 1915.
[23] Sotsial-Demokrat, 12 de febrero de 1915.
[24] Obras Completas, t. 26, págs. 151 y 290.
[25] Nashe Slovo, 6 de octubre de 1915.
[26] Nashe Slovo, 25 de noviembre de 1915.
[27] En lucha por el socialismo, A. Shapoválov, pág. 803, Moscú, 1934.
[28] Obras Completas, t. XL, pág. 33, Ed. Akal.
[29] Nashe Slovo, 11 de julio de 1915.
[30] Vperiod, 23 de abril de 1915.
[31] Sotsial-Demokrat, 20 de noviembre de 1915.