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25 de julio de 2026

La Unión Soviética construyó uno de los sistemas de turismo local y reposo para los trabajadores más ambiciosos de la historia.

 

Por Marta Vital. Publicado en Nuevarevolucion.es

En la Unión Soviética, el verano no era solo una temporada. Era un derecho conquistado. Mientras en gran parte del mundo capitalista las vacaciones seguían siendo un lujo reservado a la clase dominante, la URSS construyó uno de los sistemas de turismo local y reposo más ambiciosos de la historia: las putiovki, bonos que permitían a millones de obreros, empleados, campesinos y sus familias acceder a sanatorios y casas de descanso a precios simbólicos o totalmente gratuitos.

Un derecho constitucional

El artículo 119 de la Constitución soviética de 1936 lo expresaba con claridad: “Los ciudadanos de la URSS tienen derecho al descanso”. Este derecho se materializaba en jornada laboral reducida, vacaciones pagadas anuales y, sobre todo, en un vasto sistema de instalaciones destinadas al reposo y la recuperación de la salud. No era caridad ni propaganda: era uno de los frutos de la revolución. El trabajo creaba riqueza colectiva y, a cambio, el Estado devolvía parte de esa riqueza en forma de tiempo libre reparador.

Las putiovki (literalmente “vales” o “bonos de viaje”) eran distribuidas principalmente a través de los sindicatos, las fábricas, los koljoses y las instituciones. Un obrero metalúrgico de Leningrado, una maestra de Ucrania o un minero de Donbass podía recibir uno al año. El coste solía ser entre el 10% y el 30% del valor real; en muchos casos, especialmente para trabajadores destacados, veteranos o personas con problemas de salud, era gratuito. Las empresas y los sindicatos cubrían el resto.

Sanatorios y casas de descanso: salud y ocio con dignidad

Existían dos tipos principales. Los sanatorios (sanatori) eran centros médicos con tratamientos especializados. Ubicados en zonas de clima favorable —las costas del Mar Negro (Sochi, Yalta), el Cáucaso, los Cárpatos o balnearios con aguas minerales—, combinaban descanso con terapias: baños de barro, inhalaciones, masajes, dietas controladas y ejercicio. No eran hospitales fríos, sino complejos con parques, bibliotecas, salas de cine y conciertos. Muchos tenían médicos residentes y programas de rehabilitación.

Por otro lado, estaban las casas de descanso (dom otdija), más orientadas al ocio puro. Senderismo, deportes, excursiones culturales, baños en el mar o lago, bailes y actividades colectivas. Familias enteras podían ir juntas, fortaleciendo los lazos comunitarios.

En los años 70 y 80, el sistema alcanzaba cifras impresionantes: decenas de millones de putiovki al año. Solo en 1980, alrededor de 40-50 millones de personas pasaron por estas instalaciones. Era un turismo de masas, pero sin masificación mercantil: no había hoteles de lujo para ricos ni playas privatizadas.

Una experiencia transformadora

Los testimonios de la época describen una sensación de dignidad poco común. Un trabajador que pasaba once meses en la fábrica o el campo recibía, de repente, tres o cuatro semanas en un lugar hermoso, con comida abundante, atención médica y tiempo para leer, pasear o simplemente no hacer nada.

El sistema no solo mejoraba la salud física. Fomentaba la cultura: conferencias, proyecciones de películas soviéticas y extranjeras, grupos de aficionados al teatro o la música. También reforzaba la idea de igualdad: directores de fábrica y obreros compartían espacios similares.

Legado y contraste actual

Tras la disolución de la URSS, muchos sanatorios se privatizaron, encarecieron o cerraron. Lo que era un derecho se convirtió en un lujo. Hoy, en varios países postsoviéticos, algunos complejos sobreviven como destinos turísticos, pero ya no son accesibles para la mayoría de los trabajadores.

El modelo soviético de putiovki demostró que otra organización del tiempo libre es posible. No se trataba de “vacaciones de lujo”, sino de reposo reparador como elemento esencial de la reproducción de la fuerza de trabajo y del bienestar colectivo. En una época como la actual, donde la explotación capitalista, la ansiedad y las vacaciones precarizadas (o inexistentes) son la norma en muchos países, mirar hacia atrás a la experiencia soviética invita a preguntarse: 

¿por qué el descanso sigue siendo un privilegio en lugar de un derecho universal?

La URSS demostró que es posible conquistar el derecho a las vacaciones y a la salud para el pueblo, a través de un sistema que devuelve al trabajador parte de lo que produce: tiempo, salud y dignidad. 

17 de julio de 2026

Yuri Nazarov: «¡SOLO EL COMUNISMO NOS SALVARÁ!»

Yuri Nazarov

Por Aliona Guliaichenko.

No hace falta presentar a Yuri Vladímirovich Nazarov*, a nuestro público. Es Artista Meritorio de la RSFSR y Artista del Pueblo de Rusia. Ha participado en numerosas películas soviéticas famosas que le han reportado gran notoriedad y fama popular.

Sus palabras y sus ideas son muy valiosas para nosotros. Especialmente para la juventud actual, que, en su mayoría, se encuentra socialmente desamparada, a la deriva en su búsqueda política. Esperamos que las palabras de nuestro heredero del cine soviético, ayuden a la joven generación a encontrar el camino correcto en la vida.

Sobre el liberalismo y Nikita Jrushchov.

- El «deshielo» de Jrushchov no es más que una mentira liberal. Sobre la traición a los ideales comunistas:

Ayer gritaban «¡Viva el comunismo, hurra, hurra, hurra!». Hoy han empezado a gritar «¡Maldito sea el comunismo, hurra, hurra, hurra!». Porque Nikita Jrushchov no era comunista en absoluto. Gritar «¡Nuestro objetivo es el comunismo!» no significa necesariamente ser comunista. Y no recuerdo quién dijo que vendría un gran hipócrita, pero sé con certeza que, en la persona de Jrushchov, ese hipócrita llegó.

Quien mejor habló de Jrushchov fue Churchill, cuando le felicitaron por su 80.º cumpleaños. Alguien propuso un brindis por Churchill como el enemigo más acérrimo de la Rusia socialista, y él respondió: «Por desgracia, hay un hombre que ha causado mil veces más daño a la Unión Soviética que yo. Se trata de Nikita Jrushchov. ¡Démosle un aplauso!».

Sobre el avance intelectual.

- La visión integral del intelecto está en Esquilo, Sófocles, Eurípides, Shakespeare, pero aún más en Karl Marx, el analítico Engels y el creador Lenin. Hoy en día, cuando sale por la pantalla algún doctor en ciencias y suelta un sarta de tonterías, ¿se le puede llamar intelectual? Pensadores fueron Juana de Arco, Jan Hus, Tomás Moro, Giordano Bruno… Borís Shchukin, en cuyo honor se bautizó la escuela de teatro, era intelectual, llegó a la escuela directamente desde el frente.

Sobre la santa América.

- Era el 9 de mayo de 1945, un miércoles. Si queréis, comprobadlo. Mi madre trabajaba en el tercer turno, en la central térmica de Ob, en su propia central térmica. Mi padre estaba por la noche en el teatro, cantaba en el coro del Teatro de la Ópera: mis padres eran trabajadores del sector energético, no fueron a la guerra, obtuvieron la exención, había que mantener la industria. En nuestra ciudad, el sol sale cuatro horas antes que en Moscú, y con Berlín hay aún un par de horas de diferencia. Y entonces mi padre llegó a altas horas de la noche y dijo: «Parece que está pasando… parece que es la capitulación…». Y a las seis de la mañana, cuando Levitán anunció la capitulación de Alemania, todos se levantaron de un salto tal y como estaban: mi madre en camisón, mi padre en calzoncillos, yo, seguramente también en calzoncillos, mi abuela, que se había quedado a dormir en nuestra casa, se envolvió en una manta, y todos empezamos a dar vueltas en corro, a bailar. Vivíamos en el quinto piso, en la cocina salí por la ventana al patio… eran las seis de la mañana, estaba vacío, no había nadie. Pasaba una anciana, la lechera, Dios sabe quién era, y le grité: «¡Tía, se ha acabado la guerra!». No «la victoria», sino «se ha acabado la guerra». Bueno, y después salí a celebrarlo con la población en la calle…

En aquel entonces se decía precisamente eso: no «¡victoria!», sino «¡se acabó la guerra!». Aunque nada había cambiado: seguía sin haber nada que comer, en el colegio no teníamos con qué escribir, resolví los problemas en unos papelitos raídos, pero esa sensación de que «se acabó la guerra» me quitó un peso de encima. Se acabó ese horror…

Y cuando, allá por el 3 de septiembre, anunciaron que se había declarado la guerra a Japón, recuerdo mi pesadilla de ocho años: ¡¿Qué?! ¡¿Otra vez la guerra?! Pero, gracias a Dios, no dimos tiempo a asustarnos. La guerra duró una semana y media, y todo se acabó…

Por aquel entonces aún se publicaba una revista llamada «América», una revista de lujo. Y en esa revista de lujo, con papel satinado y una impresión impecable, apareció esa «setita» atómica tan «bonita». Pero Estados Unidos, al fin y al cabo, es santo, mientras que nosotros somos el «imperio del mal».

Pues bien, Estados Unidos es el único país que ha probado la bomba atómica sobre personas vivas. ¡El único! Y hoy en día es un país santo, mientras que nosotros tenemos que arrepentirnos de algo.

Sobre Hollywood y el comunismo.

- ¿Qué ha vencido Hollywood? ¿Dónde ha vencido? ¿Ha vencido a nuestro «Rubliov»? ¿O a «La leyenda de la tierra siberiana»? ¿O a las películas de Iván Piriev?..

Nosotros mismos hemos traicionado nuestro cine, al igual que hemos traicionado a nuestro país. Y todo este dominio de las películas de Hollywood en las pantallas rusas, es hoy el resultado de nuestra traición, con la que, por cierto, hemos echado por tierra nuestra educación…

Vladimir Monómaj, Derzhavin, Lomonosov, el autor de «La canción del ejército de Ígor», todos los pensadores rusos intentaron educar a las personas y convertirlas en seres humanos. Pero nosotros renunciamos a nuestra historia, a nuestro comunismo, y aceptamos a Occidente con su individualismo y su propaganda del lucro. Hollywood es libertinaje, corrupción y decadencia.

Creo que la salvación está en el comunismo.

- Churchill, Truman y Reagan se oponían al comunismo. Su «colega» Hitler también se oponía al comunismo. Y hoy nos hemos sumado a esa misma lista junto a Obama, los Clinton, incluso han cambiado el nombre de la milicia, como en tiempos hitlerianos, por el de policía. Y este es el camino hacia la perdición. Porque Occidente, con sus sacos de dinero, convierte al ser humano en un animal: «yo soy el más importante, necesito placeres, y vosotros podéis iros todos al garete» o, como dijo Alexéi M. Gorki, «o te comes a todos o te quedas tirado en el fango».

Solo el comunismo, tan denostado hoy por todos, salvará no solo a nuestro país, sino a toda la humanidad.

Solo el comunismo, solo la humanidad, el humanismo, el respeto mutuo, la misericordia.

«Con la contemplación de la Trinidad creadora, venced la odiosa discordia de este mundo», decía Sergio de Radonezh, y resulta que él también era un comunista en toda regla. 

La odiosa discordia de este mundo… sigue vigente hasta el día de hoy.

Estamos en el siglo XXI y seguimos matándonos unos a otros. 


* Yuri Vladímirovich Nazarov nació el 5 de Mayo de 1937, en Novosibirsk. Su padre fue Nikolái Aldómirovich Nazarov (1906–1971), teniente soviético checheno del Ejército Rojo, que estuvo en la ofensiva de Crimea en 1944.

En 1989, Nazarov fue nominado al Premio Nika, al Mejor Actor por su actuación en la película Little Vera, interpretando al padre de Vera. Nazarov ha aparecido en el cine soviético y ruso desde 1954. Su aparición más reciente fue en Sophia, una serie de televisión.

En su libro "No solo sobre el cine", se describe a sí mismo como comunista.

Cuando tras el plebiscito popular de unión de Crimea con Rusia en marzo del 2014, Nazarov firmó una carta en apoyo a las políticas del presidente Putin, sobre el Donbáss y Crimea. 

Yuri Nazarov ha protagonizado más de 257 películas y producciones televisivas.


Enlace original:

7 de julio de 2026

“EL INDIVIDUO Y LA CONCIENCIA DEL ESCRITOR”

Por Esteban Zúñiga.


“… los fusiles maduran en el vientre de las madres,

la muerte ha tomado el color de las aceras de Madrid,

el cielo está desgarrado por las uñas de los aviones…”.
(Tristán Tzara. “Espagne 1936”).

A las seis y media de la tarde del 5 de julio de 1937, se daría inicio a la segunda jornada del IIº Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, inaugurado en Valencia el día anterior 4 de julio de 1937.

Una segunda sesión, presidida por el delegado francés J. Benda, para a continuación hablar Corpus Barga, y después de conceder la palabra a José Bergamín, seguidamente tomó la palabra el camarada Alexéi Tolstoi quien manifestaría que “la lucha heroica del pueblo español por su libertad e independencia, es para todos nosotros parte de nuestra carne y de nuestra sangre”. A continuación intervendría el doctor holandés Brouwer quien resaltaría que “estar al lado del pueblo español es lo más cristiano que cabe”. Luego habló el profesor Xirau, delegado de la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza, quien resaltaría el compromiso de los maestros españoles para luchar en el frente. Seguidamente intervendría por Francia, Tristán Tzara del que nos vamos a centrarnos hoy.

Después de éste tomarían al palabra el estadounidense Malcolm Cowley, quien leería un mensaje de los escritores de Norteamérica, la escritora alemana Anna Seghers, quien lanzaría un homenaje a los escritores combatientes, el escritor argentino con antepasados asturianos, Raúl González Tuñón que resaltaría “el pensamiento vivo del mundo se adhiere a la causa de la República Española”, intervino seguidamente, por Méjico, José Mancisidor quien afirmaría que “somos ahora tan españoles como los españoles. Estamos alentados del mismo espíritu de lucha del pueblo español…”, terminando la escritora inglesa Silvia Townsend, quien resaltaría que “cuando la cultura está en peligro, los escritores tienen que defenderla”.

Intervención de TRISTÁN TZARA en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Valencia, 5 de julio de 1937.

A continuación, compartimos las palabras de TRISTÁN TZARA que dejarían una importante huella, y que pasaría a convertirse en uno de los alegatos más importantes de este IIº Congreso.

Un texto que nos muestra su salto ideológico y literario, desde el nihilismo, como rechazo frontal a la existencia de los valores morales de los intelectuales franceses. Fundando en Zurich en 1916 el pensamiento "dadaista", (corriente artística de vanguardia, totalmente revolucionaria, por romper los paradigmas de la historia del arte occidental, llamado en su momento "antiarte", germen del surrealismo) en contra de la Iª Guerra Mundial.

Su nombre era Samuel Rosenstock, de ascendencia judía, rumano de nacimiento. Tristán como se le conoció, trató de conciliar el marxismo con las corrientes nihilistas y surrealistas.

En 1937 por su compromiso social, político y humanista, le llevaría a apoyar a la República Española. Combatió en la Resistencia Francesa en la Segunda Guerra Mundial. Fue miembro del Partido Comunista Francés.

Su intervención es recogida con mucha atención. Reconocida posteriormente bajo el título de “EL INDIVIDUO Y LA CONCIENCIA DEL ESCRITOR”, en el que abogaba por superar la poesía y la literatura como un arma de propaganda política, y entenderla como un modo de vida, y como un acto de defensa de la libertad.

“EL INDIVIDUO Y LA CONCIENCIA DEL ESCRITOR”.

(Fuente: “Nueva Cultura”. Número dedicado al Congreso Internacional de Escritores. TRISTÁN TZARA (Francia). Año III – Números 4-5. Publicada mensualmente en Valencia. Junio-julio de 1937).

“El problema del intelectual, que se plantea hoy con más intensidad, es el de la CONCIENCIA: la conciencia del escritor, y la conciencia que el escritor debe despertar en las masas. Intentaré tratar estos dos aspectos del problema, aspectos de un sólo y mismo problema. Pero únicamente podremos establecer un debate sobre este asunto desde su ángel actual, pues es evidente que desde que el hombre piensa, en cada uno de los grados de su desarrollo, la adquisición de su conciencia y su devenir, han sido el centro de todas las preocupaciones de la razón humana.

Ciertamente, la mayoría de los escritores, tanto por sus orígenes como por el mundo de las ideas en que vivían, se han situado hasta aquí al margen de las luchas sociales. A lo sumo, ha podido influir en ellos el carácter de estas luchas.

Pero en el momento en que estas luchas estáticas, se convierten en luchas dinámicas, en el momento revolucionario que hace estallar la guerra, ante la conflagración general de todos los elementos de una civilización, el escritor, si no quiere correr el riesgo de desaparecer como tal, debe tomar posición.

Por desgracia, hemos visto escritores que vuelven a una torre de marfil que su razón había condenado hacía mucho tiempo. Hemos visto a escritores que, en nombre de la razón misma, se refugiaban, si no en una indiferencia ante los acontecimientos, por lo menos, en un estado de ánimo en que la justicia y la humanidad no tienen nada que hacer y que, bajo la aridez de una balanza de carácter puramente mecánica, oculta la condenación de toda participación activa.

En esta tesitura, hemos de habérnoslas con el espíritu de no intervención, aplicado de manera efectiva al mundo de las letras. Toda la juventud del mundo condena unánimemente a este falso espíritu. ¿Cuáles son hoy los escritores que, basándose en una ideología pacifista o antimilitarista, aplican íntegramente los preceptos formulados en monopolio burgués, de un estado de cosas que representa precisamente la transformación de este estado?

Son los mismos que, atrapando, por así decirlo, por los pies una época de revuelta, tratan de justificar como revolucionarios aquello que hace tiempo ha dejado de serlo.

Nos hallamos nuevamente en presencia de todo un mundo de descontentos, de insatisfechos, que se aplican sus concepciones de contemplación negativa, y las mismas insatisfacciones allá donde los acontecimientos han rebasado sus objetivos. El mundo está en un cambio incesante, en un movimiento continuo. Y es propio de épocas revolucionarias, que estos cambios son rápidos. La espontaneidad de estos cambios, su brusco movimiento, son los que abren las compuertas a razones insospechadas, a energías latentes.

El reconocimiento de estos fenómenos sociales, ante los que el escritor no puede quedar indiferente, implica por su parte el reconocimiento de una CONCIENCIA REVOLUCIONARIA. Se sitúa sobre un nivel superior, en relación con la conciencia pacífica de las épocas pre-revolucionarias. Nada puede impedir la indivisibilidad del espíritu humano. Establecer en este dominio una separación artificial, sería ir contra la naturaleza de las cosas.

La razón humana es UNA E INDIVISIBLE, y sus relaciones con la vida deben ser constantes. Pero, ¿Cuántas veces no hemos oído decir que la libertad de la conciencia, es un bien sagrado de la humanidad que hay que SALVAGUARDAR, PASE LO QUE PASE?

Sí, camaradas, este es nuestro deber. Pero, ¿de qué libertad se trata y de qué conciencia? No tenemos derecho a desplazar el problema. ¿Es de la libertad que, en nombre de una abstracción generosa, pero abstracción al fin, mina los fundamentos de un futuro del que ya se entrevé el sentido? ¿No sabemos ya demasiado que la libertad que usurpa la de otro individuo se llama tiranía? ¿No es acaso la peor tiranía aquella de los instintos incontrolables que, por satisfacciones momentáneas, pone en juego el destino de esta misma libertad que pedimos para los pueblos?

Hay, pues, que denunciar una gran confusión en aquellos que invocan la libertad a toda costa, porque de un lado, la libertad ha de estar forzosamente limitada por necesidades sociales del momento, -en perpetua transformación- y por otro lado la conciencia misma cambia de contenido en cada fase de la historia.

Si la finalidad sigue siendo la misma, la dignidad del hombre en la conciencia y la libertad sería criminal la aplicación en épocas revolucionarias, de yo no sé qué principios paradisíacos, como reivindicación inmediata, que la realidad de las cosas hace imposibles o perjudiciales.

Por esta razón, la palabra puede ser un arma más terrible que los cañones más potentes.

Yo sé hasta qué punto puede agudizarse el conflicto, en un ser sensible entre la conciencia de la finalidad a perseguir, y el pasaje necesario para llegar a esa finalidad. No se trata de aminorar al hombre, de castrarlo, sino, por el contrario, de enriquecerlo, de conducirlo hacia la plenitud.

No se trata de renunciamiento, sino tan sólo de hacer sensible el beneficio en dignidad de la persona humana. He visto aquí, en los frentes, a campesinos que de buen grado han renunciado a cuanto tenían, pero que, no obstante, al adquirir ese MÍNIMUN de conciencia de que son también hombres, – pues que precisamente esto es lo que se les negó durante siglos de opresión- se han sentido lo bastante maduros para dar sus vidas en lo sucesivo, dignificados.

No nos engañemos, además de la adquisición de una conciencia revolucionaria en el escritor, hay que despertar en las masas la conciencia de la calidad de ser humano y el deseo de alcanzar la dignidad, de hacer sentible a los hombres el sentido mismo de esta dignidad.

Las masas son flotantes. El papel del escritor es enorme en la batalla que ha de librar, para romper su indiferencia.

El poeta ya lo ha dicho, es un hombre de acción. Hasta aquí ha rechazado su deseo de acción y lo ha sublimizado para crear un mundo suyo, en el que la plenitud humana podía darse libre curso.

Después de los trágicos acontecimientos, -más, ¡cuán llenos de esperanzas!- que laboran vuestra tierra española, y elevan el espíritu a alturas de una inexpresable pureza, hemos visto a estos mismos poetas identificarse en esta pureza, hemos visto a estos mismos poetas identificarse con vuestra lucha.

Esta lucha ha sido la solución de sus conflictos interiores. Nada puede impedirles ya que luchen hasta la victoria total, y esta victoria será una nueva luz que brillará en el horizonte del mundo entero, como una señal definitiva de todas las victorias que se trata aún de ganar, y también de merecer.”


23 de junio de 2026

LA CLASE OBRERA EXISTE: NO HA DESAPARECIDO NI SE HA DEGENERADO

Dia Internacional del Trabajo – Mural Industria Automotriz – Diego Rivera | Murales Buenos Aires










Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

Hoy en día, se oye decir a diversos críticos y detractores del marxismo que, supuestamente, la clase obrera está desfasada. Que sus fundadores basaron sus conclusiones en las realidades de la época en la que vivían, y que supuestamente, esas conclusiones son inaplicables en la era actual del progreso científico y técnico, de las altas tecnologías, etc. Argumentan, que muchas cosas han cambiado, incluido el propio carácter del trabajo. 

Esto se aplica también al concepto de proletariado.

Mas, vamos a dejarnos de proseguir en las fantasías, o incluso calumnias interesadas de clase, y acudamos a nuestros propios clásicos: Karl Marx y Friedrich Engels.

Anterior a «Principios del comunismo», Engels desarrolla en el artículo «La Ideología de los comunistas» y en los «Principios del comunismo», una definición de importancia fundamental de lo que es el proletariado, la clase obrera, los trabajadores, en contraposición a la clase capitalista.

En «La Ideología de los comunistas» escribe:

«El proletariado es aquella clase social que vive exclusivamente de su trabajo, y no de los beneficios de algún capital…»

En los «Principios del comunismo» leemos:

«Se denomina proletariado, a aquella clase social que se gana la vida exclusivamente mediante la venta de su trabajo, y no vive de los beneficios de ningún capital… En definitiva, el proletariado, o clase proletaria, es la clase trabajadora del siglo XIX… El proletariado surgió como resultado de la revolución industrial, que tuvo lugar en Inglaterra en la segunda mitad del siglo pasado, y que posteriormente se repitió en todos los países civilizados del mundo».

En una nota a la edición inglesa del «Manifiesto del Partido Comunista» (1888), Engels repite una definición similar:

«Por burguesía se entiende a la clase de los capitalistas actuales, propietarios de los medios de producción social, que emplean mano de obra asalariada. Por proletarios se entiende la clase de los trabajadores asalariados actuales que, al carecer de medios de producción propios, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para poder vivir».

El estudio del modo de producción capitalista llevó a Karl Marx, en su obra principal, *El Capital*, al concepto de «trabajador colectivo».

En 1862, en el segundo borrador de *El Capital*, Marx señala:

«Entre los trabajadores productivos se incluyen, por supuesto, todos aquellos que, de una forma u otra, participan en la producción de mercancías, desde el obrero en el sentido estricto de la palabra, hasta el director o el ingeniero (a diferencia del capitalista)».

En 1873, en la edición francesa autorizada del volumen I de *El Capital*, Marx concreta esta definición:

«... uno trabaja más con las manos, otro más con la cabeza, uno como directivo, ingeniero, técnico, etc., otro como capataz, y un tercero directamente como trabajador manual o incluso como simple ayudante».

Por último, en la tercera y última edición en vida del primer volumen de *El Capital* (1883), Marx ofrece la formulación definitiva, introduciendo el concepto de «trabajador global colectivo» y resumiéndolo en la siguiente idea:

«Mientras el proceso de trabajo es puramente individual, un mismo trabajador reúne todas aquellas funciones que posteriormente se dividen. En la apropiación individual de los objetos de la naturaleza para sus fines vitales, el trabajador se controla a sí mismo. 

Posteriormente, es controlado por otros. El individuo no puede actuar sobre la naturaleza sin poner en movimiento sus propios músculos bajo el control de su propio cerebro. Así como en la propia naturaleza la cabeza y las manos pertenecen a un mismo organismo, también en el proceso de trabajo se unen el trabajo intelectual y el físico. Posteriormente, se separan y llegan a una oposición hostil.

El producto pasa, en general, de ser un producto directo de un productor individual a ser un producto social, un producto común del conjunto de trabajadores, es decir, del personal de trabajo combinado, cuyos miembros se encuentran más o menos alejados de la acción directa sobre el objeto de trabajo. 

Por lo tanto, el propio carácter cooperativo del proceso de trabajo amplía inevitablemente el concepto de trabajo productivo y el de su portador, el trabajador productivo. Ahora, para trabajar de forma productiva, no es necesario intervenir directamente con las propias manos. Basta con ser un órgano del colectivo de trabajadores y desempeñar una de sus subfunciones. La definición inicial del trabajo productivo expuesta anteriormente, deducida de la propia naturaleza de la producción material, conserva siempre su significado cuando se aplica al colectivo de trabajadores, considerado como un todo. Pero ya no se ajusta a cada uno de sus miembros, considerado por separado».

Diez años más tarde, desarrollando la idea de Marx, Engels introduce el concepto de «proletariado del trabajo intelectual». En 1893, en su intervención en el Congreso Internacional de Estudiantes Socialistas, dijo:

«Que vuestros esfuerzos, conduzcan a que los estudiantes tomen conciencia de que es precisamente de entre sus filas, de donde debe surgir ese proletariado del trabajo intelectual que está llamado a desempeñar, codo con codo, y en las mismas filas que sus hermanos trabajadores dedicados al trabajo físico, un papel significativo en la revolución que se avecina».

«Los revolucionarios burgueses del pasado solo exigían a las universidades abogados, como la mejor materia prima a partir de la cual se formaban sus líderes políticos. Para la liberación de la clase obrera se necesitarán, además, médicos, ingenieros, químicos, agrónomos y otros especialistas, pues se trata de hacerse con el control no solo de la maquinaria política, sino también de toda la producción social, y para ello no bastarán en absoluto las frases grandilocuentes, sino que se necesitarán conocimientos sólidos».

Así pues, el proletariado del trabajo intelectual, según la definición de Engels, está formado por médicos, ingenieros, químicos, agrónomos y otros especialistas. Hoy en día, a ellos se pueden añadir los trabajadores de oficina —lo que se suele llamar «funcionarios»—, los programadores, los operadores de máquinas y equipos controlados por ordenador, los ajustadores de tecnología y aparatos complejos, los controladores aéreos, etc. 

La clase obrera no ha desaparecido ni se ha degenerado en nada, como sostienen algunos de los actuales detractores de Marx y Engels. Es cierto que ha cambiado la naturaleza del trabajo, que la especialización se ha vuelto más compleja y variada, y que su nivel intelectual ha aumentado, pero el trabajador, obligado a vender sus capacidades físicas e intelectuales para sobrevivir, ya sea minero o siderúrgico, conductor de tractor o agrónomo, ingeniero o directivo, ha sido y sigue siendo la principal fuerza productiva, sometida a una cruel explotación en la sociedad capitalista.

En general como vemos, los clásicos del marxismo dieron una definición clara de la clase obrera en toda la diversidad que la caracteriza. Al mismo tiempo, en combinación con la concepción de Engels sobre el aumento del papel de la conciencia social en la vida de la sociedad y, por consiguiente, con el aumento del papel de lo que Marx y Engels denominaban «producción espiritual» —lo cual queda claramente demostrado por la actual revolución científica, tecnológica e informativa—, y teniendo en cuenta el carácter dialéctico del desarrollo y del conocimiento, las ideas de Marx y Engels sobre la clase obrera nos orientan hacia los fundamentos teóricos para su desarrollo posterior, al igual que los conceptos sobre su dominio político en el período de transición hacia el comunismo.

La emancipación de la clase obrera de la esclavitud asalariada, es el futuro de la humanidad. 

El imperialismo está continuamente engañando a la población por los medios de comunicación, con su propaganda de limosnas empresariales, en este Reino y en EE UU o Europa. Venden las fundaciones como su caridad particular, de cara a los organismos internacionales, para tapar sus impresionantes ganancias y crímenes anuales, por hambre, falta de agua y guerras. Subimos un estudio sobre esta caridad, sobre las Fundaciones Imperialistas.

LA CARIDAD NO SALVARÁ AL MUNDO DE LOS PROBLEMAS DEL CAPITALISMO.

Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

La caridad del gran capital no es altruismo ni una muestra de buena voluntad. Es un instrumento de estabilización del sistema capitalista, que permite a la élite mantener el control sobre los recursos, obtener privilegios fiscales y legitimar su riqueza, al tiempo que «remienda» esas brechas sociales que el propio sistema crea. Para comprender este mecanismo, es necesario mirar más allá de la fachada de las cenas benéficas de gala y los cheques públicos, hasta llegar a las fuentes de la «generosidad», a los códigos fiscales y a la experiencia histórica de modelos alternativos de distribución.

La filantropía corporativa a gran escala, surgió al mismo tiempo que la formación del capital privado a gran escala, a finales del siglo XIX y principios del XX. En los EE. UU., John Rockefeller se convirtió en una figura clave al crear en 1913 la Fundación Rockefeller (Rockefeller Foundation). En ese mismo periodo, Andrew Carnegie desarrolló un modelo similar, a través de una red de fundaciones y proyectos bibliotecarios.

En Europa, las grandes dinastías también crearon fundaciones como forma institucional de gestión del capital.

Desde el principio, la filantropía desempeñó una doble función: devolvía parcialmente a la sociedad los fondos obtenidos como resultado de la monopolización de los mercados y, al mismo tiempo, legitimaba la propia existencia de una riqueza extremadamente concentrada. En un contexto de investigaciones antimonopolio y críticas sociales, las fundaciones se convirtieron en un instrumento para reducir la presión pública.

La historia de la caridad no comienza con las donaciones, sino con la apropiación. 

Para que un multimillonario pueda «donar» un millón, primero es necesario apropiarse de mil millones del patrimonio público. Hoy en día, los grandes fondos no son «huchas para repartir», sino estructuras de inversión. Estos fondos se invierten a través de una cartera de instrumentos financieros, generan ingresos y los pagos anuales se limitan a un porcentaje determinado de los activos.

La extracción de más plusvalía de los trabajadores, les lleva a la creación de otra forma de obtener más beneficios, crear nuevos fondos de inversión bajo la apariencia de una organización benéfica. Mediante Fundaciones, se hace creer a la población que son inversiones sin ánimo de lucro, como las limosnas a la población común. Pero su fin, es más terrorífico, es conseguir beneficios netos e influencia política en los gobiernos de turno.

En EE. UU., la legislación obliga a los fondos privados a destinar a subvenciones al menos el 5 % de sus activos al año. El 95 % restante sigue operando en el mercado financiero.

Esto significa que el fondo puede existir prácticamente de forma indefinida, conservando y aumentando su capital a través de las inversiones de estas Fundaciones, al tiempo que marca la agenda, en materia de sanidad, educación y política internacional. Formalmente, el dinero es «donado», pero, en realidad, sigue buscando más ganancias, bajo el control de un círculo reducido de personas.

Tomemos como ejemplo a Jeff Bezos y la empresa Amazon. En 2021, el salario medio de un empleado del gigante del comercio electrónico era de 31.000 dólares al año, apenas por encima del umbral de subsistencia para una persona sola en EE. UU. Al mismo tiempo, la fortuna de Bezos, fundador y entonces director ejecutivo de la empresa, aumentó en 21 mil millones de dólares durante ese mismo año. Su fundación «Bezos OnDay», creada para luchar contra la falta de vivienda y el cambio climático, recibió donaciones por valor de 125 millones de dólares, lo que supone apenas el 0,6 % del incremento de su capital. Al donar las acciones, Bezos obtuvo una deducción fiscal de aproximadamente 50 millones de dólares, con un tipo impositivo federal del 40 %. Es decir, el 40 % de su «caridad» lo pagaron, de hecho, los contribuyentes estadounidenses, incluidos esos mismos empleados de Amazon.

La paradoja radica, en el contraste espantoso entre el gesto benéfico y las condiciones laborales de los empleados de su propia empresa. Las investigaciones de los medios de comunicación occidentales, dibujaban un panorama distópico: los trabajadores de los almacenes de Amazon, se ven obligados a llevar consigo botellas de plástico para orinar en ellas, ya que los responsables registran cada ausencia, incluso las visitas al baño. Hay personas a las que se han llevado en ambulancia, directamente desde sus puestos de trabajo por agotamiento tras semanas laborales de 55 horas. A los empleados que sufren lesiones, debido a incumplimientos de las normas de seguridad, se les retira el seguro y acaban en la calle.

La familia Walton, propietaria del imperio minorista Walmart, muestra la misma lógica de una forma aún más evidente. En 2024, la fortuna conjunta de los seis herederos del imperio de Sam Walton superó los 432.000 millones de dólares, una cifra superior a los presupuestos de la mayoría de los países del mundo. En los veinte años de existencia de su Fundación en un fondo familiar, se han donado 5.500 millones de dólares, lo que supone tan sólo el 1,3 % de la fortuna actual de la familia.

No menos revelador es el ejemplo de Elon Musk, cuya "Fundación benéfica", según datos de Bloomberg, donó en 2024 la cifra récord de 474 millones de dólares. La cifra es impresionante, pero el análisis del destino de estos fondos, nos lleva a ver la situación desde otra perspectiva. Una parte considerable se destinó a entidades vinculadas a nuevas fuentes de ganancia, en negocios que de una u otra forma van al propio Musk y a sus proyectos comerciales: colegios e iniciativas educativas que llevan su nombre, así como organizaciones que trabajan en los ámbitos de la inteligencia artificial, el espacio, la energía y la educación STEM. Es decir, precisamente allí donde el acaparador tiene intereses empresariales directos.

Los críticos señalan acertadamente que las fundaciones a menudo no se utiliza para apoyar programas independientes, sino para financiar proyectos que benefician a su imperio empresarial. Es más, el aumento del volumen de las donaciones tiene una razón puramente lucrativa: cuando inviertes en la fundación al cumplir con el requisito de la Agencia Tributaria de EE. UU. de realizar pagos mínimos anuales, buscan también como "hacer más caja". La ley obliga a las organizaciones sin ánimo de lucro a gastar al menos el 5 % de sus activos al año, de lo contrario, se exponen a perder su estatus y sus ventajas fiscales. Anteriormente, tal y como informaron The New York Times y otras publicaciones, la fundación de Musk no había alcanzado este umbral durante varios años, y fue objeto de críticas por acumular miles de millones mientras permanecía prácticamente inactiva.

Al mismo tiempo, el dinero permanece en un ciclo cerrado: la plusvalía extraída del trabajo de millones de personas se concentra en manos de unos pocos y, posteriormente, vuelve a la sociedad en forma de «caridad» controlada, que no altera la estructura misma de la explotación.

En Europa, las grandes fundaciones privadas ejercen una influencia considerable en la política y el ámbito académico. El Wellcome Trust desempeña un papel clave en la financiación de la investigación biomédica en el Reino Unido. En Alemania, la Bertelsmann Stiftung participa en la elaboración de recomendaciones sobre política educativa y social. En Asia, crece el papel de las fundaciones privadas creadas por multimillonarios del sector tecnológico.

La tendencia general es la misma: la concentración de recursos en manos de entidades privadas que, formalmente, no rinden cuentas ante la sociedad, pero que, de hecho, influyen en las decisiones estatales a través de la dependencia de las subvenciones por parte de universidades, ONG y centros de investigación.

Quizá el ejemplo más claro de la crisis sistémica de la filantropía haya sido el fracaso del «Compromiso de Donación», una iniciativa puesta en marcha en 2010 por Warren Buffett, Bill y Melinda Gates. La idea parecía noble: multimillonarios de todo el mundo se comprometían a donar al menos la mitad de su patrimonio a causas benéficas, ya fuera en vida o por testamento. En los dos primeros meses, 40 de las familias más ricas de Estados Unidos se sumaron a la iniciativa y parecía que el mundo se encontraba en los albores de una nueva era de la filantropía. Han pasado 15 años y, según un informe del Instituto de Estudios Políticos, los resultados han sido desalentadores.

De las 256 personas que firmaron el compromiso, solo una familia cumplió su promesa en vida: los cónyuges Laura y John Arnold, que donaron unos 4.76 mil millones de dólares en 2010. De los 22 participantes fallecidos, solo 8 legaron al menos la mitad de su patrimonio a obras benéficas. Uno de ellos, Chuck Feeney, se hizo famoso por haber repartido todo su patrimonio en vida. El resto, o bien no cumplieron su promesa, o bien su voluntad quedó sin cumplir.

Sin embargo, aquí también hay una paradoja. Los expertos han calculado que, si todos los participantes vivos en el juramento quisieran cumplir hoy su promesa, tendrían que destinar de una sola vez a obras benéficas unos 367 mil millones de dólares. Tales donaciones supondrían una pérdida de hasta 272 mil millones de dólares en ingresos fiscales para el presupuesto federal de EE. UU., ya que los donantes ricos tienen derecho a una deducción de hasta el 74 % del importe de la donación. En otras palabras, el sistema está diseñado de tal manera que el propio Estado subvenciona la caridad de los ricos, perdiendo dinero que podría destinarse a la educación, la sanidad y los programas sociales para todos.

La caridad actual funciona a través de tres mecanismos interrelacionados, que convierten el acto de «ayuda» en un instrumento para mantener la dominación de clase.

1º. La primera y más cínica: las desgravaciones fiscales, que en la práctica constituyen una subvención directa del Estado a los ricos. En Estados Unidos, la donación de acciones exime al donante del pago del impuesto sobre las plusvalías, una de las principales fuentes de ingresos de los más ricos. Al mismo tiempo, dicha donación permite una deducción de hasta el 60 % de la base imponible. En 2022, Warren Buffett donó 4.1 mil millones de dólares en acciones de Berkshire Hathaway a la fundación de Melinda French Gates. Al hacerlo, no pagó ni un céntimo en concepto de impuesto sobre las plusvalías de dichas acciones y obtuvo una deducción de aproximadamente 1.6 mil millones de dólares. Según datos del Centro de Política Fiscal correspondientes a 2022, el 86 % de todas las deducciones fiscales por donaciones benéficas las recibe el 1,3 % de los estadounidenses más ricos. Los estudios demuestran, que las ventajas fiscales para los grandes donantes suponen una redistribución de la carga presupuestaria hacia los sectores menos favorecidos de la población.

2º. El segundo mecanismo es el blanqueo de sus actos criminales. El capital obtenido mediante la explotación, los delitos medioambientales o la producción de productos letales, se transforma en capital cultural y político a través de la filantropía. 

La familia Sackler, propietaria de la empresa farmacéutica Purdue Pharma, ganó 35.000 millones de dólares con la fabricación y la comercialización agresiva del medicamento opioide oxicodona, lo que provocó la muerte de más de 500.000 estadounidenses en la epidemia de opioides. Tras numerosas demandas y la indignación pública, los Sackler donaron 250 millones de dólares a los principales museos y universidades: el Museo Metropolitano, la Tate Modern y Harvard. Esto supuso menos del 0,7 % de los beneficios obtenidos a costa del sufrimiento de los adictos a las drogas. 

La familia real saudí, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, donó 20 millones de dólares a la Universidad de Harvard y 15 millones a la de Georgetown. El propio Bankman-Fried, fundador de la plataforma de cripto FTX, creó el fondo Future Fund para luchar contra los riesgos globales, al tiempo que desviaba 8.000 millones de dólares de los fondos de sus clientes para su uso personal. La caridad, en estos casos, no es una forma de expiar la culpa, sino una inversión en imagen que permite seguir acumulando capital a pesar de la condena pública.

3º. El tercer mecanismo consiste en mantener el control sobre los recursos bajo el pretexto de «donarlos». Las fundaciones benéficas privadas de EE. UU., están obligadas por ley a destinar anualmente solo el 5 % de sus activos a fines benéficos. El 95 % restante puede invertirse y generar ingresos, permaneciendo bajo el control total de los fundadores. Según datos del Instituto de Estudios Políticos correspondientes a 2022, las cincuenta familias más ricas de EE. UU. gestionan 1,3 billones de dólares a través de fundaciones benéficas, pero cada año destinan a programas reales tan solo entre 65.000 y 90.000 millones de dólares, lo que supone entre el 5 % y el 7 % del volumen total.

No se trata de una redistribución de la riqueza, sino de su conservación en manos de la élite bajo el pretexto de «filantropía». El contraste con la redistribución estatal es fundamental: los impuestos se ingresan en el presupuesto, y se distribuyen a través de instituciones democráticas, por control parlamentario, a las autoridades locales, o a los ministerios públicos.

Para comprender la alternativa al modelo caritativo, es necesario recurrir a la experiencia histórica de los países que construyeron el sistema socialista. 

En la Unión Soviética, las necesidades básicas —agua, sanidad y educación— no se consideraban dentro de un proceso de «caridad de la élite», sino un derecho fundamental del trabajador, garantizado por el Estado. 

En 1985, según datos del Consejo de Abastecimiento de Agua y Saneamiento de las Naciones Unidas, el 98 % de la población urbana y el 85 % de la rural tenían acceso a un sistema de abastecimiento de agua centralizado. Estos logros no se consiguieron gracias a las donaciones de Rockefeller o Ford, sino mediante la planificación estatal y la movilización de recursos. El sistema sanitario gratuito situó a la URSS, en 1970, en el primer puesto mundial en cuanto al número de médicos por cada diez mil habitantes. Y la educación universal y gratuita, permitió erradicar el analfabetismo y formar a millones de especialistas.

La historia del movimiento obrero, ofrece otro contraste con el modelo caritativo: el contraste entre la caridad y el derecho. 

Entre los años 1930 y 1950, en Estados Unidos y Europa Occidental, el auge del movimiento sindical llevó a que los salarios reales de los trabajadores se duplicaran en dos décadas. La huelga de los trabajadores de la industria automovilística en Flint, Míchigan, en 1937, que duró 44 días, concluyó con el reconocimiento del sindicato UAW y un aumento salarial del 30 % para 250.000 personas. No se trató de una «ayuda» por parte de Henry Ford o Alfred Sloan, sino de una victoria de la lucha colectiva que otorgó a los trabajadores el derecho a una parte del valor creado por su trabajo.

Tras el debilitamiento de los sindicatos, durante el periodo de la contrarrevolución neoliberal de los años 1980 a 2020, los salarios reales en EE. UU. se estancaron, a pesar del aumento de la productividad laboral. Al mismo tiempo, aumentaban las donaciones benéficas de los multimillonarios, pero estas no compensaban las pérdidas de los trabajadores. 

La diferencia es fundamental: una huelga otorga a los trabajadores el derecho a una parte del valor que ellos mismos han creado como resultado de su trabajo. La caridad les ofrece la limosna de quienes se han apropiado de ese valor, en el ámbito y en la cuantía que ha determinado el propietario.

Para comprender la profundidad del cinismo del sistema descrito, es necesario comparar las pérdidas derivadas de los paraísos fiscales, con el coste real de resolver los problemas globales más acuciantes. Los datos de las organizaciones internacionales muestran que las sumas que se escapan cada año a paraísos fiscales, podrían cambiar radicalmente la vida de cientos de millones de personas. El coste de una planta desalinizadora en Senegal, capaz de abastecer de agua potable a millones de personas, asciende a 800 millones de dólares, una cifra inferior a la que Elon Musk gastó en publicidad política en 2024.

Según datos de la OMS, el déficit anual de financiación sanitaria de los 32 países más pobres del mundo asciende a 54 mil millones de dólares, lo que supone aproximadamente una quinta parte de lo que el mundo pierde cada año debido a las deducciones fiscales de las empresas. El presupuesto anual de la ONU para la ayuda humanitaria destinada a 240 millones de personas, que sufren conflictos y hambruna en 2026 asciende a 33.000 millones de dólares, ocho veces y media menos que las pérdidas anuales derivadas de los paraísos fiscales. Las necesidades de emergencia de la OMS, para combatir los brotes de enfermedades y responder a las crisis en 2026 ascienden a solo 1.000 millones de dólares, una cantidad que algunos multimillonarios gastan en sus derroches personales.

El informe «Desigualdad mundial 2026», elaborado por 200 investigadores y publicado en diciembre de 2025, recoge tendencias alarmantes. 

Según el informe, los ingresos del 10 % de los habitantes con grandes fortunas del planeta, superan los ingresos del resto del 90 % de la población mundial en su conjunto. 

No, no es un error tipográfico: una décima parte de la población gana más que el resto de la humanidad. La situación es aún más escandalosa en lo que respecta a la propiedad de activos: el 10 % de los propietarios más ricos posee más del 75 % de todos los activos mundiales, mientras que a la mitad más pobre de la humanidad, le corresponde realmente menos del 2 % de la propiedad total.

La conclusión más impactante se refiere a la élite multimillonaria: 

Menos de 60.000 personas poseen una riqueza tres veces mayor que toda la mitad más pobre de la humanidad. Desde 1995, la proporción de la riqueza mundial que pertenece a este grupo microscópico ha pasado del 4 % a más del 6 %, y el patrimonio de los millonarios y multimillonarios crece cada año aproximadamente un 8 %, casi el doble de rápido que los ingresos del resto de la población.

La filantropía no es una ficción, es una aberración. Pues hipotéticamente salva vidas y apoya la investigación. Pero es un sistema que por principio, es incapaz de resolver el problema sistémico de la desigualdad, porque en sí mismo es un producto y un pilar dictatorial del mismo sistema de apropiación de las riquezas del planeta. Permite a los ricos elegir qué problemas abordar, en función de sus propias preferencias, en lugar de que sea la población de las sociedades de cada estado, a través de sus instituciones democráticas. 

Las Fundaciones establecen las prioridades, impidiendo que se distribuya equitativamente la carga fiscal.

Ya es hora de dejar de aplaudir las limosnas, y ver detrás de ellas, la injusticia de un Sistema dictatorial de los multimillonarios. Cuando un multimillonario dona miles de millones, y sus empleados viven en sus coches, eso no es generosidad, es cinismo rayando el terrorismo en su máxima expresión. 

Cuando la fundación de Musk transfiere dinero a sus propios proyectos, para rendir cuentas ante la Reserva Federal, no es altruismo, es optimización. El sistema actual está basado en la corrupción absoluta. Y no puede arreglarse con limosnas ni con esa "caridad privada". 

Se necesita otra distribución, de lo creado gracias al trabajo de millones de personas. Se necesita un sistema en el que los recursos pertenezcan a quienes los crean, y no a quienes se apoderan de ellos. 

La caridad empresarial no salva al mundo, lo destruye.


Enlace original:

ВКП(б) - Всесоюзная Коммунистическая партия большевиков.