
Por Esteban Zúñiga.
“… los fusiles maduran en el vientre de las madres,
la muerte ha tomado el color de las aceras de Madrid,
el cielo está desgarrado por las uñas de los aviones…”.
(Tristán Tzara. “Espagne 1936”).
A las seis y media de la tarde del 5 de julio de 1937, se daría inicio a la segunda jornada del IIº Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, inaugurado en Valencia el día anterior 4 de julio de 1937.
Una segunda sesión, presidida por el delegado francés J. Benda, para a continuación hablar Corpus Barga, y después de conceder la palabra a José Bergamín, seguidamente tomó la palabra el camarada Alexéi Tolstoi quien manifestaría que “la lucha heroica del pueblo español por su libertad e independencia, es para todos nosotros parte de nuestra carne y de nuestra sangre”. A continuación intervendría el doctor holandés Brouwer quien resaltaría que “estar al lado del pueblo español es lo más cristiano que cabe”. Luego habló el profesor Xirau, delegado de la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza, quien resaltaría el compromiso de los maestros españoles para luchar en el frente. Seguidamente intervendría por Francia, Tristán Tzara del que nos vamos a centrarnos hoy.
Después de éste tomarían al palabra el estadounidense Malcolm Cowley, quien leería un mensaje de los escritores de Norteamérica, la escritora alemana Anna Seghers, quien lanzaría un homenaje a los escritores combatientes, el escritor argentino con antepasados asturianos, Raúl González Tuñón que resaltaría “el pensamiento vivo del mundo se adhiere a la causa de la República Española”, intervino seguidamente, por Méjico, José Mancisidor quien afirmaría que “somos ahora tan españoles como los españoles. Estamos alentados del mismo espíritu de lucha del pueblo español…”, terminando la escritora inglesa Silvia Townsend, quien resaltaría que “cuando la cultura está en peligro, los escritores tienen que defenderla”.
Intervención de TRISTÁN TZARA en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Valencia, 5 de julio de 1937.
A continuación, compartimos las palabras de TRISTÁN TZARA que dejarían una importante huella, y que pasaría a convertirse en uno de los alegatos más importantes de este IIº Congreso.
Un texto que nos muestra su salto ideológico y literario, desde el nihilismo, como rechazo frontal a la existencia de los valores morales de los intelectuales franceses. Fundando en Zurich en 1916 el pensamiento "dadaista", (corriente artística de vanguardia, totalmente revolucionaria, por romper los paradigmas de la historia del arte occidental, llamado en su momento "antiarte", germen del surrealismo) en contra de la Iª Guerra Mundial.
Su nombre era Samuel Rosenstock, de ascendencia judía, rumano de nacimiento. Tristán como se le conoció, trató de conciliar el marxismo con las corrientes nihilistas y surrealistas.
En 1937 por su compromiso social, político y humanista, le llevaría a apoyar a la República Española. Combatió en la Resistencia Francesa en la Segunda Guerra Mundial. Fue miembro del Partido Comunista Francés.
Su intervención es recogida con mucha atención. Reconocida posteriormente bajo el título de “EL INDIVIDUO Y LA CONCIENCIA DEL ESCRITOR”, en el que abogaba por superar la poesía y la literatura como un arma de propaganda política, y entenderla como un modo de vida, y como un acto de defensa de la libertad.
“EL INDIVIDUO Y LA CONCIENCIA DEL ESCRITOR”.
(Fuente: “Nueva Cultura”. Número dedicado al Congreso Internacional de Escritores. TRISTÁN TZARA (Francia). Año III – Números 4-5. Publicada mensualmente en Valencia. Junio-julio de 1937).
“El problema del intelectual, que se plantea hoy con más intensidad, es el de la CONCIENCIA: la conciencia del escritor, y la conciencia que el escritor debe despertar en las masas. Intentaré tratar estos dos aspectos del problema, aspectos de un sólo y mismo problema. Pero únicamente podremos establecer un debate sobre este asunto desde su ángel actual, pues es evidente que desde que el hombre piensa, en cada uno de los grados de su desarrollo, la adquisición de su conciencia y su devenir, han sido el centro de todas las preocupaciones de la razón humana.
Ciertamente, la mayoría de los escritores, tanto por sus orígenes como por el mundo de las ideas en que vivían, se han situado hasta aquí al margen de las luchas sociales. A lo sumo, ha podido influir en ellos el carácter de estas luchas.
Pero en el momento en que estas luchas estáticas, se convierten en luchas dinámicas, en el momento revolucionario que hace estallar la guerra, ante la conflagración general de todos los elementos de una civilización, el escritor, si no quiere correr el riesgo de desaparecer como tal, debe tomar posición.
Por desgracia, hemos visto escritores que vuelven a una torre de marfil que su razón había condenado hacía mucho tiempo. Hemos visto a escritores que, en nombre de la razón misma, se refugiaban, si no en una indiferencia ante los acontecimientos, por lo menos, en un estado de ánimo en que la justicia y la humanidad no tienen nada que hacer y que, bajo la aridez de una balanza de carácter puramente mecánica, oculta la condenación de toda participación activa.
En esta tesitura, hemos de habérnoslas con el espíritu de no intervención, aplicado de manera efectiva al mundo de las letras. Toda la juventud del mundo condena unánimemente a este falso espíritu. ¿Cuáles son hoy los escritores que, basándose en una ideología pacifista o antimilitarista, aplican íntegramente los preceptos formulados en monopolio burgués, de un estado de cosas que representa precisamente la transformación de este estado?
Son los mismos que, atrapando, por así decirlo, por los pies una época de revuelta, tratan de justificar como revolucionarios aquello que hace tiempo ha dejado de serlo.
Nos hallamos nuevamente en presencia de todo un mundo de descontentos, de insatisfechos, que se aplican sus concepciones de contemplación negativa, y las mismas insatisfacciones allá donde los acontecimientos han rebasado sus objetivos. El mundo está en un cambio incesante, en un movimiento continuo. Y es propio de épocas revolucionarias, que estos cambios son rápidos. La espontaneidad de estos cambios, su brusco movimiento, son los que abren las compuertas a razones insospechadas, a energías latentes.
El reconocimiento de estos fenómenos sociales, ante los que el escritor no puede quedar indiferente, implica por su parte el reconocimiento de una CONCIENCIA REVOLUCIONARIA. Se sitúa sobre un nivel superior, en relación con la conciencia pacífica de las épocas pre-revolucionarias. Nada puede impedir la indivisibilidad del espíritu humano. Establecer en este dominio una separación artificial, sería ir contra la naturaleza de las cosas.
La razón humana es UNA E INDIVISIBLE, y sus relaciones con la vida deben ser constantes. Pero, ¿Cuántas veces no hemos oído decir que la libertad de la conciencia, es un bien sagrado de la humanidad que hay que SALVAGUARDAR, PASE LO QUE PASE?
Sí, camaradas, este es nuestro deber. Pero, ¿de qué libertad se trata y de qué conciencia? No tenemos derecho a desplazar el problema. ¿Es de la libertad que, en nombre de una abstracción generosa, pero abstracción al fin, mina los fundamentos de un futuro del que ya se entrevé el sentido? ¿No sabemos ya demasiado que la libertad que usurpa la de otro individuo se llama tiranía? ¿No es acaso la peor tiranía aquella de los instintos incontrolables que, por satisfacciones momentáneas, pone en juego el destino de esta misma libertad que pedimos para los pueblos?
Hay, pues, que denunciar una gran confusión en aquellos que invocan la libertad a toda costa, porque de un lado, la libertad ha de estar forzosamente limitada por necesidades sociales del momento, -en perpetua transformación- y por otro lado la conciencia misma cambia de contenido en cada fase de la historia.
Si la finalidad sigue siendo la misma, la dignidad del hombre en la conciencia y la libertad sería criminal la aplicación en épocas revolucionarias, de yo no sé qué principios paradisíacos, como reivindicación inmediata, que la realidad de las cosas hace imposibles o perjudiciales.
Por esta razón, la palabra puede ser un arma más terrible que los cañones más potentes.
Yo sé hasta qué punto puede agudizarse el conflicto, en un ser sensible entre la conciencia de la finalidad a perseguir, y el pasaje necesario para llegar a esa finalidad. No se trata de aminorar al hombre, de castrarlo, sino, por el contrario, de enriquecerlo, de conducirlo hacia la plenitud.
No se trata de renunciamiento, sino tan sólo de hacer sensible el beneficio en dignidad de la persona humana. He visto aquí, en los frentes, a campesinos que de buen grado han renunciado a cuanto tenían, pero que, no obstante, al adquirir ese MÍNIMUN de conciencia de que son también hombres, – pues que precisamente esto es lo que se les negó durante siglos de opresión- se han sentido lo bastante maduros para dar sus vidas en lo sucesivo, dignificados.
No nos engañemos, además de la adquisición de una conciencia revolucionaria en el escritor, hay que despertar en las masas la conciencia de la calidad de ser humano y el deseo de alcanzar la dignidad, de hacer sentible a los hombres el sentido mismo de esta dignidad.
Las masas son flotantes. El papel del escritor es enorme en la batalla que ha de librar, para romper su indiferencia.
El poeta ya lo ha dicho, es un hombre de acción. Hasta aquí ha rechazado su deseo de acción y lo ha sublimizado para crear un mundo suyo, en el que la plenitud humana podía darse libre curso.
Después de los trágicos acontecimientos, -más, ¡cuán llenos de esperanzas!- que laboran vuestra tierra española, y elevan el espíritu a alturas de una inexpresable pureza, hemos visto a estos mismos poetas identificarse en esta pureza, hemos visto a estos mismos poetas identificarse con vuestra lucha.
Esta lucha ha sido la solución de sus conflictos interiores. Nada puede impedirles ya que luchen hasta la victoria total, y esta victoria será una nueva luz que brillará en el horizonte del mundo entero, como una señal definitiva de todas las victorias que se trata aún de ganar, y también de merecer.”
2 comentarios:
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