23 de junio de 2026

LA CLASE OBRERA EXISTE: NO HA DESAPARECIDO NI SE HA DEGENERADO

Dia Internacional del Trabajo – Mural Industria Automotriz – Diego Rivera | Murales Buenos Aires










Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

Hoy en día, se oye decir a diversos críticos y detractores del marxismo que, supuestamente, la clase obrera está desfasada. Que sus fundadores basaron sus conclusiones en las realidades de la época en la que vivían, y que supuestamente, esas conclusiones son inaplicables en la era actual del progreso científico y técnico, de las altas tecnologías, etc. Argumentan, que muchas cosas han cambiado, incluido el propio carácter del trabajo. 

Esto se aplica también al concepto de proletariado.

Mas, vamos a dejarnos de proseguir en las fantasías, o incluso calumnias interesadas de clase, y acudamos a nuestros propios clásicos: Karl Marx y Friedrich Engels.

Anterior a «Principios del comunismo», Engels desarrolla en el artículo «La Ideología de los comunistas» y en los «Principios del comunismo», una definición de importancia fundamental de lo que es el proletariado, la clase obrera, los trabajadores, en contraposición a la clase capitalista.

En «La Ideología de los comunistas» escribe:

«El proletariado es aquella clase social que vive exclusivamente de su trabajo, y no de los beneficios de algún capital…»

En los «Principios del comunismo» leemos:

«Se denomina proletariado, a aquella clase social que se gana la vida exclusivamente mediante la venta de su trabajo, y no vive de los beneficios de ningún capital… En definitiva, el proletariado, o clase proletaria, es la clase trabajadora del siglo XIX… El proletariado surgió como resultado de la revolución industrial, que tuvo lugar en Inglaterra en la segunda mitad del siglo pasado, y que posteriormente se repitió en todos los países civilizados del mundo».

En una nota a la edición inglesa del «Manifiesto del Partido Comunista» (1888), Engels repite una definición similar:

«Por burguesía se entiende a la clase de los capitalistas actuales, propietarios de los medios de producción social, que emplean mano de obra asalariada. Por proletarios se entiende la clase de los trabajadores asalariados actuales que, al carecer de medios de producción propios, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para poder vivir».

El estudio del modo de producción capitalista llevó a Karl Marx, en su obra principal, *El Capital*, al concepto de «trabajador colectivo».

En 1862, en el segundo borrador de *El Capital*, Marx señala:

«Entre los trabajadores productivos se incluyen, por supuesto, todos aquellos que, de una forma u otra, participan en la producción de mercancías, desde el obrero en el sentido estricto de la palabra, hasta el director o el ingeniero (a diferencia del capitalista)».

En 1873, en la edición francesa autorizada del volumen I de *El Capital*, Marx concreta esta definición:

«... uno trabaja más con las manos, otro más con la cabeza, uno como directivo, ingeniero, técnico, etc., otro como capataz, y un tercero directamente como trabajador manual o incluso como simple ayudante».

Por último, en la tercera y última edición en vida del primer volumen de *El Capital* (1883), Marx ofrece la formulación definitiva, introduciendo el concepto de «trabajador global colectivo» y resumiéndolo en la siguiente idea:

«Mientras el proceso de trabajo es puramente individual, un mismo trabajador reúne todas aquellas funciones que posteriormente se dividen. En la apropiación individual de los objetos de la naturaleza para sus fines vitales, el trabajador se controla a sí mismo. 

Posteriormente, es controlado por otros. El individuo no puede actuar sobre la naturaleza sin poner en movimiento sus propios músculos bajo el control de su propio cerebro. Así como en la propia naturaleza la cabeza y las manos pertenecen a un mismo organismo, también en el proceso de trabajo se unen el trabajo intelectual y el físico. Posteriormente, se separan y llegan a una oposición hostil.

El producto pasa, en general, de ser un producto directo de un productor individual a ser un producto social, un producto común del conjunto de trabajadores, es decir, del personal de trabajo combinado, cuyos miembros se encuentran más o menos alejados de la acción directa sobre el objeto de trabajo. 

Por lo tanto, el propio carácter cooperativo del proceso de trabajo amplía inevitablemente el concepto de trabajo productivo y el de su portador, el trabajador productivo. Ahora, para trabajar de forma productiva, no es necesario intervenir directamente con las propias manos. Basta con ser un órgano del colectivo de trabajadores y desempeñar una de sus subfunciones. La definición inicial del trabajo productivo expuesta anteriormente, deducida de la propia naturaleza de la producción material, conserva siempre su significado cuando se aplica al colectivo de trabajadores, considerado como un todo. Pero ya no se ajusta a cada uno de sus miembros, considerado por separado».

Diez años más tarde, desarrollando la idea de Marx, Engels introduce el concepto de «proletariado del trabajo intelectual». En 1893, en su intervención en el Congreso Internacional de Estudiantes Socialistas, dijo:

«Que vuestros esfuerzos, conduzcan a que los estudiantes tomen conciencia de que es precisamente de entre sus filas, de donde debe surgir ese proletariado del trabajo intelectual que está llamado a desempeñar, codo con codo, y en las mismas filas que sus hermanos trabajadores dedicados al trabajo físico, un papel significativo en la revolución que se avecina».

«Los revolucionarios burgueses del pasado solo exigían a las universidades abogados, como la mejor materia prima a partir de la cual se formaban sus líderes políticos. Para la liberación de la clase obrera se necesitarán, además, médicos, ingenieros, químicos, agrónomos y otros especialistas, pues se trata de hacerse con el control no solo de la maquinaria política, sino también de toda la producción social, y para ello no bastarán en absoluto las frases grandilocuentes, sino que se necesitarán conocimientos sólidos».

Así pues, el proletariado del trabajo intelectual, según la definición de Engels, está formado por médicos, ingenieros, químicos, agrónomos y otros especialistas. Hoy en día, a ellos se pueden añadir los trabajadores de oficina —lo que se suele llamar «funcionarios»—, los programadores, los operadores de máquinas y equipos controlados por ordenador, los ajustadores de tecnología y aparatos complejos, los controladores aéreos, etc. 

La clase obrera no ha desaparecido ni se ha degenerado en nada, como sostienen algunos de los actuales detractores de Marx y Engels. Es cierto que ha cambiado la naturaleza del trabajo, que la especialización se ha vuelto más compleja y variada, y que su nivel intelectual ha aumentado, pero el trabajador, obligado a vender sus capacidades físicas e intelectuales para sobrevivir, ya sea minero o siderúrgico, conductor de tractor o agrónomo, ingeniero o directivo, ha sido y sigue siendo la principal fuerza productiva, sometida a una cruel explotación en la sociedad capitalista.

En general como vemos, los clásicos del marxismo dieron una definición clara de la clase obrera en toda la diversidad que la caracteriza. Al mismo tiempo, en combinación con la concepción de Engels sobre el aumento del papel de la conciencia social en la vida de la sociedad y, por consiguiente, con el aumento del papel de lo que Marx y Engels denominaban «producción espiritual» —lo cual queda claramente demostrado por la actual revolución científica, tecnológica e informativa—, y teniendo en cuenta el carácter dialéctico del desarrollo y del conocimiento, las ideas de Marx y Engels sobre la clase obrera nos orientan hacia los fundamentos teóricos para su desarrollo posterior, al igual que los conceptos sobre su dominio político en el período de transición hacia el comunismo.

La emancipación de la clase obrera de la esclavitud asalariada, es el futuro de la humanidad. 

El imperialismo está continuamente engañando a la población por los medios de comunicación, con su propaganda de limosnas empresariales, en este Reino y en EE UU o Europa. Venden las fundaciones como su caridad particular, de cara a los organismos internacionales, para tapar sus impresionantes ganancias y crímenes anuales, por hambre, falta de agua y guerras. Subimos un estudio sobre esta caridad, sobre las Fundaciones Imperialistas.

LA CARIDAD NO SALVARÁ AL MUNDO DE LOS PROBLEMAS DEL CAPITALISMO.

Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

La caridad del gran capital no es altruismo ni una muestra de buena voluntad. Es un instrumento de estabilización del sistema capitalista, que permite a la élite mantener el control sobre los recursos, obtener privilegios fiscales y legitimar su riqueza, al tiempo que «remienda» esas brechas sociales que el propio sistema crea. Para comprender este mecanismo, es necesario mirar más allá de la fachada de las cenas benéficas de gala y los cheques públicos, hasta llegar a las fuentes de la «generosidad», a los códigos fiscales y a la experiencia histórica de modelos alternativos de distribución.

La filantropía corporativa a gran escala, surgió al mismo tiempo que la formación del capital privado a gran escala, a finales del siglo XIX y principios del XX. En los EE. UU., John Rockefeller se convirtió en una figura clave al crear en 1913 la Fundación Rockefeller (Rockefeller Foundation). En ese mismo periodo, Andrew Carnegie desarrolló un modelo similar, a través de una red de fundaciones y proyectos bibliotecarios.

En Europa, las grandes dinastías también crearon fundaciones como forma institucional de gestión del capital.

Desde el principio, la filantropía desempeñó una doble función: devolvía parcialmente a la sociedad los fondos obtenidos como resultado de la monopolización de los mercados y, al mismo tiempo, legitimaba la propia existencia de una riqueza extremadamente concentrada. En un contexto de investigaciones antimonopolio y críticas sociales, las fundaciones se convirtieron en un instrumento para reducir la presión pública.

La historia de la caridad no comienza con las donaciones, sino con la apropiación. 

Para que un multimillonario pueda «donar» un millón, primero es necesario apropiarse de mil millones del patrimonio público. Hoy en día, los grandes fondos no son «huchas para repartir», sino estructuras de inversión. Estos fondos se invierten a través de una cartera de instrumentos financieros, generan ingresos y los pagos anuales se limitan a un porcentaje determinado de los activos.

La extracción de más plusvalía de los trabajadores, les lleva a la creación de otra forma de obtener más beneficios, crear nuevos fondos de inversión bajo la apariencia de una organización benéfica. Mediante Fundaciones, se hace creer a la población que son inversiones sin ánimo de lucro, como las limosnas a la población común. Pero su fin, es más terrorífico, es conseguir beneficios netos e influencia política en los gobiernos de turno.

En EE. UU., la legislación obliga a los fondos privados a destinar a subvenciones al menos el 5 % de sus activos al año. El 95 % restante sigue operando en el mercado financiero.

Esto significa que el fondo puede existir prácticamente de forma indefinida, conservando y aumentando su capital a través de las inversiones de estas Fundaciones, al tiempo que marca la agenda, en materia de sanidad, educación y política internacional. Formalmente, el dinero es «donado», pero, en realidad, sigue buscando más ganancias, bajo el control de un círculo reducido de personas.

Tomemos como ejemplo a Jeff Bezos y la empresa Amazon. En 2021, el salario medio de un empleado del gigante del comercio electrónico era de 31.000 dólares al año, apenas por encima del umbral de subsistencia para una persona sola en EE. UU. Al mismo tiempo, la fortuna de Bezos, fundador y entonces director ejecutivo de la empresa, aumentó en 21 mil millones de dólares durante ese mismo año. Su fundación «Bezos OnDay», creada para luchar contra la falta de vivienda y el cambio climático, recibió donaciones por valor de 125 millones de dólares, lo que supone apenas el 0,6 % del incremento de su capital. Al donar las acciones, Bezos obtuvo una deducción fiscal de aproximadamente 50 millones de dólares, con un tipo impositivo federal del 40 %. Es decir, el 40 % de su «caridad» lo pagaron, de hecho, los contribuyentes estadounidenses, incluidos esos mismos empleados de Amazon.

La paradoja radica, en el contraste espantoso entre el gesto benéfico y las condiciones laborales de los empleados de su propia empresa. Las investigaciones de los medios de comunicación occidentales, dibujaban un panorama distópico: los trabajadores de los almacenes de Amazon, se ven obligados a llevar consigo botellas de plástico para orinar en ellas, ya que los responsables registran cada ausencia, incluso las visitas al baño. Hay personas a las que se han llevado en ambulancia, directamente desde sus puestos de trabajo por agotamiento tras semanas laborales de 55 horas. A los empleados que sufren lesiones, debido a incumplimientos de las normas de seguridad, se les retira el seguro y acaban en la calle.

La familia Walton, propietaria del imperio minorista Walmart, muestra la misma lógica de una forma aún más evidente. En 2024, la fortuna conjunta de los seis herederos del imperio de Sam Walton superó los 432.000 millones de dólares, una cifra superior a los presupuestos de la mayoría de los países del mundo. En los veinte años de existencia de su Fundación en un fondo familiar, se han donado 5.500 millones de dólares, lo que supone tan sólo el 1,3 % de la fortuna actual de la familia.

No menos revelador es el ejemplo de Elon Musk, cuya "Fundación benéfica", según datos de Bloomberg, donó en 2024 la cifra récord de 474 millones de dólares. La cifra es impresionante, pero el análisis del destino de estos fondos, nos lleva a ver la situación desde otra perspectiva. Una parte considerable se destinó a entidades vinculadas a nuevas fuentes de ganancia, en negocios que de una u otra forma van al propio Musk y a sus proyectos comerciales: colegios e iniciativas educativas que llevan su nombre, así como organizaciones que trabajan en los ámbitos de la inteligencia artificial, el espacio, la energía y la educación STEM. Es decir, precisamente allí donde el acaparador tiene intereses empresariales directos.

Los críticos señalan acertadamente que las fundaciones a menudo no se utiliza para apoyar programas independientes, sino para financiar proyectos que benefician a su imperio empresarial. Es más, el aumento del volumen de las donaciones tiene una razón puramente lucrativa: cuando inviertes en la fundación al cumplir con el requisito de la Agencia Tributaria de EE. UU. de realizar pagos mínimos anuales, buscan también como "hacer más caja". La ley obliga a las organizaciones sin ánimo de lucro a gastar al menos el 5 % de sus activos al año, de lo contrario, se exponen a perder su estatus y sus ventajas fiscales. Anteriormente, tal y como informaron The New York Times y otras publicaciones, la fundación de Musk no había alcanzado este umbral durante varios años, y fue objeto de críticas por acumular miles de millones mientras permanecía prácticamente inactiva.

Al mismo tiempo, el dinero permanece en un ciclo cerrado: la plusvalía extraída del trabajo de millones de personas se concentra en manos de unos pocos y, posteriormente, vuelve a la sociedad en forma de «caridad» controlada, que no altera la estructura misma de la explotación.

En Europa, las grandes fundaciones privadas ejercen una influencia considerable en la política y el ámbito académico. El Wellcome Trust desempeña un papel clave en la financiación de la investigación biomédica en el Reino Unido. En Alemania, la Bertelsmann Stiftung participa en la elaboración de recomendaciones sobre política educativa y social. En Asia, crece el papel de las fundaciones privadas creadas por multimillonarios del sector tecnológico.

La tendencia general es la misma: la concentración de recursos en manos de entidades privadas que, formalmente, no rinden cuentas ante la sociedad, pero que, de hecho, influyen en las decisiones estatales a través de la dependencia de las subvenciones por parte de universidades, ONG y centros de investigación.

Quizá el ejemplo más claro de la crisis sistémica de la filantropía haya sido el fracaso del «Compromiso de Donación», una iniciativa puesta en marcha en 2010 por Warren Buffett, Bill y Melinda Gates. La idea parecía noble: multimillonarios de todo el mundo se comprometían a donar al menos la mitad de su patrimonio a causas benéficas, ya fuera en vida o por testamento. En los dos primeros meses, 40 de las familias más ricas de Estados Unidos se sumaron a la iniciativa y parecía que el mundo se encontraba en los albores de una nueva era de la filantropía. Han pasado 15 años y, según un informe del Instituto de Estudios Políticos, los resultados han sido desalentadores.

De las 256 personas que firmaron el compromiso, solo una familia cumplió su promesa en vida: los cónyuges Laura y John Arnold, que donaron unos 4.76 mil millones de dólares en 2010. De los 22 participantes fallecidos, solo 8 legaron al menos la mitad de su patrimonio a obras benéficas. Uno de ellos, Chuck Feeney, se hizo famoso por haber repartido todo su patrimonio en vida. El resto, o bien no cumplieron su promesa, o bien su voluntad quedó sin cumplir.

Sin embargo, aquí también hay una paradoja. Los expertos han calculado que, si todos los participantes vivos en el juramento quisieran cumplir hoy su promesa, tendrían que destinar de una sola vez a obras benéficas unos 367 mil millones de dólares. Tales donaciones supondrían una pérdida de hasta 272 mil millones de dólares en ingresos fiscales para el presupuesto federal de EE. UU., ya que los donantes ricos tienen derecho a una deducción de hasta el 74 % del importe de la donación. En otras palabras, el sistema está diseñado de tal manera que el propio Estado subvenciona la caridad de los ricos, perdiendo dinero que podría destinarse a la educación, la sanidad y los programas sociales para todos.

La caridad actual funciona a través de tres mecanismos interrelacionados, que convierten el acto de «ayuda» en un instrumento para mantener la dominación de clase.

1º. La primera y más cínica: las desgravaciones fiscales, que en la práctica constituyen una subvención directa del Estado a los ricos. En Estados Unidos, la donación de acciones exime al donante del pago del impuesto sobre las plusvalías, una de las principales fuentes de ingresos de los más ricos. Al mismo tiempo, dicha donación permite una deducción de hasta el 60 % de la base imponible. En 2022, Warren Buffett donó 4.1 mil millones de dólares en acciones de Berkshire Hathaway a la fundación de Melinda French Gates. Al hacerlo, no pagó ni un céntimo en concepto de impuesto sobre las plusvalías de dichas acciones y obtuvo una deducción de aproximadamente 1.6 mil millones de dólares. Según datos del Centro de Política Fiscal correspondientes a 2022, el 86 % de todas las deducciones fiscales por donaciones benéficas las recibe el 1,3 % de los estadounidenses más ricos. Los estudios demuestran, que las ventajas fiscales para los grandes donantes suponen una redistribución de la carga presupuestaria hacia los sectores menos favorecidos de la población.

2º. El segundo mecanismo es el blanqueo de sus actos criminales. El capital obtenido mediante la explotación, los delitos medioambientales o la producción de productos letales, se transforma en capital cultural y político a través de la filantropía. 

La familia Sackler, propietaria de la empresa farmacéutica Purdue Pharma, ganó 35.000 millones de dólares con la fabricación y la comercialización agresiva del medicamento opioide oxicodona, lo que provocó la muerte de más de 500.000 estadounidenses en la epidemia de opioides. Tras numerosas demandas y la indignación pública, los Sackler donaron 250 millones de dólares a los principales museos y universidades: el Museo Metropolitano, la Tate Modern y Harvard. Esto supuso menos del 0,7 % de los beneficios obtenidos a costa del sufrimiento de los adictos a las drogas. 

La familia real saudí, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, donó 20 millones de dólares a la Universidad de Harvard y 15 millones a la de Georgetown. El propio Bankman-Fried, fundador de la plataforma de cripto FTX, creó el fondo Future Fund para luchar contra los riesgos globales, al tiempo que desviaba 8.000 millones de dólares de los fondos de sus clientes para su uso personal. La caridad, en estos casos, no es una forma de expiar la culpa, sino una inversión en imagen que permite seguir acumulando capital a pesar de la condena pública.

3º. El tercer mecanismo consiste en mantener el control sobre los recursos bajo el pretexto de «donarlos». Las fundaciones benéficas privadas de EE. UU., están obligadas por ley a destinar anualmente solo el 5 % de sus activos a fines benéficos. El 95 % restante puede invertirse y generar ingresos, permaneciendo bajo el control total de los fundadores. Según datos del Instituto de Estudios Políticos correspondientes a 2022, las cincuenta familias más ricas de EE. UU. gestionan 1,3 billones de dólares a través de fundaciones benéficas, pero cada año destinan a programas reales tan solo entre 65.000 y 90.000 millones de dólares, lo que supone entre el 5 % y el 7 % del volumen total.

No se trata de una redistribución de la riqueza, sino de su conservación en manos de la élite bajo el pretexto de «filantropía». El contraste con la redistribución estatal es fundamental: los impuestos se ingresan en el presupuesto, y se distribuyen a través de instituciones democráticas, por control parlamentario, a las autoridades locales, o a los ministerios públicos.

Para comprender la alternativa al modelo caritativo, es necesario recurrir a la experiencia histórica de los países que construyeron el sistema socialista. 

En la Unión Soviética, las necesidades básicas —agua, sanidad y educación— no se consideraban dentro de un proceso de «caridad de la élite», sino un derecho fundamental del trabajador, garantizado por el Estado. 

En 1985, según datos del Consejo de Abastecimiento de Agua y Saneamiento de las Naciones Unidas, el 98 % de la población urbana y el 85 % de la rural tenían acceso a un sistema de abastecimiento de agua centralizado. Estos logros no se consiguieron gracias a las donaciones de Rockefeller o Ford, sino mediante la planificación estatal y la movilización de recursos. El sistema sanitario gratuito situó a la URSS, en 1970, en el primer puesto mundial en cuanto al número de médicos por cada diez mil habitantes. Y la educación universal y gratuita, permitió erradicar el analfabetismo y formar a millones de especialistas.

La historia del movimiento obrero, ofrece otro contraste con el modelo caritativo: el contraste entre la caridad y el derecho. 

Entre los años 1930 y 1950, en Estados Unidos y Europa Occidental, el auge del movimiento sindical llevó a que los salarios reales de los trabajadores se duplicaran en dos décadas. La huelga de los trabajadores de la industria automovilística en Flint, Míchigan, en 1937, que duró 44 días, concluyó con el reconocimiento del sindicato UAW y un aumento salarial del 30 % para 250.000 personas. No se trató de una «ayuda» por parte de Henry Ford o Alfred Sloan, sino de una victoria de la lucha colectiva que otorgó a los trabajadores el derecho a una parte del valor creado por su trabajo.

Tras el debilitamiento de los sindicatos, durante el periodo de la contrarrevolución neoliberal de los años 1980 a 2020, los salarios reales en EE. UU. se estancaron, a pesar del aumento de la productividad laboral. Al mismo tiempo, aumentaban las donaciones benéficas de los multimillonarios, pero estas no compensaban las pérdidas de los trabajadores. 

La diferencia es fundamental: una huelga otorga a los trabajadores el derecho a una parte del valor que ellos mismos han creado como resultado de su trabajo. La caridad les ofrece la limosna de quienes se han apropiado de ese valor, en el ámbito y en la cuantía que ha determinado el propietario.

Para comprender la profundidad del cinismo del sistema descrito, es necesario comparar las pérdidas derivadas de los paraísos fiscales, con el coste real de resolver los problemas globales más acuciantes. Los datos de las organizaciones internacionales muestran que las sumas que se escapan cada año a paraísos fiscales, podrían cambiar radicalmente la vida de cientos de millones de personas. El coste de una planta desalinizadora en Senegal, capaz de abastecer de agua potable a millones de personas, asciende a 800 millones de dólares, una cifra inferior a la que Elon Musk gastó en publicidad política en 2024.

Según datos de la OMS, el déficit anual de financiación sanitaria de los 32 países más pobres del mundo asciende a 54 mil millones de dólares, lo que supone aproximadamente una quinta parte de lo que el mundo pierde cada año debido a las deducciones fiscales de las empresas. El presupuesto anual de la ONU para la ayuda humanitaria destinada a 240 millones de personas, que sufren conflictos y hambruna en 2026 asciende a 33.000 millones de dólares, ocho veces y media menos que las pérdidas anuales derivadas de los paraísos fiscales. Las necesidades de emergencia de la OMS, para combatir los brotes de enfermedades y responder a las crisis en 2026 ascienden a solo 1.000 millones de dólares, una cantidad que algunos multimillonarios gastan en sus derroches personales.

El informe «Desigualdad mundial 2026», elaborado por 200 investigadores y publicado en diciembre de 2025, recoge tendencias alarmantes. 

Según el informe, los ingresos del 10 % de los habitantes con grandes fortunas del planeta, superan los ingresos del resto del 90 % de la población mundial en su conjunto. 

No, no es un error tipográfico: una décima parte de la población gana más que el resto de la humanidad. La situación es aún más escandalosa en lo que respecta a la propiedad de activos: el 10 % de los propietarios más ricos posee más del 75 % de todos los activos mundiales, mientras que a la mitad más pobre de la humanidad, le corresponde realmente menos del 2 % de la propiedad total.

La conclusión más impactante se refiere a la élite multimillonaria: 

Menos de 60.000 personas poseen una riqueza tres veces mayor que toda la mitad más pobre de la humanidad. Desde 1995, la proporción de la riqueza mundial que pertenece a este grupo microscópico ha pasado del 4 % a más del 6 %, y el patrimonio de los millonarios y multimillonarios crece cada año aproximadamente un 8 %, casi el doble de rápido que los ingresos del resto de la población.

La filantropía no es una ficción, es una aberración. Pues hipotéticamente salva vidas y apoya la investigación. Pero es un sistema que por principio, es incapaz de resolver el problema sistémico de la desigualdad, porque en sí mismo es un producto y un pilar dictatorial del mismo sistema de apropiación de las riquezas del planeta. Permite a los ricos elegir qué problemas abordar, en función de sus propias preferencias, en lugar de que sea la población de las sociedades de cada estado, a través de sus instituciones democráticas. 

Las Fundaciones establecen las prioridades, impidiendo que se distribuya equitativamente la carga fiscal.

Ya es hora de dejar de aplaudir las limosnas, y ver detrás de ellas, la injusticia de un Sistema dictatorial de los multimillonarios. Cuando un multimillonario dona miles de millones, y sus empleados viven en sus coches, eso no es generosidad, es cinismo rayando el terrorismo en su máxima expresión. 

Cuando la fundación de Musk transfiere dinero a sus propios proyectos, para rendir cuentas ante la Reserva Federal, no es altruismo, es optimización. El sistema actual está basado en la corrupción absoluta. Y no puede arreglarse con limosnas ni con esa "caridad privada". 

Se necesita otra distribución, de lo creado gracias al trabajo de millones de personas. Se necesita un sistema en el que los recursos pertenezcan a quienes los crean, y no a quienes se apoderan de ellos. 

La caridad empresarial no salva al mundo, lo destruye.


Enlace original:

ВКП(б) - Всесоюзная Коммунистическая партия большевиков.




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