22 de junio de 2018

Chocolate espeso.

Por Amaro Villanueva

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Vea don Nemesio: yo, d’ eso, poco entiendo. Y no me aflijo. Trabajo, me pagan y sanseacabó. Las cuentas claras, ¿sabe? Lo demás es puro enredo. Dejemos eso pa los dotores y los políticos, que entienden la letra menuda y saben sacar provecho jorobando a los pobres… ¡qué quiere!

-Estás errao, muchacho: si precisamente con lo que hay que acabar es con el enredo, empezando por aclararnos el asunto. Y, siguiendo tu parecer, vamos a ir a parar en que somos edénticos a los bichos, a los animales… Sí, señor. Vos, muchas veces, me has ponderao mi caballo, qu’ es todo mi lujo…

-Así es, don Nemesio: su doradillo es un lindo pingo, verdaderamente. Créame que muchas veces me da lástima verlo en las varas del carretón…

-Y güeno: mi caballo (perdóname la comparancia ¿no?) también trabaja, come y descansa. Y sanseacabó. Pero, por más lindo que sea mi doradillo, ni a mí, ni a vos, ni a naides le gusta que lo tengan en la condición de caballo. Y un poco ‘e la lástima que le tenemos al pingo debemos dejarla pa nosotros mismos.

-Oh!... Es moy distinto, don Nemesio… ¡Moy distinto! A mí me pagan mi trabajo con plata. Y yo gasto mi plata como me parece mejor: atiendo a mi familia, me doy algún gusto y hasta, sin ser fantástico, m’ empilcho más o menos…

-¡Ajáh!... claro: a vos, igual que a mí, Laureano, no te dan una ración de maíz, o de alfa, sinó que te pagan con plata. Y por eso ya se te hace que la cosa es muy distinta. Las cuentas claras, me decís. Pero, ponete a sacar cuentas, muchacho, que p’algo sirve haber pasao el tercer grado.

-Las cuentas las hacen ellos, don Nemesio, las hacen los patrones. Yo sé cuándo están bien y cuando están mal. Si están bien, bien; y si están mal, reclamo y me hago pagar lo que deben pagarme.

-Eso es muy cierto, eso que has dicho: las cuentas las hacen los patrones. Muy cierto: las hacen los que manejan la plata. ¿Y nunca te ha dao la curiosidá por fijarte cómo las hacen?... Mirá, yo te viá decir: las hacen como yo se las hago a mi caballo. Yo a mi caballo lo cuido pa que siempre se mantenga en buen estao, porque lo preciso todos los días pa’l carretón de reparto. Y hasta algún domingo, si mal no viene, lo ensillo, como la gente, pa dir a visitar un amigo’el campo, por acá cerca no más, claro. Y güeno: lo mesmito hacen con nosotros los que manejan la plata. Creeme Laureano: nos pagan pa que nos mantengamos y podamos seguir burriando y rindiendo en el trabajo lo más posible. Eso es todo m’hijo.

Hay un silencio largo. Laureano mira hacia abajo, como sin ver. Mira pensando. Es un hombre joven, que no debe tener ni treinta años, de linda planta y moreno rostro simpático. Don Nemesio Burgos es hombre ya de edad y debe andar pisando los sesenta, que, aunque muy bien llevados, se denuncian en su frente espaciosa de calvo -una frente clara y austera- y en las hebras blancas que salpican su pequeña barba en punta. Viste con pulcra sencillez obrera. En su cara atezada, de criollo, brillan unos ojos vivos, con esa lucecita cordial con que miran los antiguos. Y fuma con reposada lentitud, como olvidándose del cigarrillo fuerte. Amigo íntimo del finado padre de Laureano, siguen siendo vecinos, ahí por donde se ha formado ahora el barrio del Frigorífico Municipal.
-Algo de razón le hallo -dice, por fin, Laureano-. Pero es bastante esagerao su modo de compararnos…

-¡Esagerao! -arguye el de más edad-. Ponete a sacar cuentas, a ver si esagero. Mirá, vos ganás como 40 pesos de jornal, ¿no es así? Güeno: y trabajás entre 22 y 26 días al mes. Ponele 25. Y te redondiás al mes unos 1.000 pesos, cuando ganás más. Y… ¿querés decirme qué te quedan, después de todo?

-¿Qué nos queda? Unos 100 pesos pa los vicios, que son el cigarrillo y alguna copa el día domingo. Y p’alguna güelta que vamos al cine, o salimos por ahí, con la patrona y los dos chicos. Eso me queda.

-Y te queda… porque tironiás bastante la rienda ‘e tus necesidades. Y porque tenés una mujer reguapa, que cincha en las casas, de sol a sol, y sabe desempeñarse en la cocina, pa hacerte los gustos, sin cair en gastos mayores.

-Eso es verdad, don Nemesio.

Y güeno… pero ahura verás lo que no le ves a la cosa: a vos te pagan 40 pesos por día, (¿no es así?, qu ’en realidá son por las ocho horas de trabajo, ¿sabés?...

-¡Y claro, don Nemesio! ¡No me van a pagar por las horas que no trabajo!

-No se apure, amigo: despacito por las piedras, como dice el pato Bogado. A vos te pagan por las ocho horas de trabajo y ganan con el trabajo que vos hacés, ¿no?

-¡Seguro! Si no ganaran no me tendrían de pión, pues.

-Güeno, ganan con tu trabajo, con lo que hacés en las ocho horas que te pagan por día. Vos trabajás esas 8 horas y después te vas a tu casa, a descansar. Pero a tu casa no te la pagan ellos. Te la pagás vos, ¿no es cierto? Güeno: y ahí te van sacando otra ganancia, de la plata ‘e tu trabajo. Vos llegás a tu casa, te sentás en una banquilla y te prendés con el mate que ya te tiene preparao tu patrona, mientras te fumás un cigarrillo a gusto. Y ni al fuego en que se calienta l’agua, ni al mate, ni al cigarrillo te lo pagan ellos, sino que te lo pagás vos. Y ahí ya te sacan otra ganancia más de la plata de tus 8 horas de trabajo. Después llega la hora de cenar, y vos, tu mujer y tus dos muchachos se sientan a comer un guiso, un puchero o un asao. Y sos vos el que paga la leña o el carbón, y la carne, y el fideo, y todo lo demás, en lo que también te van sacando otra ganancia. ¿Comprendés? Porque la comida no te la pagan ellos…

-¡Pero, seguro! Si es pa mí y pa mi gente. La pago yo.

-Aguardate. Eso es dos veces por día. Todos los días, trabajés o no trabajés. Y cuando no trabajás es pior; porqu’ellos no te pagan el día que no trabajás. Y si es un domingo, que te encontrás con unos amigos, toman la copa y vos pagás una güelta, o dos, correspondiendo, ya t’están sacando otra ganancia en eso, los que manejan la plata. Y si te vas al cine o a pasiar, por ahí, con tu mujer y tus chicos: que por el ómnibus, que por las entradas p’al cine, que porque la convidás a tu mujer con un chop y a los chicos con unas galletitas o con caramelos, ya vas dejando en cada cosa otras ganancias pa los que manejan la plata. Agregale que tu chiquilín más grande ya v’a la escuela, desde hace dos años, y que guardapolvo, y que zapatillas, y que cuaderno, y que libro y libreta, y que goma y lápiz, qu ’estampilla p’al ahorro, y seguile echando, qu ‘en todo eso le vas dejando más ganancias a los que manejan la plata. ¿No es así?

-Así que…

-¡Y!... Que desde que te levantás hasta que te acostás, y hasta cuando estás durmiendo, t’están sacando ganancia m’hijo, los que manejan la plata. Porque, ¿qué te queda al fin del día, y ahí está lo cierto, de los cuarenta pesos? O, ¿qué te queda, al fin del mes, de los novecientos y tantos? ¡Nada, che! Quiere decir que te han hecho trabajar y no has ganao nada.

-Pero ¿y lo que me han pagao?

-¿Y no has visto? Lo que te han pagao, igual que lo que me pagan a mí, es como la ración de maíz o de alfa que yo le doy a mi doradillo pá que pueda seguir tirando del carretón de reparto. Te han pagao, pero vos no has ganao nada, al fin de cuentas. Toda la ganancia ‘e tu trabajo, y hasta los cuarenta pesos del salario que te pagan cuando trabajás, al fin del día están con ellos, con los que manejan la plata. Lo hemos visto bien clarito.

-Y sí, no hay nada que hacerle. Pero la verdá es que no caigo, don Nemesio, en cómo es que nos embroman tan fiero…

-Mirá, nos pagan por día, dicen, pero no nos pagan más que las horas que trabajamos, ¿no es así?, y vos trabajás hoy, pongamos por caso, pero pa trabajar mañana otra vez precisás descansar, asearte, tener una muda’e ropa, comer, dormir y, si es posible, distrairte un poco, lo que se llama reponer tu fuerza, tus energías, porque si no, al otro día no hay pión, o hay un pión que no rinde. ¿No es verdá?... Y güeno, eso te quiere decir qu’el descanso, la comida, la ropa, el sueño y todo lo demás que precisás pa reponer tus energías, lo precisás pa poder cinchar las ocho horas de trabajo al día siguiente, así como precisás las herramientas, ya sea una pala, una llave, un cepillo o un torno, pa’l trabajo que te mandan hacer. A la herramienta te la dan, pa que trabajés mejor y rindás más en el trabajo, pero no te dan la comida, ni el descanso, ni todo lo otro que precisás pa reponerte en las horas que no trabajás. A eso te lo cobran, y de yapa, te le sacan ganancia, igual que a tu trabajo. Así que te pagan pa que podás dir tirando, y nada más. Y vos, encima d’eso, tenés que criar tus hijos, pa qu ’ellos, los platudos, tengan piones a quienes sacarles el jugo mañana, cuando vos ya no des. ¿Me has comprendido? 

Laureano, que está muy pensativo, dice que sí con un movimiento de cabeza, que traduce, al mismo tiempo, su íntimo asombro al comprender, con tanta claridad, el problema que le explica su compañero. Don Nemesio continúa:

-Es como si yo dijera que le pago a mi mancarrón… O qu’el doradillo gana algo, trabajando por mi cuenta… Los únicos que ganan son los que tienen la plata, cremeló. Y ahura verás el tuétano d’este caracú, porque, como decía el finao Martín Fierro, “vamos dentrando recién a la parte más sentida…” Tu patrón te paga un salario ¿no? Entonces, ¿qu’es lo que vos le vendés, o qu’él te compra, por ese salario? Te compra la fuerza, m’hijo, tu energía y tu baquía pa’l trabajo. Pero lo que vos producís trabajando, ya sea que hagás alpargatas o sombreros, cuchillos de mesa o mecheros pa calentadores, vale más que la fuerza y la baquía que vos gastás en hacerlo. Porque vos bien sabés que no vale lo mismo un cuero ‘e vacuno qu’el lazo que podés hacer con él, o los pares de botas que podés hacer con ese cuero. Como no vale lo mismo un tronco de árbol que los muebles que podés sacar d’ese tronco… Por lo consiguiente, con lo que vos producís trabajando cuatro horas, pongamos por caso, quedarías a mano con tu patrón, por el salario que te paga. Y a pesar d’eso tenés que trabajar otras cuatro horas, vale decir, el doble, pa enterar la jornada ‘e trabajo. Y lo que vos producís en esas otras cuatro horas ya es ganancia limpita qu’el patrón le saca a tu trabajo. Y se la embolsica nada más que porque tiene plata p’hacerte trabajar por su cuenta, ¿m’entendés? Así que, nada más que porque tiene plata pa pagarte, él gana en el día, con tu trabajo, por lo menos tanto como lo que te hacen creer que vos ganás chorriando la gota gorda. Pero como tu patrón tiene otras cuarenta o cincuenta personas que trabajan, como vos, por el salario que les paga, él s’embolsica en el día, con el trabajo de esa gente, una ganancia igual a los cuarenta o cincuenta salarios de sus piones ¿sabés?... Y, ahura, calculá lo que ganarán aquellos patrones que tienen plata p’hacer trabajar por su cuenta a mil o a diez mil obreros… Porque los platudos son los únicos que ganan, haciendo trabajar por su cuenta a los demás. Y de ahí que sean también los que cada día tienen más plata, pa explotar a más gente pobre, mientras que los trabajadores, los que le producimos esa ganancia, seamos más pobres cada vez.

Don Nemesio toma ahora del brazo a Laureano para reiniciar la caminata interrumpida. Y ya de camino, le dice:

-Estas son las cuentas claras, Laureano, como las hacen los patrones. Hace un rato, cuando vos me contestaste así, yo me acordé del finao tu padre, que fue’l que m’hizo ver cómo eran las cosas. El qu ’era tan letor desde que la parálisis l’envaró las piernas y lo tuvo sentado más de cuatro años, hasta que lo tragó el hoyo, fue’l que m’ enseñó lo qu t’he dicho. Entonces, cuando no pudo manejar más el martillo con el que hacía aquellas rejas de fierro que parecían un ramo ‘e flores, se dio a ler, p’ayudarnos a entender nuestras cosas. Los domingos nos juntábamos en tu casa unos cuantos obreros, qu ’íbamos a visitarlo, y él nos leía y nos esplicaba lo que no entendíamos. Vos eras chiquito, pero a lo mejor te acordás… yo, qu ‘era vecino, m’iba todas las santas tardes, después del trabajo a pasar un rato con él, matiando, leyendo y conversando. Y, una güelta, cuando conseguimos entender esto de que hemos hablado, me acuerdo patente, como si juera ayer, el finao me dijo: “Mirá, Nemesio: ¡esta cuenta si qu’ es clara! Y ya sabés qué dice el refrán: “las cuentas, claras, y el chocolate, espeso”. Y se le llenaron los ojos de alegría, lo que habíamos llegao a saber, por fin, como era la cosa, como es que hacen esto que se llama la explotación del hombre por el hombre. ¡Amigo! ¡Qué hombre de linda cabeza era el finao tu padre, che Laureano!...

Y, con el sol a la espalda, un sol ya de horizonte, las siluetas de los dos vecinos del barrio del frigorífico se agrandan, como sus sombras, en el fraternal regreso a las casas, identificados en una misma conciencia de porvenir.



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