21 de septiembre de 2026

SÓLO HAY UNA SALIDA: DESMANTELAR LA ECONOMÍA DE MERCADO, Y PASAR AL COMUNISMO

¿Qué es el Capitalismo?

Por Yuri Stoliarov y Nestor Guadaño.

Proclaman todos los medios de comunicación, que el capitalismo triunfó en 1991. Que con el desmantelamiento del bloque socialista piedra a piedra, confirma que las relaciones de mercado es la única forma posible de existencia de la humanidad…

Y ¿Porqué ahora, treinta y cinco años después, millones de personas en todo el mundo vuelven a mirar hacia el socialismo? No porque alguien les haya contado bonitos cuentos de hadas. No porque la nostalgia les haya nublado la mente. Sino porque los dueños de cada país, sus trabajadores, por su propia experiencia vital, en su propia piel, rebuscando en su propio bolsillo razonan: «Este sistema no funciona. Nos destroza, a mi familia, a mi futuro. Así no quiero vivir». Y busca una alternativa.

La recuperación de las ideas del socialismo, dentro de la era del imperialismo, no es una campaña propagandística, ni una moda. Se trata de un proceso objetivo y natural, que tiene lugar en la mente de millones de personas, independientemente de si ven canales de YouTube de izquierdas, o leen números antiguos de «Pravda». Ocurre porque la realidad misma, desmonta las ilusiones.

¿Qué ilusiones? La principal: que «El capitalismo es algo natural, que garantiza el crecimiento, la libertad y la justicia». Pero a partir de 2008, esta ilusión imperialista, comenzó a resquebrajarse. A partir de 2020, la grieta se hizo más profunda. Y después de que la inflación, el Covid, las deudas, la esclavitud hipotecaria y la guerra comercial, convirtieran la vida de las personas en una carrera interminable para alcanzar llegar a fin de mes, su vida no avanza, sino retrocede.

La población se está dando cuenta, que el «mercado libre» es la libertad del capital para robar todo lo posible a los trabajadores. La «competencia entre los imperialistas» es una carrera hacia el abismo, en la que el trabajador siempre sale perdiendo.

La «democracia burguesa», es el derecho a elegir cada cuatro años entre dos lacayos idénticos de la misma burguesía.

Aún hoy cada trabajador no se hace la siguiente pregunta: «¿Merece la pena que un esclavo, (y, bajo el capitalismo, toda la población se encuentra en la más cruel esclavitud económica, y en total dependencia de la voluntad de los mayores propietarios privados, que controlan absolutamente todas las esferas de la vida social) se esfuerce por elegir al representante del señor que se le va a colgar al cuello?». Teniendo en cuenta que ese representante ya ha sido elegido de antemano por sus cómplices, y que el celo del esclavo solo sirve para decirse a sí mismo, con satisfacción que lo ha elegido él mismo, o para decir a los demás sin satisfacción:
«No quería a este representante del amo, pero por alguien tenía que votar».

Mas toda la fuerza de la propaganda imperialista se centra, en que la alternativa comunista no sea visualizada.

Se ha creado una gran presa de contención, a lo largo de décadas de años desde 1991. Bloques de hormigón moldeados en Harvard, en Londres y en Bonn. La armadura la proporcionan miles de artículos, películas y tesis antisoviéticas. El mortero se amasaba con mentiras y miedo. Tanto en Rusia como en Occidente, al pueblo se le inculca: «El socialismo es igualitarismo, hambre, campos de concentración, falta de libertad. El capitalismo es malo, pero el socialismo es la muerte». Y ahora, cuando la presa empieza a agrietarse, la verdad comienza a abrirse paso a través de esas grietas. La verdad objetiva, realizada a través de hechos históricos, concretos y de futuro, contrasta con esos propagandistas del imperio.

Porque nuestra mirada se dirige hacia lo que fue tachado de «error totalitario de la historia». Hacia la URSS. Hacia el socialismo. Hacia la idea que las fábricas pueden pertenecer a quienes trabajan en ellas, y que la sanidad y la educación sean gratuitas, no como una limosna, sino como un derecho.

La URSS llevó a cabo en una sola década su industrialización, que a Inglaterra le llevó cien años. La erradicación del analfabetismo, en un país donde la mayoría de la población no sabía leer, se logró en veinte años. La movilidad social —el hijo de un obrero se convertía en ingeniero, académico o ministro— era la norma, no la excepción. La economía planificada garantizó el pleno empleo y la ausencia de desempleo, «el lógico despertar natural de la eficiencia», algo que el capitalismo considera una utopía.

Estos hechos no se pueden desmentir. Y es muy incongruente estos hechos, cuando son realizados en una época donde la libertad de los trabajadores, ha sido la mayor de la historia mundial, precisamente cuando la burguesía grita «...bajo el totalitarismo...». Lo desmienten los archivos, las recopilaciones estadísticas, las memorias, las gestas del pueblo soviético. Y hoy, cuando el mundo capitalista se hunde en el abismo de las deudas, la desigualdad social y las guerras sin sentido, cada vez más personas recurren a estos hechos. No para imitar a la URSS como si fuera una pieza de museo, sino para comprender que un sistema basado en la propiedad colectiva, la planificación y la distribución según el trabajo no solo es posible, sino que existió, funcionó y triunfó.

Por supuesto, este proceso no transcurrió sin tropiezos. Pero la presa continua. Cada grieta se tapa inmediatamente con una nueva ración de resina anticomunista. «¡El Gulag! ¡El hambre! ¡Represiones!», gritan los voceros expertos procapitalistas desde las pantallas. Y estos gritos surten efecto, sobre todo entre quienes no vivieron en la URSS y sólo la conocen a través de los libros de texto escritos por los vencedores de la Guerra Fría.

Pero la dialéctica materialista se impone, cuando se comprueba que la crisis del propio capitalismo, socava la confianza de su aparato propagandístico. Cuando una persona ve que su hipoteca aumenta y su sueldo disminuye, deja de creer a la televisión, que lo explica como «intrigas del Kremlin» o «intrigas de Washington». Y empieza a razonar, a investigar por su cuenta. Y, encuentra la verdad, cuando comienza a comparar.

Resulta que la economía planificada soviética no era «ineficaz», ya que una economía de este tipo, por sus mismos objetivos, es supereficaz a la hora de resolver tareas estratégicas: el espacio, la sanidad, las fuerzas productivas, la defensa, la ciencia y la educación.

Resulta que la «igualdad» era, en realidad, una política de acceso equitativo a los bienes básicos, a todos los derechos sociales adquiridos por ser miembros de una colectividad, al tiempo que se mantenía la diferenciación en la remuneración según el trabajo realizado.

Resulta que los soviets eran una forma real de autoorganización del pueblo, que la mayor defensa de su identidad era «la dictadura del proletariado», soporte y sostén que preservaba los avances sociales frente a los intentos imperialistas por la eliminación de la construcción del socialismo.

Resulta que todos los objetivos, derechos, ideas y destino de la Revolución de Octubre, empezaron a ser transformados tras el golpe de estado del revisionismo, efectuado por Jrushchov, y la burocracia del partido. Y que ha reaparecido en el período postsoviético.

La rehabilitación del socialismo, hoy en día es en esencia, como una expedición arqueológica al propio pasado. La población que se va haciendo preguntas, va quitando las capas de mentiras acumuladas durante los últimos treinta años, y debajo de ellas, encuentra cimientos sólidos, no reliquias.

Y estos cimientos pueden utilizarse para construir una nueva casa, no igual que la antigua (que se ha deteriorado y se ha derrumbado parcialmente), sino construida según los mismos principios: propiedad colectiva, planificación y protección social. Ahora bien, es importante comprender que la recuperación de las ideas del socialismo no es el final del camino, sino su comienzo.

"El socialismo debe dejar de ser solo una predicción científica del futuro. Debe convertirse en una antorcha, encendiendo en los corazones de las personas, una fe y energía indomables..."
Félix Edmúndovich Dzerzhínski.

El movimiento espontáneo de las masas hacia el socialismo suele tener un carácter emocional, del tipo: «Quiero que sea como en la URSS, que haya vivienda gratuita y seguridad». Eso está bien y es progresista. Pero no es suficiente. Porque hay muchas trampas en este camino.
La primera trampa es el reformismo.
«Hagamos simplemente un capitalismo con rostro humano: subamos los impuestos a los ricos, introduzcamos una renta básica, pongamos freno a las grandes empresas».

Sin embargo, estas son solo libertades limitadas, igualdad limitada, todo lo que no permite cruzar los límites del capitalismo como forma explotadora. Así que, la libertad de los medios de comunicación, por ejemplo, se refleja en la desigualdad de clase. Los capitalistas tienen suficiente capital para invertir en sus medios de comunicación para promover su orden y poder.

Eso no es socialismo. Es socialdemocracia. Pretenden aliviar los síntomas, pero no cura la enfermedad, porque la propiedad privada de los medios de producción permanece intacta. Y tan pronto atascado el capital, por sus crisis periódicas, vuelven a recuperar todos sus intereses, precisamente con la ayuda de estos reformistas.

La leyes burguesas, es una colección de reglas que describen los límites permitidos de robo y saqueo del pueblo. En consecuencia, el poder oligárquico tiene dos necesidades principales: darle a esta colección un valor significativo, convencernos de su exclusividad, y al mismo tiempo, un deseo feroz de ocultar el hecho de que el propio ladrón acepta las reglas por las que nos roba.

Este régimen impuesto, se convierte dentro de las mentes obreras en nuestra gran estafa. Dar apariencia que existe una tercera parte en discordia: un juez independiente e imparcial entre el trabajador y la burgués. Vemos pues que esto no solamente es una estafa visible, una ilusión y miles de palabras. Porque en realidad, nos enfrentamos con la voluntad de una clase depredadora hostil, que no puede ser imparcial en un conflicto entre clases, pues su existencia depende de mantener el poder de los intereses de los capitalistas.

El ejemplo más anacrónico, son los países escandinavos: impuestos elevados, prestaciones sociales, duras condiciones laborales. Pero a la vez, la desigualdad crece, la influencia de las grandes empresas aumenta en todos los gobiernos, imponiendo medias económicas excluyentes para la mayoría de la población. Los sindicatos están intervenidos, aún más controlados. Expulsando de su seno a los que luchan. Son muy débiles, de lleno están dentro de la órbita reformista.

La segunda trampa es el populismo.
Dirigirse a las masas con consignas como «abajo los oligarcas, repartamos las ganancias generadas», llama la atención, pero no da respuesta a la pregunta: «¿Y cómo organizaremos la producción, que sociedad construiremos con este reparto?».

El populismo acaba, o bien en decepción, cuando todas las consignas son significativamente guardadas tras el soborno de los dirigentes, o bien apoya a los partidos de la "dictadura de clase burguesa", para mantener rápidamente el orden, precisamente frente a los trabajadores que les auparon.

La tarea de los marxistas leninistas hoy en día, no es criticar a las masas por su falta de formación teórica, sino explicar las cosas complejas de forma sencilla, con ejemplos. Mostrar que el socialismo no consiste en memorizar citas, sino como dar soluciones concretas a problemas concretos: explicar en los tajos la necesidad del aumento salarial, la causa del desempleo, la cadena hipotecaria que impide el acceso a la vivienda, las medidas privatizadoras que persiguen el colapso del sistema sanitario. Unir la protesta espontánea con la teoría científica, persiguiendo el objetivo del empoderamiento de la clase obrera: esa es la labor de la vanguardia revolucionaria.

La experiencia de la URSS, es una lección magistral. Demostró que es posible dar un salto industrial en un país atrasado, que se puede erradicar el analfabetismo en una sola generación, y que se puede construir una sociedad en la que los proletarios determinan su futuro. Pero también demostró que se puede perderlo todo, si no se controla la burocracia del partido, si se permite que el gobierno no sea la vanguardia de la clase, y se aleje de los objetivos del pueblo trabajador, si se debilita y se pierde la dictadura del proletariado, y si se permite que renazca una nueva clase de impostores fomentadores del mercado capitalista. Estas lecciones no pueden ignorarse.

Hoy, cuando la presa imperialista se resquebraja por todas partes, la oleada de ideas socialistas cobra fuerza. El socialismo no es una utopía, sino el único camino posible para la supervivencia de la humanidad, en una época en la que el imperialismo ha llevado al planeta al límite ecológico, económico y moral.

Y la presa se está derrumbando. El agua sube. Y quienes ahora gritan «¡Que se salve quien pueda!», simplemente no ven que no hace falta salvarse, sino construir nuevas orillas. El socialismo regresa. Y nuestra tarea es hacer que regrese no en forma de fotografías en blanco y negro del pasado, sino como un futuro vivo, activo y palpitante.


3 SEÑALES DE UNA SITUACIÓN REVOLUCIONARIA: LO QUE NOS ENSEÑÓ LENIN. CONCEPTOS OLVIDADOS.

En la escuela, y luego en la universidad, nos enseñaron la importancia de tomar notas para estudiar y comprender las obras de Vladímir Ílich Uliánov, "Lenin". Esto nos "inoculó" y nos asombró, desde un primer momento, pues no entendíamos por qué se necesitaban las citas de Lenin casi 70 años después de la Revolución de octubre. Y en aquellos años, en realidad, estaban desactualizadas.
Pero las obras y reflexiones de Lenin, comenzaron a volver a estudiarse, a ser recordadas con más y más frecuencia en la Rusia post-soviética, una vez volvió la estafa capitalista al poder, cuando la civilización soviética como fuerza organizativa fue destruida.
Están a modo de ejemplo, los signos para conseguir una situación revolucionaria, que a menudo se están actualizando hoy en día entre los trabajadores más conscientes. Vamos a dirigirnos a las "antiguas notas" de Lenin.
La situación revolucionaria es un concepto formulado por V. I. Lenin en el artículo de 1915 "El oportunismo y la bancarrota de la II.ª Internacional". En él, delineó las condiciones objetivas y subjetivas, que surgirían en la sociedad, el día de la revolución. Lenin, dos años antes de las revoluciones de febrero y octubre, identificó tres principales signos objetivos de una situación revolucionaria.
Escribió:
"Para un marxista, más allá de la duda que una revolución es imposible sin una situación revolucionaria, y no todas las situaciones revolucionarias llevan a una revolución. ¿Qué son, en general, los signos de una situación revolucionaria? Probablemente no estamos equivocados si señalamos los siguientes tres signos principales:

1) La imposibilidad para las clases gobernantes de preservar su dominio en su forma inalterada, mediante una u otra crisis de "supremacía", una crisis política de la clase gobernante, que crea una grieta a través de la que el descontento y la indignación de las clases oprimidas, brota. Para que comience la revolución, normalmente no es suficiente que "las clases inferiores lo quieran", también es necesario que "las clases superiores no puedan" vivir, de la antigua manera.
2) Una extensión por encima de lo habitual, de las necesidades y el hambre, una terrible miseria de las clases oprimidas.
3) Un aumento significativo, debido a las razones mencionadas anteriormente, en la actividad de las masas, para terminar con la "quietud", de aquellos que permitían ser robados tranquilamente, y en los tiempos turbios son atraídos, por la situación de crisis que afecta por igual a toda la población, impidiendo a las "clases superiores" mantener su poder, pues la mayoría del pueblo autoiniciará un levantamiento histórico.
Sin estos cambios objetivos, independientemente de la voluntad no solo de los grupos individuales y partidos, sino también de las clases, la revolución es, por lo general, imposible.", desarrolló Lenin.

Luego señaló que "... la suma de estos cambios objetivos, se denomina situación revolucionaria".
Esta era exactamente la situación en Rusia en 1905, así como en todas las épocas de las revoluciones en Occidente.
Lenin creía que tal era la situación en Rusia en 1879-1880, pero entonces no hubo revolución. ¿Por qué? Y da una respuesta así: "Porque una revolución no surge de ninguna situación revolucionaria, sino sólo tal situación empieza, cuando los anteriores cambios objetivos están unidos por uno subjetivo".

¿Cuál es este cambio subjetivo? Para Lenin, es "...la capacidad de la clase revolucionaria para tomar acciones masivas revolucionarias, lo suficientemente fuertes como para romper (o destrozar) el antiguo gobierno, que, incluso en tiempos de crisis, nunca "caería" si no fuese "arrasado" por la mayoría de la población".
Así era la visión de Lenin de la revolución. Esto, recordamos, es un fragmento de la obra de Vladimir Ílich, Lenin, "El oportunismo y la bancarrota de la II.ª Internacional", escrita en 1915.
Ahora dicen que no hay clases en Rusia. No dicen nada que sean clases, la burguesa y la proletaria. ¿Es esto cierto? En lugar de la burguesa, ha aparecido una denominación absurda, "Una sociedad socialmente orientada".

¿Qué es este tipo de sociedad, es cierta su existencia? Pero porqué tan social quiere que se denomine, es la evidente pregunta. En cuanto a los proletarios, Lenin escribió que, para realizar la revolución, estos no tienen nada que perder excepto sus cadenas.
¿Es que no se ven las "cadenas"? Pero ¿Realmente es una cuestión de nombres?

La realidad es más simple y alarmante: el número de personas pobres en Rusia está creciendo. Tantos trabajadores que no llegan a final de mes, porque necesitan para vivir, más de un trabajo, y no lo encuentran. El número de millonarios y incluso multimillonarios, en términos de dólares, también está creciendo.

Bajo toda la capa propagandística burguesa, de nuevo nos acordamos de Lenin cuando explicó, que en una sociedad de clases dominada por la capitalista: "... los pobres se vuelven más pobres, y los ricos se vuelven más ricos". No es casualidad, que la canción más conocida sobre Lenin, dice que sigue vivo entre nosotros. Porque él, nos guía para cambiar nuestro destino.

SOBRE LAS PRIORIDADES

Los objetivos que la clase que posea los medios de producción fije para la sociedad, determinarán todo el tipo de sistema social, tanto económico como político, el avance o retroceso de su población, el carácter de la educación, tanto de las escuelas y de los centros de enseñanza secundaria, profesional y superior.

El Plan industrial

El primer Estado socialista del mundo, se enfrentaba a retos grandiosos: la industrialización acelerada de toda la Unión, la creación de una agricultura mecanizada, y el fortalecimiento del Ejército Rojo, para su defensa contra el mundo hostil imperialista. La Unión Soviética necesitaba un rápido progreso científico y técnico, para superar la brecha que la separaba de las principales potencias del planeta.

Tras la devastación de la Primera Guerra Mundial y la Guerra Civil, era país agrario atrasado, con una extendida hambruna en todos los pueblos, con una población semianalfabeta o completamente analfabeta. Este era el primer gran reto, tenía que convertirse en uno de los líderes industriales del planeta, en un muy breve tiempo, o sería invadido el Estado y exterminados los bolcheviques. La Unión Soviética tenía que lograr ponerse al nivel de los países capitalistas, para ser soberano.

Era una cuestión de vida o muerte. «Nos hemos quedado rezagados respecto a los países avanzados entre 50 y 100 años. Debemos recorrer esa distancia en 10 años. O lo conseguimos, o nos aplastarán», decía I. V., Stalin en 1931, justo diez años antes de que la Alemania hitleriana atacara la URSS.

La revolución educativa

El sistema educativo debía estar a la altura de los retos históricos a los que se enfrentaba la sociedad. Elevar la instrucción de toda la población, fundamentalmente campesina. Fue una audaz misión, llevada a cabo por los comunistas, durante diez años, de forma ininterrumpida. La Unión Soviética necesitaba trabajadores cualificados, ingenieros, médicos, agrónomos, militares y científicos. Y los profesores formaron con éxito a estos profesionales.

Además, en la escuela, se proporcionaba sobre todo a los niños, un conjunto de conocimientos de calidad. Allí se velaba por que cada joven miembro de la sociedad que se construía, creciera como una persona culta, comprometida en la construcción del socialismo, obteniendo un desarrollo integral. El plan de estudios incluía numerosas horas dedicadas a la lengua materna, la literatura y las materias de humanidades, materialismo científico, biología, física, química, etc...

Sería ingenuo esperar que el Estado capitalista ruso ofrezca, hoy en día, una educación de igual calidad a los hijos de los trabajadores.

¿Para qué piensa ese Estado? ¿Para qué, si la Rusia actual es un territorio donde se enriquecen cientos de multimillonarios y multimillonarios, en dólares dedicados principalmente, a la exportación de materias primas y productos de baja transformación?

¿Para qué, si la mayor parte de la producción propia ha sido destruida, y el país se ha convertido en un mercado de venta, de los productos de las corporaciones transnacionales?

Es evidente que este Estado, no necesita tantos técnicos ni científicos como los que había en la URSS. ¿Dónde iban a trabajar, en qué sector productivo? Y mucho menos le interesa a la burguesía rusa el desarrollo cultural de la población, ya que para ella supone un gasto «superfluo», un lujo inútil o, incluso, un peligro directo (cuanto más alfabetizada está la población, más preguntas se plantea sobre el sistema socioeconómico vigente).

De ahí surge la «degradación» de la educación, la «optimización» de los colegios, y demás «apaños» de las reformas «de mercado», Todas estas medidas, son de obligada aceptación, como algo habitual en la «dictadura de la clase de los ricos».

Mientras el modo de producción socialista no vuelva a sustituir al capitalista, nuestros hijos no verán, ni recibirán una buena educación ni por asomo. Parece muy sencillo de comprender analizando las evidencias, pero por desgracia, todavía no todo el mundo lo entiende.

SÓLO HAY UNA SALIDA: DESMANTELAR LA ECONOMÍA DE MERCADO Y PASAR AL COMUNISMO

Hoy en día, el problema no es cómo organizar la producción de un producto, sino cómo venderlo. El marketing se ha convertido prácticamente en el pilar principal de la economía de mercado. Se gasta más de la mitad en publicidad, y en «promocionar» los productos, la calidad de los mismos es secundaria o no interviene en su desarrollo, la publicidad agresiva lo es todo.

En otras palabras, la oferta supera con creces a la demanda, algo que se observa en todos los países capitalistas desarrollados. Cientos de miles de coches en todo el mundo, se oxidan en los aparcamientos sin venderse. Barrios enteros de chatles a estrenar se cubren de maleza y se derrumban, porque no hay quien los compre.

¿Y cuánta mercancía sin vender se desperdicia cada año, cuánta de una cosecha «excesivamente» abundante, se destruye? Imaginemos ahora qué pasaría si la productividad laboral se multiplicara por dos o por tres, ya que, para que su funcionamiento resulte rentable, una máquina debe producir mucho más que un trabajador humano.

¡En ese caso, la economía de mercado simplemente se derrumbaría! Las tiendas se verán inundadas por una avalancha de mercancías, pero no habrá nadie que las compre, ya que la automatización dejará en la calle a miles de trabajadores, los precios en el mercado laboral caerán en picado y, en consecuencia, los salarios bajarían, y serían muy pocos los que pudiesen consumir una cantidad satisfactoria para los capitalistas.

A los capitalistas se les acumularía una montaña de mercancía sin vender, sufrirían pérdidas, las empresas empezarían a cerrar y, en este contexto, alguna bolsa de valores se desplomaría inevitablemente, y nos encontraremos ante una nueva «Gran Depresión».

La automatización total de la producción es para el capitalismo como la muerte. Lo que antes era la principal baza del capital, lo que le permitió conquistar el dominio de la economía —el aumento de la productividad laboral—, ahora está destruyendo al imperialismo. Hoy en día, el nivel de la capacidad productiva es tal, que se podría garantizar un nivel de vida normal a CADA habitante de la Tierra, pero, como escribió Engels:

«... Sobreviene la concentración de los medios de producción en grandes talleres y manufacturas, su transformación en medios de producción realmente sociales. No obstante, estos medios de producción y sus productos sociales eran considerados como si siguiesen siendo lo que eran antes: medios de producción y productos individuales. Y si hasta aquí el propietario de los medios de trabajo se había apropiado de los productos, porque eran, generalmente, productos suyos y la ayuda ajena constituía una excepción, ahora el propietario de los medios de trabajo seguía apropiándose el producto, aunque éste ya no era un producto suyo, sino fruto exclusivo del trabajo ajeno

De este modo, los productos, creados ahora socialmente, no pasaban a ser propiedad de aquellos que habían puesto realmente en marcha los medios de producción y que eran sus verdaderos creadores, sino del capitalista. Los medios de producción y la producción se habían convertido esencialmente en factores sociales. Y, sin embargo, se veían sometidos a una forma de apropiación que presupone la producción privada individual, es decir, aquella en que cada cual es dueño de su propio producto y, como tal, acude con él al mercado. 

El modo de producción se ve sujeto a esta forma de apropiación, a pesar de que destruye el supuesto sobre que descansa. En esta contradicción, que imprime al nuevo modo de producción su carácter capitalista, se encierra, en germen, todo el conflicto de los tiempos actuales. Y cuanto más el nuevo modo de producción se impone e impera, en todos los campos fundamentales de la producción, y en todos los países económicamente importantes, desplazando a la producción individual, salvo vestigios insignificantes, mayor es la evidencia con que se revela la incompatibilidad entre la producción social y la apropiación capitalista.».

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