5 de julio de 2026

SOBRE EL DESPERTAR DE LOS TRABAJADORES

Por Nikolai Kremen. Traducción y notas de Nestor Guadaño.

26.06.2026

¡Queridos camaradas, compañeros y aliados en la lucha por la justicia social! 

Vivimos una época insólita y muy interesante. Sí, muy dura y difícil, pero que nos brinda la oportunidad de demostrar nuestra valía en la lucha en favor del pueblo trabajador, sencillo y atormentado por los explotadores: los capitalistas y los oligarcas. 

Vivimos, por un lado, una época trascendental de despertar de las masas del sueño burgués y, por otro, una época de dura reacción burguesa y de presión sobre las masas trabajadoras, en la que ya se pisotean abiertamente y sin reparos los derechos y las conquistas de los trabajadores de los últimos 200 años.

¡En Rusia, hay una muy fuerte reacción de la mayoría de los trabajadores, contra este sistema capitalista surgido tras la desintegración de la Unión Soviética! 

Esta reacción se manifiesta, en el aumento de la edad impuesto para tener derecho a la jubilación, en la supresión de muchos derechos y prestaciones sociales para los trabajadores. No sólo se ha creado en el espacio postsoviético, una propiedad capitalista sobre la tierra y los medios de producción, privatizada por los bastardos del capital (antiguos ladrones del hampa, "reket", y criminales siniestros del mundo del crimen, que fueron claves en la destrucción de la URSS, transformados hoy en oligarcas capitalistas). No solamente las tierras, las fábricas y las empresas, sectores enteros de la economía, ya no son de propiedad pública, sino que pertenecen a estos degenerados y sinvergüenzas. 

Constituyen una minoría de la sociedad civil frente a la mayoría del pueblo trabajador, apartado del poder político, engañado por esa élite mafiosa. Son canallas burgueses, que ahora mismo también privan a los trabajadores de sus derechos sociales, mermando sus pensiones y el antiguo descanso social. 

¡Por no hablar ya, de cómo la especialidades médicas son inalcanzables para la mayoría de la población, cuando buscan remedio a sus enfermedades! En las policlínicas y hospitales de asistencia primaria, derivan a hospitales privados el tratamiento de las enfermedades graves. De pago, caras y de mala calidad. Se ha optado por el método de comprar seguros privados, innacesible para la mayoría de la población.

¡De la educación especializada, es aún más dantesca la situación!

¡Para obtener una plaza en la educación universitaria superior, es de acceso restringido para la mayoría! Siguiendo el ejemplo occidental imperialista, si tienen que acceder a un mínimo de calidad, es mediante "másteres" también de pago! 

Así, esta educación es muy embrutecedora. La mayoría de los estudiantes que quieren acceder a una carrera universitaria, tienen una persistente distorsión de los hechos históricos, influyéndoles en su pensamiento, las corrientes de consecución del dinero rápido y fácil, procapitalista y religioso. 

Pero siguiendo el modelo imperialista del poder social, se está realizando una estrategia acaparadora de esclavización salarial, sin precedentes. 

¡En este siglo, han puesto sus miras en arrebatar a los trabajadores los logros sociales, conseguidos por el movimiento sindical mundial! ¡Unas normas, derechos y bienestar obtenidos para la vida de cada trabajador, con 200 años de luchas de clase! 

Y esto ocurre no solo en el espacio postsoviético, sino también en todo el mundo burgués, incluidos los países capitalistas desarrollados de Europa y Estados Unidos. 

¡Me refiero a la jornada laboral de 8 horas, al desalojo de las mujeres de los puestos directivos y a la prohibición del trabajo infantil!  En muchos países europeos ya se habla de una jornada laboral de 12 horas en los órganos legislativos, ¡y en la Rusia actual incluso se está barajando la posibilidad de introducir el trabajo infantil a partir de los 12 años!  

Esto es lo que escribió en su día, allá por el siglo XIX, el publicista y sindicalista inglés Thomas Joseph Dunning, y que sigue siendo de actualidad para el capitalismo hoy y, en general, siempre:

«El capital teme la falta de beneficios o unos beneficios demasiado escasos... Si se le garantiza un 10 %, el capital acepta cualquier tipo de inversión, con un 20 %, se anima, con un 50 %, está dispuesto a romperse la cabeza, con un 100 %, pisotea todas las leyes humanas, con un 300 %, no hay delito alguno que no se atreva a cometer, ni siquiera bajo la amenaza de la horca».

Tal es la sed de lucro de los capitalistas, dispuestos a vender hasta a su propia madre en pos de la ganancia. Todas las guerras actuales se realizan por el afán de enriquecerse con los suministros militares. Y, mientras tanto, los simples trabajadores mueren como carne de cañón. 

¡Todas las guerras en el espacio postsoviético, impulsadas por Occidente siguen esta política del capital depredador, que busca sacar beneficios a costa de la sangre de las masas trabajadoras! 

Por eso siguen siendo de actualidad hoy en día, en relación con las guerras en Karabaj que recientemente han sacudido el Cáucaso, y en el mantenimiento de un régimen nazi actual en el territorio de la Ucrania contemporánea. Aquí vuelven a ser pertinentes las grandes palabras de nuestro líder proletario, el camarada Lenin:

«Los intereses de la burguesía codiciosa, los intereses del capital, dispuesto a vender y arruinar a su propia patria en busca de beneficios, son los que han provocado esta guerra criminal, que acarrea innumerables desastres al pueblo obrero».

«V. I. Lenin, Obras completas, vol. 8».

Hoy en día, en todo el espacio postsoviético, el coste de la vida aumenta y suben los precios de los productos, alimentos y medicamentos más necesarios. Y aquellos que no se venden debido a su elevado precio, una vez caducados, se venden baratos como ofertas. 

¡Así pues, todo lo fresco es para la minoría capitalista rica, y todo lo caducado y de segunda mano, para la mayoría trabajadora y pobre! 

¿Dónde está la justicia, camaradas?  
¿Acaso fue por esto por lo que nuestros bisabuelos y abuelos murieron derramando su sangre en la Guerra Civil (1917-1922) y en la Gran Guerra Patria (1941-1945)? 

¿Fue por esto por lo que, en 1917, las masas revolucionarias tomaron por asalto el Palacio de Invierno, y llevaron a cabo la Gran Revolución Socialista de Octubre, a la que ahora los sinvergüenzas y canallas, lacayos y adeptos de la burguesía y del orden burgués, denominan «golpe de Estado de Octubre»? 

¡Despertad, camaradas!

¡Despertad, camaradas, y echad al diablo este odioso e injusto régimen burgués explotador, restaurado por los enemigos de los trabajadores! 

¡Entrad en razón y avergonzaos ante vuestros bisabuelos y abuelos, que dieron su vida en la lucha por vosotros, descendientes negligentes y perezosos! ¡No lucharon, murieron y vencieron, para que hoy seáis esclavos de un puñado de parásitos explotadores, repugnantes y descarados, que se han apoderado de la propiedad soviética!

Hoy en día todo se encarece año tras año, mes tras mes, día tras día, mientras que bajo el poder soviético y bajo el mando del camarada Stalin, cada año, el 1 de abril, los precios de todos los productos y alimentos bajaban y se abarataban.

La situación es difícil hoy, incluso en los países burgueses desarrollados de Europa y Estados Unidos. ¡Allí también la vida empeora y se encarece! 

Allí también se están produciendo ataques contra los derechos y las conquistas de los trabajadores. Y es que el Capital en el Poder, el Imperialismo ya no tiene ante sus ojos a la Unión Soviética, con sus conquistas laborales y sociales para todos los trabajadores. 

Están oprimiendo a sus propios trabajadores, en todos los países bajo su control, con leyes que explotan durante más tiempo la mano de obra con el mayor descaro posible, con decretos parlamentarios abiertamente destructivos para limitar la lucha y reacción de la clase trabajadora. 

Así están actuando los defensores del capitalismo de esos países. 

¡Pero el pueblo está despertando, y se levanta a la lucha, no solo en el espacio postsoviético, sino también en esos países capitalistas, tanto desarrollados como en vías de desarrollo! 

Y cuanto más se deteriora la vida de los trabajadores, cuanto mayor es la opresión y el control autoritario mundial del imperialismo, ¡más y más personas se están despertando del sueño burgués, y se suman a la lucha por sus derechos sociales! Y aquí vuelve a demostrarse la veracidad del viejo y sabio axioma marxista:

¡LA EXISTENCIA DETERMINA LA CONCIENCIA!

Y cuanto peor es la vida y la existencia de las masas trabajadoras en el mundo, y en el espacio postsoviético, más se suman estas masas trabajadoras, a la lucha por sus derechos, y más informadas y organizadas se vuelven en su lucha. 

¡Nos esperan, muy pronto, batallas de clase trascendentales y encarnizadas, y victorias de todas ellas!

¡Proletarios de todos los países, uníos!


30 de junio de 2026

LA SALVACIÓN DEL PUEBLO AL ESTILO SOVIÉTICO



Camarada, 1954. Marat Samsonov.
















Por Yuri Stoliarov. Redacción y traducción de Nestor Guadaño.

La clase burguesa que ostenta el poder en Rusia, representada por sus miembros y defensores —funcionarios de los más diversos rangos, diputados, oligarcas y simples burgueses adinerados—, aprovecha cualquier oportunidad para lanzar reproches contra el poder bolchevique, a Lenin y a Stalin por todo lo que se les pueda achacar y por lo que, con un mínimo de sensatez, no se les puede achacar en absoluto. En concreto, inventivas tales como «la preservación de la vida humana no era, por decirlo suavemente, una prioridad para el Estado en aquellos años».

Los bolcheviques, desde su llegada al poder hasta la muerte de Stalin, se enfrentaron en tres ocasiones a catástrofes demográficas. Y, a diferencia de los gobernantes actuales, cada vez las superaron en un plazo sorprendentemente breve.

A finales de la primera década del siglo XX, la Rusia soviética sufrió pérdidas demográficas muy graves, provocadas por la Guerra Civil, la emigración masiva, la hambruna y las epidemias. A principio de los años veinte, la mortalidad superaba a la natalidad, según las estimaciones, en 9-10 por mil. Sin embargo, ya en esta década de 1920, comenzó el crecimiento natural de la población, gracias al cual el país salió del «bache demográfico» en menos de cinco años: en 1926, la población de la RSFSR, según datos del Anuario de Rosstat de 2001, ya superaba ligeramente el nivel de la Rusia prerrevolucionaria (dentro de fronteras comparables, 92,7 millones de personas en 1926 frente a 91,0 millones a principios de 1917). El crecimiento natural de la población de la RSFSR continuó durante otros seis años y superó en total los 10 millones de personas.

En 1932 y 1933, la URSS (sobre todo la RSFSR y la República Socialista Soviética de Ucrania) se vio afectada por una grave mala cosecha: si en 1930 la cosecha de cereales ascendió a 83,5 millones de toneladas, en 1931 fue de 69,5 millones de toneladas y en 1932, de 69,9 millones de toneladas. Esta catástrofe tuvo como consecuencia una crisis demográfica: en 1933, la disminución de la población en la RSFSR ascendió a casi 2 millones de personas. Gracias a las eficaces medidas adoptadas por las autoridades, ya en 1934 se reanudó el crecimiento natural de la población en la república, que ascendió a 264.000 personas. En 1935 superó el millón de personas y no volvió a descender por debajo de ese nivel hasta 1941.

Los antisoviéticos intentan convencernos, de que la catástrofe demográfica más grave que ha sufrido el país fue provocada por unas "represiones" a gran escala. Sin embargo, los indicadores objetivos demuestran de forma inequívoca que se trata de una mentira descarada.

En 1936, la tasa de mortalidad en la RSFSR era de 26,2 por mil (número de fallecidos por cada mil habitantes).

En el tan controvertido 1937, la cifra se mantuvo en 26,2.

En 1938, fue de 25,6.

En 1939, de 23,9.

En 1940, de 23,2.

Durante todos esos años, el crecimiento natural de la población de la RSFSR superó el millón de personas y ascendió en total a más de 5 millones.

Estos datos demuestran de forma convincente que en la Rusia soviética, al igual que en la Unión Soviética en su conjunto, no se llevaron a cabo ese tipo de "represiones" a una escala tal, que pudieran afectar de manera significativa a los indicadores demográficos. Esta conclusión queda respaldada también por la siguiente comparación. 

En 1926, la población de la RSFSR ascendía, redondeando, a 93 millones de personas.

En 1939, tras la "hambruna" de 1933 y las denominadas "represiones", la población ascendió a 109 millones (según los datos de los censos de población de toda la Unión de los años correspondientes). El incremento fue de 16 millones, es decir, un 17 %. En el caso de la República Socialista Soviética de Ucrania, estas cifras son las siguientes: en 1926, 29 millones, en 1939, 40 millones. Sin embargo, esa cifra de 40 millones corresponde al periodo posterior a la reunificación de Ucrania con sus territorios occidentales. Sin ellos, la población era de unos 34 millones. El incremento es el mismo: un 17 %. Ya en la época postsoviética, los medios de comunicación publicaron datos según los cuales, en los territorios que se incorporaron a la URSS solo en 1939-1940 y que estaban libres de los «horrores del bolchevismo», el crecimiento demográfico fue de tan solo un 9 %.


El genocidio provocado por los nazis

La invasión de Hitler, puso de manifiesto las consecuencias que tuvo en la demografía soviética, unas pérdidas humanas realmente significativas. 

Además, la mayor parte de las pérdidas se produjeron entre la población en edad fértil. Salir de ese «bache demográfico» resultó difícil, sobre todo porque, tras la guerra, la URSS se vio azotada además por una catástrofe natural: una sequía que provocó una mala cosecha de cereales.

Sin embargo, ya en 1946 el crecimiento natural de la población superó el millón de personas y, a pesar de las numerosas dificultades de los primeros años de la posguerra, no volvió a descender por debajo de ese nivel. En tan solo una década, y sin una afluencia migratoria significativa, se recuperó la población de Rusia de 1940. A partir de entonces, el crecimiento natural de la población continuó... hasta la llamada «victoria demócrata» burguesa de finales de los años ochenta del siglo pasado, cuyas consecuencias devastadoras resultaron ser casi más terribles que la agresión hitleriana.

Si bien el régimen soviético logró compensar en una década, las pérdidas demográficas causadas por la guerra, el régimen antisoviético no ha podido compensar hasta la fecha, las pérdidas de población de Rusia provocadas por la «restauración capitalista». En 1991, la población de Rusia ascendía a 148,4 millones de personas. A principios del siglo XXI, la cifra se había reducido a 146,6 millones. Y en las décadas siguientes, a pesar del enorme flujo migratorio (teniendo en cuenta la «migración» de toda Crimea, unos 7 millones de personas), no se ha logrado recuperar la cifra de población de 1991.

En general, lo que ocurrió en la Unión Soviética, incluida la Rusia soviética, en los años de la posguerra, merece el nombre del «milagro demográfico de la era de construcción del socialismo». La tasa de mortalidad no solo descendió, sino que lo hizo de forma vertiginosa, y en el año 1953 tras el fallecimiento de Stalin se situó en el 9,0 por mil en la URSS y en el 9,2 por mil en la RSFSR.

¿Se tratará quizá de un «mito propagandístico comunista»? Pues no.

En primer lugar, en aquellos años la estadística no era un instrumento de propaganda. Hace unos años se publicó en Internet, el documento original que contiene los principales datos estadísticos sobre la demografía de la URSS desde 1926 hasta 1955, y en él figura la calificación «secreto soviético». 

En segundo lugar, durante la «creación del mito del culto a la personalidad» realizado por de Jruschov, se intentó sacar a relucir cualquier «detalle» que comprometiera el régimen de Stalin, y estos datos no se pusieron en duda. Es más, la tendencia a la disminución de la mortalidad continuó tras la muerte de Stalin, y en 1960 la tasa de mortalidad en la RSFSR alcanzó el nivel de 7,4 por mil.

A primera vista, la explicación de este fenómeno parece estar en la revolución médica que supuso la llegada de los antibióticos y otros medicamentos, que se incorporaron a la práctica clínica en la década de 1940. 

Pero esta es, precisamente, una explicación superficial del milagro demográfico soviético. 

Porque esos remedios milagrosos, también comenzaron a utilizarse ampliamente en los países capitalistas desarrollados. No obstante, ya a mediados de la década de 2010, cuando en los últimos decenios han surgido en la medicina nuevos avances, que en la década de 1950 habrían parecido como de ciencia ficción. 

Por todo ello, resulta revelador el dato que muchos países de la «vieja» Europa capitalista, mucho más "prósperos y acomodados en lo material" que la Unión Soviética de las décadas de 1940-1950, la tasa de mortalidad, según datos de la ONU, era superior a la RSFSR en 1953: 

Alemania — 10,7 por mil, Portugal — 10,6, Italia — 10,5, Dinamarca  10,3, Suecia  10,1, Bélgica 10,0, Reino Unido  9,9, Grecia  9,9, Finlandia  9,7, Austria  9,4.

Así pues, no se trata aquí únicamente de los avances científicos y técnicos de la medicina. 

Sin duda, fue de enorme importancia el hecho de que, en la Unión Soviética, la atención sanitaria de la población fuera siempre, incluso en las condiciones económicas más difíciles, una de las prioridades del Gobierno. 

En la URSS, en 1940, el número de médicos se había multiplicado por siete en comparación con el de la República de Rusia en 1913, el número de hospitales casi se había triplicado, y el número de camas hospitalarias se había más que triplicado. Durante la década siguiente, estas cifras se duplicaron aún más. El crecimiento no fue solo cuantitativo, sino también cualitativo, y se prestó especial atención a la prevención de enfermedades. 

De hecho, la Organización Mundial de la Salud reconoció que el sistema de salud preventiva creado en la URSS era el mejor del mundo.

Así pues, la reducción de la tasa de mortalidad en la Unión Soviética hasta un nivel que, aún hoy, resulta inalcanzable para muchos Estados capitalistas desarrollados, es la prueba más convincente de que los cambios que se produjeron en las esferas económica, social y espiritual de nuestra sociedad, durante la puesta en práctica del proyecto de Construcción del Socialismo fueron, en su conjunto, un enorme beneficio para el pueblo. 

Gracias a estos cambios, en nuestro país se alcanzó una calidad de vida impensable incluso para los Estados capitalistas más ricos. La razón es profundamente práctica y política. Y no viene determinada por el número de filetes por habitante, o los productos exhibidos en los mostradores de las tiendas, sino fundamentalmente, por la creación de las condiciones que favorezcan el desarrollo del verdadero potencial humano en cada trabajador. 

Durante la puesta en práctica de la Construcción del Socialismo, en la sociedad soviética se crearon para ello unas condiciones sin precedentes en la historia de la humanidad, y por ello, estos índices ejemplares, son tan actuales para el futuro del ser humano.

El heroico trabajo de los médicos soviéticos, durante la Gran Guerra Patria (Segunda Guerra Mundial). 

Por Russia Today. 

Fotos, Agencia de Prensa Sputnik.

Una de las tareas principales de los médicos, era llevarse a los soldados heridos del lugar de las acciones militares, y atenderlos con la mayor rapidez posible, así como prevenir infecciones.

Más de 700.000 miembros del personal médico de la Unión Soviética, lucharon por la vida de los soldados del frente. Durante la contienda unos 85.000 de ellos perdieron la vida, y desaparecieron. Se estimaba que la esperanza de vida media, de los instructores médicos en la vanguardia en 1941 era de unos 40 segundos.

En muchos casos se vieron obligados a llevar a cabo operaciones quirúrgicas complejas, sin los medicamentos ni el instrumental necesarios, con el peligro añadido de tener que trabajar muy cerca de donde se desarrollaban las acciones militares, arriesgando su vida para salvar la de los demás.

Sputnik

Durante poco más de cinco meses desde el inicio de la guerra, en el país se crearon 291 divisiones con batallones sanitarios, 38 compañías de fortalecimiento médico, 380 hospitales de campaña móviles, 12 hospitales para tratar a pacientes con heridas leves, y otras formaciones sanitarias avanzadas en las vanguardias de choque.

Sputnik

Una de las tareas principales de los médicos era llevarse a los soldados heridos del lugar de las acciones militares, y atenderlos con la mayor rapidez posible, así como prevenir infecciones.

Sputnik

Debido al gran número de heridos, médicos y enfermeros, se vieron obligados a trabajar sin descanso durante varios días. Muchos de ellos y ellas, ni siquiera tenían tiempo para comer, y llegaban a desmayarse de hambre mientras cumplían con su deber.

Sputnik

Su trabajo requería también mucha fuerza física, ya que también se encargaban de transportar a los heridos hasta un lugar donde pudieran ser atendidos. De esta manera, una enfermera podía tener que transportar a cinco o seis soldados durante una hora, después de lo cual comenzaba su trabajo.

Sputnik

También era habitual, que las enfermeras donaran su propia sangre para salvar a los pacientes.

Sputnik

El mariscal de la Unión Soviética Gueorgui Zhúkov, considerado uno de los mandos más destacados de la Segunda Guerra Mundial, escribió que «en una gran guerra, lograr la victoria sobre el enemigo, depende en no poca medida, del éxito del trabajo de los servicios médicos militares, especialmente los cirujanos militares en el campo de batalla».

Sputnik

«Lo que hizo la medicina militar soviética, durante los años de la pasada guerra con toda justicia, puede ser descrito como una hazaña», afirmó, por su parte, otro mando soviético, el mariscal Iván Bagramián. 

«Para nosotros, veteranos de la Gran Guerra Patria, la imagen de un médico militar será siempre la de la personificación de un alto humanismo, valor y dedicación», pronunció en una ocasión Bagramián.

Sputnik

Por la inmensa importancia de su trabajo, unos 116.000 médicos fueron condecorados con órdenes y medallas estatales.

Sputnik
Sputnik


Enlace original:

ВКП(б) - Всесоюзная Коммунистическая партия большевиков. PCU(b) - Partido Comunista de toda la Unión, Bolchevique.

El heroico trabajo de los médicos soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial, en imágenes – Diario Octubre

23 de junio de 2026

LA CLASE OBRERA EXISTE: NO HA DESAPARECIDO NI SE HA DEGENERADO

Dia Internacional del Trabajo – Mural Industria Automotriz – Diego Rivera | Murales Buenos Aires










Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

Hoy en día, se oye decir a diversos críticos y detractores del marxismo que, supuestamente, la clase obrera está desfasada. Que sus fundadores basaron sus conclusiones en las realidades de la época en la que vivían, y que supuestamente, esas conclusiones son inaplicables en la era actual del progreso científico y técnico, de las altas tecnologías, etc. Argumentan, que muchas cosas han cambiado, incluido el propio carácter del trabajo. 

Esto se aplica también al concepto de proletariado.

Mas, vamos a dejarnos de proseguir en las fantasías, o incluso calumnias interesadas de clase, y acudamos a nuestros propios clásicos: Karl Marx y Friedrich Engels.

Anterior a «Principios del comunismo», Engels desarrolla en el artículo «La Ideología de los comunistas» y en los «Principios del comunismo», una definición de importancia fundamental de lo que es el proletariado, la clase obrera, los trabajadores, en contraposición a la clase capitalista.

En «La Ideología de los comunistas» escribe:

«El proletariado es aquella clase social que vive exclusivamente de su trabajo, y no de los beneficios de algún capital…»

En los «Principios del comunismo» leemos:

«Se denomina proletariado, a aquella clase social que se gana la vida exclusivamente mediante la venta de su trabajo, y no vive de los beneficios de ningún capital… En definitiva, el proletariado, o clase proletaria, es la clase trabajadora del siglo XIX… El proletariado surgió como resultado de la revolución industrial, que tuvo lugar en Inglaterra en la segunda mitad del siglo pasado, y que posteriormente se repitió en todos los países civilizados del mundo».

En una nota a la edición inglesa del «Manifiesto del Partido Comunista» (1888), Engels repite una definición similar:

«Por burguesía se entiende a la clase de los capitalistas actuales, propietarios de los medios de producción social, que emplean mano de obra asalariada. Por proletarios se entiende la clase de los trabajadores asalariados actuales que, al carecer de medios de producción propios, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para poder vivir».

El estudio del modo de producción capitalista llevó a Karl Marx, en su obra principal, *El Capital*, al concepto de «trabajador colectivo».

En 1862, en el segundo borrador de *El Capital*, Marx señala:

«Entre los trabajadores productivos se incluyen, por supuesto, todos aquellos que, de una forma u otra, participan en la producción de mercancías, desde el obrero en el sentido estricto de la palabra, hasta el director o el ingeniero (a diferencia del capitalista)».

En 1873, en la edición francesa autorizada del volumen I de *El Capital*, Marx concreta esta definición:

«... uno trabaja más con las manos, otro más con la cabeza, uno como directivo, ingeniero, técnico, etc., otro como capataz, y un tercero directamente como trabajador manual o incluso como simple ayudante».

Por último, en la tercera y última edición en vida del primer volumen de *El Capital* (1883), Marx ofrece la formulación definitiva, introduciendo el concepto de «trabajador global colectivo» y resumiéndolo en la siguiente idea:

«Mientras el proceso de trabajo es puramente individual, un mismo trabajador reúne todas aquellas funciones que posteriormente se dividen. En la apropiación individual de los objetos de la naturaleza para sus fines vitales, el trabajador se controla a sí mismo. 

Posteriormente, es controlado por otros. El individuo no puede actuar sobre la naturaleza sin poner en movimiento sus propios músculos bajo el control de su propio cerebro. Así como en la propia naturaleza la cabeza y las manos pertenecen a un mismo organismo, también en el proceso de trabajo se unen el trabajo intelectual y el físico. Posteriormente, se separan y llegan a una oposición hostil.

El producto pasa, en general, de ser un producto directo de un productor individual a ser un producto social, un producto común del conjunto de trabajadores, es decir, del personal de trabajo combinado, cuyos miembros se encuentran más o menos alejados de la acción directa sobre el objeto de trabajo. 

Por lo tanto, el propio carácter cooperativo del proceso de trabajo amplía inevitablemente el concepto de trabajo productivo y el de su portador, el trabajador productivo. Ahora, para trabajar de forma productiva, no es necesario intervenir directamente con las propias manos. Basta con ser un órgano del colectivo de trabajadores y desempeñar una de sus subfunciones. La definición inicial del trabajo productivo expuesta anteriormente, deducida de la propia naturaleza de la producción material, conserva siempre su significado cuando se aplica al colectivo de trabajadores, considerado como un todo. Pero ya no se ajusta a cada uno de sus miembros, considerado por separado».

Diez años más tarde, desarrollando la idea de Marx, Engels introduce el concepto de «proletariado del trabajo intelectual». En 1893, en su intervención en el Congreso Internacional de Estudiantes Socialistas, dijo:

«Que vuestros esfuerzos, conduzcan a que los estudiantes tomen conciencia de que es precisamente de entre sus filas, de donde debe surgir ese proletariado del trabajo intelectual que está llamado a desempeñar, codo con codo, y en las mismas filas que sus hermanos trabajadores dedicados al trabajo físico, un papel significativo en la revolución que se avecina».

«Los revolucionarios burgueses del pasado solo exigían a las universidades abogados, como la mejor materia prima a partir de la cual se formaban sus líderes políticos. Para la liberación de la clase obrera se necesitarán, además, médicos, ingenieros, químicos, agrónomos y otros especialistas, pues se trata de hacerse con el control no solo de la maquinaria política, sino también de toda la producción social, y para ello no bastarán en absoluto las frases grandilocuentes, sino que se necesitarán conocimientos sólidos».

Así pues, el proletariado del trabajo intelectual, según la definición de Engels, está formado por médicos, ingenieros, químicos, agrónomos y otros especialistas. Hoy en día, a ellos se pueden añadir los trabajadores de oficina —lo que se suele llamar «funcionarios»—, los programadores, los operadores de máquinas y equipos controlados por ordenador, los ajustadores de tecnología y aparatos complejos, los controladores aéreos, etc. 

La clase obrera no ha desaparecido ni se ha degenerado en nada, como sostienen algunos de los actuales detractores de Marx y Engels. Es cierto que ha cambiado la naturaleza del trabajo, que la especialización se ha vuelto más compleja y variada, y que su nivel intelectual ha aumentado, pero el trabajador, obligado a vender sus capacidades físicas e intelectuales para sobrevivir, ya sea minero o siderúrgico, conductor de tractor o agrónomo, ingeniero o directivo, ha sido y sigue siendo la principal fuerza productiva, sometida a una cruel explotación en la sociedad capitalista.

En general como vemos, los clásicos del marxismo dieron una definición clara de la clase obrera en toda la diversidad que la caracteriza. Al mismo tiempo, en combinación con la concepción de Engels sobre el aumento del papel de la conciencia social en la vida de la sociedad y, por consiguiente, con el aumento del papel de lo que Marx y Engels denominaban «producción espiritual» —lo cual queda claramente demostrado por la actual revolución científica, tecnológica e informativa—, y teniendo en cuenta el carácter dialéctico del desarrollo y del conocimiento, las ideas de Marx y Engels sobre la clase obrera nos orientan hacia los fundamentos teóricos para su desarrollo posterior, al igual que los conceptos sobre su dominio político en el período de transición hacia el comunismo.

La emancipación de la clase obrera de la esclavitud asalariada, es el futuro de la humanidad. 

El imperialismo está continuamente engañando a la población por los medios de comunicación, con su propaganda de limosnas empresariales, en este Reino y en EE UU o Europa. Venden las fundaciones como su caridad particular, de cara a los organismos internacionales, para tapar sus impresionantes ganancias y crímenes anuales, por hambre, falta de agua y guerras. Subimos un estudio sobre esta caridad, sobre las Fundaciones Imperialistas.

LA CARIDAD NO SALVARÁ AL MUNDO DE LOS PROBLEMAS DEL CAPITALISMO.

Por Yuri Stoliarov. Traducción Nestor Guadaño.

La caridad del gran capital no es altruismo ni una muestra de buena voluntad. Es un instrumento de estabilización del sistema capitalista, que permite a la élite mantener el control sobre los recursos, obtener privilegios fiscales y legitimar su riqueza, al tiempo que «remienda» esas brechas sociales que el propio sistema crea. Para comprender este mecanismo, es necesario mirar más allá de la fachada de las cenas benéficas de gala y los cheques públicos, hasta llegar a las fuentes de la «generosidad», a los códigos fiscales y a la experiencia histórica de modelos alternativos de distribución.

La filantropía corporativa a gran escala, surgió al mismo tiempo que la formación del capital privado a gran escala, a finales del siglo XIX y principios del XX. En los EE. UU., John Rockefeller se convirtió en una figura clave al crear en 1913 la Fundación Rockefeller (Rockefeller Foundation). En ese mismo periodo, Andrew Carnegie desarrolló un modelo similar, a través de una red de fundaciones y proyectos bibliotecarios.

En Europa, las grandes dinastías también crearon fundaciones como forma institucional de gestión del capital.

Desde el principio, la filantropía desempeñó una doble función: devolvía parcialmente a la sociedad los fondos obtenidos como resultado de la monopolización de los mercados y, al mismo tiempo, legitimaba la propia existencia de una riqueza extremadamente concentrada. En un contexto de investigaciones antimonopolio y críticas sociales, las fundaciones se convirtieron en un instrumento para reducir la presión pública.

La historia de la caridad no comienza con las donaciones, sino con la apropiación. 

Para que un multimillonario pueda «donar» un millón, primero es necesario apropiarse de mil millones del patrimonio público. Hoy en día, los grandes fondos no son «huchas para repartir», sino estructuras de inversión. Estos fondos se invierten a través de una cartera de instrumentos financieros, generan ingresos y los pagos anuales se limitan a un porcentaje determinado de los activos.

La extracción de más plusvalía de los trabajadores, les lleva a la creación de otra forma de obtener más beneficios, crear nuevos fondos de inversión bajo la apariencia de una organización benéfica. Mediante Fundaciones, se hace creer a la población que son inversiones sin ánimo de lucro, como las limosnas a la población común. Pero su fin, es más terrorífico, es conseguir beneficios netos e influencia política en los gobiernos de turno.

En EE. UU., la legislación obliga a los fondos privados a destinar a subvenciones al menos el 5 % de sus activos al año. El 95 % restante sigue operando en el mercado financiero.

Esto significa que el fondo puede existir prácticamente de forma indefinida, conservando y aumentando su capital a través de las inversiones de estas Fundaciones, al tiempo que marca la agenda, en materia de sanidad, educación y política internacional. Formalmente, el dinero es «donado», pero, en realidad, sigue buscando más ganancias, bajo el control de un círculo reducido de personas.

Tomemos como ejemplo a Jeff Bezos y la empresa Amazon. En 2021, el salario medio de un empleado del gigante del comercio electrónico era de 31.000 dólares al año, apenas por encima del umbral de subsistencia para una persona sola en EE. UU. Al mismo tiempo, la fortuna de Bezos, fundador y entonces director ejecutivo de la empresa, aumentó en 21 mil millones de dólares durante ese mismo año. Su fundación «Bezos OnDay», creada para luchar contra la falta de vivienda y el cambio climático, recibió donaciones por valor de 125 millones de dólares, lo que supone apenas el 0,6 % del incremento de su capital. Al donar las acciones, Bezos obtuvo una deducción fiscal de aproximadamente 50 millones de dólares, con un tipo impositivo federal del 40 %. Es decir, el 40 % de su «caridad» lo pagaron, de hecho, los contribuyentes estadounidenses, incluidos esos mismos empleados de Amazon.

La paradoja radica, en el contraste espantoso entre el gesto benéfico y las condiciones laborales de los empleados de su propia empresa. Las investigaciones de los medios de comunicación occidentales, dibujaban un panorama distópico: los trabajadores de los almacenes de Amazon, se ven obligados a llevar consigo botellas de plástico para orinar en ellas, ya que los responsables registran cada ausencia, incluso las visitas al baño. Hay personas a las que se han llevado en ambulancia, directamente desde sus puestos de trabajo por agotamiento tras semanas laborales de 55 horas. A los empleados que sufren lesiones, debido a incumplimientos de las normas de seguridad, se les retira el seguro y acaban en la calle.

La familia Walton, propietaria del imperio minorista Walmart, muestra la misma lógica de una forma aún más evidente. En 2024, la fortuna conjunta de los seis herederos del imperio de Sam Walton superó los 432.000 millones de dólares, una cifra superior a los presupuestos de la mayoría de los países del mundo. En los veinte años de existencia de su Fundación en un fondo familiar, se han donado 5.500 millones de dólares, lo que supone tan sólo el 1,3 % de la fortuna actual de la familia.

No menos revelador es el ejemplo de Elon Musk, cuya "Fundación benéfica", según datos de Bloomberg, donó en 2024 la cifra récord de 474 millones de dólares. La cifra es impresionante, pero el análisis del destino de estos fondos, nos lleva a ver la situación desde otra perspectiva. Una parte considerable se destinó a entidades vinculadas a nuevas fuentes de ganancia, en negocios que de una u otra forma van al propio Musk y a sus proyectos comerciales: colegios e iniciativas educativas que llevan su nombre, así como organizaciones que trabajan en los ámbitos de la inteligencia artificial, el espacio, la energía y la educación STEM. Es decir, precisamente allí donde el acaparador tiene intereses empresariales directos.

Los críticos señalan acertadamente que las fundaciones a menudo no se utiliza para apoyar programas independientes, sino para financiar proyectos que benefician a su imperio empresarial. Es más, el aumento del volumen de las donaciones tiene una razón puramente lucrativa: cuando inviertes en la fundación al cumplir con el requisito de la Agencia Tributaria de EE. UU. de realizar pagos mínimos anuales, buscan también como "hacer más caja". La ley obliga a las organizaciones sin ánimo de lucro a gastar al menos el 5 % de sus activos al año, de lo contrario, se exponen a perder su estatus y sus ventajas fiscales. Anteriormente, tal y como informaron The New York Times y otras publicaciones, la fundación de Musk no había alcanzado este umbral durante varios años, y fue objeto de críticas por acumular miles de millones mientras permanecía prácticamente inactiva.

Al mismo tiempo, el dinero permanece en un ciclo cerrado: la plusvalía extraída del trabajo de millones de personas se concentra en manos de unos pocos y, posteriormente, vuelve a la sociedad en forma de «caridad» controlada, que no altera la estructura misma de la explotación.

En Europa, las grandes fundaciones privadas ejercen una influencia considerable en la política y el ámbito académico. El Wellcome Trust desempeña un papel clave en la financiación de la investigación biomédica en el Reino Unido. En Alemania, la Bertelsmann Stiftung participa en la elaboración de recomendaciones sobre política educativa y social. En Asia, crece el papel de las fundaciones privadas creadas por multimillonarios del sector tecnológico.

La tendencia general es la misma: la concentración de recursos en manos de entidades privadas que, formalmente, no rinden cuentas ante la sociedad, pero que, de hecho, influyen en las decisiones estatales a través de la dependencia de las subvenciones por parte de universidades, ONG y centros de investigación.

Quizá el ejemplo más claro de la crisis sistémica de la filantropía haya sido el fracaso del «Compromiso de Donación», una iniciativa puesta en marcha en 2010 por Warren Buffett, Bill y Melinda Gates. La idea parecía noble: multimillonarios de todo el mundo se comprometían a donar al menos la mitad de su patrimonio a causas benéficas, ya fuera en vida o por testamento. En los dos primeros meses, 40 de las familias más ricas de Estados Unidos se sumaron a la iniciativa y parecía que el mundo se encontraba en los albores de una nueva era de la filantropía. Han pasado 15 años y, según un informe del Instituto de Estudios Políticos, los resultados han sido desalentadores.

De las 256 personas que firmaron el compromiso, solo una familia cumplió su promesa en vida: los cónyuges Laura y John Arnold, que donaron unos 4.76 mil millones de dólares en 2010. De los 22 participantes fallecidos, solo 8 legaron al menos la mitad de su patrimonio a obras benéficas. Uno de ellos, Chuck Feeney, se hizo famoso por haber repartido todo su patrimonio en vida. El resto, o bien no cumplieron su promesa, o bien su voluntad quedó sin cumplir.

Sin embargo, aquí también hay una paradoja. Los expertos han calculado que, si todos los participantes vivos en el juramento quisieran cumplir hoy su promesa, tendrían que destinar de una sola vez a obras benéficas unos 367 mil millones de dólares. Tales donaciones supondrían una pérdida de hasta 272 mil millones de dólares en ingresos fiscales para el presupuesto federal de EE. UU., ya que los donantes ricos tienen derecho a una deducción de hasta el 74 % del importe de la donación. En otras palabras, el sistema está diseñado de tal manera que el propio Estado subvenciona la caridad de los ricos, perdiendo dinero que podría destinarse a la educación, la sanidad y los programas sociales para todos.

La caridad actual funciona a través de tres mecanismos interrelacionados, que convierten el acto de «ayuda» en un instrumento para mantener la dominación de clase.

1º. La primera y más cínica: las desgravaciones fiscales, que en la práctica constituyen una subvención directa del Estado a los ricos. En Estados Unidos, la donación de acciones exime al donante del pago del impuesto sobre las plusvalías, una de las principales fuentes de ingresos de los más ricos. Al mismo tiempo, dicha donación permite una deducción de hasta el 60 % de la base imponible. En 2022, Warren Buffett donó 4.1 mil millones de dólares en acciones de Berkshire Hathaway a la fundación de Melinda French Gates. Al hacerlo, no pagó ni un céntimo en concepto de impuesto sobre las plusvalías de dichas acciones y obtuvo una deducción de aproximadamente 1.6 mil millones de dólares. Según datos del Centro de Política Fiscal correspondientes a 2022, el 86 % de todas las deducciones fiscales por donaciones benéficas las recibe el 1,3 % de los estadounidenses más ricos. Los estudios demuestran, que las ventajas fiscales para los grandes donantes suponen una redistribución de la carga presupuestaria hacia los sectores menos favorecidos de la población.

2º. El segundo mecanismo es el blanqueo de sus actos criminales. El capital obtenido mediante la explotación, los delitos medioambientales o la producción de productos letales, se transforma en capital cultural y político a través de la filantropía. 

La familia Sackler, propietaria de la empresa farmacéutica Purdue Pharma, ganó 35.000 millones de dólares con la fabricación y la comercialización agresiva del medicamento opioide oxicodona, lo que provocó la muerte de más de 500.000 estadounidenses en la epidemia de opioides. Tras numerosas demandas y la indignación pública, los Sackler donaron 250 millones de dólares a los principales museos y universidades: el Museo Metropolitano, la Tate Modern y Harvard. Esto supuso menos del 0,7 % de los beneficios obtenidos a costa del sufrimiento de los adictos a las drogas. 

La familia real saudí, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, donó 20 millones de dólares a la Universidad de Harvard y 15 millones a la de Georgetown. El propio Bankman-Fried, fundador de la plataforma de cripto FTX, creó el fondo Future Fund para luchar contra los riesgos globales, al tiempo que desviaba 8.000 millones de dólares de los fondos de sus clientes para su uso personal. La caridad, en estos casos, no es una forma de expiar la culpa, sino una inversión en imagen que permite seguir acumulando capital a pesar de la condena pública.

3º. El tercer mecanismo consiste en mantener el control sobre los recursos bajo el pretexto de «donarlos». Las fundaciones benéficas privadas de EE. UU., están obligadas por ley a destinar anualmente solo el 5 % de sus activos a fines benéficos. El 95 % restante puede invertirse y generar ingresos, permaneciendo bajo el control total de los fundadores. Según datos del Instituto de Estudios Políticos correspondientes a 2022, las cincuenta familias más ricas de EE. UU. gestionan 1,3 billones de dólares a través de fundaciones benéficas, pero cada año destinan a programas reales tan solo entre 65.000 y 90.000 millones de dólares, lo que supone entre el 5 % y el 7 % del volumen total.

No se trata de una redistribución de la riqueza, sino de su conservación en manos de la élite bajo el pretexto de «filantropía». El contraste con la redistribución estatal es fundamental: los impuestos se ingresan en el presupuesto, y se distribuyen a través de instituciones democráticas, por control parlamentario, a las autoridades locales, o a los ministerios públicos.

Para comprender la alternativa al modelo caritativo, es necesario recurrir a la experiencia histórica de los países que construyeron el sistema socialista. 

En la Unión Soviética, las necesidades básicas —agua, sanidad y educación— no se consideraban dentro de un proceso de «caridad de la élite», sino un derecho fundamental del trabajador, garantizado por el Estado. 

En 1985, según datos del Consejo de Abastecimiento de Agua y Saneamiento de las Naciones Unidas, el 98 % de la población urbana y el 85 % de la rural tenían acceso a un sistema de abastecimiento de agua centralizado. Estos logros no se consiguieron gracias a las donaciones de Rockefeller o Ford, sino mediante la planificación estatal y la movilización de recursos. El sistema sanitario gratuito situó a la URSS, en 1970, en el primer puesto mundial en cuanto al número de médicos por cada diez mil habitantes. Y la educación universal y gratuita, permitió erradicar el analfabetismo y formar a millones de especialistas.

La historia del movimiento obrero, ofrece otro contraste con el modelo caritativo: el contraste entre la caridad y el derecho. 

Entre los años 1930 y 1950, en Estados Unidos y Europa Occidental, el auge del movimiento sindical llevó a que los salarios reales de los trabajadores se duplicaran en dos décadas. La huelga de los trabajadores de la industria automovilística en Flint, Míchigan, en 1937, que duró 44 días, concluyó con el reconocimiento del sindicato UAW y un aumento salarial del 30 % para 250.000 personas. No se trató de una «ayuda» por parte de Henry Ford o Alfred Sloan, sino de una victoria de la lucha colectiva que otorgó a los trabajadores el derecho a una parte del valor creado por su trabajo.

Tras el debilitamiento de los sindicatos, durante el periodo de la contrarrevolución neoliberal de los años 1980 a 2020, los salarios reales en EE. UU. se estancaron, a pesar del aumento de la productividad laboral. Al mismo tiempo, aumentaban las donaciones benéficas de los multimillonarios, pero estas no compensaban las pérdidas de los trabajadores. 

La diferencia es fundamental: una huelga otorga a los trabajadores el derecho a una parte del valor que ellos mismos han creado como resultado de su trabajo. La caridad les ofrece la limosna de quienes se han apropiado de ese valor, en el ámbito y en la cuantía que ha determinado el propietario.

Para comprender la profundidad del cinismo del sistema descrito, es necesario comparar las pérdidas derivadas de los paraísos fiscales, con el coste real de resolver los problemas globales más acuciantes. Los datos de las organizaciones internacionales muestran que las sumas que se escapan cada año a paraísos fiscales, podrían cambiar radicalmente la vida de cientos de millones de personas. El coste de una planta desalinizadora en Senegal, capaz de abastecer de agua potable a millones de personas, asciende a 800 millones de dólares, una cifra inferior a la que Elon Musk gastó en publicidad política en 2024.

Según datos de la OMS, el déficit anual de financiación sanitaria de los 32 países más pobres del mundo asciende a 54 mil millones de dólares, lo que supone aproximadamente una quinta parte de lo que el mundo pierde cada año debido a las deducciones fiscales de las empresas. El presupuesto anual de la ONU para la ayuda humanitaria destinada a 240 millones de personas, que sufren conflictos y hambruna en 2026 asciende a 33.000 millones de dólares, ocho veces y media menos que las pérdidas anuales derivadas de los paraísos fiscales. Las necesidades de emergencia de la OMS, para combatir los brotes de enfermedades y responder a las crisis en 2026 ascienden a solo 1.000 millones de dólares, una cantidad que algunos multimillonarios gastan en sus derroches personales.

El informe «Desigualdad mundial 2026», elaborado por 200 investigadores y publicado en diciembre de 2025, recoge tendencias alarmantes. 

Según el informe, los ingresos del 10 % de los habitantes con grandes fortunas del planeta, superan los ingresos del resto del 90 % de la población mundial en su conjunto. 

No, no es un error tipográfico: una décima parte de la población gana más que el resto de la humanidad. La situación es aún más escandalosa en lo que respecta a la propiedad de activos: el 10 % de los propietarios más ricos posee más del 75 % de todos los activos mundiales, mientras que a la mitad más pobre de la humanidad, le corresponde realmente menos del 2 % de la propiedad total.

La conclusión más impactante se refiere a la élite multimillonaria: 

Menos de 60.000 personas poseen una riqueza tres veces mayor que toda la mitad más pobre de la humanidad. Desde 1995, la proporción de la riqueza mundial que pertenece a este grupo microscópico ha pasado del 4 % a más del 6 %, y el patrimonio de los millonarios y multimillonarios crece cada año aproximadamente un 8 %, casi el doble de rápido que los ingresos del resto de la población.

La filantropía no es una ficción, es una aberración. Pues hipotéticamente salva vidas y apoya la investigación. Pero es un sistema que por principio, es incapaz de resolver el problema sistémico de la desigualdad, porque en sí mismo es un producto y un pilar dictatorial del mismo sistema de apropiación de las riquezas del planeta. Permite a los ricos elegir qué problemas abordar, en función de sus propias preferencias, en lugar de que sea la población de las sociedades de cada estado, a través de sus instituciones democráticas. 

Las Fundaciones establecen las prioridades, impidiendo que se distribuya equitativamente la carga fiscal.

Ya es hora de dejar de aplaudir las limosnas, y ver detrás de ellas, la injusticia de un Sistema dictatorial de los multimillonarios. Cuando un multimillonario dona miles de millones, y sus empleados viven en sus coches, eso no es generosidad, es cinismo rayando el terrorismo en su máxima expresión. 

Cuando la fundación de Musk transfiere dinero a sus propios proyectos, para rendir cuentas ante la Reserva Federal, no es altruismo, es optimización. El sistema actual está basado en la corrupción absoluta. Y no puede arreglarse con limosnas ni con esa "caridad privada". 

Se necesita otra distribución, de lo creado gracias al trabajo de millones de personas. Se necesita un sistema en el que los recursos pertenezcan a quienes los crean, y no a quienes se apoderan de ellos. 

La caridad empresarial no salva al mundo, lo destruye.


Enlace original:

ВКП(б) - Всесоюзная Коммунистическая партия большевиков.