30 de julio de 2022

Timur y los huérfanos del olvido

Por Miguel Ángel Almodovar *, publicado en Madridiario.

En estos días, algunos medios de comunicación se han hecho eco (muy débil, aunque a algún oído ha llegado) del peculiarísimo drama que arrostran los más o menos dos centenares de supervivientes de aquellos tres mil “Niños de la Guerra” que fueron enviados a la Unión Soviética por decisión del Gobierno de la República, para evitarles las consecuencias físicas y psicológicas de los bombardeos indiscriminados contra la población civil, el hambre tenaz y la angustiosa incertidumbre.

En aquel momento, las autoridades y sus padres, quienes los pusieron en sus manos, estaban convencidos de que el golpe de Estado protagonizado por algunos sectores del ejército español sería finalmente aplastado en un tiempo razonable, pero la guerra se prolongó tres años y, tras su consecución adversa, vendría un tiempo de brutal represión para los vencidos. Así, los niños exiliados se convirtieron en huérfanos del olvido hasta que, entre mediados y finales de los años cincuenta, el poder franquista inició una campaña de repatriación y parte de ellos empezaron a regresar a sus orígenes o al de sus padres.

Cortejo final de Timur y supandilla con los niños de la guerra
Cortejo final de Timur y supandilla con los niños de la guerra

Desde entonces, cada uno ha ido viviendo y muriendo como su voluntad y el destino les fueron dando a entender.

Hogaño y a partir del inicio de la guerra en Ucrania, los sobrevivientes han dejado de percibir la modesta retribución que desde el Fondo Ruso de Pensiones se les allegaba trimestralmente. Al abrigo de las sanciones impuestas por la Unión Europea al país invasor, los bancos españoles retienen esas remesas y han dejado de abonarles la “paguita”, que, aunque en general suponía menos de doscientos euros al mes, para muchos mal podría ser la línea divisoria que les hiciera salir de la pobreza para entrar en la miseria.

Como escribiera el militar prusiano Carl Von Clausewitz: “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. El asunto, además de al gran teórico del belicismo moderno, mundialmente conocido por su tratado De la guerra, me ha recordado la magnífica película Timur i yego komanda/ Timur y su pandilla, estrenada en 1940, bajo la dirección de Aleksandr Razumy, basada en el guión, luego convertido en libro, del escritor Arkady Gaidar, y a los 153 pequeños españoles (54 niñas y 99 niños) que participaron como figurantes en el final del filme, que fue rodado en el entorno de la Casa número 14 donde estaban asilados, en la ciudad de Kúibyshev, la actual Samara, a orillas del Volga y custodiada por los montes Zhigulí. Aunque ya había tenido la oportunidad de releer el librito (eso sí, en traducción infame), en estos días he podido visionar su versión original a través de las gestiones del brillante director y teórico del cine José Luis de Damas.

Timur i yego komanda/ Timur y su pandilla es una obra épica, didáctica, aventurera y ejemplarizante que narra las aventuras de un adolescente, Timur, líder de una cuadrilla de chavales que deciden dedicar el tiempo que antes empleaban en trastadas, travesuras y bribonadas, a ayudar, siempre desde la clandestinidad, a las familias y deudos de los soldados que luchan en el frente. En todos los casos, los beneficiarios de sus nobles y secretas acciones son niños, mujeres y ancianos.

Así, esas desvalidas huestes de la retaguardia ven como de pronto su leña está perfectamente cortada y dispuesta para calentar el hogar; como la carta o el telegrama que no pudieron llevar al correo llega misteriosamente a su destino; como la maltrecha y desvencijada valla de su huerta recupera su antiguo esplendor de tableado y pintura; o como la cabra huida y perdida, que les proporcionaba el cotidiano e imprescindible sustento lácteo, aparece milagrosamente atada en el corral.

El éxito del libro y la película fueron extraordinarios entre las masas golpeadas y afligidas por el desastre bélico y, muy especialmente, entre el público infantil, pero la cosa no quedó ahí, sino que por toda la Unión Soviética empezaron a organizarse grupos de niños y adolescentes que seguían el ejemplo de Timur y su pandilla, al margen de las oficiales organizaciones de Pioneros y Komsomoles. 

Todo ello dio lugar al llamado “Movimiento Timurita” o “Movimiento Timuriano”: grupos de adolescentes que de manera totalmente altruista y anónima siguieron ayudando, durante y después de acabada la guerra, a los inermes y desamparados.

Con el tiempo, el movimiento fue organizado en oficinas centrales y legaciones regionales. Se estructuraron encuentros y congresos, mientras que, en paralelo, la corriente se fue extendiendo por países de la órbita del socialismo real, como la República Democrática Alemana, Polonia, Bulgaria, Checoslovaquia y Vietnam. En los años ochenta el movimiento empezó a decaer y una década después, con la estrepitosa y precipitada disolución de la Unión Soviética, recibió la puntilla, pero los tambores de guerra han vuelto a sonar y el Movimiento Timurita se ha reactivado, en alguna pequeña medida, dentro de Rusia, Bielorrusia y Kazajstán.

Memorial a los niños de la guerra en la Republica Checa
Memorial a los niños de la guerra en la Republica Checa

Frente a las generaciones de jóvenes que nos son más próximas, millennials, zeta y alfa, criados y crecidos en el contexto de una gran crisis de valores, sin horizontes de oportunidades y un sinfín de circunstancias negativas aledañas, que les han terminado conduciendo al escepticismo, el desencanto, el nihilismo y el humor cínico respecto al sentido de la vida, el recuerdo de ese séquito y comparsa que acompaña al capitán tanquista Gueorgui Garev al final de la película Timur i yego komanda/ Timur y su pandilla transportan imperiosamente a la nostalgia. Allí estaban centenar y medio de los “Niños de la Guerra” a los que en estos meses y como colectivo, sin comerlo ni beberlo, les ha tocado pagar los platos rotos de una nueva confrontación bélica.

Como se narra en el documental Huérfanos del olvido (https://youtube/y9l6wb5xMt4), dirigido por Lino Varela sobre un guion de Rodrigo Pérez Barredo, a aquellos niños, hoy jubilados y añosos, el destino les abrió en su momento una existencia marcada por la añoranza de una España detenida en el recuerdo y un regreso frustrante a una patria que parece les sigue siendo ajena. Ahora, el hado y la fortuna les vuelven a resultar adversos. Pena, penita, pena.

 

* Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

Otros enlaces:

https://www.ninosderusia.org/marshak-y-los-ninos-de-la-guerra/?fbclid=IwAR202ErSMwYHKsa2A-qphXAcfpRRU75xgk6vUXpfiI9gOb7QaJtTD6vQaPw

 

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